31.1.13

Matarile, rile... rón.

Me la volvió a jugar el modo aleatorio de Spotify. Otro país, otra ciudad, otra vida. No quería entender. Y yo que me había jurado que no iba a caer de nuevo en ese juego, que no volvería a estar delante de la pantalla mirando fijamente ese punto verde que no quiere decir nada. ¡Já! No te lo creías ni tú.

Hoy, que nadie se atreva a mencionar aquella canción de Vetusta, ni a soltar un lacónico "te lo dije", nada que comience por un "almenos" o un "como mínimo", y por Dios, nada de recolectar las anécdotas de varias décadas. Porque hoy me acojo a la legítima lucha de los jóvenes por demostrar que tenemos la verdad absoluta sobre la vida y el universo y, sobretodo, al derecho universal de equivocarse. Y, de paso, al derecho a pataleta, que si no existe, deberían inventarlo.



Y entonces resulta que la cosa iba en serio. Menos mal que una es una impaciente y no podía haber estado esperando indefinidamente. Pero lo cierto es que importa un carajo el número objetivo de lágrimas que derrames (son sólo sentimientos unidireccionales, sencillos, claros, transparentes, como si fueras un pararrayos), da igual que sean 145 que 203, porque hay una única tristeza que no vas a ser capaz de expresar y que no tiene nada que ver con alguien a quien probablemente no volverás a ver jamás. Es la vuelta de hoja de siempre. Es una desolación tan vacía que no te cabe en la palabra. Ni en el pecho. Y es que hoy las palabras atraviesan, pero ya no cortan, no desguazan. Duelen, pero no destrozan, apenas destartalan levemente. Te repites que al fin y al cabo eso es bueno, que tu coraza funciona, que nadie tendrá las llaves para destruirte.
Y eso es lo que querías, ¿no? 

28.1.13

181-184: Tras 6 meses en Irlanda

6 meses. Medio año. ¿Sabéis cuánto puede cambiar vuestra vida en medio año? En medio año puedes, por ejemplo, acabar una carrera. O puedes seguir trabajando, quizá organizar algún viaje ocasional. O puedes irte a vivir a un país que no es el tuyo, saltarte a la torera tu zona de confort como quien salta en el trampolino y cambiar por completo tu vida en una experiencia que, definitivamente, no tiene vuelta atrás. Porque aunque vuelvas a tu lugar de toda la vida, siempre tendrás anécdotas que empezarán por: "Cuando vivía en Irlanda..." Porque puedes pasar a formar parte del club de los afortunados, de los outsiders, de los poetas muertos, de los que no tienen un lugar donde volver y por lo tanto, pueden empezar de 0 en cualquier lugar. Atrévete. Equivócate. Levántate. Equivócate de nuevo, equivócate mejor, más estrepitosamente. Porque puede que cualquiera de todos esos errores llenos de olores extravagantes o nuevos tonos de color sea el mayor acierto de tu vida.

Puede que os parezca que el color de mi estancia en Irlanda es, por inercia, el verde inigualable de sus paisajes. No lo es. El color que Irlanda tiene para mí es lilac, el de mi habitación, mi colcha, mis zapatillas, un 78'3% de mi ropa nueva, el lilac como fiel representante de lo que significa un hogar. Es curioso que tengas que irte lejos para averiguar esta clase de cosas.

Aquí he descubierto a qué huele la Navidad, os prometo que en las tiendas venden "perfume de Navidad para tu hogar", y resulta que la Navidad huele a "spicy cinnamon", esto es, a canela. L'Occitane lo ha comercializado. Mi Irlanda huele a canela, a banana bread y a cupcakes; y Cork, al olor del mar que viene por las mañanas a visitarte desde el río sólo para alegrarte el día.

Dentro de mi retina bailan las imágenes de todos los lugares que he visto, como fotografías que pasaran ante mí a la velocidad de la luz: las pequeñas fogatas que se encendieron en lugares emblemáticos en Tuam cuando fuimos a la boda de la vecina de mi hostmom; el centro de Galway, con todos sus colores, los músicos tocando sobre los postes de tráfico, el anillo de Claddagh y la estatua de Wilde; los paseos por el castillo de Blackrock; el surrealismo del viaje a Dingle y el mejor helado jamás creado; la playa llena de piedras para A. de Courtmacsherry y el paseo en barco o a pie por Kinsale; haber besado la piedra de Blarney, tal día como hoy hace seis meses; los jardines y rincones de Fota Wildlife Park; el castillo de Lismore que no vimos por dentro pero algún día alquilaremos; el concierto de campanas de la catedral de Cobh; los jardines de la UCC; los cuadros que adornan el upstairs del Franciscan Well; la barbería reconvertida en pub (¡un clásico!); las (dudosas) tapas gratis cuando hay algún acontecimiento en el Old Oak; el particular color de la fachada del Electric; todos los rincones, rinconcitos y escondrijos del parque Filtzgerald; las casitas de colores camino de Shandon; y todas las sonrisas de complicidad compartidas a lo largo de estos 184 inolvidables días en Cork.

Que nadie se preocupe por si me aburro en los siguientes seis meses, porque me falta mucha, mucha Irlanda por ver. ¡Y tengo que subsanar el imperdonable error de no haber pisado, todavía, Dublín!

Nos ha dado tiempo incluso de hacer una lista de cosas que hacer antes de irnos. Una lista que cada día se hace más y más larga, de la que (sorprendentemente) hemos ido tachando algunas cosas, y que hace que las cosas tomen a veces un cariz bastante interesante. ¿No sabéis qué hacer un fin de semana? ¡Dejadnoslo a nosotras! ¡Somos expertas en planificar! ¿Quién, si no yo, podría tener una libreta que lleva por título "Evil plans and other stuff"?

No quiero acabar esta entrada sin un top ten de los momentazos que he pasado con G., que al fin y al cabo es la razón por la que estoy aquí (si no hubiera niñ@ a quien cuidar, no habría acabado en Cork) y se lo merece. Vamos a ir de menor a mayor, con la intención de que, si alguna aupair recién llegada o alguna candidata a aupair (¡o candidato!) lee esto, pueda parar allá donde haya leído suficiente. Porque G. es muy lovely, pero sólo cuando quiere.


10. La ecuación de la comida
Pues sí, amigos míos, con la comida se puede hacer matemáticas. El primer día que me quedé a solas con G. su madre nos dijo claramente a las dos que la fórmula era la siguiente: 3 cosas sanas por cada porquería (chucherías, chocolate, etc.)
¿Se acuerda G. de este pequeño detalle? Claro que no, para ella esto nunca sucedió. Es como las notitas del inspector Gadget, se autodestruyó a los 10 segundos y si te he visto, no me acuerdo. Me ha costado 6 meses aquí que entendiera que yo no negocio con la comida.
Lo que pasa con las ecuaciones gastronómicas es que hay una incógnita escondida por la cual la aupair tiene que seguir esa norma, pero los padres o cualquier otro familiar pueden saltársela a la torera.

9. "Esta pasta tiene demasiada mantequilla"
Durante los 4 primeros meses, G. nunca fue capaz de decirme cuáles eran sus especifidades con la comida. Algunas las descubrí por imitación (quitarle la parte dura al pan de molde, por ejemplo) y otras, al cabo de mucho tiempo. Como Benedetti, G. tiene su táctica y su estrategia. Su táctica es querer la pasta como es, darle vueltas, escucharla, construir con la pasta un puente indestructible. Su táctica es inundarla de mantequilla, no sé cómo ni sé con qué pretexto, pero de mantequilla. Su táctica no es ser franca y saber que yo soy franca y que no nos vendamos la moto para que entre las dos no haya roces ni malentendidos. Su estrategia es en cambio más útil y más simple. Su estrategia es llenar su plato de pasta de mantequilla para no tener que decirte, un día cualquiera, que la prefiere al dente.

