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14.4.14

Cork Filmmakers Fly On the Wings of Ambition

Photographer: Elena Okariz

200 attend Ambition Films' company launch and the premiere of Fallen Angel



Cork, 14th April 2014. Last Friday, 11th April 2014, there were queues along the hallways and down the stairs of the Imperial Hotel, Cork, of guests waiting to catch the premiere screening of Seán Creagh's Fallen Angel. Booked out before the night ever began, some guests on the waiting list were unfortunately turned away because of the room's maximum seating capacity.

Guests waiting on the queue
Photographer: Elena Okariz


In May of 2012, an "angel" walked the streets of Cork as part of this daring (some would say mad) short. Two years later, the company behind the venture "Ambiton Films" put on a spectacle unheard of in the Cork short film scene, in celebration of the completion of this project.

Ticket with a feather, programme and free popcorn ticket are handed in
Photographer: Elena Okariz
The night included the full-sized angel wings on display, which measure 435cm from tip to tip. But that was only the beginning. Each guest received a ticket with a feather in it, upon arrival. They were also treated to free popcorn and a night of socializing, with actors and crew recounting anecdotes from this larger-than-life production.

Guest speaker Angela Newman of Chattyboo Productions put the achievements of Ambition Films in perspective with a thought-provoking speech on the challenges and hardships of the artistic world. Drawing on her own theatrical background, she inspired laughter from the crowd, stripping away the magic of the red carpet. "Being an artiste," she reminded guests, "is not as glamorous as people think." Yet, she concluded on note that resonated with many of the young hopeful actors and filmmakers in the audience. "You're following not a dream, but your calling."

The director himself took to the stage next, to appeal to actors, filmmakers and fans to get involved in the company's next project. Ambtion Films' ethos is based on the motto "Discover, Inspire." He described his own experience of learning by doing, and revealed that the company hopes to provide opportunities for others to learn their craft in the same hands-on way.
The director and head of the new company, Seán Creagh
Photographer: Elena Okariz
The next Ambition Films project, Kelly’s Verdict, hopes to cast many young, emerging Irish actors. Building on the company's philosophy of promoting development, this project will include an intensive "Acting for Film" training course for young, successful auditionees.

"Amazing", said audience members after the premiere screening itself. "A great social commentary on homelessness." While others noted "special effects were superb; much above what I was imagining was possible", and many fans called for Ambition's next work to be a longer film.

News on the company's upcoming project, how to get involved and crowdfunding campaign can be found on www.ambitionfilmsireland.com.
Email: info.ambitionfilms@gmail.com.
For more information, please contact:
Ambition Films Press Office
info.ambitionfilms@gmail.com

18.3.14

Errores que no lo son

Cuando inicié mi #CorkAdventure no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. A los 21 años yo era una persona con las ideas muy claras. Demasiado. Quería hacer lo que fuera necesario para trabajar como maestra lo antes posible. Porque, de eso nunca había habido ninguna duda, yo iba a ser maestra. Había tantas cosas que quería cambiar y mejorar... Nunca nadie había conocido a alguien con una vocación tan clara como la mía... Estaba prácticamente escrito y sellado. Determinado. Clarísimo. Quizás con un poco más de atrevimiento por mi parte habría mandado mi CV a todas las escuelas privadas y concertadas, "porque por algo hay que empezar", antes que hacer la maleta y venirme a Cork a aprender inglés. Pero no, yo tenía las ideas aún más claras que todo eso, yo quería trabajar como maestra en la escuela pública. Y si para eso tenía que irme unos meses, mejorar el inglés y concederme con ello la oportunidad de saltarme unos pocos números, ...pues en hacer la maleta se tarda media hora.

Con todas esas ideas aterricé en Cork, de madrugada, me monté en el coche de unos desconocidos y dormí por primera vez en aquella habitación con las paredes pintadas de lilac. Feliz en el camino a ninguna parte. ¿Si se podía estar más equivocada? Seguro. Eso siempre. Era, en fin, la personificación de la ingenuidad y la inocencia, de la más plácida ignorancia.

Desde que estoy aquí me he comido todas y cada una de esas ideas con patatas (que por algo es el alimento nacional). La vida me ha demostrado que, efectivamente, ni a los 18 ni a los 21 tenía la menor noción de lo que quería hacer con mi vida y que posiblemente no la tenga nunca. Me ha traído en bandeja todos y cada uno de los errores que me aterraba cometer. Y yo, que siempre fui obediente y disciplinada, los he ido añadiendo a mi curriculum como si estuviera viendo una película en tercera persona y pudiera, simplemente, dejarla en pausa y volver a cosas más importantes en cualquier momento.

Resulta que, al final, importa poco qué quieres hacer con tu vida, irónicamente lo único importante es qué hagas con el día de hoy. Cómo has tratado hoy a las personas que te rodean. ¿Te has preocupado de alguien? ¿Has ayudado a alguien? ¿Te has dejado ayudar por alguien? ¿Cuántas cosas has hecho que te acerquen a quien eres, a quien quieres ser?

31.1.14

2014

Harta. Harta de ser tratada como ciudadana de segunda. Harta de que cualquiera se permita construir mi historia en su cabeza sin contar conmigo. De la prepotencia. De las miradas por encima del hombro. De las suposiciones prematuras. Me repito el año en el que estamos como un mantra, para recordarme que tengo razón, que estas cosas no deberían estar pasando a estas alturas y latitudes. 2014. 2014, 2014, 2014...
Hay algo que he aprendido este mes: a echar sapos y culebras por la boca en inglés con perfecto acento de Cork. Nunca te había oído decir tantas palabrotas juntas, me dice S. Y yo le contesto, resignada, que en su país nunca me habían hecho falta, hasta ahora. 2014. 2014...

Esta mañana he estado en la oficina de Social Welfare. Es una sala muy grande, con muchas sillas. Cada tramo de sillas está pintado de un color, según dónde vayas. El mío era el gris. He avisado de que había llegado a tiempo para mi cita en un mostrador muy alto, con cristal grueso y barrotes. Un minuto más tarde, una señora ha venido a llamarme desde la puerta, una puerta mecánica, corrediza, sólida, que se abre al apretar un botón. La he seguido, calada hasta los huesos por la lluvia, por el estrecho pasadizo hasta una sala con un cartel que rezaba: "Interviews". Apenas un habitáculo con las paredes pintadas de azul y la moqueta gris. Encima de un escritorio innecesariamente grande y desordenado, todo el papeleo que ya había entregado hacía semanas y un formulario nuevo. Otro. La silla, colocada estratégicamente en frente de la impresora, ni siquiera delante del escritorio, lo más lejos posible de la persona que se sienta al otro lado, como una declaración silenciosa. Las oficinas del pub, al lado de esta, son un paraíso, pienso mientras acerco la silla al escritorio y escurro los guantes.

No podía salir de mi asombro cuando, después de darle todos los papeles, la mujer que tenía delante de mí ha puesto su mano sobre el papeleo que rellené hace semanas y ha empezado a hacerme preguntas mientras comprobaba que diera las respuestas acertadas levantando la mano cada pocos segundos, asegurándose de que yo no pudiera ver nada. ¿Qué día llegaste a Irlanda? ¿Cómo se apellida tu novio? ¿Qué día es su cumpleaños? ¿En qué año nació? ¿Qué día entraste a vivir al apartamento donde estás? ¿Cuáles son el nombre y apellidos de tu landlord? ¿Por qué dejó tu novio su trabajo? ¿Dónde trabajaba? ¿Cuál fue tu último empleo? Ahh... ¿Servías copas y atendías a los clientes? No, señora, le acabo de explicar que trabajaba en Marketing. Pero es un pub, ¿atendías a los clientes? No, señora, trabajaba en Marketing en una oficina. Ah, ya veo, trabajo de oficina... fotocopias... teléfono... cafés... No, señora, trabajaba en Marketing. Mar-ke-ting. Ella sigue haciéndome preguntas y escribiendo cosas sobre mí que yo, por supuesto, no tengo derecho a leer (esto lo aprendí en la anterior visita). Me recuerda a las entrevistas a vuelapluma de Harry Potter. 2014. 2014, 2014, 2014...

Salgo de la oficina hacia el recibidor, de vuelta a las sillas grises. Tienen con ellos todos los papeles, el resumen de una vida, de mis planes, de mi sufrimiento, pero no tienen mis ilusiones, mis sueños, mi plan de hacer algo que, al final, reportará dinero a su país. Hablo con una persona. Con otra. De repente, hay tres personas con mi futuro en la mano detrás de ese cristal, de esos barrotes, hablando entre ellas en voz baja, contándose mi solicitud, repitiendo mis palabras, ¿quiénes son?, no lo sé... Tras unos minutos en los que no oigo nada, porque están demasiado lejos para mí (dichosa otitis serosa cuyo tratamiento estoy intentando ahorrarle al estado irlandés), una de ellas me devuelve todos mis papeles y un formulario más. Ese formulario ya lo tengo, le digo. Lo tengo aquí, ya está rellenado y todo, solo necesito una carta del Officer. ¿Pero quién te lo ha dado?, me pregunta. El divino acceso libre a la información, pienso para mí, ¿por qué los cuelgan en Internet y te animan a ir a hacer el trámite por tu cuenta si luego no quieren que la gente los use? ¡2014!

Me da mis formularios y papeleo y, tras pedirme mis datos, me dice que alguien me llamará en las siguientes 24 horas y que para lo otro "ya contactarán conmigo". Después de un mes esperando. Sabiendo que si como tres veces al día es de prestado. He perdido la cuenta de cuántas oficinas he visitado, cuántos papeles he rellenado y  cuántas fotocopias he hecho de los mismos documentos, una y otra vez. En todas las oficinas es la misma historia. Yo no quiero vivir del paro, no quiero quitarle dinero a nadie, no quiero nada que no me pertenezca (ya revisé antes de pedir nada si me pertocaba o no), solo quiero una ayuda mientras encuentro un trabajo digno que, por lo visto, es algo que lleva su tiempo. 2014, 2014, 2014...

La búsqueda de empleo como nanny es otra historia y será contada en otra ocasión. Solo diré que S. y yo hemos iniciado un juego. Tenemos una tabla en la pizarra de la cocina donde vamos apuntando cuántas familias de cada tipo hay. Empezamos a contar solo desde las de este mes. Espero que, en este 2014, al menos no nos falten nunca el humor y la ironía. Estoy segura de que los vamos a necesitar. Enjoy! 


16.1.14

Esto no saldrá en "El país" (espero)

No sé por dónde empezar esta entrada. Supongo que por hacer un resumen, algo así como la voz en off que dice al iniciar las series aquello de "En capítulos anteriores...", y es que los últimos 6 meses han sido los 6 meses más intensos de mi vida hasta la fecha. Y yo que pensaba que me iba a aburrir cuando acabara la universidad...

Primero apareció S. en mi vida. Poco después se acabó mi aventura como aupair. Luego me mudé al piso, ese lugar imprevisto con vistas al Lee, y empecé un nuevo trabajo (que desde el principio iba a ser temporal). Mi trabajo se acabó y empecé otro. Luego S. se vino a vivir al piso también. Más tarde A. se mudó a otra casa. Y por último, yo me cambié de trabajo... de nuevo. ¡Hay tantas emociones diferentes condensadas en este párrafo!

