El caso es que, en un intento más de volver a la rutina, fui en autobús. Allí, en el asiento de siempre, con la lluvia resbalando por los cristales, con la sensación típicamente acuosa de tener cuerpo de lluvia y recordando estos últimos años, me di cuenta, como me doy cuenta cada día desde la primera semana de universidad, de que soy inmensamente feliz. Me encanta ir en autobús. Es una mezcla explosiva entre el anonimato más gris desvaído y el conocimiento más extraño de las personas; nunca sabes a quién te vas a encontrar yendo en autobús por la ciudad. Delegas la responsabilidad de todo y te das cuenta de que tienes 20 minutos que son solo tuyos, para estar simplemente sentada mirando cómo pasan las calles y la gente (inconscientes de su brevedad, diría Benedetti), para pensar en lo que te apetezca o en nada en absoluto.
Tenía un compañero de clase que se pasó buena parte de la primaria llamando "astrobús" al autobús. Ahora más que nunca me parece una denominación fabulosa. Después de un rato de reflexiones en flujo, durante el que probablemente me olvide de que estoy allí o de que hay alguien a mi alrededor, poner los pies en la tierra es más o menos aterrizar, bajar de un cohete lejano para seguir con una rutina que ya no es rutina o con una vida cada vez más cambiada.


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