8. Cuando no confían en ti
Pongámonos en situación. Primer babysitting. Niña de nueve años. Jugamos durante un rato, nos tomamos una pizza y un poco de garlic bread, seguimos montando una granja de plastilina, vemos la tele. Se hace la hora de irse a dormir. Tú cuentas todo esto por sms y aportas datos gráficos, aun así los padres han llamado ya dos veces. Fair enough. Le preguntas si necesita algo, si quiere que te quedes un rato con ella, que le leas, que le lleves algo a la habitación, que le bailes una sevillana: nada; le dices que estarás despierta, leyendo en tu cuarto, y que sólo tiene que pasarse por allí si se aburre. Aparentemente todo está correcto, hasta que descubres que ella se ha pasado toda la noche mandándole mensajes a la madre: "Will you keep texting me because I can't sleep"

7. Cuando la confianza da asco

Porque en algún momento sucede. Pasas de que no se fíe un pelo a que nos conozcamos demasiado. De "no te preocupes, ya me tomo yo el medicamento, simplemente tráeme, por favor, un vaso de agua para después" a que de ninguna manera quiera tomarse el antibiótico. ¿Y qué pasa cuando un niño como G. empieza a tomarte confianza? Que prueba tus límites, o mejor dicho, los límites de tu paciencia. Así es como un día te ves con una cucharada de una sustancia blancuzca y maloliente en la mano, planteándote durante una milésima de segundo si no deberías tirarla por el fregadero, perseguir a la niña por toda la casa y traerla de las orejas a la cocina. Pero te dices que no, que esto sólo va a pasar una vez: ese día. Y te plantas. Y decides que tu madre tenía más razón que un santo cuando te daba esas lecciones magistrales sobre cómo manejar tu frustración: "si te enfadas, dos trabajos tienes: enfadarte y desenfadarte"
 
6. Las tecnologías de la información y la comunicación como recurso para calmar tu ansiedad
Que G. tenga teléfono es algo muy útil, porque puedes mandarla al parque sabiendo que en cualquier momento puedes llamarla para recordarle cariñosamente que se ha pasado la exacta y universal medida de tres pueblos de su hora de llegada a casa.  (Feliz adolescencia, pienso en estos casos)
Lo malo de todo esto es que esa es una tranquilidad para los adultos, pero desde el punto de vista de una niña de 9 años no hay ningún motivo por el cual no debería ir al parque como cada tarde pese a que su teléfono no esté operativo.
Y la mandas al parque, no sin antes preguntar una lista de todas las amigas que tienen teléfono móvil.
Y le recuerdas veinte veces la hora, no sin grabar en tu cabeza que esto será ocho millones de veces peor cuando sea tu hija y no tu host-niña.
Y cruzas los dedos. Y ella llega cinco, seis, siete, quince minutos tarde.
Y aparece su madre.
Y amigos míos, esta historia acabó bien, la niña apareció 20 minutos más tarde contando la emocionante tarde que habían tenido gracias al perro de una de sus amigas. Las típicas aventuras que se tienen a los 9 años. Pero creedme, aun ahora se me pone un nudo en el estómago cuando lo recuerdo.
 
5. Las tecnologías de la información y la comunicación como recurso para calmar su ansiedad
Pues sí, porque esto es algo muy humano. Recuerdo aquel día en el parque Flitzgerald como si estuviera pasando ahora mismo. Estábamos jugando al escondite y ella no me encontraba. Pasados dos minutos, yo salí de mi escondite para que fuera evidente, pero G. estaba tan agobiada que no veía nada de nada. Así que le mandé un sms diciéndole que se tranquilizara, que yo podía verla a ella. Pero olvidé que ella todavía no tenía mi nuevo número irlandés, muy recientemente adquirido, así que en su mente infantil aquel era un número desconocido. ¡Pobre G.! Al final de unos largos 5 minutos que a ella le parecieron media hora, salí a buscarla. Se pensaba que me había ido del parque: como si la aupair no tuviera nada mejor que hacer que abandonar a su host-niña a la buena de Dios en mitad de la ciudad.
Lo cierto es que sigue llamando a su madre hasta para buscar un calcetín en lugar de pedírmelo a mí, pero cada vez lo hace menos. Habrá quien piense que la autonomía bla, bla, bla. No es mi batalla.

4. La viva imagen de la expresión "darte en las narices"
No sé si habrá alguna frase hecha en inglés que equipare a esos momentos en que tú ves que alguien está haciendo algo sólo por darte en las narices. G. tiene muchísimos. El ejemplo más sonado es el siguiente:
Una de sus "tareas asignadas" por la tarde es recoger la habitación. Esto incluye ocuparse de que no haya ropa por el suelo (no le vamos a pedir peras al olmo y exigirle que la ropa esté ordenada dentro del armario). Para ello, durante varias tardes, G. se ha dedicado a doblar cuidadosamente la ropa y meterla debajo del edredón, bien plana (por supuesto) para que no se note, de manera que yo nunca jamás me dé cuenta de que en lugar de hacer lo que se le ha mandado, está haciendo lo que le da la real gana. De hecho, el propósito de año nuevo de mi adorable niña irlandesa es "to be even more bossy with you"; ya me encargué de hacerle saber -delante de sus padres, por supuesto- que sus propósitos jugaban en su contra.
Queridas maestras que pensáis en ser aupair: no tenéis mayores ventajas respecto a otras aupair. Vivir con niños bajo las normas de otras personas no tiene nada que ver con vuestros ideales educativos. De nada.

3. 10 minutos para una tarea de 10 segundos
Así es G., le encanta contribuir a la mejora de mi inglés a base de discutírmelo todo. Para seros sincera, esto es algo que ha pasado a divertirme bastante. Si al final del día no hemos tenido ninguna discusión de este tipo, es como si al día le faltara sal. A ella le da igual tardar 10 minutos en discutir cualquier menudencia que solucionaría en 10 segundos y a mí, sencillamente... también.
Ejemplo práctico: yo doblo la ropa de toda la familia y la dejo encima de la cama, en la habitación que ella tiene que recoger. Por supuesto, ese día no le pido que recoja nada. Al día siguiente, su madre ha dejado únicamente su ropa encima de la cama, y ella debería guardarla en el armario. Recordemos que el armario no tiene necesariamente que estar ordenado, es decir, sólo se trata de meterla dentro. ¿Debería o no debería G. meter esa ropa dentro del armario? Empiecen el debate... Ahh, la fascinante e intelectual vida de una aupair ;)

2. Príncipe Paolo de la Pomerania
Ese es el nombre del perro, pero lo llamamos Paolo para acortar. Sólo tiene un fallo: en cuanto ve la menor oportunidad, se escapa de casa. Cuando Paolo se escapa de casa porque G. ha decidido ignorar a su aupair durante un rato mientras juega en la calle y sale corriendo con una hilera de niños detrás atravesando varias carreteras por las que pasan coches, amigos míos, M. se cabrea "un poquito".  Y G., evidentemente, no entiende por qué, porque tiene 9 años, pero si algún día es aupair os aseguro que se acordará de este tipo de cosas ;)

1. Una ducha en el salón 
Y por último, la anécdota estrella.... A G. le encanta ducharse. Esto es una afición que todos los niños irlandeses parecen compartir - la de escaquearse de la ducha, por supuesto. Una preciosa mañana de verano, J. me pidió que G. se duchara. Todo lo que tenía que hacer era abrir y cerrar el grifo de la ducha, dado que ella sola no le llega. ¿Os parece una tarea sencilla? ¡Já! Principiantes.
Solamente os diré que G. "olvidó" las puertas de la cabina de ducha abiertas y "casualmente" el mango se descolgó hacia el suelo, provocando una fuga de agua en la cocina del tamaño de las cataratas del Niágara. Y dado que Murphy es muy sabio, el día elegido fue ese en que acababan de decidir comprar una fregona nueva que, claro, todavía no estaba en casa... ¿alguna vez habéis intentado secar las cataratas del Niágara con una toalla vieja ante la cara de estupefacción del príncipe Paolo de la Pomerania? ¿No? No lo hagáis.



"Y en el vaivén de planes sin marcar, cae sobre ti la bomba universal..."

Todos los días sale el sol, chipirón

En algún momento se había convertido en un rumor lejano, un fantasma apenas. Una manta que rodeaba únicamente tus huesos y que poco a poco se deshacía al ponerse en movimiento. Un cansancio tan abstracto. Pero tú sabías que eso era sólo una ilusión. Y así, una noche, te encuentras con todo como una conjunción extraña, como una broma cruel, como algo que creías que ya había pasado pero vuelve sin avisar. Con el tiempo aprendes a escuchar tu cuerpo, y con la escucha, a entender qué sucede. Aprendes a tener paciencia y a soportar la frustración, la espera. A no pedir explicaciones a la vida, a no buscar culpables y a darte tiempo. Aprendes a diferenciar la química en tu cerebro, a desvincularte de ella porque sabes que sólo es una consecuencia más de arrastrar por la vida ese cansancio sobrehumano como si nada pasara. Te construyes una tabla de náufrago a la que agarrarte con uñas y dientes hasta que pase el temporal. Es algo físico, no soy yo, repites como un mantra. No siempre apetece tener fuerza para recuperar tus pensamientos positivos de toda la vida; a veces basta con recordarte que es como los delirios que puedas tener por culpa de la fiebre, sólo una consecuencia, pero algo físico. No eres tú, no te define, sólo son palabras que pasan por tu mente, lágrimas que ruedan por tus mejillas, pero si al fin y al cabo nadie en esta vida se define a sí mismo por cómo es su sangre o sus rodillas, ¿por qué ibas a hacerlo tú? Te acuerdas del cansancio de Pessoa, del poema de Girondo, de las líneas de Benedetti, de las cucharas, y no te sientes sola, sabes que en cierto modo se sintieron igual. Que ellos también sufrieron de esas palabras, y si no de estos dolores, quizá de otros. Te acuerdas del poema piramidal que escribió un día aquella niña asustada, cuando en el fondo estaba respondiendo a una pregunta retórica nunca formulada. El conocimiento es poder, la seguridad corporizada de saber en tus entrañas que todo pasará te evita el miedo; el triunfo de la mente sobre la materia, diría cierto vampiro. ¡Já!