¿Podía haber previsto algo, ni la más pequeña migaja, de todo este caos? Probablemente no. Si me lo hubieran dicho cuando decidí que dejaba de ser aupair, lo más seguro es que hubiera hecho las maletas y vuelto a casa, habría tenido un reencuentro bastante emotivo con mis amigas y tras algo de paciencia, un día habría recibido la tan esperada llamada de un colegio donde necesitaban a una maestra de inglés para varios meses. Prácticamente, casi, casi, el trabajo de mis sueños, debería añadir. Pero no fui yo quien recibió esa llamada, sino mi amiga A. Yo estaba aquí, en Cork, viviendo al límite. Despeinada. Agotada. Pero feliz.

Pasó el verano irlandés, una ilusión, una mentirijilla al oído, una broma del destino, una ironía.
My home by the Lee
Pasaron tantas, tantas cosas. Los meses, semanas; las semanas, días; los días, horas; las horas, minutos. Y como en un segundo eterno, ya por fin parecía que había pasado la tormenta... pero la tormenta nunca pasa, porque es lo que tiene vivir en Irlanda, que aunque haga sol en cualquier momento se puede poner a llover. Y en el plano no metafórico, también.

Llevo muchas semanas dándole vueltas a esta entrada. Despedazándola, descuartizándola, inventando mil excusas para no escuchar a la voz interior que urgía a contar la historia. "Pero el mundo tiene que saber que esto pasa", decía una vocecilla. "Ya, pero... ¿y si llega a manos que no deben? ¿Y si lo lee alguien y se siente identificado? ¿Y si de repente llegan varios cientos de comentarios al blog diciendo que ya está bien de historias de "víctimas" en el extranjero?", le contestaba la otra casi a gritos.
Al final, decido, como siempre, hacer lo que me viene en gana. Al fin y al cabo para eso es este blog... para mí.

Esta historia empieza hace unos meses, pero también hace dos años. Hace dos años decidí que mi siguiente objetivo real no era acabar el máster de Psicopedagogía, ni aprender inglés, ni tener un trabajo que me diera dinero... No, mi siguiente objetivo era estudiar el máster de Montessori. Creo que cuando llega a nosotros, cada uno sabe qué es lo que le mueve por dentro, con qué se siente intrínsecamente conectado. Yo nunca había sentido una conexión como esa. Así que cuando decidí que me quedaba en Cork, mi objetivo era claro: ahorrar dinero para poder entrar en el máster cuanto antes mejor. (¿Todo lo demás? Circunstancial, supongo...)

Con el objetivo de tener tiempo para estudiar y para todas las demás actividades de mi agitada vida, decidí que en lugar de buscar trabajo en una escuela, buscaría trabajo como childminder o nanny. Un trabajo, en teoría, sencillo, que me permitiera llegar a casa y desconectar. Y así lo hice.

No me conformé con cualquier cosa. Me informé de derechos y obligaciones, hablé con Cork City Childcare, recopilé documentos, creé un dossier de información. Sabía que al trabajar en casa de otra persona, esta se convertía en tu jefe y, por lo tanto, debían registrarse como tales en Revenue ("Hacienda", para los amigos) y pagarte el salario mínimo irlandés (8,65 euros / hora). Hablé con cerca de 80 familias, todavía tengo sus emails en algún lugar de mi bandeja de entrada. Algunas pedían cosas surrealistas, como alguien que trabajara a tiempo completo por 150 euros a la semana o que trabajara casi 40 horas repartidas en tres días y medio por 5 euros la hora. Y no me cabe duda de que todas ellas encontraron a alguien (eso sí, dejadme dudar de que esa persona fuera irlandesa) que se encargara de sus retoños por ese precio. Por los requisitos que pedían, no podía optar a formar parte de las agencias de nannies en ese momento, así que me lo tomé con calma y paciencia. En realidad, no con mucha, dado que mis ahorros rascados de euro en euro del salario de aupair solo iban a durar un mes y, tras eso, el vacío existencial más grande. Sin acceso posible a ninguna ayuda del Estado, ni de aquí ni de allí, sabía que tendría que hacer alguna pequeña concesión si quería comer en las siguientes semanas.

Por fin, apareció la familia perfecta. Padre español, madre irlandesa; niña pequeña, con necesidades educativas específicas. Buscaban a alguien a tiempo completo que pudiera ayudar con las terapias. Hablé mucho con ellos antes de aceptar el trabajo. El único problema era el salario. A su anterior childminder le pagaban 45 euros al día. A mí, por mi formación, estaban dispuestos a pagarme 50. Aun así menos de lo que deberían... mucho menos. Por otra parte, la urgencia empezaba a apretar - no soy el tipo de persona que tendría ahorros para salir del paso o cualquier otro apoyo económico, cuando yo digo que no tengo dinero suele ser algo terriblemente literal. Y de todas las familias con las que había hablado hasta la fecha, esta era la única que al menos me hablaba de vacaciones pagadas (solo cuando ellos se fueran de vacaciones). Me juraron y perjuraron que no podían permitirse pagar más dinero. Pensé que, habiendo ciertas posibilidades de ser tres personas en el piso al cabo de poco tiempo, no estaría tan mal. Con mucho esfuerzo incluso podría ahorrar algo de dinero y, pidiendo dinero a otra persona, pagar la primera cuota del máster y seguir ahorrando para pagarle a esa persona el resto... En la balanza pesó más el hecho de ser feliz día a día en un trabajo que me gusta. Al final, acepté el puesto.

La decisión de A. de irse a vivir a otro lugar no supuso una sorpresa. Mi cabeza previsora (cada día me parezco más a mi madre) ya tenía un plan A y un plan B por aquel entonces. Podía imaginar que S. no querría alquilar de nuevo la habitación restante en el piso y, para ser franca, yo tampoco quería. Necesitábamos ese espacio para guardar los objetos aleatorios que vienen "de regalo" con tener una pareja cuya ocupación es ser filmmaker. Mi plan hubiera sido hacer algo poco habitual: encontrar alguna familia alrededor que necesitara a alguien que cuidara de su retoño por las tardes, y hacerlo en casa de la familia de la niña (porque nuestro piso es una maravilla, pero desde luego no es adecuado para acoger a niños pequeños). Pensé que, al estar la familia tan contenta conmigo y al ser una propuesta que beneficiaría en gran medida a la niña, no habría mayor problema a parte de decidir qué pasaría con el seguro. Me equivoqué. Lo hablamos. Les dije que si no había ninguna forma de conseguir más dinero, tendría que irme. Con lágrimas en los ojos. Después de haber llorado lo inconfesable solo al pensar que aquel trabajo de ensueño se podía acabar solo por el maldito dinero. Pero los sueños, normalmente, no pagan el alquiler. Aún no.

Quise que vieran mi punto de vista, mi desesperación. Que entendieran que estaba pidiendo algo razonable, algo que al fin y al cabo, de todas formas, me pertenecía. Un salario mínimo irlandés. Y en ese momento empezó un calvario que me hizo ver lo que ya suponía, pero ahora tengo muy claro: que las "childminders" en Irlanda somos ciudadan@s de segunda, y si no somos de Irlanda, mucho más. Sigue habiendo clases. No dejaba de pensar en todos esos españoles que se quejaban de que las chicas sudamericanas y árabes trabajaran por cuatro duros cuidando de ancianos y niños. No me parecía bien en España y tampoco me parece bien en Irlanda. Por parte de nadie. Pero al fin y al cabo... ¿No había aceptado yo las mismas condiciones? Y por otra parte, ¿era moral y lícito irme y dejar tirada a J., a sus (aún no) dos años, con sus primeros signos en la boca? Al final, aquello no era más que una escala de grises en la que todos nos perdimos y todos salimos perdiendo.

Como, gracias a Dios y a la virgen o a el que a cada cual se le aparezca, me educaron para ser una persona consecuente, decidí que hasta ahí podíamos llegar. Lo decidí en el segundo en que acabé de leer el email de los padres de J. en respuesta al mío, donde les había expuesto mis dificultades económicas y mis motivos. Lo leí en la cocina de su casa, con los ojos como naranjas de Valencia y las manos temblando. No quedaba títere con cabeza. Ni con zapatos. Su postura era clara: yo había aceptado un trabajo con un sueldo y no podía reclamar más dinero al cabo de unos meses solo porque mi situación hubiera cambiado, así que me proponían una ristra de "sugerencias" y cambios que hacer en mi vida diaria para adaptarme a la nueva situación. Todo ello incluía, entre otras, cambiar de casa, abandonar la conexión a Internet, ir al trabajo en bicicleta y abandonar mis proyectos de seguir estudiando. Mi prioridad tenía que ser J. y lo contrario era inaceptable. Lo vi tan claro que daba miedo... Ellos, allí arriba. Y yo, allí abajo. Nadie podía tener semejante control sobre mi vida. Nunca. Mis padres no se han dejado la piel para que yo tuviera mejores oportunidades y las tirara por la borda. Me fui a casa, a mi casa y, una vez más, lloré opacamente. Estaba decidido y sentenciado.

Como es natural, a nadie le gusta sentir que otra persona tiene el control de su vida. A ellos tampoco. La noticia de que había decidido dejar el trabajo les cayó como un jarro de agua fría. Gritos, insultos, amenazas. No  podía creer lo que veían mis ojos, lo que mis oídos estaban escuchando de boca de alguien en quien había confiado. Lo único que podía hacer ante semejante situación era dejar que pasaran los días y, si las cosas se ponían demasiado feas, denunciarlo donde correspondiera. Atesorar cada momento con J. e intentar que aquello le afectara lo menos posible.

Pero no podía dejar que el orgullo de clase me quemara por dentro y saliera en forma de fuego por mi boca. Eso era ponerse a un mismo nivel, en el fondo, el nivel de alguien en un estado de frustración y desesperación. Tampoco pondría la mano en el fuego a que yo no sería capaz de hacer lo mismo si el día de mañana tengo hijos y me veo en su lugar, porque si algo he aprendido en esta vida es que nunca se puede decir "de este agua no beberé". Cada palabra que me callé durante esas dos semanas, durante esas largas horas, fue una victoria personal, silenciosa y fría, una ironía que estoy segura que se reflejaba en mis ojos. Y cada palabra que dije, cuidadosamente escogidas y calibradas, representaba un paso más hacia la persona que soy hoy.

Si alguien se está preguntando si finalmente denuncié los hechos a la policía, no, no lo hice. Recibí una llamada por su parte pidiéndome disculpas y eso me bastó. Prefiero seguir creyendo que, en el fondo, ellos solo lo estaban haciendo lo mejor que sabían, como yo, como todos. Que para ellos, lo que pasó en esos meses no suponga un problema moral, desde luego no es algo que esté en mi mano cambiar. Cuando lo que está mal es el sistema, las personas encontramos todo tipo de justificaciones. El silencio de la gente buena es nuestro refugio y nuestro castigo.

