17.6.13

311-324: En el vaivén de planes sin marcar

No tengo ni idea de por dónde empezar esta entrada. Creo que incluso se me ha olvidado la manera en que solía escribir aquí. Llevaba bastantes días sin hacerlo porque mi portátil decidió que su vida útil podía acabarse pronto y la pantalla ha dejado de funcionar. Y una es un poco maniática respecto a qué, cómo, cuándo y dónde escribir: escribir en el blog desde el portátil de otra persona es algo que no entra en mis planes. (Pero gracias, A. por prestarme tu portátil estos días para todo lo demás) No he cedido, pero al parecer mi portátil ha pactado una tregua en eso de morirse y me ha regalado un rato de funcionamiento.

Sigo en mi búsqueda de trabajo, de la cual no he hablado nunca en el blog pero lleva sucediendo desde final de marzo, más o menos. Dado que busco trabajo como "childminder", es como volver atrás en el tiempo al momento en que buscaba familia para venir como aupair. Cada vez que una familia parece que va a decir que sí, se pone en marcha un complicado mecanismo de engranajes para aceptar y encajar la noticia, y adaptar la realidad a las nuevas circunstancias, no solo en mi vida sino también en la de mi hostfamily. Cada vez que, al final, una familia dice que no, puedo leer la preocupación en las caras de mis padres irlandeses. También veo cuánto se esfuerzan por ayudarme aunque no hay mucho que ellos puedan hacer por mí. Es bastante curioso ser yo quien los tranquiliza a ellos, cuando siempre creí que a estas alturas del año estaría en riesgo de ser ingresada en el hospital por un ataque de ansiedad o algo por el estilo. La vida es muy rara.

Creía que, si llegaba a esta situación (acabar como aupair sin tener un trabajo al que agarrarme después) sería el apocalipsis, el fin del mundo de mi estructura psicológica interna. No podría haber estado más equivocada. Solo hay paz de espíritu. Si no encuentro nada pronto, confío en que la M. del futuro tendrá recursos suficientes para sobrevivir a la situación sin mayor problema. Si algo he aprendido en los últimos dos años es que las situaciones extremas hacen que la creatividad se ponga a funcionar a marchas forzadas - y es inútil intentar que ese mecanismo se ponga a funcionar antes de hora.

Por otra parte, se acerca una, qué digo una, LA tragedia inminente: mi aventura en Irlanda sigue, pero se acaba mi periodo como aupair. Mañana. Que sea mañana lo convierte en algo concreto, tangible. Me gustaría poder decir que lo llevo tan bien como lo de buscar y no encontrar trabajo, pero sería mentira... y yo no sé mentir. Lo llevo mejor de lo que pensaba, ciertamente, yo creí que sería el fin del mundo más apoteósico, una de esas llanteras estilo Girondo. Puede que la intensidad del momento global en mi vida esté cegando la intensidad de ese otro hecho puntual e incontestable: el miércoles, cuando cierre la puerta tras de mí, ya no seré nunca más la aupair de la familia C.

La pérdida aparentemente irreparable de mi portátil precipita que vaya de visita a España una vez más, lo cual desde luego no estaba en mis planes y contribuye todavía más a semejante desbarajuste emocional, pero no voy a negar que me hace ilusión. Así que el miércoles me subiré a un avión dispuesta a renovar energías y volver a Cork en una semana para dar un nuevo giro a mi vida...

3.6.13

308-310: Injusticia

A veces comparar duele. Duele por ti y por la otra parte. ¿Os acordáis cuando cumplisteis 10 años? Para mí fue la segunda vez que sentí que algo realmente importante cambiaba en mi vida (la primera fue cuando nació mi hermana pequeña). Nunca más volvería a escribir mi edad en un solo dígito. Podían pasarme miles de cosas, pero eso era irrepetible. Se lo dije a mi madre y me contestó: "Pues ya verás cuando tengas hijos. Y cuando tus hijos cumplan 10 años, ni te cuento" Y yo me lo imaginé, porque lo bueno y lo malo de mini-M. es que se tomaba estas cosas muy en serio, y me dio mucho vértigo. Y solo por eso fue un día especial. No recuerdo cómo fue la fiesta de cumpleaños ni qué regalos tuve. Recuerdo esa sensación.

Como ya sabréis si habéis echado una ojeada a la anterior entrada, G. cumplió 10 años el 1 de junio. G. tiene una costumbre muy fea que es bastante representativa de las diferencias socioeconómicas y culturales entre ella y yo: cuando le llega una tarjeta a su nombre, la sacude para que caiga el dinero. Y siempre cae algo. Evidentemente no es culpa de G. que la gente que la rodea le mande dinero en las tarjetas. Pero a mí, desde mi trayectoria personal, me parece un gesto sin ninguna finalidad educativa poner dinero dentro de una tarjeta para nadie, y especialmente para una niña. G. ni siquiera lee sus tarjetas, es más, algunas ni siquiera tienen nada escrito a parte del texto que ya venía en ella. Me parece tan frío, tan impersonal...

G. quería dos cosas por su cumpleaños: una bicicleta nueva y otro teléfono, de un modelo y color en concreto. Sus padres, en un ataque de sentido común, le dijeron que no al teléfono, ya que le regalaron uno por su anterior cumpleaños.

Así que el sábado por la mañana G. y su padre estaban en la tienda de bicicletas antes de que abriera. Recogieron la bici, la trajeron a casa. Hasta ahí todo era normal. Teníamos una cantidad inmensa de cupcakes, pasteles y pastas. Poco a poco fue llegando la familia y todo parecía normal.

Al final del día, no obstante, la cantidad de regalos y especialmente la cantidad de dinero que había llegado a recolectar G. no era para nada normal. Las comparaciones son odiosas, pero que una niña de 10 años tenga en menos de 3 horas el mismo dinero de tu sueldo de un mes le da a una bastante que pensar sobre el mundo en que vivimos. Sobre la desigualdad social. Sobre lo que es justo y lo que no.

Porque no es justo para "nosotros, los curritos" (como diría mi padre), pero tampoco es justo para ella. No es justo porque nunca va a entender, y con entender me refiero más bien a comprehender, el valor real de las cosas. Porque vive una vida en la que se da por hecho que el mundo se va a poner a sus pies, algo que no podría ser menos verdad. Y si para alguien lo es, desde luego no debería serlo. Y diréis que si la familia tiene dinero, no van a dejar de gastárselo en la niña porque haya niños muriéndose de hambre en África. Pero no es eso lo que quiero decir cuando digo que es injusto para ella. Creo que es injusto para ella porque da igual cuánto dinero tengas, el valor de un regalo nunca debería estar en el precio. Y creo que es injusto porque ningún niño debería manejar más (ni menos) dinero del que necesita.


Y con esta entrada añado una pieza más al puzzle de contradicciones que es ser aupair...