Y así, escuchas aquella de Bongo Botrako, o esta otra de Diego Torres, o ves aquella película que te hace reír. Tus ojos se llenan de imágenes alegres. Agradeces, muy en el fondo, todas las horas que una noche de insomnio forzado te regala para descubrir una nueva lectura o una película. ¿Alguna vez habéis estado tan cansados o doloridos que no habéis sido capaces de dormir? Qué migraña. Así pasan las horas. Y sabes que es algo que tiene que venir, pasar y que en algún momento, o se irá, o tú te acostumbrarás a ello. Sientes cómo tus articulaciones van tomando protagonismo y te acuerdas de aquel artículo que leíste un día en el que explicaba que el frío acentúa el dolor, atando así una cadena invisible alrededor de medio mundo. Será un regalo que me traje de mi otra vida, piensas. Cierras fuerte los ojos. Menos mal que te robaste otros, como la bendición de un sueño tan, tan profundo que te permite dormir algo, incluso entonces. Te acuerdas de aquella frase inconexa, inconclusa, tan triste que no es triste: "Hace una noche imprescindible, yo diría que incluso" Y, al final, te duermes sobre una almohada ya húmeda. 

El día de mañana será largo, exactamente de 24 horas, como todos los demás. Será un sábado. Sin embargo, esto ya no tiene nada que ver contigo años atrás, ahora no sientes vergüenza, ni miedo, ni culpa, ni prefieres estar a solas con el mundo. Te tomas tu tiempo. Respiras hondo y puede que tu voz suene temblorosa en lugar de divertida, pero explicas la situación. Y entonces sucede algo mágico, algo con lo que no contabas. Como los monstruos de debajo de la cama, al decirlo en voz alta nada suena tan grave. Las palabras transforman la realidad. Y no lo es. Claro que no. ¿Quién no ha pasado alguna vez una mala noche? ¿Vas a ser tú la única en el mundo? Se ha caído el drama para no volver. Nunca más será igual. Recuerdas aquel día en el bar de la facultad cuando decidisteis, juntas, que los problemas eran una mentira: que si algo tiene solución, no es un problema, y si no la tiene, tampoco, sólo una situación. Eso es: sólo es una situación.

Gracias, A. por tu paciencia este fin de semana, por seguir hablándome aunque tardara 4h en llegar, por proponer planes alternativos y por elogiar mi habilidad subiendo escaleras ;P

24.1.13

175-180: Hay cuentos aún por inventar

Crédito de la imagen: Alan Barry
Pues sí, amigos. Una imagen vale más que mil palabras. Ahí arriba tenéis el Lough nevado, lunes por la mañana. Porque en Cork no nieva nunca. Fue una de las primeras cosas que pregunté a mi familia.

Tú te vas a dormir un día, con varias capas de ropa, el edredón y la bata (ya lo sé, soy una exagerada) y la cabeza bulle de ideas, viejos y nuevos proyectos y las cosas que nos pasan en esta ciudad donde el aire está cargado de cucharas (no intentéis entenderlo). Todo parece estar en su preciso lugar: huyes de los músicos de la calle porque te asusta, al paso siguiente, aparecer en mitad de una película; sigues pasando los domingos por la tarde en Eco Coffee; todo lo procrastinas; robas conversaciones en momentos inesperados; en fin, todo más o menos como siempre.

Al día siguiente, te despiertan los gritos de los niños en la calle. Todavía sin pasar a posición vertical, enciendes la luz, apartas un poco la cortina y... ¡Sorpresa! Ha nevado. Te pilla tan por sorpresa que se te olvida todo lo demás. Espero no perder nunca la capacidad de asombro y fascinación ante los pequeños grandes regalos de la vida. La mirada de niño.

Ha sido una semana peculiar. Aunque no haya dejado de hacer cosas ni un segundo, apenas he salido de casa. Y es que todo lo que conté en el post anterior queda muy bonito escrito ahí, pero lleva su tiempo. Y a fuego lento van apareciendo nuevas ideas que se encadenan con otras hasta que, al final, tienes que recordarte a ti misma que el tiempo va pasando y en algún lugar hay que parar. Porque la concentración, la imaginación, la fascinación y el asombro no entienden de horarios, ni de trabajos, y de repente te das cuenta de que te queda una hora para hacer lo que normalmente haces en tres porque estabas tan absorta en lo tuyo que (¡otra vez!) se te ha olvidado el reloj. Y entonces llega G. y pone en marcha el otro reloj de tu vida, y al calor de la responsabilidad, del placer de ocuparte de todo, vuela la tarde y enciendes de nuevo todas las luces de la casa. Te refugias en tu habitación de color lilac.

Así pasan los días: rapidísimo. Te propones hacer cosas, te pones metas. El paisaje va cambiando a tu alrededor. Tu voz pone en palabras un pensamiento colectivo: mi vida no solía cambiar tanto en seis meses. Un manto de pequeños olvidos, poesías, sonrisas amigas y otros bálsamos cubre tus ojeras, como si a ratos pudieras olvidarte de ellas. 


Así llegamos a la noche de ayer. A Elsa López, a Dr. Deseo, a Alfonsina, a Chantal Maillard y a todas sus frases retonando en mis oídos mientras una única frase, llena de palabrotas en contraste con toda la poesía que no puede curarte, sale de mis labios: ¡** **** en el maldito karma de los *******! Yo estaba sentada tranquilamente, intentando reunir el valor suficiente para hacer algo ya de por sí complicado, hasta que dejé de estar sentada tranquilamente y pasé a coger mi abrigo e irme tan lejos como el sentido común me permitiera.

Porque si te quiero imposible, más allá de mis brazos o la aurora que extiende un sueño en las tinieblas. Porque perdona si me bebo la luna que duerme en tus ojeras. Porque perdona si comparto contigo mis asombros. Porque hay cuentos por inventar. Hay cuentos aún por inventar. Porque, ¿dónde está la boca, la boca que suspira? Porque cuando ocurra, si ocurre, ¿sabré yo de suspiros, sabrás tú suspirar?

Porque cuando -sin la menor intención consciente- vuelves a la calle de Serendipity, cuando huyes de los músicos y de las palabras, cuando de repente te encuentras sola, de noche, tan sólo con el teléfono móvil en la mano diciendo "No me cuelgues, anda" en mitad de una ciudad donde pese a todo respiras cucharas, cuando incluso un desconocido te dice que hay algo por resolver, cuando el Universo es tan explícito que, aunque no creas en el karma, el destino o el tarot, cualquiera podría ver que la estadística no está precisamente de tu parte, ... cuando todo eso ocurre, te das cuenta de que no se puede huir de uno mismo ni siquiera llevándose toda la poesía del mundo, no se puede ir por la vida dejando una historia por acabar en cada ciudad y sobretodo no se puede pretender que nada ha pasado.

Entonces suspiras (nunca mejor dicho), sigues hablando en español por teléfono, le dices al tipo que te acaba de saludar en castellano al oirte (porque esto es algo que en Cork pasa constantemente) que there has to be something very wrong with me, but I have to go somewhere, te armas de valor y vuelves. Vuelves a estar precisamente en ese sillón, precisamente en ese pub, precisamente ese día de la semana, como si con tal precisión le estuvieras diciendo al Universo que te rindes. Que sea lo que Dios quiera, piensas, porque Dios, con perdón, tiene un extraño sentido del humor. A veces no nos queda más remedio que, como diríamos por aquí, "echarle cucharas", o sporks, o cuberterías enteras y hacer lo que hay que hacer.

Y por añadirle un toque de humor al párrafo anterior:

21.1.13

II: Y mañana

Y Mañana... Mañana es ese espacio donde todo es posible, es el armario donde guardamos los sueños, cuidadosamente doblados. ¿Qué vas a hacer mañana que te acerque un pelín más a vivir en el mañana de tus sueños? ¿Es tu día de hoy parecido al mañana que soñabas hace un tiempo? Si puedes contestar algo a estas preguntas, considérate una persona con los pulmones llenos de vida de verdad... Respira hondo, mira dentro de ti, hazte consciente del espacio dentro de tus pulmones, de tu estómago, ¿está vacío?, no... están llenos de luz, de sueños, de expectativas, de vida.

Detrás de mis párpados me veo entregando curriculums, respondiendo al teléfono, veo todas las noches de insomnio y de nervios, y sé que me sabré de memoria todas las webs de alquiler; cientos de nuevas sonrisas, cocina compartida, una casa con grandes ventanales y un trampolino en el jardín; puedo ver mi vida empezar una y otra vez, sin miedo.

Ha vuelto esa sonrisa que aparece espontáneamente en mi rostro aún (o especialmente) yendo sola por la calle en un día de lluvia, esa niña adolescente que al emocionarse ante un nuevo plan daba saltitos y palmas ante la mirada divertida de los transeuntes. Porque sí, en mi cabeza hay una pequeña ruta, un camino a seguir, y quiero que cada día que viva me acerque un poco más al siguiente paso. Y aún en el caso de que la vida tuviera que desviarme del plan establecido, quiero recuperar la fortaleza para aceptarlo, disfrutarlo y crear en mí la vívida imagen de otro mañana, uno del que pueda incluso oler sus nuevos colores.