Así aprendí que el mayor poder que tenemos es el poder sobre nuestra propia historia. No solo sobre las decisiones que tomamos, cómo las tomamos ni cuándo, sino también cómo y cuándo contamos nuestra historia al resto. Quién es merecedor de conocerla y por qué. Si al contarla nos ponemos en el papel de víctima, de verdugo o de juez, depende de nosotros. En esta historia no había buenos ni malos, solo había personas intentando hacer lo correcto, lo mejor que sabían. Como en casi todas, supongo.

10.7.13

325-348: Post-apocalipsis

Escribir esta entrada desde el jardín de tu casa, con el sol brillando en lo alto y un bol de comida al lado da una paz de espíritu muy difícil de describir. Había dejado de escribir entradas porque estaba demasiado ocupada viviendo, y es que al fin y al cabo de eso trata este sitio, de escribivir.

Han pasado tantas cosas que no sé por dónde empezar esta entrada. Me siento como si hubiera sobrevivido al apocalipsis, en una de esas escenas de película en que sale el sol al final de un tremendo caos y está todo por empezar, todo por construir.

Acabar mis días como aupair fue una experiencia rara. No sé si con los años me voy habituando a las despedidas o es que estaba tan hecha a la idea que se me perdió la tristeza entre todos los demás acontecimientos de esa semana. Un par de días antes de mi visita a España, la vecina entró a casa y mi hostmum le comentó que me iba. La vecina exclamó que el año había pasado muy rápido y sería una pena no tenerme por el barrio. Mi hostdad, muy ofendido, le replicó que me iba a España de visita pero que aquella siempre sería mi casa. Y eso fue una declaración de intenciones que desde el principio hizo que mi despedida fuera menos despedida y más mudanza. Fue un poco como irme de casa de mis padres por segunda vez.

Por otra parte, saber que me despedía sólo durante una semana y para irme al calor de los míos influyó bastante en cómo viví todo el proceso. Aunque, por supuesto, eso no me evitó una llorera a la mismísima altura del poema de Girondo la noche en que entré por última vez a la que había sido mi habitación en los últimos meses. Todo empezó con una foto a mi habitación y acabó así, también. No sé si algún día tendrá algún simbolismo más allá de mi afición por hacer fotos a las cosas más simples de la vida, que por supuesto también son las mejores.

Lo más raro de dejar a tu hostfamily es que sabes que unos días, semanas o meses más tarde, o cuando sea, en fin, tarde o temprano, otra aupair va a dormir en tu habitación. Otra persona va a vivir en tu vida, en una vida que ya no es tuya. El tiempo de aupair es un tiempo prestado, una oportunidad única.

La segunda visita a España desde que vine a Irlanda la viví de una manera muy distinta a la primera. Quizá porque estaba más preparada psicológicamente, o quizá precisamente porque estaba menos preparada ya que fue organizada en menos de dos semanas. Sabía exactamente a qué iba y cuál era mi sitio, qué cosas iba a echar de menos, qué cosas no necesitaba y cuáles iban a ser imprescindibles. Y sabía exactamente con quién y dónde compartir mi tiempo. Aunque sobretodo sabía del poder sanador de Cork a la vuelta, incluso de un Cork que iba a ser distinto, porque volvía a otro lugar, pero que conservaba aún su esencia. Las expectativas siempre marcan la diferencia.

Y al volver de España... el caos. El caos más absoluto. Dormir en el sofá rodeada de todas mis cosas mientras mi habitación seguía momentáneamente ocupada también formaba parte de ese caos, pero especialmente era un caos interior. Millones de cosas por hacer, adaptarse a vivir por cuenta propia y no perderse ningún compromiso no son exactamente los ingredientes para una vida pacífica y ordenada. Por otra parte, las vidas pacíficas y ordenadas pueden irse a freír puñetas. Yo prefiero mis días que deberían tener 26 horas en semanas que deberían tener 8 días y meses que deberían tener 5 semanas.

El proceso de búsqueda de trabajo siguió durante mi visita a España y durante otra semana. Ofertas y más ofertas que se superponían y se solapaban. Mi impaciencia y mi inquietud no ayudan demasiado en situaciones como esta, todo hay que decirlo: si pasaba más de un día sin recibir una respuesta a mi anuncio como childminder era algo así como el fin del mundo. La desesperación más incierta. El final de las existencias de paciencia y esperanza de todo el planeta.

Y muy a mi pesar volvió a suceder. Después de haber vivido en Barcelona tenía claro que nunca más iba a vivir esa situación con la misma ansiedad y, por supuesto, así fue: en el banco, una cifra demasiado pequeña para mencionarla aquí y ningún trabajo a la vista en los días siguientes. Solo algunos emails y cartas para indicar que no, que seguía sin tener trabajo. Ansiedad 0, o todo lo 0 que puede ser sin rozar la barrera de la salud mental. Porque veréis, en esta casa creemos en Murphy y en el Karma. Lo dice uno de nuestros postits. Y los postits no mienten.

Así que a los tres días de darme cuenta de mi situación financiera (una, que vive feliz...) me llegó un email, y con el email alguna llamada de teléfono y algunas entrevistas más. Y al día siguiente, estaba trabajando.

Un trabajo temporal que ha llegado como hecho a medida para todo el mundo, en el momento y sitio adecuados, cuidando de un bebé de 6 meses al que su madre llama "little fellow", durante un mes. Sobretodo un trabajo que me permitió parar y respirar hondo, valorar mis opciones y recapacitar. Y para encontrar un hueco en mi ajetreada rutina para sentirme orgullosa de haber pasado mis primeras entrevistas de trabajo en mi tercera lengua y de todas las veces que toda la gente nueva con la que he hablado durante estas semanas me ha felicitado por mi nivel de inglés y ha remarcado mi acento de Cork.

No sé muy bien qué pasará con el blog a partir de ahora... (¿pero es que algún día lo he sabido?) Está claro que este ha sido el fin de la aventura como aupair. No será una experiencia que repita, porque no es una experiencia que se pueda mejorar. El día 27 de este mes hará un año exacto que llegué a Irlanda y no sabría por dónde empezar una lista de cómo esta experiencia me ha cambiado, hasta qué punto y a qué nivel.

Estas últimas semanas solo puedo sentir cómo la vida me sonríe: llegar al apartamento -mi lugar preferido en Cork desde que puse un pie en el umbral de la puerta- y que A. tenga la cena preparada, dormir al lado de S. (puede que algún día os hable de S. en el blog, pero también puede que no), que brille el sol en lo alto y salir en sandalias y sin chaqueta a la calle, incluso algo tan sencillo como levantarme por la mañana para ir a trabajar, que mis recursos den de sí para tener proyectos más allá de la supervivencia... todo me parece un regalo, un privilegio.

17.6.13

311-324: En el vaivén de planes sin marcar

No tengo ni idea de por dónde empezar esta entrada. Creo que incluso se me ha olvidado la manera en que solía escribir aquí. Llevaba bastantes días sin hacerlo porque mi portátil decidió que su vida útil podía acabarse pronto y la pantalla ha dejado de funcionar. Y una es un poco maniática respecto a qué, cómo, cuándo y dónde escribir: escribir en el blog desde el portátil de otra persona es algo que no entra en mis planes. (Pero gracias, A. por prestarme tu portátil estos días para todo lo demás) No he cedido, pero al parecer mi portátil ha pactado una tregua en eso de morirse y me ha regalado un rato de funcionamiento.

Sigo en mi búsqueda de trabajo, de la cual no he hablado nunca en el blog pero lleva sucediendo desde final de marzo, más o menos. Dado que busco trabajo como "childminder", es como volver atrás en el tiempo al momento en que buscaba familia para venir como aupair. Cada vez que una familia parece que va a decir que sí, se pone en marcha un complicado mecanismo de engranajes para aceptar y encajar la noticia, y adaptar la realidad a las nuevas circunstancias, no solo en mi vida sino también en la de mi hostfamily. Cada vez que, al final, una familia dice que no, puedo leer la preocupación en las caras de mis padres irlandeses. También veo cuánto se esfuerzan por ayudarme aunque no hay mucho que ellos puedan hacer por mí. Es bastante curioso ser yo quien los tranquiliza a ellos, cuando siempre creí que a estas alturas del año estaría en riesgo de ser ingresada en el hospital por un ataque de ansiedad o algo por el estilo. La vida es muy rara.

Creía que, si llegaba a esta situación (acabar como aupair sin tener un trabajo al que agarrarme después) sería el apocalipsis, el fin del mundo de mi estructura psicológica interna. No podría haber estado más equivocada. Solo hay paz de espíritu. Si no encuentro nada pronto, confío en que la M. del futuro tendrá recursos suficientes para sobrevivir a la situación sin mayor problema. Si algo he aprendido en los últimos dos años es que las situaciones extremas hacen que la creatividad se ponga a funcionar a marchas forzadas - y es inútil intentar que ese mecanismo se ponga a funcionar antes de hora.

Por otra parte, se acerca una, qué digo una, LA tragedia inminente: mi aventura en Irlanda sigue, pero se acaba mi periodo como aupair. Mañana. Que sea mañana lo convierte en algo concreto, tangible. Me gustaría poder decir que lo llevo tan bien como lo de buscar y no encontrar trabajo, pero sería mentira... y yo no sé mentir. Lo llevo mejor de lo que pensaba, ciertamente, yo creí que sería el fin del mundo más apoteósico, una de esas llanteras estilo Girondo. Puede que la intensidad del momento global en mi vida esté cegando la intensidad de ese otro hecho puntual e incontestable: el miércoles, cuando cierre la puerta tras de mí, ya no seré nunca más la aupair de la familia C.

La pérdida aparentemente irreparable de mi portátil precipita que vaya de visita a España una vez más, lo cual desde luego no estaba en mis planes y contribuye todavía más a semejante desbarajuste emocional, pero no voy a negar que me hace ilusión. Así que el miércoles me subiré a un avión dispuesta a renovar energías y volver a Cork en una semana para dar un nuevo giro a mi vida...

3.6.13

308-310: Injusticia

A veces comparar duele. Duele por ti y por la otra parte. ¿Os acordáis cuando cumplisteis 10 años? Para mí fue la segunda vez que sentí que algo realmente importante cambiaba en mi vida (la primera fue cuando nació mi hermana pequeña). Nunca más volvería a escribir mi edad en un solo dígito. Podían pasarme miles de cosas, pero eso era irrepetible. Se lo dije a mi madre y me contestó: "Pues ya verás cuando tengas hijos. Y cuando tus hijos cumplan 10 años, ni te cuento" Y yo me lo imaginé, porque lo bueno y lo malo de mini-M. es que se tomaba estas cosas muy en serio, y me dio mucho vértigo. Y solo por eso fue un día especial. No recuerdo cómo fue la fiesta de cumpleaños ni qué regalos tuve. Recuerdo esa sensación.

Como ya sabréis si habéis echado una ojeada a la anterior entrada, G. cumplió 10 años el 1 de junio. G. tiene una costumbre muy fea que es bastante representativa de las diferencias socioeconómicas y culturales entre ella y yo: cuando le llega una tarjeta a su nombre, la sacude para que caiga el dinero. Y siempre cae algo. Evidentemente no es culpa de G. que la gente que la rodea le mande dinero en las tarjetas. Pero a mí, desde mi trayectoria personal, me parece un gesto sin ninguna finalidad educativa poner dinero dentro de una tarjeta para nadie, y especialmente para una niña. G. ni siquiera lee sus tarjetas, es más, algunas ni siquiera tienen nada escrito a parte del texto que ya venía en ella. Me parece tan frío, tan impersonal...

G. quería dos cosas por su cumpleaños: una bicicleta nueva y otro teléfono, de un modelo y color en concreto. Sus padres, en un ataque de sentido común, le dijeron que no al teléfono, ya que le regalaron uno por su anterior cumpleaños.

Así que el sábado por la mañana G. y su padre estaban en la tienda de bicicletas antes de que abriera. Recogieron la bici, la trajeron a casa. Hasta ahí todo era normal. Teníamos una cantidad inmensa de cupcakes, pasteles y pastas. Poco a poco fue llegando la familia y todo parecía normal.

Al final del día, no obstante, la cantidad de regalos y especialmente la cantidad de dinero que había llegado a recolectar G. no era para nada normal. Las comparaciones son odiosas, pero que una niña de 10 años tenga en menos de 3 horas el mismo dinero de tu sueldo de un mes le da a una bastante que pensar sobre el mundo en que vivimos. Sobre la desigualdad social. Sobre lo que es justo y lo que no.

Porque no es justo para "nosotros, los curritos" (como diría mi padre), pero tampoco es justo para ella. No es justo porque nunca va a entender, y con entender me refiero más bien a comprehender, el valor real de las cosas. Porque vive una vida en la que se da por hecho que el mundo se va a poner a sus pies, algo que no podría ser menos verdad. Y si para alguien lo es, desde luego no debería serlo. Y diréis que si la familia tiene dinero, no van a dejar de gastárselo en la niña porque haya niños muriéndose de hambre en África. Pero no es eso lo que quiero decir cuando digo que es injusto para ella. Creo que es injusto para ella porque da igual cuánto dinero tengas, el valor de un regalo nunca debería estar en el precio. Y creo que es injusto porque ningún niño debería manejar más (ni menos) dinero del que necesita.


Y con esta entrada añado una pieza más al puzzle de contradicciones que es ser aupair...

31.5.13

301-307: Hace un año

Hace un año estaba posponiendo todos los trabajos del máster para acabar el regalo de cumpleaños de G. Era un vídeo para el que lié a mucha gente: feliz cumpleaños cantado en diferentes idiomas por la gente que me rodea. En castellano, catalán, euskera, gallego, árabe, chino. Crucé los dedos para que se subiera a tiempo a Internet. Se lo mandé por email a su padre la mañana del día 1 y recibí una rápida respuesta por su parte diciendo que le había encantado, que tenía una beautiful singing voice y que se lo enseñaría a G. cuando llegara a casa.

Un par de meses más tarde mi hostmum me confesó que ese fin de semana, en Tuam (Galway), estuvieron esperando media hora maldiciendo la conexión a Internet para poder enseñárselo a S., la abuela. Que, por cierto, tiene un nombre bastante cani y es una abuela muy poco convencional, pero de mi hostfamilia extensa ya os hablaré en otro momento. Así que lo vieron por quincuagésima vez. Estoy segura de que lo han visto bastantes más veces que yo. Y se desesperaron cuando, al acabar de verlo, la abuela volvió a cargarlo con toda la paciencia que caracteriza a las abuelas (eso es universal e intransferible) para verlo de nuevo.

Hoy no hay trabajos de máster. Hay horas y días de estudio de trámites administrativos y búsqueda de trabajo, de sacar la calculadora y hacer números, de júbilo ante el hecho de poder salir en manga corta y sin chaqueta a la calle por primera vez en diez meses, horas y más horas de proyectos. Hemos estado haciendo cupcakes y biscuit cake para la fiesta de mañana, dulces que entonces ni siquiera sabía que existían.

Hace un año no tenía ni idea de cuánto habría cambiado no solo mi vida sino yo como individuo pensante y sintiente. No sabía que podía tener dilemas morales como los que he tenido, ni tampoco que efectivamente se puede vivir más allá de la escuela (bueno, más bien sobrevivir), y me hubiera echado a reír si me hubieran dicho que suspiraría por el fin de semana. Ser aupair puede desmontar muchos esquemas.

Mi regalo para G. este año es una caja con cosas para hacer manualidades. Algún día buscaré las palabras para describir mi relación con G., pero no será antes de que deje esta casa y todo se enfríe.

PD. Apuntad la fecha de hoy como el primer día que M. fue en manga corta por la calle en Irlanda. ¡Todo un acontecimiento!

24.5.13

293-300: Contra todo pronóstico

Quería escribir un post sobre lo duro que es encontrar trabajo. Sobre todos los trámites que hay que hacer y cómo, después de estudiarte todas las webs pertinentes, sigues sin tener ni idea de cómo funcionan las cosas en este país - y no tiene nada que ver con tu nivel de inglés. Quería escribir algo que pueda ayudar a otros, algo sobre cómo conseguir el PPSN, cómo abrirse una cuenta en el banco, las peripecias que hay que soportar para acabar encontrando un apartamento decente y también todos los casos de, vamos a llamarlo, "abuso de la situación" que una se va encontrando por ahí cuando busca trabajo como childminder. Niñera, para los profanos.

Quería venir al blog a preguntarme en voz alta si a la gente no se le cae la cara de vergüenza al proponerle a una persona con una carrera y un máster que trabaje 50 horas a la semana por 150 euros. Y a reflexionar sobre nuestras propias actitudes, creencias, comentarios y opiniones cuando se daba la misma situación en España no hace tanto tiempo. ¿Os acordáis? ¿O ya se nos ha olvidado?

Pero lo cierto es que aunque quiera, no puedo escribir sobre nada de todo esto. Miro la página en blanco en el editor del blog y pienso: "Cariño, hoy no estoy de humor".

No puedo escribir sobre nada de todo esto porque soy feliz contra todo pronóstico.
Porque mi corta experiencia previa en la vida me ha enseñado que, a pesar de todo, siempre tiene que haber tiempo y dinero para pequeñas (grandes) sorpresas, para pasar un buen rato con amigos y compartir un buen plato de comida caliente o derrochar dinero en comprarte un helado de proporciones dudosas. Lamentarse no sirve de nada. El dinero en el banco no sirve de nada. Preocuparse innecesariamente no sirve de nada, y eso es lo que quiero decir cuando digo "que se ocupe la M. del futuro", porque al fin y al cabo la M. del futuro siempre tiene un par de ases en la manga. Invertir en ser feliz, en cambio, lo supone todo.

Me gusta que A. tuviera una mecedora por su cumpleaños pese a todo. Me gusta que en la celebración lo hiciéramos todo del revés (primero sacar la tarta, luego ponerle las velas, luego soplar y ya, después, cantar en mil idiomas) porque es como nos gusta hacer las cosas. Me gusta que al final alguien se atreviera y un fuerte fuera construido con la caja de cartón.

Me gusta tener un sitio donde dormir, un lugar que sea "mi" sitio. Da igual que ahora mismo suponga dormir en el salón, detrás del sofá, envuelta en cojines y mantas; aun así, nuestra casa es el lugar más mágico de Cork porque se entra bajando escaleras, tenemos estanterías secretas, A. recoge flores frescas del jardín y el empleado que viene a cortar el césped debería trabajar en un circo. Y porque es un lugar donde te puedes sentir como en casa, donde la gente se quita los zapatos y está bien que alguien se siente en la moqueta pese a tener 4 sillas, 2 sillones, 1 sofá, 1 mecedora y varios taburetes.

Y me gusta que todavía haya rincones de Cork que no conozco, y pararme y sonreír delante de la Opera House, y no dejar nunca de hacer planes para el futuro sabiendo que lo más probable es que yo misma los deshaga en cualquier momento de una patada.

Me gusta mi vida en Cork. Contra todo pronóstico. Y por este motivo, en lugar de escribir una larguísima entrada sobre cosas de las que, en realidad, tampoco me corresponde a mí hablar, voy simplemente a contaros que soy feliz. Que hace varios días que hace sol (dicen que este es el verano irlandés) y que espero compartir pronto noticias mejores, una vez pueda gritarlas a los cuatro vientos.

16.5.13

287-292: Mi Cork vacío

El día de la despedida, mi único consuelo era saber que con todo el ajetreo del viaje a Belfast, almenos podría saltarme el horrible momento del primer día en que te despiertas y alguien importante para ti ya no está. Es difícil de describir, no porque fallen las palabras, sino porque encadenar palabras para contarle al mundo el vacío o la tristeza provoca un llanto de memoria. Te despides de alguien por la noche. Y luego, en algún momento, llega el sueño y borra el mundo de tu mente. Pero es inevitable. Cuando te despiertas tu mundo sigue allí: vacío. Y tienes que aprender a vivir en él de nuevo.

Así que, como decía, almenos me pude saltar ese momento, porque no llegué a dormir lo suficiente como para que el mundo se evadiera bajo mis pies. Y ese es uno de esos consuelos que no llega a consolarte, pero es un mal menor.

Conocí a J. en septiembre. Solo llevaba un mes en Irlanda. Y de repente allí estaba esa chica, periodista por vocación como he conocido a pocas, preguntando y preguntándose cosas sobre el mundo, con toda su experiencia de tantos meses en Irlanda por compartir con nosotras. Pronto descubrimos que las historias de J. son las mejores. Podría sentarme en el suelo de moqueta de nuestro apartamento a escuchar a J. contar historias por los siglos de los siglos, y sería una persona muy feliz.

Y un tiempo más tarde llegó M., totalmente de causalidad (y sí, lo he escrito bien). M. tenía que llegar a nuestro grupo de gente porque hasta que ella llegó nos faltaba algo. Nos faltaban sus ataques de risa y su alegría, sus ojos preciosos y sinceros, su dedicación y su sinceridad.

Y como el tiempo de aupair es un tiempo prestado... se fueron a emprender nuevas aventuras. Y nos dejaron aquí preguntándonos en qué momento se convirtieron en personas tan indispensables.

Vinieron la noche antes de empezar el viaje a Belfast a despedirse. Pasamos un rato como el que hubiéramos pasado cualquier otro fin de semana. Llegaron con una nueva historia que contar, por supuesto. A nadie debería estarle permitida la entrada a nuestra casa si no trae una buena historia. Y cuando llegó el momento de irse, ninguna de nosotras podía creerse que ese era el momento. Queríamos decir las palabras adecuadas, pero tampoco podíamos. Queríamos y no queríamos llorar. Creo que nadie sabía del todo qué hacer.

Así que así, entre risas, lágrimas y palabras bonitas, se fueron. Subieron por las escaleras hacia la calle. Y el silencio atronador que se instaló en el salón me dio pánico. No podía dejar de mirar el sofá y los sillones vacíos, los vasos todavía encima de la mesa. Vacíos. Y es una sensación que no acaba de irse. Es todo lo que puedo pensar al ver tanto espacio donde sentarse en nuestro salón (tenemos excedente de sitios donde reposar nuestros culos, por cierto).