Disfruto de grandes privilegios en mi vida: Estoy donde quiero estar. Soy feliz. Me rodeo (física y virtualmente) de personas maravillosamente auténticas, peculiares, únicas, cuya compañía me hace sentir como en casa. El mayor privilegio de todos: vivir lejos de tu zona de confort hace que te atrevas a dar saltos aún más grandes, más alto, con más energía. Y ante nosotras, tan sólo un mañana que se vislumbra prometedor, como las primeras luces del alba tras una larga noche en algún punto de Irlanda.

Tú que estás leyendo esto, recuerda... Hoy es el mañana del ayer. 

I: Ahora

Los días vienen y van, pasan, se marchitan y sufren la dulce agonía de morir en los labios de los enamorados, que quieren parar el tiempo; se cuelan entre los poros de la piel y la golpean, zozobrándola con esmerado ahínco, urgentes, suspirando, sollozando y gritando... Es un grito sutil que sólo puedes intuir, el grito que nadie oye, gritan: ¡Agonizamos!, y nadie se percata de ellos, suplican con lágrimas en sus ojos ciegos, nos rascan la piel y las entrañas, insistentes, nunca tienen suficiente..., nos roban los mejores momentos, nos sacuden en su torbellino pasar, dan vueltas alrededor nuestro como buitres, se apropian del rojo de los labios, maltratan las rosas desvalidas, arrancan las uñas de la carne y separan la carne de los huesos, ¿por qué nadie hace nada?, que se callen, ¡que se callen!, ladrones de cantidades ingentes de moléculas de lágrimas y tensiones de sonrisa, pasean por nuestras calles devastándolas, vuelcan nuestras ciudades sobre los ríos del mundo como una niña su casita de muñecas, y nunca tienen suficiente... También irán por ti, y por ti, y por ti, días malditos repletos de sueños, repiqueteando en las ventanas de tu cuerpo, ¿te imaginas?, se instalarán en ti, en tu cara, en tus manos, en las diminutas venas de tus muñecas, dejarán su aliento en tu rostro y te abrazarán hasta ahogarte, sacudiéndote con fuerza lenta y violenta, asustándote te mirarán a los ojos pero no podrás verlos porque cuando quieras darte cuenta de que existen te habrán devorado los huesos y serás uno de ellos...

Hace exactamente cinco años y diez días que escribí estas palabras.

Cierro los ojos y retrocedo. Todavía más allá de estas líneas, unos años antes. Me veo a mí misma con unos cuantos años menos, camino del instituto. Fuera de mí se disfruta de un día radiante, el cielo tiene un inmejorable color azul, una leve brisa se cuela entre las hojas de los árboles que observo por la ventana durante horas, y la calle todavía no es nueva. Otros pasan a mi alrededor, la mayoría por la acera de enfrente, que queda más cerca del centro; yo camino como si llevara el peso del mundo sobre las espaldas, pero sin el como. Arrastro los pies en mis viejas zapatillas de deporte. Hace poco leí Xocolata, de Olga Xirinacs, y sus líneas rebotan con estruendo en mi cabeza, en mi corazón, en mi estómago, en mis rodillas. Podría repetirlas de memoria. Sin amigos, sin dinero, sin ser capaz de ver nada delante de mí. Sobretodo, sin ser capaz de aislar los sentimientos o ponerles nombre. Como la mayoría de adolescentes: sin entender nada. Y hay más - porque conmigo siempre hay más. Empiezo a tomar consciencia de lo que está pasando y ha pasado por mi vida y es como abrir las compuertas de un embalse. Lo quiera o no, no hay vuelta atrás.

Me veo a mí misma diciéndome sin convicción que todo pasará, pero el agua siempre tiene más fuerza de la que creemos y la corriente nos arrastra a lugares donde lo más probable es que no queramos llegar. Yo no quería llegar a esa conclusión. A veces el problema es que queremos que ya haya pasado, pero no que todo pase. Me recuerdo a mí misma intentando poner en palabras el agotamiento, la soledad, el miedo, el aislamiento. La negación. Casi podría tocar la angustia de no querer tener palabras para descifrar el código de tanto sufrimiento. El silencio, sobretodo el silencio, las palabras que durante años sólo pude escribir. Me veo describiendo escuetamente -y no diré dónde- un alivio sin dirección postal, teñido de miedo y nervios. Me recuerdo aislando y recortando como de un troquelado sólo la parte física de un binomio inseparable y poniéndola en palabras que durante un tiempo sólo confié a una persona porque me asustaba haberlas escrito yo.

Parece que ha pasado un milenio desde entonces. Ahora paseo a mi lado en ese breve trayecto hasta el instituto y me cojo de la mano, cierro fuerte los ojos y me repito una y mil veces que aunque yo no quiera creerlo, de verdad todo pasará, y que no tengo que temer el camino que me queda por recorrer porque el agotamiento y la angustia de ese primer paso me llevarán a lugares que nunca soñé pisar. Tranquila, bonita, todo irá bien. Ahora sé que no estaba sola. Ahora entiendo de dónde viene esa fuerza motriz imparable y que ni siquiera el dolor más físico debería suponer ningún "aunque", ningún "pero" en mi vida. Ahora sé que al final pude, incluso aunque entonces no podía.

Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: 
la voluntad. (A. Einstein, dicen)

18.1.13

171-174: What is going on here?

Un día cualquiera te das cuenta de que es martes por la noche y estás sentada en un pub en algún punto de Irlanda, rodeada de gente a la que no conoces. Las paredes están pintadas de rojo y una de las ventanas te recuerda a los ventanales de una catedral. Hay sofás bizarros demasiado bajos para tener un propósito útil. Un italiano al que acabas de conocer te está enseñando las cartas del tarot que está dibujando. Te pregunta si quieres que te diga algo sobre tu futuro, sobre ti. Echas los dados para ver si en el día de hoy toca tu versión cínica, mística o escéptica. ¿Por qué no? No es como si la situación en la que estás pudiera ser todavía más rara. Te pide que escojas dos cartas con los ojos cerrados. Él escrutina tus ojos y se da cuenta de que no vas a sorprenderte cuando exclame, pomposa y estrambóticamente, "de todas las cartas del tarot, has escogido la más positiva" El ángel. Si eso ya lo decía yo: que nací con una flor en el culo. Hay gente a la que le pasa eso y no podemos remediarlo. Es un círculo virtuoso que te convierte en una persona ingenua que va por la vida pensando que sus planes van a salir bien y que si no lo hacen, será porque hay algo todavía mejor esperando. ¿Que cómo hemos llegado a esta situación? A mí no me mires. Yo venía aquí a aprender inglés.

That's it, that's what is going on:

Spanish people in Cork:
El grupo en Facebook lo empezó R. y con eso nos hizo un favor bastante grande a todos. Mi vida aquí sería muy diferente si no existiera; probablemente no habría conocido ni a la mitad de las personas que conozco ahora y a lo mejor incluso conocería a gente no - española, pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto. Administrar grupos no es nada nuevo para mí, es un rol que alguien me colgó de la espalda un día sin que me diera cuenta, como los muñequitos del día de los inocentes, y ahí se ha quedado. Organizar las quedadas (you should call them 'gathering', me dijo G. un día) se ha convertido en algo que forma parte de mi día a día. Como dice J., todos tenemos muchas ganas de hacer cosas, pero es necesario que alguien empiece a moverse. Y paralelamente a esto, hay otro proyecto que todavía no puede ser desvelado.

I am learning English (really):
Creo que he desarrollado alergia a la Institución. Pensaba que era una simple alergia a la universidad, como quien tiene un poco de conjuntivitis o estornuda mil veces al llegar la primavera, pero a estas alturas de mi vida he venido a descubrir que soy más de aprendizaje informal. Hay una diferencia entre el aprendizaje informal y el formal que no tiene nada que ver con el número de personas ni su formación. Y ese algo tan fundamental es... la comida.
Porque cuando aprendes informalmente, lo haces en una atmósfera distinta, muy probablemente en una mesa en la que hay comida o bebida. Vas a clases particulares y te ofrecen un té y unas galletas; quedas para hacer intercambio lingüístico a lado y lado de un café o una cerveza; vas al cine y comes palomitas; te reunes para estudiar y, de paso, te tomas un café. Nunca he entendido que en las clases formales no se pueda comer ni beber. Qué absurdo. Por decirlo bien, nunca he entendido la Institución escolar en sí, ni siquiera cuando la sufría sin que nadie me preguntara si quería estar allí.
El caso es que vine para aprender inglés y, aunque a veces parezca lo más secundario (por algo dejé de escribir sobre los fines de semana, salvo contadas excepciones), la verdad es que estoy cumpliéndolo a rajatabla. Justamente ayer mi hostdad me dijo: I don't think any of your Spanish friends has better English than you :) y aunque yo no opine lo mismo, a una estas cosas le alegran el día.