Y lo siento porque esta es una entrada triste que he tenido que escribir en un momento alegre, porque si la hubiera escrito en un momento triste no sé si habría soportado soltarla así, del tirón. No la pienso repasar. No la quiero releer.

Solo quiero añadir que de ahora en adelante espero hacer amigos que no tengan intención de irse de aquí en unos meses, porque pese a todas las carcasas, corazas, escudos y barricadas que ponga mi persona ante el mundo, debajo sigue habiendo solamente una niña asustada que no quiere quedarse sola.

15.5.13

281-286: Yo también sobreviví al viaje a Belfast

Esto de estar acostumbrada a hacer las cosas como una auténtica señora, os lo puedo asegurar, es muy cansado. Te lleva a situaciones como esa en que dos personajes se sientan en una estación de bus en una ciudad aleatoria, sacan boles de plástico y cubiertos, leche y cereales y desayunan como si estuvieran en el salón de su casa. Pero volvamos al principio de los tiempos... o quizá un poco antes, a la semana pasada.

Decidimos que nos íbamos a Belfast. Así. Porque por qué no, y el porqué sí estaba claro. P. nos confirmaba días antes que nos podía acoger en su casa. Todo parecía estar más o menos claro. Es decir, nada claro en absoluto.

Tras una dolorosa despedida (no me voy a extender en esto porque pienso escribir una entrada al respecto) y una espera eterna en el salón de casa, bajo las mantas, sin querer hablar de lo que acababa de pasar, cogimos nuestra maleta y de madrugada, bajo las luces de largo alcance de la puerta trasera de casa, abandonamos la comodidad del hogar.

Descubrimos que dormir en el autobús puede no ser tan sencillo como parece. Y eso que la menda es capaz de dormir incluso de pie. Nos tomamos un café en Dublín a las seis de la mañana y todo formaba parte de una atmósfera extraña, quizá porque Dublín tiene ese aire de ciudad grande que tanto me recuerda a mi querida Barcelona. Era como trasladarse sin querer a la primera vez que pisé el paseo de Gracia.

Agotadas tras el viaje, llegamos a Belfast. No creí que fuéramos capaces de desayunar un bol de leche y cereales en mitad de la estación hasta que introduje mi cuchara verde de picnic comprada en Tesco el día anterior entre los crispies. Quedaba lo mejor y lo peor: la nada... la parte indeterminada del viaje.

Llegamos a Carrickfergus, donde teníamos que conocer a la primera persona que nos acogía en Couchsurfing. Los nervios empezaban a bailar en mi estómago. Reconozco que, aunque no lo hubiera pensado nunca, con el tiempo esa sensación se convierte en una droga. Una muy rara.

Y llamamos a la puerta. Y esperamos. E intentamos llamar por teléfono, pero no funcionaba. Y esperamos durante una hora. Y entonces pasó algo mágico: de repente apareció un plan B en nuestras cabezas. Eso es lo que pasa cuando eres adulto. Tu cabeza se encarga de idear un plan B, un plan C, un plan D. Nunca dejará de sorprenderme que mis pies sepan hacia dónde se tienen que dirigir incluso cuando no voy a ninguna parte en específico.

Cuando casi empezábamos a poner en marcha el plan B, nuestro "host" apareció y nos pidió disculpas - pensaba que llegábamos en otro momento y no había oído la puerta. Nos despedimos del plan B con cierta nostalgia... otra vez será, ¿por qué no?

La experiencia como Couchsurfer fue muy buena. Nuestra habitación estaba pintada de color lila, con lo cual al parecer gané una batalla invisible. La casa era un poco bizarra considerando sus cortinas rojas, su puff de cuero rojo, su pelota Bobath, sus luces de discoteca y un baño más grande que nuestro salón con la colección más amplia de productos de belleza e higiene que he visto hasta la fecha y una bañera por la que incluso podías pasearte. Con su telón. Y sus espejos de tamaño exagerado. Siempre nos quedará la duda de si había o no cámaras en aquel baño, pero la verdad, y os soy muy sincera, prefiero no saberlo.

Así empezó el primero de tres días de idas y venidas entre Carrickfergus y Belfast. Cumplimos todas nuestras obligaciones de turista: vimos los murales, visitamos el centro de la ciudad, fuimos a ver el centro comercial, nos paseamos por los jardines botánicos... nos perdimos varias veces y andamos durante horas.

Dedicamos un día a ver el puente de cuerda y la calzada del gigante, sólo para comprobar si era verdad que había que derribar mitos al respecto. Nos maravillamos con los paisajes del país e incluso estuvimos a punto de asaltar un castillo vikingo.

Durante los tres días hizo un sol de justicia e incluso, en algún momento, cierto calor que nos permitió disfrutar de varios helados. Aprovecho este rincón para informaros de mi firme creencia de que el helado es lo mejor del mundo. Podría alimentarme a base de helado. "It tastes better than hope feels", que dice el post-it de A.

Al llegar, tras un viaje bastante largo y una parada de varias horas en Dublín que me permitió ver parte del centro de la ciudad (gracias A., sin lugar a dudas hay que volver a Dublín), en Cork nos recibió la del pulpo. "Caer la del pulpo" es una expresión que siempre me ha hecho gracia. Me pregunto si en los cielos de alguien habrá un pulpo con lluvia torrencial como mascota predilecta.

Sobrevivir al resto de la semana trabajando "full time" fue tarea de titanes, pero desde luego, valió la pena.

¡Hasta la próxima, Northern Ireland!

4.5.13

275-280: Why not?

El dinero sólo es dinero. Es una seguridad falsa. A veces hay que invertir en vivir y preocuparse menos del futuro. Porque al fin y al cabo, tener el dinero en el banco no te da ninguna experiencia positiva, no te hace madurar ni crecer ni aporta nada a tu bagaje de vivencias-que-un-día-contarás-a-tus-nietos... y mucho menos al bagaje de las que no le contarías a tus nietos ni bajo tortura.
¡O almenos de eso intentamos convencernos!

Cuando tienes "sólo" 20 y pocos años sucede en ti un fenómeno que da bastante miedo y te recuerda a un libro de Kat Zhang. Aparece dentro de ti una personita que no estaba antes. Es tu adulta interior. (¡Encantada!) A veces toma el control y te obliga a hacer y decir cosas que no son para nada divertidas y que hacen que la niña que fuiste se evada un poco en la niebla de tu mundo, en la frontera entre dentro y fuera, en esos límites inciertos.

Por ejemplo, un ejemplo práctico. Estás en el super y te apetece comprar (inserte aquí cualquier cosa muy, muy rica pero objetivamente no necesaria para la vida si tienes en cuenta que hay más comida en casa. Comida menos atractiva, posiblemente más sana y nutritiva)... Y se te escapa sin querer. Dices algo así como: "Mejor no, que hay comida en casa" o "No, que no hay dinero para estas tonterías" y una vez lo has dicho añades: "Dios, acabo de matar un poco más a mi niña interior" Y lo dices así, porque de una dicen que escribe muy bien, pero desde luego no podría hablar peor. Y encima es con alevosía.

Por suerte, cuando tienes "sólo" 20 y pocos años puedes elegir. Puedes maniatar al personaje este y decidir de repente que la opción menos responsable es mucho más divertida. Puedes reflexionar sobre la vida y concluir que nunca más vas a tener 20 y pocos y que qué mejor momento que este preciso instante para vivir lo que te apetezca. Puedes recalibrar tus prioridades y admitir que suena bien, que puedes elegir hacer algo con lo que tus padres nunca estarían de acuerdo, algo que nunca habrían hecho. Algo que tú sí te sientes bien haciendo o algo que nunca en absoluto habrías hecho y te lanza a varios kilómetros de tu zona de confort. Puedes admitir que tampoco se acaba el mundo si te equivocas.

Puedes decidir que vas a hacerte Couchsurfer y te vas unos días a Galway. Y luego cambiar de opinión y decidir que a Belfast. Y de repente encontrarte en un pub rodeada de otros Couchsurfers, sintiéndote como si acabaras de llegar a Cork aunque sea tu casa. Y que alguien te diga: Voy a quedarme aquí un minuto simplemente siendo feliz... Y que todo parezca tener sentido. Excepto el lingüista lituano, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. (O no será contada en absoluto, en este caso es mucho mejor dejaros con la intriga) 

27.4.13

268-274: Aunque tú no lo sepas

La semana empezó con un frenesí de actividad bastante cercano a lo que yo consideraría "vida normal" y el resto del planeta simple estrés. Como siempre, demasiadas ideas, demasiados proyectos en mente... como si el resto de meses de mi estancia en Irlanda hubiera estado semi dormida y ahora empezara a despertarme al calor de la primavera.

Y de repente llegó el sablazo. Como algo que te atraviesa. El péndulo cayendo sobre tu cabeza. Un rayo atravesándote de repente. Las palabras, dichas casi entredientes, casi como la confesión de un pecado de difícil perdón, se te graban en el cerebro. Otra aupair. Alemana. Casi 19 años. Y tu cerebro irracional empieza a pensar: ¿Cómo alguien tan joven? ¿Pero no se dan cuenta de que no es adecuada? Cuando en realidad todo lo que quiere decir es: "¿Pero no se dan cuenta de que no soy yo?"

Porque claro, ¿quién va a hacer tu trabajo mejor que... tú? ¿Quién va a dormir en tu cama, vivir en tu habitación, disfrutar de TU vida? ¿Quién va a vivir con tu familia y cuidar de tu niña? ¡Una completa desconocida! Te dan ganas de escribirle un macro email diciéndole cosas como "A G. le gusta el té no muy fuerte, con bastante leche y con miel", "si te pide salchichas, tienes que pasarlas por la sartén hasta que parezca que están casi quemadas, totalmente marrones"  o "acuérdate de revisar que lo lleve todo al llegar a casa porque la escuela cierra a las 3.30 y si tiene que ir a buscar algo más tarde, no le dará tiempo"

Y entonces racionalizas. Si esa es tu reacción, ¿cuál será la de sus padres? Ellos también confiaron en ti cuando llegaste a su casa, tan sólo una niña asustada a las tantas de la madrugada después de haber pasado todo el día en su beloved Barcelona. Confiaron en tus manos lo más querido de su vida (quien, por cierto, está tranquilamente a mi lado viendo Eclipse mientras escribo estas palabras). Y lo hiciste bien. Aprendiste. Ella también aprenderá. Seguro que ellos han escogido bien. Si te escogieron a ti, pueden escoger bien de nuevo. Alguien que les convenga. Da igual que tenga sólo 19 años... tú también fuiste así de joven una vez y te exacerbaba que no te dieran oportunidades en la vida por ser más joven. Incluso ahora lo hace. Calm down, child, sure it'll be grand like, te dices.


Lo cierto es que me ha costado unos días tomar perspectiva sobre el asunto. Porque mi final no es exactamente un final, no me voy del país, ni siquiera cambio de ciudad... estaré viviendo a media hora andando de distancia. El resto de aupairs siempre tuvieron la experiencia en consideración como algo que empieza y acaba, con una vida a la que volver, un punto de retorno claro en su mapa mental. Y luego estamos las raras, las que nos enamoramos del país y nos vemos incapaces de situar un pie delante del otro arrastrando la maleta llena de recuerdos para subirnos al avión que nos ha de llevar de vuelta al punto de inicio. Las que tampoco sabemos qué contestar cuando nos preguntan: "¿pero qué es lo que te puede gustar tanto de Cork para preferirlo a tu sunny Spain?"

Será duro, como cualquier cambio de etapa. Pero también necesario... para crecer, cambiar, evolucionar. Y es tranquilizador saber que aunque viva "by myself" en un país que no es el mío, mi familia irlandesa siempre estará aquí, en el número ... de ... Park, ... Road, Cork, en la que un día también fue mi casa, en este lugar al que siempre podré entrar por la puerta de atrás, sabiendo que estará abierta y sin que el perro me ladre porque también pertenezco un poquito a aquí.

Y pensándolo bien, otras personas tienen derecho a vivir esta experiencia. A vivir con la mejor familia de Cork y aprender de todo lo que tienen que ofrecer. S., no sé quién eres y apenas hemos hablado, pero aunque tú no lo sepas, el día que firmes el contrato de aupair te habrá tocado la lotería.

26.4.13

264-267: Si no lo veo no lo creo

Hace tiempo tomé la decisión de no contar mis fines de semana en este blog, pero el fin de semana pasado sería cruel no compartirlo, porque a veces la realidad supera la ficción. No voy a contarlo todo porque se me hace innecesario, sólo la historia con moraleja. Y ya la moraleja la sacáis vosotros.

En fin, todo parecía normal: Como cada fin de semana desde que tenemos la llave de nuestro apartamento, me dispuse a hacer la maleta para irme. Vivir en custodia compartida no es nada fácil... Me pregunto si estaré condenada a estar eternamente entre dos lugares.

Mi madre irlandesa me convenció de que me llevara un saco de dormir y mantas, la batidora, y si me descuido hasta me descuelga las cortinas y me las da. Nunca dejará de sorprenderme cómo cuidan de mí y su eterna amabilidad. Así que allá me fui, media hora andando cargando con todas las bolsas del mundo (gracias a Dios no llovía, la última vez que se dio esta situación parecía que el cielo se iba a derrumbar sobre nuestras cabezas y, gracias Murphy, mi bolsa era de papel).

En principio iba, como siempre, a dormir en el salón, pero esta vez en compañía de E., una de las chicas a las que conocemos en Cork, que iba a estar acampando allí desde el viernes. En comunión y armonía hicimos la comida y decidimos instaurar una nueva costumbre: tomar el café en el jardín. La verdad es que es un auténtico lujo vivir en un apartamento por el que pagas algo totalmente dentro de la media y tener un jardín (aunque sea comunitario) desde donde se puede ver una preciosa vista de Cork. Además, descubrimos para nuestra sorpresa que el jardín no sólo está lleno de flores sino que también tenemos fresas silvestres (y mucho que limpiar... glups). Y allí estábamos, el sol brillando en lo alto detrás de las nubes, las flores bailando al ritmo de la música "buenrollera" del portátil, mientras yo pensaba que al final mi vida siempre acaba transcurriendo sentada en las típicas escaleras de metal que hay a la puerta de los institutos, incluso cuando no están en un instituto. ¿Quién podía prever lo que sucedería en las siguientes horas?

E. se fue porque tenía una cita y nosotras nos disponíamos a irnos a comprar lo que necesitaríamos para hacer un pastel para el cumple de M. Ya estaba poniéndome la chaqueta de señora y cogiendo el bolso de... bueno, del Penneys, cuando sonó el teléfono de A. "¡Ay, que están en la puerta!", me dijo con cara de incredulidad. Yo en ese momento me acordé de todas las tácticas de in-hospitalidad sutil que he aprendido de mis hostparents, porque los irlandeses nunca te dirán a la cara "oye, mira, vete" pero creo que cuando les dan las llaves de su casa les deben de inscribir en un cursillo introductorio sobre cómo reconocer y reproducir señales sutiles de evacuación del lugar.

Así que se sentaron en nuestro sofá, al principio cada uno en una punta, recatadamente, y acercándose paulatinamente según pasaba el tiempo. No les ofrecimos café, ni té, ni nada de nada. Contestamos cuando nos hablaban. No nos molestamos en barrer las bolas del desierto que pasaban periódicamente por allí. Y aun así...

...entonces llegó K., que no sabía nada y no estaba el día del cursillo, y les ofreció café. Y comprendimos en el fondo de nuestro ser que se quedarían a cenar. Así que decidimos no cortarnos más, coger la chaqueta y el bolso y disponernos a irnos. Nos siguieron. Compramos lo que necesitábamos y la cena. Visto lo visto, compramos cena para todos. Nadie dijo nada. Nadie, excepto nosotras, pagó nada. Entraron a comprar bebida en un off license. Su bebida, por supuesto, no nos preguntaron si teníamos intención de beber o comprar algo para nosotras. Volvimos al apartamento y el chico (¡un completo desconocido!) se dispuso a calentar algo que había comprado por el camino en nuestro microondas. Sin más. Como si fuera nuestro compañero de piso de toda la vida. Hicimos la cena mientras la parejita hacía ... vida de parejita en nuestro salón. Ahí empieza ese tipo de momento bizarro en el que entras en TU salón y las personas allí sentadas se callan, esperando a que te vayas de TU salón para seguir en su burbuja para dos.

Cenamos todos juntos, obviando el hecho de que llegábamos tarde por su culpa, y nos fuimos al karaoke. Porque esto es algo que pasa cuando llegas a Cork, que conoces facetas tuyas que nadie se podía imaginar, y una de ellas es organizar fiestas españolas, karaokes y quedadas gastronómicas. ¿Qué hace una maestra en semejante sarao? ¿Cómo va a encajar una persona como yo en un ambiente como ese? Pues no lo sé. No pienso darle más vueltas al tema.

En mitad del estrés de organizar todo el karaoke, E. y su "amigo" se acercaron a nosotras. Sigilosamente. Como quien no quiere la cosa. Cuando A. me llamó con cara de circunstancias supe que se había cumplido el peor de los presagios, ese que hablábamos de camino: "¿No se quedarán también a dormir, verdad?" "Pues al paso que vamos..."

Ni siquiera me acuerdo de la excusa que nos pusieron. Me acuerdo perfectamente de volver de camino a casa prácticamente siguiéndolos por las calles de Cork, la parejita feliz mientras nosotras, detrás, éramos al parecer las invitadas en nuestro propio apartamento... Como si el mundo fuera suyo y las calles se cortaran para ellos. Nos esperaron en la puerta dándose el lote de manera totalmente casual, como si no existiéramos. Por el camino habíamos decidido recluirnos a comer Cheerios y reírnos de nuestra propia ingenuidad, trasladando la acampada Cork del salón a la habitación de A. Y así lo hicimos.

Como invitadas en nuestra propia casa, sin decir siquiera buenas noches, cerraron la puerta del salón y nos dejaron (¡gracias!) únicamente la cocina libre. En aquellos momentos la incredulidad rozaba el límite de lo absurdo. Allí, sentadas las tres en la moqueta, cada una con su bol de cereales y su tostada, a las dos de la mañana de un sábado, se me ocurrió lo más absurdo de todo, la guinda del pastel: ¿Se acordarán de cerrar la cortina o nos denunciarán los vecinos a la Garda cuando se levanten por la mañana y se encuentren con semejante panorama a la vista de todo Cork? ¿Y si el tipo es un psicópata que se levanta de madrugada (bueno, más de madrugada) y nos mata a todas? ¿Y si se lleva todo lo que hay en la casa? Bueno, venga, si se lleva los cuadros nos hará un favor a tod@s. Y con ese feliz pensamiento me dormí. (Gracias A. por acogerme en tu cama, ¡si me llega a tocar dormir con la parejita en el salón me vuelvo a mi otra casa!)

Al día siguiente, no pudimos disponer de nuestro salón hasta las once y media bien largas, cuando abrieron definitivamente la puerta. Sólo salieron para hacerse su propio desayuno y volver a entrar a su nidito de amor. No dábamos crédito a lo que veíamos. Desayunamos en el jardín, pero esta vez sin flores bailando ni música buenrollera, sino con una crispación interior oculta solamente por las risas y el buen humor que solo nosotras podríamos conservar en una situación como esa.

El salón estuvo ocupado a efectos prácticos hasta mediodía, cuando decidieron que podían ir a comer a algún otro sitio. Entremedias, nosotras habíamos hecho una tarta, ido a comprar, vuelto, etc. sin ningún ofrecimiento de ayuda ni amago de dejarnos nuestro espacio en nuestra propia casa. Nos cuidamos bastante de repetir el número adecuado de veces que habíamos quedado para comer porque era el cumpleaños de una amiga.

Pensaba que la situación no iría a peor, pero la guinda del pastel fue que abrieran la nevera antes de irse para llevarse la última de las cervezas que habían comprado y se dirigieran a nosotras por primera vez desde el día anterior para decirnos (muy amablemente) que podíamos quedarnos con el resto de su ensalada de atún (precio total 3 euros) que había sobrado del día anterior. Gracias por salvarnos la vida, chicos. No sé qué habríamos hecho sin vuestro atún que, por cierto, una semana más tarde sigue en la nevera.

La parte buena de todo esto es que nos dio una buena historia que contar durante la comida de grupo.
"¿Pero esto me lo estás diciendo en serio?" era la reacción más repetida. Desde luego, a nuestr@s amig@s y conocid@s les debió de quedar clara nuestra posición al respecto, porque cuando fuimos a casa a tomar café (13 personas de nada... espero no haber firmado nada al respecto de tener visitas en casa en el contrato de alquiler ;P) nos trajeron provisiones de galletas y café como para dos semanas.

Así que, chic@s, aunque yo pensaba que era una perogrullada, lo voy a decir así en público:

Seréis muy bienvenid@s en nuestro apartamento, siempre y cuando:
-Nos aviséis antes (o como mínimo no os autoinvitéis ni mucho menos invitéis a pasar la noche a gente que no conocemos).
-No os comáis nuestra comida sin pagar nada. No nos sobra el dinero.
-Respetéis el espacio común y lo compartáis.

El personaje peor parado de esta historia fue, sin duda, el saco de dormir rosa que me había dejado mi hostmum. Cuentan las malas lenguas que está tan traumatizado que sigue escondido debajo de uno de los sillones de nuestro salón.

17.4.13

257-263: ¿Por qué es todo tan difícil en este país?

A. es una persona con mucha paciencia. Se levanta a por leche por la mañana cuando ya no queda, se cree mi historia con la ducha (os prometo que la ducha eléctrica me tiene manía), no se enfada (o almenos no mucho) cuando la situación me/nos supera, cocina cosas ricas, me deja tener la ropa interior en la estantería del salón (y esto, amigos, es una larga historia que mejor que no sea contada aquí), pero sobretodo lo que hace que su paciencia gane mi admiración es que aguanta todas mis preguntas sobre la vida, el universo y todo lo demás.