"Teaching Spanish as a foreign language" course:

No tengo pista alguna que me indique cuándo empezó a formarse esta idea en mi cabeza, pero lo cierto es que estaba ahí desde hacía un tiempo. Un curso online es un reto para mi tendencia a la procrastinación, pero espero que el hecho de que se lleve casi 3/4 partes de mi sueldo de aupair de dos meses sirva como incentivo. Si no lo hace, será la prueba definitiva de que el dinero me importa un carajo, y aun estoy por decidir si eso es bueno o malo. Tampoco sé si realmente necesitaba esa formación (considerando mi trayectoria y mi aversión a los libros de texto) o es una excusa para seguir estudiando, para asegurarme de que mis neuronas siguen funcionando ahí dentro. Es sorprendente la rapidez con la que olvidamos.
 
Drink&Draw:
También denominado "Drink&Drunk" o "Yo, ni Drink, ni Draw". Y os preguntaréis qué hago allí si ni bebo ni dibujo, como hacen todos los demás. Pues es muy sencillo. Los drink&draw son un refugio para los outsiders, un soplo de aire fresco para mi alma de aupair, un largo paseo bajo la lluvia y sin paraguas en un 80% de ocasiones, un lugar en el corazón de Cork donde por un rato, en esa sala, se para el tiempo; un lugar donde las palabras no son el principal medio de comunicación y donde nadie es juzgado; un precioso tiempo compartido con personas que luego se van y viven sus vidas. Al salir de los D&D siempre me quedo con esa sensación extraña al darme cuenta de que cada una de esas raras personas, casi personajes, luego vuelve a su casa y vive una vida "normal"... Pero nosotros sabemos la verdad. Y es una verdad que no se puede escribir. 

Writing club:
Es que Dios los cría y ellos se juntan. Yo supe que había superado de verdad de la buena eso de la fobia social cuando un día, cenando en el centro de Cork, lo solté sin pensar, sin que se me hiciera un nudo en el estómago, sin analizar quién estaba delante ni qué iba a hacer con esa información. Simplemente lo dije. Pero una cosa es eso y otra exponerte a una situación social que no dominas para nada, en un idioma que estás empezando a aprender, para guiar una sesión abierta sobre un tema que tampoco dominas con personas que no conoces. Eso, amigos míos, en mi casa es lanzarte desde un helicóptero en marcha en mitad del océano sin saber nadar. ¿Qué es lo peor que puede pasarte? ¿Que aprendas? Pues bien, eso es lo que estaremos haciendo A. y yo dos veces al mes, los sábados por la tarde, a partir del mes de febrero, gratuitamente y por amor al arte. Un club de escritura creativa donde todo el mundo es bienvenido.

#Kfé07 (más y mejor información en www.kfeinnovacion.com/):
Os pongo en situación. Barcelona, hace tan sólo un año. Una joven maestra de 21 años se va a vivir a la ciudad vecina mientras estudia un máster; puede vivir de una alegría varios días por semana, soñar toda la noche enganchada a las palabras de una pantalla o de un libro y dormir sólo en el metro, circunstancialmente. Vamos a llamarla M.
Pongamos que M. conocía esta iniciativa desde el año anterior, pero no había tenido el placer de asistir porque estaba (como buena maestra) dando clase ese día a esa hora. Entonces se entera, vía Twitter, de que hay una nueva convocatoria y, tras analizar la situación, decide en qué sede se apunta (porque estaba claro que iba a apuntarse).
Se lo intenta explicar a su padre: ¿cómo que un café global? ¿qué pasa, que todo el mundo bebe al mismo tiempo? ¿para qué quiero yo tomarme un café al mismo tiempo que un tío de la China? Desiste. El día indicado sale de su bloque de pisos -va con el tiempo justo, como siempre-, se dirige al metro, se pierde ocho veces antes de llegar mientras piensa en todas las cosas que tiene por hacer. Aparece en un sitio que parece muy elegante. Sabe que está totalmente fuera de lugar, con su ropa barata, su cansancio inhumano, "la Luna que duerme en sus ojeras", sus mejillas rojas y su cara de estupefacción. ¿Cómo han encontrado un sitio así? ¿Quién vendría aquí, en primer lugar? Considera la idea de dar media vuelta y volver a casa. Se dice que no va a malgastar el billete de metro.
Entra en la sala, acalorada por la caminata, acalorada por la expectación y la vergüenza; deja su abrigo donde le indican y ve algunas caras conocidas (sólo tú podrías conocer gente en un sitio así, le diría su madre). El café se sirve en tazas de diseño que nadie parece admirar y ella no entiende por qué. A medida que todo el mundo se presenta y explica todo lo que ha hecho con su vida, ella se va sintiendo más pequeña. Pero no quiere irse, no quiere perderse ni medio fonema de lo que allí se diga. Se acuerda de eso que siempre dice al contar este tipo de anécdotas: "Pues bueno, yo soy M. y soy de C., que es un sitio que casi prefieres no conocer". Bebe un trago de agua, intranquila, para intentar acallar el manojo de nervios que trepa desde su ombligo. No se culpa. Se presenta al grupo desde el sosiego de una máscara muy bien ensayada; sacrificios, piensa. Se siente en el punto exacto entre "pequeña, muy pequeña" y "un elefante en una cacharrería".
Entonces empieza lo bueno. Aprendizaje horizontal, democrático, informal y rico, en petit comité y al mismo tiempo global, muy global. Su cabecita empieza a funcionar como nunca, construye y amuebla las ideas, apunta frases, twittea para gritarle al mundo qué está pasando en esa sala donde apenas hay 20 personas. Vendería un trozo de su alma por poder estar en varios lugares al mismo tiempo, por desdoblar el tiempo para leer e investigar más y mejor, por embotellar esa curiosidad que en esos momentos acude a ella como un alud inevitable y beber de ella a morro día y noche.
Y el #kfe06 se acaba, hasta el año siguiente, y ella se despide pensando que al año siguiente no se lo perderá por nada del mundo.
Entonces llega el #kfe07 y M. está en Cork, Irlanda, pensando eso de "¿Quién me mandaría a mí?" mientras baraja los nombres de todos los pubs y cafés que conoce que pudieran acoger un evento como este, mientras reflexiona seriamente en qué clase de terremoto habrá pasado por su vida para ir del punto A (sentirse pequeñita al participar como asistente) al punto B (plantearse la posibilidad de organizarlo ella, y todos sabemos que cuando esta cabeza empieza a plantearse algo es porque acabará haciéndolo) en tan poco tiempo.


Y es que en esta vida tiene que haber tiempo para todo...

But I can only be me, 
if I am not me then who will be me? 
(Luthea Salom)

Delicias culinarias (I)

Seguro que allá donde estéis las hay. Seguro que en España también las tenemos. Son esas cosas que la gente de donde vives come, y para más inri les gusta, pero nadie acaba de entender muy bien por qué. Igual que el aspecto de un plato de lentejas les parecerá realmente dudoso, en Irlanda tenemos esos clásicos de la alta cocina que a ellos les encantan y nosotras ... bueno, nosotras los miramos con cara de dónde-esté-un-plato-de-lentejas, porque la naturaleza humana es así, qué le vamos a hacer.

Probablemente una de las primeras que descubristeis fue esta:

Sí. Alubias con tomate. A todas horas. En el desayuno. ¿Quién desayuna alubias con tomate? Pues los del full Irish breakfast. Está la versión mejorada, que son las alubias con tomate en una tostada. No os pongo foto porque sería empezar muy fuerte.


Otro clásico de las tardes de escuela: queso fundido sobre crackers. Yo, la verdad, la primera vez que G. me pidió eso la miré con cara de tú-no-estás-bien-dónde-quedó-el-bocatajamón-de-toda-la-vida y le dije que si quería hacer semejante atrocidad culinaria, se los preparara ella ;P Ignorante de mí. Si no los habéis probado, hacedlo. Está muy rico. Podría alimentarme a base de esto durante días.

La imagen pertenece al blog http://twoboysandadragon.blogspot.ie


Para cuando G. me pidió por primera vez un crisps sandwich, yo ya estaba curada de espantos. Me limité a preguntarle cómo lo preparan y seguir sus instrucciones sin cuestionarme nada (esto, queridas, son al mismo tiempo las ventajas y los inconvenientes de que los niños que cuidas sean mayores...). No voy a preguntar en voz alta eso de que a quién se le ocurre un sandwich de patatas, porque llevo toda mi vida oyendo esa batallita en boca de mi padre cuando nos cuenta cosas del servicio militar, alias "Lamili". Pero así, en pleno 2012 (ahora 2013), desmigajar un paquete de patatas fritas para semejante fin... ¿adivináis qué me apetece comer hoy? Pues sí. Nunca digas de este agua no beberé :)

La foto pertenece al blog http://judefoodlife.blogspot.ie
Seguiremos informando...