Será el instinto de madre que florece en todas nosotras cuando somos aupair o será que es una de esas personas que probablemente tenga respuesta para la mayoría de preguntas... A saber: ¿Se podrá ser feliz trabajando como [insertar aquí trabajos raros, trabajos insípidos, trabajos que dan mucho dinero pero nadie entiende por qué]? ¿Por qué es tan caro el pescado en este país, si es una isla? ¿Qué hace la gente con tanto tiempo libre? ¿Por qué alguien querría trabajar en un pub? ¿Por qué la gente se corta las uñas en su cuarto en un cuarto con moqueta? ¿Por qué la gente emplea tanto tiempo y esfuerzo intentando ser nice todo el día? ¿Por qué en mi casa no se enfada nunca nadie? Bueno, y así toooodo el día. Es como vivir con una niña de cuatro años. Tranquilos, no espero respuesta alguna, solo son preguntas que me hago en voz alta. Pero hay una pregunta que ni A. ni nadie sabrá contestarme... ¿Por qué es todo tan difícil en este país?

Por supuesto, todos los países tienen su burocracia, sus normas, su picaresca... y sus ciudadanos conocen la manera de lidiar con todo ello. Tú, que vienes de fuera, por supuesto, no. La parte positiva de que todo esto te suceda en Irlanda es que como mínimo, la gente que suele atenderte lo hace con una sonrisa y una paciencia que a mí, personalmente, me dan bastante repelús, pero a la gente le suele gustar.

Conseguir el famoso PPS number, abrirse una cuenta en el banco, conseguir un contrato de alquiler, pagar las facturas a fin de mes... parecen cosas relativamente normales que no deberían conllevar demasiado esfuerzo (a parte del esfuerzo económico, claro). Pero, por supuesto, cuando eres aupair todo es más complicado. Y luego llegan las normas estúpidas: cartas de referencia para todo, contratos de alquiler que no sirven como prueba de residencia (¿qué mejor prueba de que vives aquí que un alquiler a tu nombre?, pues nada), bancos que están de acuerdo en que abres tu cuenta únicamente para pagar las facturas y no has tenido nunca facturas en Irlanda, pero aun así te piden una factura a tu nombre para abrir la susodicha cuenta (y si no la tienes, ... la consigues), en fin, podríamos escribir un libro. La experiencia como aupair no da mucho dinero en el momento, pero el día que publique mis memorias, me forraré con todo el material "bestselleriano" obtenido a lo largo de estos meses.

Dos semanas después de tener por primera vez las llaves de nuestro piso en la mano, parece que todo va volviendo lentamente a su lugar. Ya podemos pagar nuestras propias facturas, lo cual es tranquilizador y una experiencia nueva para nuestras personas; dentro de poco incluso tendremos Internet; puede que hasta nos quede dinero para comer. ¿Qué más se puede pedir? (¿Un trabajo? Venga, no seamos ilusos)


¡Acampada Cork cada fin de semana en nuestro salón!
(sí, eso que veis ahí es el sofá desmontado)

10.4.13

251-256: Our home by the Lee

Llegó el día. Nos levantamos después de haber descansado como angelitos toda la noche y nos dirigimos a nuestro futuro piso. Ni siquiera estábamos seguras de cuál de las puertas era "nuestra" puerta. Mientras espiábamos cómo un señor cortaba el césped de nuestro futuro jardín, llamamos a D., de la agencia, para que saliera a abrirnos. El señor que cortaba el césped era P., nuestro landlord. Entramos a nuestra cocina mientras D. bromeaba con que era la primera vez que había entrado con alguien desde la puerta trasera de ese piso. Es que a nosotras nos gusta hacer las cosas a nuestra manera. Y entramos con la misma familiaridad con la que lo haríamos dentro de cinco años al entrar a nuestra casa, como si lleváramos viviendo allí toda la vida y ellos fueran simples invitados.

Nos habíamos vestido de señoras, de personas adultas y responsables, del tipo de gente que sabe lo que hace y pide firmar en bolígrafo azul. Nos bebimos el contrato mientras D. y P. comprobaban de nuevo que todo en el piso estuviera en orden. Mantuvimos una charla adulta con ellos. Elogiaron nuestro inglés (otra vez). Intercambiamos números de teléfono con P. Nos informaron de todo lo que nos tenían que informar. Y cuando al fin aquellas dos personas que habrán vivido como medio siglo más que nosotras se dirigieron hacia las escaleras (porque nuestra casa es tan original que para salir hay que subir escaleras), cuando ya nos habíamos despedido con nuestras mejores lovely smiles, nos miramos y suspiramos aliviadas por no tener que parecer adultas de nuevo y poder dedicarnos, simplemente, a investigar cada minúsculo detalle de nuestro nuevo hogar.

¿Ves este tenedor? Este tenedor es nuestro durante un mes. A ver... ¿Dónde vamos a poner los farolillos? ¿Y los banderines? ¿Que las tazas sean lilas y verdes... será una señal? ¿Qué vamos a hacer con el patio interior? Me sorprende que tardáramos más de 30 segundos en hacer esto:



Salimos de casa poco menos que dando saltos de alegría. El sol brillaba en lo alto, todo lo que el sol puede brillar en lo alto en un sitio como Cork, claro; como para darnos la bienvenida a nuestra nueva vida. Sólo por un día, nos daba igual el dinero, el trabajo, la situación de la economía mundial: Queríamos conocer nuestra nueva calle, saber qué comercios teníamos cerca y descubrir en qué rincones podíamos escribir. Averiguamos para nuestro deleite que en nuestra mismísima calle hay un bed&breakfast (para las visitas), una cafetería, un sitio de takeaway donde preparan sushi y varios carteles buen rolleros. Let the sun shine in! Decidimos que la ocasión merecía una cierta celebración, porque no todos los días una estrena el primer lugar al que puede llamar "su" casa, y nos fuimos a comer por ahí. A esas alturas del día teníamos el cupo de responsabilidad cubierto como para pensar en nada más que no fuera la mítica hamburguesa de Uncle Pete's.

La primera parada adulta y responsable fue comprar mantas, almohadas y sábanas. Lo que no fue tan adulto y responsable fue cargar con todo aquello por el centro de Cork, claro. Y la segunda, no tan adulta ni responsable pero igualmente necesaria, fue adquirir a Pepa-Bella, nuestra nueva cafetera de color verde, así como café de la más exquisita calidad, porque un día es un día. Y volvimos a casa a tomarnos nuestro primer café en nuestro primer salón.

La primera compra fue un asunto un poco más escabroso dado que (claro) no había ninguna de las cosas básicas que cualquiera necesitaría en una casa, y semejante compra hace que la "pequeña cuesta" que hay hasta casa se convierta en el Everest. Seguro que todos hemos vivido esta situación alguna vez. Nada nuevo bajo el sol. Bueno, para seros sincera, sí que había algo nuevo bajo el sol: un carro que cogimos prestado del supermercado y dejamos atrancado entre la puerta y las escaleras para devolverlo al día siguiente. Definitivamente somos unas vándalas. Seguía haciendo sol.

Lo mejor de tener un piso propio es poder invitar a gente a casa, sin prisa, sin relojes, y que dé igual si somos 3 o 15, si atardece, si anochece o se acaba el mundo ahí fuera. Y podría decirse que a eso y a limpiar nos dedicamos durante todo el fin de semana.

No puedo describir en palabras la sensación de despertarte por primera vez en "tu" cama, en "tu" casa sabiendo que dos días más tarde volverás a tu vida anterior. Porque, aunque no lo haya mencionado hasta ahora en el blog, "el plan", si semejante artefacto imaginario existiera, es quedarme en mi hostfamily hasta junio, así que aún me esperan otros casi tres meses de vivir en su casa, pese a que "mi" apartamento exista físicamente en otro punto de Cork. Nothing is ever easy!

El apartado "Limpieza" merecería un post aparte, pero os lo voy a contar en este porque prefiero no recrearme en los detalles.
Empezamos por la parte fácil: ¿cómo puede salir tanto polvo de la barandilla de las escaleras o de debajo de la calefacción?, ¿por qué alguien querría vivir con telarañas en su sofá?, ¿qué empuja a la gente a no limpiar (y cuando digo limpiar me refiero a no tener acumulado el polvo de tres años) el armario donde dejará su ropa recién lavada?
Después pasamos al nivel experto: ¡el aspirador! No es sólo que en las casas irlandesas debajo de la moqueta haya... más moqueta. No. Es que una se motiva al aspirar y le da por apartar los muebles. Craso error, os prometo que no volverá a ocurrir. Y entonces le grita a A. de punta a punta de la casa uno de los comentarios más insensibles que han salido por esta boca en 22 años: "¡Esto no es Mordor... es Auschwitz!" al encontrar, debajo de ambas mesillas de noche, una colección de uñas humanas de diferentes tamaños y colores, con el plus de un paquete usado de compresas debajo de la cama doble. ¿Será verdad la teoría de J. por la cual las aupairs nunca vuelven a sus países porque son tragadas por la moqueta para que se integren con el estampado?
Prometo que me esperaba encontrar las cuatro arañas por cada habitación que pasaron a mejor vida al ser aspiradas, ¿pero uñas? ¿En una habitación con moqueta? Llamadme señorita, pero al salir de allí quería quemar mis ropas y bañarme en lejía.

En fin... Una vez movidos y reubicados la mitad de los muebles, desinfectado y aspirado todo, y ya desde un lugar con un nivel de habitabilidad aceptable según nuestros estándares, aunque no el deseable hasta que podamos pagar facturas y tener Internet, puedo volver a cantar con renovada alegría aquello de:

Beautiful city, charming and pretty
beautiful city, OUR home by the Lee!

O almenos podía hasta que llegó el lunes. Y volví a casa de mi hostfamily. Que es casi peor que tener que volver a casa de tus padres (biológicos). Allí me estaban esperando todos: las migas del desayuno, los platos por recoger, el fuego por encender, la nevera con las cosas de siempre, la radio encendida permanentemente en la misma emisora. No faltaba nada. Mi vida anterior a aquel fin de semana de frenética actividad para acondicionar un lugar donde entonces corporizaba que aún no voy a vivir.

Menos mal que existe A. para dejarme post-it en la puerta diciendo: "Probablemente seas la única aupair en Cork con dos casas. I can't wait a que vuelvas a tener solo una" :)

249-250: Sitios mordorosos del copón infecto (II) ¡El desenlace!