14.1.13

166-170: Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

Pasó. Igual que pasa una tormenta. Como una de esas tormentas de película en las que parece que la lluvia sale de mangueras, los árboles se parten en dos y bloquean carreteras, la gente bromea con salir de casa en barca y reunir provisiones para el fin del mundo y parece que los rayos pudieran de verdad resquebrajar el cielo y hacer que cayera sobre nuestras cabezas. Después de una de esas, es como si la vida se hubiera detenido todavía por un tiempo más, un tiempo precioso en el que recapitular y agradecer, e invariablemente viene a nuestras cabezas la imagen de la playa, después del temporal, con un cielo azul que parece que se ríe de la que se ha montado ahí abajo. Y, por supuesto, en esa playa es domingo. Domingo por la mañana.

Y paseando por esa playa metafórica (me pregunto si hablo tanto de playas porque echo de menos mi Mediterráneo, puede que sea eso), una se encuentra esos tesoros escondidos que le ha traído la tormenta. Un ataque de risa, una conversación en las escaleras de una casa cualquiera, un bol que contuvo canelones, una cena improvisada en Uncle Pete's, un paseo por los jardines de Fota Wildlife Park, un café demasiado caliente y fugaz. Un alud de nuevos planes que empujan colina abajo en un camino bien definido. Un nombre que todavía no significa nada, pero va formando nuevas ideas en una cabeza demasiado concurrida.

En esa metáfora nunca hay tiempo para mirar el calendario y darse cuenta de que dentro de unos días habrá pasado medio año desde que llegué a Irlanda. Tampoco para contar los días hasta las nuevas despedidas. Puede que quede algún hueco para enterrar los pies en la arena despreocupadamente. Pero ni siquiera eso es seguro.

Nos sobra tiempo para abrir los libros de poesía y leer en voz alta o en susurros. Para perderse entre documentos. Para dejar volar la creatividad en una dirección tan concreta que podría tener código postal, si no fuera porque en este país no los utilizan. Para abandonar post-its llenos de palabras de otros en cualquier café y recordar aquellos tiempos de falsa rebeldía cuando escribíamos poesía en los bancos de un lugar demasiado remoto para ser nombrado. Para buscar lugares donde todavía no nos dejen entrar. Para no tildar de nada un año que sólo acaba de empezar. Para vivir de otra manera y sin nadie más. Nos sobra tiempo porque el tiempo es una mentira y las tormentas, metáforas de cosas que nunca pasaron.

Palabras dulces entre los azucarillos

La cuerda cortada puede volver a anudarse,
vuelve a aguantar,
pero está cortada.
Quizá volvamos a tropezar,
pero allí donde me abandonaste
no volverás a encontrarme.

Bertolt Brecht

8.1.13

159-165: No te salves

Una de las cosas buenas de mi familia irlandesa es que dispongo de mucho, mucho tiempo para mí y siempre respetan mis planes. G. se fue a Galway a pasar una semana con su familia materna, así que estuvimos unos cuantos días sin vernos. Me habían propuesto que viajara durante esa semana, pero la verdad es que necesitaba un poco de "me time" después de las fiestas. Hay gente que puede vivir sin reflexionar sobre su existencia y sin pegar la nariz a un libro durante horas, os lo prometo, no son una leyenda urbana. Lo que pasa es que yo no pertenezco a ese selecto club. Iba a añadir que ya me gustaría a veces, pero sería una mentira como la catedral de St. Finbarre.

Dicho esto, he de reconocer que estaba esperando volver a la rutina como agua de mayo. G. volvió el jueves con una de sus tías, que se quedó hasta el viernes. Fuimos a cenar fuera todos juntos y luego yo me dirigí al Franciscan Well, como hacemos religiosamente cada dos semanas, para asistir al Drink&Draw (donde yo ni "drink" ni "draw", outsider entre los outsiders...). Al día siguiente, trabajé de mentirijilla porque G. estaba invitada a ir al cine y no volvió hasta las siete y media de la tarde. Y así, de repente, me encontré de nuevo en fin de semana.

Tanto exceso de tiempo libre, os lo puedo asegurar, no es nada sano.

Por eso, me he pasado al bando contrario y he empezado (de nuevo) 50 cosas diferentes, todas a la vez, por si acaso a esta cabeza le quedara algún rincón en el mundo donde reservar un rincón tranquilo, si con eso me entendéis. Y si no, da igual.

El viernes por la noche, no obstante, sabía que algo no iba bien. Lo sabía como sabía a la salida del instituto que iba a haber una pelea de las grandes, de las de ir con bates. Porque hay cosas que se palpan en el ambiente, como sabes que alguien ha cambiado de emisora aunque estés en otra habitación y no le estés haciendo caso a la radio, o como intuyes que alguien tiene el día cruzado o como si alguien bajara un tono la intensidad de la luz... Mi hostmom entró en el salón muy seria y me soltó, sin previo aviso, que había habido "un cambio de planes".

Yo en momentos así no sé en qué país que alguien se muera es, simplemente, un cambio de planes. La manera en que conciben la muerte aquí sigue siendo un misterio para mí. Uno sin resolver.

El caso es que se había muerto un tío de mi hostdad, por lo tanto yo tenía que trabajar el sábado y un rato de más el día de ayer. Nunca me hubiera importado tener que trabajar unas horas más por algo así, pero en aquel momento, la verdad, incluso lo agradecí (salvando la distancia impuesta por el motivo al que se debía el cambio de planes). Aunque la rutina no fuera rutina, ni los planes fueran planes.

De modo que así, a grandes rasgos, G. ha vuelto a la escuela y yo... también, ya que desde hoy mismo empieza mi curso online en el instituto Hemingway para ser profesora de español como lengua extranjera. ¿Alguien había apostado sobre cuántos meses iba a aguantar sin apuntarme a algún curso? Seguro que no esperabais que tantos. (Yo tampoco).

Sin más nos plantamos en una fecha totalmente aleatoria tras empezar el mes de enero y al salir a la calle una se dice a sí misma que aunque nada es igual, nada ha cambiado. Una se repite que conocía el precio y las consecuencias de sus decisiones, que no importa porque en unos meses ni se acordará, que mejor aplicamos sin anestesia eso de que cada uno a su casa y Dios en la de todos or whatever, que tampoco ha sido para tanto, que a una le han pasado cosas peores (y claro que sí, el problema es que esas cosas no le están pasando a una ahora mismo). Una se repite todo eso mientras enciende el fuego, mientras se lava los dientes, mientras anda por la calle, mientras modifica etiquetas html en el blog o mientras frota una de esas ollas verdes con uno de esos raros estropajos de cerdas de plástico con mangos de colores que sólo ha visto en este país. Una se repite muchas tonterías, pero no se hacen verdad por repetirlas más veces, ni siquiera se hacen más reconfortantes, sólo se hacen opacas, pesadas, sólidas, como una mochila de losa que al final del día formara parte de tu espalda, sólo que no la cargas a la espalda sino en algún punto indefinido de tu pecho... Lo cierto es que sólo hay una cosa peor que las despedidas: no despedirse en absoluto.

Menos mal que Benedetti, aunque gracias a Dios no nos salve, está ahí para rescatarnos con las palabras adecuadas.

“Era ese llanto que sobreviene cuando uno se siente opacamente desgraciado. Cuando alguien se siente brillantemente desgraciado, entonces sí vale la pena llorar con acompañamiento de temblores, convulsiones, y, sobre todo, con público. Pero cuando, además de desgraciado, uno se siente opaco, cuando no queda sitio para la rebeldía, el sacrificio o la heroicidad, entonces hay que llorar sin ruido, porque nadie puede ayudar y porque uno tiene conciencia de que eso pasa y al final se retoma el equilibrio, la normalidad.”

Fragmento de "La tregua", Mario Benedetti
 

(Y os podéis dar por contentos con que al menos no sea una canción de Alex Ubago ;P)

4.1.13

"El meu país és tan petit..."

Una de las primeras cosas que me impactaron cuando empecé a trabajar con niños fue darme cuenta de lo pequeño que es su mundo. Quizá porque la vida no puede asumir más que lo que está preparada para procesar en cada momento. Que el mundo de los niños sea pequeño, lógico y previsible es de una utilidad tan brutal que cae por su propio peso.

Al principio me parecía que era cosa de mi barrio. De clase. No me daba cuenta de que es algo universal que funciona en todas las direcciones. De que precisamente porque cuando llegamos a este mundo nada tiene sentido, ni es lógico, ni podemos predecir qué pasará y todo nos parece extremadamente complejo... precisamente por eso mientras crecemos nuestro mundo es pequeño. Lógico. Simple. Previsible.

Pero luego hay que crecer, se supone que empezamos a conocer más sobre el mundo que nos rodea (no sólo el que nos rodea físicamente, sino sobre el Mundo, sobre la Vida) y que eso nos permite matizar, abrir la mente, ver otras posibilidades.

Y resulta que no. Que aun así, muchos adultos se quedan encallados en una vida lógica, simple, previsible y pequeña por no salir de su zona de confort. La zeta-de-pe. Que nuestro mundo es, a veces, incluso el mismo en el que crecimos.

En eso me gusta más la cultura irlandesa que la española. Hay que irse del útero familiar, estudiar fuera, hacer las maletas y viajar. Salir. Arriesgar.


El meu país és tan petit
que quan el sol se’n va a dormir
mai no està prou segur d’haver-lo vist.
Diuen les velles sàvies
que és per això que torna.
Potser sí que exageren,
tant se val! és així com m’agrada a mi
i no en sabria dir res més.
Canto i sempre em sabré
malalt d’amor pel meu país.

El meu país és tan petit
que des de dalt d’un campanar
sempre es pot veure el campanar veí.
Diuen que els poblets tenen por,
tenen por de sentir-se sols,
tenen por de ser massa grans,
tant se val! és així com m’agrada a mi
i no sabria dir res més.
Canto i sempre em sabré
malalt d’amor pel meu país.

El meu país és tan petit
que sempre cap dintre del cor
si és que la vida et porta lluny d’aquí
i ens fem contrabandistes,
mentre no descobreixin
detectors pels secrets del cor.
I és així, és així com m’agrada a mi
i no en sabria dir res més.
Canto i sempre em sabré
malalt d’amor pel meu país.

El meu país és tan petit
que quan el sol se’n va a adormir
mai no està prou segur d’haver-lo vist.

Lluis Llach

3.1.13

Si estás pensando en ser au pair...

Hace tiempo que tenía este post en la cabeza. Algunas personas me han pedido consejo u orientación cuando un día, como yo en su momento, se levantan con esta loca idea de ser au pair en la cabeza. Como no soy nadie para dar consejos, os voy a contar cómo veo las cosas según mi experiencia hasta ahora:

-Cuida mucho tu perfil en las webs. 
Porque no eres la única persona del mundo que quiere venir de au pair, y a veces cuenta mucho más cómo decimos las cosas que lo que decimos en sí. Cuida la ortografía, sé honesta, no digas que sí a nada que no estés dispuesta a aceptar, explica cosas sobre ti y tus hobbies, habla de tu experiencia con niños... A veces el simple hecho de compartir una afición con tu hostfamily te puede abrir puertas. Ponte en su lugar y piensa qué te gustaría leer y qué no de alguien que va a cuidar de tus hijos.

-Empápate de información antes de venir. 
 Esto me parece una perogrullada, pero resulta que no todo el mundo lo hace: léete toda la información que hay en webs como Aupair World o Aupair Garden, busca el convenio de au pairs y apréndetelo si hace falta y participa activamente en elaborar el contrato. Habla muchísimo con tu hostfamily antes de venir, pregunta todo lo que se te ocurra y más y pídeles que ellos hagan lo mismo contigo: ¡cuanto más os conozcáis, mejor! Y si quieres que de verdad te pique el gusanillo... Entra en el hilo de Spaniards sobre aupairs, lee blogs de otras aupairs (no sólo del sitio donde vas a irte, sino en general).

-Escucha a otras aupairs. 
No seáis arrogantes y vayáis a pensar "eso no me va a pasar a mí" cuando la gente os explica cómo se siente al ser aupair. Tanto antes de iros como cuando ya estéis allí, si alguien os cuenta su experiencia, buena o mala, escuchadlas sin juzgar, no por cómo se pueda sentir la otra persona sino porque, incluso habiendo trabajado con niños, probablemente no tenéis ni idea de cómo reaccionaríais vosotras hasta que os veis en una situación similar. Escuchad y preguntad. ¡De todo se aprende!

-No vas a estar sola.
Seguro que en el lugar adonde vas habrá grupos en Facebook (grupos de aupairs, grupos de españoles en tal sitio, etc.), o alguna web, o alguna comunidad en la escuela de inglés, etc. Para conocer lugareños, busca clubes o grupos relacionados con tus aficiones (¡seguro que algo encuentras!) y, si no, siempre estás a tiempo de empezar con algo nuevo... seguro que siempre habías querido aprender a tocar la guitarra o hacer senderismo o coser, echa un ojo a la vida cultural y social del lugar antes de irte.
No te creas que por irte a un país extranjero vas a estar sol@ en el mundo, hacer nuevas amistades depende de ti y los vínculos que se crean al estar lejos de casa son muy, muy distintos. Si crees que no existe ningún grupo en Facebook similar a los que he mencionado, pues líate la manta a la cabeza y créalo tú: al fin y al cabo, tod@s estamos en la misma situación. Pide ayuda cuando lo necesites, aunque te parezca inapropiado pedirle ayuda "a personas que no conoces"... ¿acaso tú no harías lo mismo por alguien que acaba de llegar a un país extranjero y no domina el idioma? Y, por supuesto, conoce y habla con otras aupairs, porque hay cosas que nadie que no haya vivido con sus jefes va a entender de verdad.


-No tengas miedo, disfruta y sé feliz :)

2.1.13

151-158: Cómo acabar un año en 20 sencillos pasos

1. Empieza el día de Sant Esteve sin comer canelones, pero no te frustres por ello. No hay nada que no se arregle saliendo un rato con las amigas.
2. Escribe tus propósitos de año nuevo el día 27, después de uno de los días más raros que recuerdas desde que estás en Cork.
3. Recibe en tu casa a una amiga a la que, prácticamente, han echado de la suya durante estos días (long story).
4. Pasa varios días pensando, organizando, comprando y adelantando la cena y la comida de los días 31 y 1.
5. Replantéate tu vida en cincuenta y seis ocasiones y dale las gracias a J. por veniros a buscar en coche porque no podéis andar los 30 minutos que separan Cork centro de tu casa con toda la compra.
6. Date cuenta de que cocinar en compañía puede ser divertido y para nada una actividad "de panchita".
7. Tacha de tu lista de cosas que hacer antes de los 40: "Preparar croquetas un sábado por la noche".
8. Bébete una Bulmers en buena compañía, pero olvídate de que las botellas se han quedado en tu cuarto. Replantéate tu vida por quincuagésimo séptima vez.
9. Pasa todo un domingo cocinando. Acaba de cocinar y traslada todo lo necesario a casa de tu amiga.
10. Mientras esperas a que L. llegue de trabajar, pasea por Cork una olla con sopa a la que, además, le vas a poner un nombre propio. Entra en un pub con la olla y olvídate de dar explicaciones a nadie. Corrige el punto 2 de esta lista porque has encontrado un día más raro todavía.
11. Keep calm and drink 1/2 l of hot chocolate.
12. Cena en buena compañía y sé territorial con las croquetas.
13. Haz Skype con tu familia justo antes de las uvas.
14. Tómate las 12 uvas a las once de la noche mientras ves a la Igartiburu desde la pantalla de un iPhone.
15. Intenta salir por Cork en Nochevieja, date cuenta de que los pubs cierran a la misma hora de siempre y vuelve a casa.
16. Duerme en la misma cama con tus 3 amigas, como si de la irreductible aldea gala se tratara.
17. Desayuna pancakes el primer día del año.
18. Haz una única comida que vale por comida y cena (¿qué pasa?, estamos la mar de adaptadas) y que hace que en tu cabeza parezca el día de St. Esteve.
19. No entres en pánico al darte cuenta de que ha pasado un año más.
20. Vuelve a casa tras la Nochevieja más larga, rara y divertida de tu vida y escribe esta entrada.
La sopa cuando ya parecía "proper" sopa, en la olla Nicolasa, Nicki para los amigos.

El Baileys Coffee que nos preparó mi hostmom para que descansáramos de tanto cocinar

La tortilla de patatas que nos cocinó L.

Sobran las palabras :)

Roc Pedrer con las uvas ya preparadas.
Creo que nunca os he hablado en el blog de Roc, así que aprovecho para presentároslo formalmente.

El primer desayuno del año, gracias A.

Sopa de galets

Canelones
Gracias J., A., y L. por hacer de estos días una semana inolvidable :)

"Doy gracias a la vida porque, cuando hace tiempo A. metió la mano en un sombrero lleno de lugares adonde ir, todo fueron sitios en Irlanda y por eso acabé aquí"

147-150: Navidad en Irlanda

Reconozco que a veces me fallan las palabras. Las frases me bailan en la cabeza y llegan a mí en momentos insospechados, y luego se van sin más. Y entonces abro la ventana del blog pensando en qué es lo que me gustaría leer sobre esta experiencia dentro de unos meses o de unos años, en que seguramente me daría rabia que justo la entrada en que explico la Navidad que pasé en Irlanda sea escueta.

Mi familia irlandesa llevaba haciendo preparativos un mes y cantando villancicos, dos. En cuestión de días cambió la disposición de la cocina y aparecieron de la nada tropecientos adornos navideños con pinta de ser caros. E incluso la friolera de tres pesebres. Y es que una no está acostumbrada a vivir en una casa y estas cosas me sorprenden, porque si tuviéramos que tener todo eso en el piso, viviríamos eternamente en Navidad y tendríamos que guardar las estrellas de cristal en lugares que no voy a mencionar. De repente, un día llegué a casa y había un árbol gigante lleno de adornos. Me acordaba de J. (que también es aupair) cuando nos contó que el de su casa era de estos desmontables que ya traen los adornos puestos. Os puedo asegurar que el de mi casa no se desmonta, si acaso se descompondría al cabo de unos meses en un amasijo bastante creepy de ramas, hojas, luces y bolas de plástico.