"Beautiful city, charming and pretty, beautiful city, my home by the Lee..." es el himno de Cork, que una se sabe porque G. se lo tuvo que aprender de memoria y que es exquisitamente pegadizo. También es lo que íbamos cantando A. y yo por la calle cuando íbamos a visitar pisos. Porque nosotras somos así, el tipo de gente que va cantando por la calle.
Muy poco tiempo después de haber publicado la primera parte de esta entrada, en una tarde cualquiera de esas en las que G. se va a jugar al parque con sus amigas, en un grupo cualquiera de Facebook alguien escribió una breve nota en la que se preguntaba si a alguien le interesaría un piso cerca del centro. No habían pasado ni 15 segundos después de publicarlo cuando yo contesté pidiendo más información, y probablemente no más de dos minutos cuando ella me envió un privado con algunas especificaciones. 2 habitaciones, céntrico. Me pondría en contacto con su amiga para que fuéramos a visitarlo. No tenía esperanza ninguna en algo así, sin apenas datos, sin conocer a aquella persona, sin haber visto una triste foto y especialmente después de nuestras anteriores visitas a otros apartamentos.
Por supuesto, había habido algunas visitas más, además de las que relaté en su día, siempre aderezadas con llamadas la una a la otra, del estilo: "Deberíamos quedarnos con este. ¡¡¡Tiene una estantería en el salón!!! ¡Y un espejo! Es más... ¡hasta se entra por una puerta!" Pero nada terminaba de convencernos lo suficiente como para dar un SÍ.
Acordamos la primera visita para el día nacional de la resaca, esto es, el día después de St. Patrick's. La calle era la misma que el apartamento mordoroso infecto por excelencia, lo cual no nos daba demasiada confianza, y el hecho de que nos perdiéramos por el camino tampoco ayudó. Y es que, señores, S. terrace no está indicado por la sencilla razón de que los apartamentos son suficientemente grandes como para tener dos puertas y un jardín trasero, con lo cual las indicaciones sólo están en la calle principal, y nosotras estábamos accediendo por la puerta trasera... ¿pero cómo íbamos a saber todo aquello por aquel entonces? ¿Cómo podíamos sospechar que aquellos caserones envueltos en primavera podían ser el apartamento que íbamos a visitar?
S., muy amablemente, nos salió a recoger a la calle y nos explicó el malentendido. Tengo que admitir que estaba muy impresionada por el jardín... parecía la entrada a la guarida del hobbit, como si en cualquier momento nos podía asaltar un leprechaun, como si entráramos en un mundo distinto, mágico.
La puerta trasera da a la cocina. Ese es un pequeño detalle que me enamoró el alma, pero lo mejor fue la primera sensación al entrar al salón. Un enorme ventanal con espacio suficiente para sentarse a leer con Cork a nuestros pies, butacas, sofá, estanterías por doquier, mesa para cuatro, ¡incluso espacio para moverse! Hicimos una breve visita por las habitaciones, el baño, el patio interior. Apenas tuve que mirar a A. para confirmar que teníamos la misma impresión cuando dije "Nos lo quedamos"
S. no era la propietaria del piso, lo cual nos ha venido muy bien porque nos lo ha ido explicando todo "desde dentro", desde el punto de vista del tenant.
A partir de ahí empezó una odisea de llamadas cuya cobertura era pésima, encuentros al borde del ataque nervioso, mentiras piadosas, mentiras blancas, mentirijillas y medias verdades que no vale la pena contar aquí. Hasta que, tras haber comprobado nuestras referencias y haber caído en gracia a la persona de la agencia (probablemente lo único enteramente verdad que teníamos que aportar a todo este asunto hasta que tengamos un "proper job"), nos dieron el SÍ. Y acordamos una fecha.
Y esa fecha fue este sábado. Y desde entonces no importó que A. no tuviera casa durante una semana, ni importaron las vacaciones de Semana Santa, ni importarán cualquiera de las pequeñas minucias del día a día, porque sabíamos que al llegar esa fecha límite, pasara lo que pasara... tendríamos un hogar al que acudir.

4.4.13

241-248: Cuando tienes visitas

Irte a vivir fuera implica dejar de compartir todos los detalles de tu vida con tus seres queridos. Las personas que ahora poblan tu rutina son para ellos únicamente un nombre anónimo, desvinculado de sus caras, su manera de hablar o de cómo son sus mejores ataques de risa. Aunque conozcan los nombres de las calles principales de tu ciudad, nunca podrán imaginarse virtualmente caminando por ellas como tú lo haces. Aunque se estudien las guías turísticas, no han pisado el barro irlandés con las wellies ni probado una scone recién hecha ni salido a la calle sin darse ni cuenta de que estaba lloviendo.

De la misma manera, tú te pierdes detalles de la vida que dejas atrás: sabes que alguien tendrá un bebé o que no-sé-quién ha abierto una tienda no-sé-dónde, pero incluso aunque ese alguien y ese no-sé-quién no sean cualquiera, no eres consciente del progreso de ese embarazo ni de los nuevos colores que aporta la tienda a la ciudad cuando pasas por esa calle. Todo se convierte en vagos trazos de frases que danzan en tu cabeza y tienes que saltar y perseguir entre las calles de tu memoria para recordar quién y cuándo te lo contó. Inevitablemente, la vida sigue, como en universos paralelos que se tocan con dedos hechos de letras y datos.

Pero de vez en cuando, los dos mundos se acercan, se palpan, se miran con extrañeza, con una familiaridad falta de cotidianeidad. Eso sucede cuando tienes visita. En mi casa irlandesa se lo olían desde hacía días: G. quejándose de que tendría que oir hablar "so loud" en español todo el rato (así es mi adorable niña irlandesa), mi madre irlandesa mandándome pequeños recados cada día: hoy cambiar las sábanas, mañana aspirar la moqueta, etc. y curiosamente el perro, desterrado a un hotel para perros durante el fin de semana, era el único que no se olía nada hasta que lo hicimos entrar en el coche. The poor thing.

A lo largo de los años he tenido el placer de "enseñar mi mundo" a varias personas en ricas y variadas visitas turísticas por Tarragona, pero nunca creí que tendría que hacer algo así con mi propia hermana. (Con S. sí, a eso ya estaba acostumbrada ;P) Salir a la calle en esas circunstancias es verlo todo con ojos nuevos, como si te pusieras una de esas gafas que te haces de pequeña con papel de celofán de colores en cada cristal. Vas recuperando de la memoria cada detalle de lo que más te sorprendió cuando llegaste. Es como volver a beberte el mundo... pero sin el como.

Para mi desgracia, no tuvieron el placer de conocer esos pequeños detalles de la vida irlandesa de los que siempre me quejo por WhatsApp, pero como mínimo sí sentimos el frío del que curiosamente nunca me había quejado. Y es que, como una está muy bien adaptada, cuando hace semejante frío solo va de casa al pub/cafetería y vuelta, ni siquiera esperando por el bus entremedias, porque hace menos frío si te mueves que si te paralizas en la parada del autobús. En general el "tranquillo" de la vida es ese, seguir moviéndose.

Total, que allí estábamos G. y yo, en la parada del Aircoach, a la intemperie, intentando no caernos al río Lee. Y por fin, media hora más tarde (de la que sufrí cada segundo), llegaron. Entrar a casa fue como entrar a casa por primera vez, y aunque mi hermana ya la había visto desde la webcam todo parece más grande cuando llegas aquí y cobra sentido corporizado que les diga que mis horas transcurren paseándome por la cocina porque los platos y otros utensilios están todos en sitios distintos. Un día de estos me cuelgo un cuentakilómetros del pantalón.

Es difícil seleccionar qué es lo que quieres enseñar de este país en sólo tres días. No es que yo haya visto tanto - por suerte aún me queda mucha Irlanda por conocer, pero esa selección será lo que más influya en la visión que se lleven de la vida aquí. Y eso es una responsabilidad. Kind of. Y además yo me enamoro muy rápido de las ciudades donde vivo, pero al resto no tiene por qué pasarle lo mismo.

Así que fuimos a Blarney y me hice el propósito de volver a ir allí algún día, porque sorprendentemente tras tres visitas aún no lo he visto todo; vimos Cobh y su espectacular catedral, Kinsale y sus pintorescas calles y cafés, y cómo no, Cork, mi querido Cork. Pero lo cierto es que hacer el camino entre mi casa y el centro acompañada fue lo más raro, quizás por ser lo más rutinario - ¿cuántas veces al día piso esas calles de ida y vuelta?, ¿cuánto habré reído y llorado caminando por allí? Andar por las calles principales, hacer fotos a los pubs donde normalmente voy (y a aquellos donde no voy nunca pero son visita obligada), intentar combinar todo lo turístico con lo que realmente es "mi" Cork del día a día... Compartimos todo eso y mucho más. Nos pusimos al día y mi hermana descubrió su nueva delicia gastronómica: los gofres de patata con huevo frito (lo cual me recuerda que tengo que retomar la entrada de las delicatessen culinarias irlandesas...).

Además de todo eso, la visita llegó en pleno caos: hablar con nuestra referente de la agencia, pagar el depósito del alquiler, organizar eventos varios, soñar con nuestro nuevo apartamento, A. mudándose temporalmente a mi casa durante una semana hasta tener las llaves (lo cual es otra historia que, por supuesto, pertenece a otra entrada)... En fin, ¡que no se pueden quejar de que no presenciaron lo que viene a ser mi día a día real!

El domingo mientras desayunábamos y nos poníamos de acuerdo respecto a la hora y sitio donde nos encontraríamos me di cuenta de que me hacía mucha ilusión que conocieran a mis amigas. Porque son como mi segunda familia aquí. Lo que más me gustó fue que a mis amigas les hiciera ilusión conocerlos a ellos :) Como es habitual en el mundo aupair, alquilamos un coche y nos fuimos por ahí de ruta low-cost. Porque como dice la canción: "Los mejores viajes se hacen sin dinero, vuela con la mente, vete de paseo... los que van con prisa nunca ven el cielo..."



Y entonces se fueron. Nos despedimos en el aeropuerto por la mañana y según se iban me imaginé que ese vacío horrible que se abría en mi pecho en aquellos momentos debieron de sentirlo mis padres, y ellos, cuando yo me fui, y algo se me rompió por dentro, como si algo en el cableado interno de mi persona se hubiera estropeado de repente. Y se fueron. Volvimos al coche y sus sitios estaban vacíos. Las calles, las habitaciones, la cocina donde horas antes nos reíamos del mundo, todo volvió a estar vacío. Recogimos al perro, volvimos a casa, y todo volvía a estar como al principio. Pero ya nunca como antes, claro. Mi madre irlandesa me preguntó: "Are you a bit sad?" Y supongo que es tan raro verme triste que ni siquiera me sale estarlo, que lo lloro todo de repente, como el poema de Girondo, para expulsar la tristeza de mí, y vuelvo-quiero-creer-que-estoy-volviendo-conozco-este-camino-de-memoria-pero-igual-me-sorprendo. Al cabo de unas horas, mientras caminaba por las calles de Cork de nuevo, pensaba que pese a toda esa tristeza momentánea, la experiencia seguía valiendo la pena. Y mientras así sea, mientras mi Cork sea "mi Cork", quiero seguir aquí. Feliz.

Cómo no, no podía faltar algún testimonio gráfico de un fin de semana inolvidable que me deja dos nuevos post-its en mi puerta...

Esta foto se titula: "Ingeniería materna"

Momento: "No me puedo creer que le esté haciendo una foto al Old Oak :S"

"Olvídate y sonríe..."

S. y S. a la entrada del castillo de Blarney
Os echaré de menos =)

Lindo Kinsale

S. besando la piedra de Blarney -
Don de la elocuencia para 7 años... a ver si es verdad

Rincones de Blarney que no conocía

"Quería vivir a conciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida..."

Omnia - mea - mecum - porto


Vivir DESPEINA


Querida S., espero que nunca olvides que con la compañía adecuada, un coche se puede convertir en el mejor restaurante con vistas al mar de toda la galaxia.
(Foto hecha desde el coche, claro)

Te quiero :)