"Són petits detalls tot el que ens queda..."

Belén creado por la abuela con materiales reciclados

Pesebres varios

Nuestro árbol
Por mi parte, no es Navidad hasta que sales a la calle con gorro, guantes y bufanda y todo está bañado por esas luces de colores que se reflejan en las caras de los niños; hasta que te paseas por los mercadillos de Navidad llenos de figurillas para el pesebre y otras cosas inservibles; hasta que llega el tió a tu casa y hasta que o Aïda o yo posteamos la canción "Quan somrius", porque hay tradiciones y Tradiciones.



Por suerte, casi todos mis requerimientos navideños son posibles en cualquier rincón del mundo. Lo que, por supuesto, no quita que no estuviera extrañamente nerviosa y tranquila al mismo tiempo al hacer Skype con mi familia. Como soy bastante independiente y despegada y además no me gusta hablar por teléfono, mi comunicación con la familia se basa en muchos Whatsapps y que mi hermana me pida por el chat de Facebook que le acepte las peticiones de los juegos. No es que por eso nos queramos menos, creo que al contrario, pero los dramones no son lo mío. Y evidentemente, Navidad es una de esas ocasiones sagradas en las que las vídeollamadas nos facilitan mucho la vida.

No os engañéis, por mucho que quedarme en Cork por Navidad fuera decisión mía, por mucho que mi familia irlandesa se haya portado estupendamente conmigo (con nosotras) y por mucho que haya que mirar el lado positivo de todo, pasar la Navidad fuera de casa sigue siendo un disgusto. Porque la Navidad es para estar en familia, discutir con tus tíos y tus primos sobre cuestiones que en realidad ni te van ni te vienen, comer lo que siempre se ha comido en un salón donde nadie puede ver la tele porque el volumen de ruido augmenta en cero coma seis segundos desde que los primeros invitados entran por la puerta y pasar horas alrededor de la mesa picoteando turrón y neulas.

 Habíamos repasado los detalles de lo que llamaremos PMN (Plan Maestro de Navidad) unas cuantas veces en las últimas semanas. El día 24 trabajaba porque una tiene básicamente el mismo horario que las tiendas. Mi amiga L. pasó las Navidades con nosotros, por invitación de mi hostfamily, ya que hay algo más triste que pasar la Navidad lejos de tu familia y es pasarla lejos de tu familia y en soledad. Así que en algún momento del día, L. llegó para instalarse. De hecho, G. y yo teníamos una lista de cosas que hacer durante la mañana que habría echado para atrás a cualquiera, y una de ellas era preparar su habitación.

Esto es algo que tengo que agradecerles infinitamente a mi hostfamily: siempre dejan que mis amigas se queden en casa. Tanto A. los fines de semana como otras personas en otras situaciones. (Es más, la habitación de invitados ha pasado a ser denominada "la habitación de A.").

El caso es que L. llegó y nos encontró ya bastante agotadas después de todo el día, intentando montar un puzzle en 3D de la torre Eiffel que G. se había comprado en algún momento de la semana. Por supuesto, como mi hostmom es así de detallista, tanto L. como yo ya teníamos nuestros calcetines preparados para Santa.

Ese día cenamos takeaway chino porque ellos se pasaron toda la tarde preparando la cena del día siguiente. Yo estaba en estado de "no me puedo creer que hoy sea Nochebuena", y es que para mí era 24 de diciembre porque lo decía el calendario, pero no era Nochebuena.

G. ya nos había advertido de la parte más importante del PMN: pensaba despertarnos llamando a nuestras puertas a las 7.30 de la mañana. No había tiempo para explicaciones, ni para cambiarse de ropa, ni siquiera para beber agua o ir al baño, ¡había que bajar a ver los regalos de Santa!

Navidad aquí funciona distinto, no sólo porque venga Santa y no SS.MM los Reyes Magos, sino porque los regalos de Santa y el resto de regalos son dos cosas totalmente diferentes. Los niños dan por hecho que Santa les traerá lo que ellos pidan y que, por otra parte, en las casas de sus familiares habrá "regalos de Navidad" para ellos, sus padres, etc. Simplemente son dos asuntos distintos.

De modo que la noche del 24 lo dejamos todo preparado para Santa: galletas, una zanahoria para Rudolf, leche y los calcetines. Por supuesto, este año necesitábamos una nota aclaratoria, porque eso de que hubiera dos calcetines de más podía confundir a cualquiera, incluso a Santa...


 G. no pudo aguantar hasta las 7.30, de manera que a las 7 horas y 13 minutos (os prometo que a veces también uso mi memoria fotográfica para cosas útiles) una inocente mano infantil llamó a la puerta y repasó los detalles del PMN. Teníamos que seguirla en línea recta y de dos en dos mientras bajábamos las escaleras, esperar a que comprabara si había algún cambio sustancial en el salón y luego, ya podíamos pasar.

Resulta que, además de los regalos que piden, Santa deja pequeñas cosas en el calcetín, como dulces, guantes, ropa interior, etc. En este caso, los regalos que G. había pedido estaban esparcidos por el salón sin envolver y nuestros calcetines, rellenos de chocolatinas, una taza para el desayuno, guantes...
Alfombra del salón a.S. (After Santa)
 Luego procedimos a abrir nuestros regalos de Navidad. Al ser la más pequeña de la familia, G. tenía tropecientos regalos, así que nos llevó la friolera de una hora y pico abrirlos todos. ¡Para nosotras también había!
Nunca había visto tanto papel de regalo junto...

Tras la emoción de abrir tanto paquete, empezó una cadena de montaje consistente en separar lo que era regalo de lo que no (papel de regalo, envoltorios, cajas, lazos...) y después clasificar todos los regalos por tipos. Porque os aseguro que aquello era una locura. Entremedias, mi hostdad nos trajo el desayuno. Una vez los ánimos se hubieron calmado, cada cual se fue a sus aposentos a arreglarse para la siguiente parte del día: la misa.

No es sólo que no supiéramos que contestar a la pregunta "¿habías estado antes en una iglesia irlandesa?", es que seguir una misa de una hora en inglés, para alguien que normalmente no va a misa, es muy aburrido. Almenos tenemos pruebas gráficas de que estuvimos allí, aunque L. no me deje colgarlas por motivos evidentes.

Durante el resto del día, L. y yo nos refugiamos sabiamente en mi habitación. Estuvieron recibiendo visitas incesantemente durante horas: amigos, familia... A media tarde, nos unimos de nuevo a mi familia esquivando como podíamos la oferta de alcohol. Porque ellos tenían muy claro que en Navidad hay que empezar a beber a las doce de la mañana para que, a la hora de la cena, nadie note si la comida está buena o no. Palabrita del niño Jesús que esto es una cita literal. Ayudamos en lo que pudimos mientras veíamos cómo iba evolucionando la mesa:



Los crackers (esa cosa en forma de caramelo gigante) se abren al empezar la cena, tú tiras de una punta y la persona que tienes al lado tira de la otra hasta que se rompe. Dentro hay pequeños regalos, pero sólo uno de los dos recibe el premio ;)

Y a eso de las cuatro y media, llegaron el resto de familiares y nos sentamos a la mesa a cenar. Con diferencia, ha sido la cena más larga desde que estoy en Irlanda: desde las cinco y media hasta las once de la noche. (Pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión).

Al parecer, tras un estudio rápido entre las aupairs que conocemos y se han quedado aquí, todo el mundo cena lo mismo. Algún entrante (esto varía) y un plato con pavo, jamón y ternera especiada; por supuesto, patata asada y zanahorias, así como coles de bruselas con castañas y otro acompañamiento consistente en champiñones con verduras y pan rallado gratinado por encima (no lo sé explicar mejor, si alguien conoce el nombre me haréis un favor). De postre, Christmas pudding, que por lo visto se empieza a hacer mucho tiempo antes ya que le inyectan licor cada semana. En nuestro caso, nos tomamos un Baileys entre la comida y el postre (creo que no hubiera podido comer más aunque quisiera) y luego, como buenos irlandeses, siguieron bebiendo. También probamos los turrones que nos habían enviado desde España y tuvieron bastante éxito :)

Tras semejante cena, nos ofrecieron ir con ellos a visitar a una de las tías de G., pero cambiamos ese plan por irnos a dormir (aunque luego estuviéramos frente al fuego durante un buen rato) y así acabó el (largo) día de Navidad...

Tengo que admitir que me daba bastante miedo estar en una situación en que se cruzaran varias conversaciones en inglés, con personas desconocidas para mí, etc., pero pasar esos días con una amiga en casa lo hizo mucho más llevadero. Además, mi familia irlandesa se portó increíblemente bien con nosotras, estuvieron pendientes de que estuviéramos a gusto y de dejarnos espacio, así que al final, aunque fueran unas Navidades muy distintas, nos lo pasamos bastante bien.