Una de las primeras cosas que me impactaron cuando empecé a trabajar con niños fue darme cuenta de lo pequeño que es su mundo. Quizá porque la vida no puede asumir más que lo que está preparada para procesar en cada momento. Que el mundo de los niños sea pequeño, lógico y previsible es de una utilidad tan brutal que cae por su propio peso.
Al principio me parecía que era cosa de mi barrio. De clase. No me daba cuenta de que es algo universal que funciona en todas las direcciones. De que precisamente porque cuando llegamos a este mundo nada tiene sentido, ni es lógico, ni podemos predecir qué pasará y todo nos parece extremadamente complejo... precisamente por eso mientras crecemos nuestro mundo es pequeño. Lógico. Simple. Previsible.
Pero luego hay que crecer, se supone que empezamos a conocer más sobre el mundo que nos rodea (no sólo el que nos rodea físicamente, sino sobre el Mundo, sobre la Vida) y que eso nos permite matizar, abrir la mente, ver otras posibilidades.
Y resulta que no. Que aun así, muchos adultos se quedan encallados en una vida lógica, simple, previsible y pequeña por no salir de su zona de confort. La zeta-de-pe. Que nuestro mundo es, a veces, incluso el mismo en el que crecimos.
En eso me gusta más la cultura irlandesa que la española. Hay que irse del útero familiar, estudiar fuera, hacer las maletas y viajar. Salir. Arriesgar.
El meu país és tan petit
que quan el sol se’n va a dormir
mai no està prou segur d’haver-lo vist.
Diuen les velles sàvies
que és per això que torna.
Potser sí que exageren,
tant se val! és així com m’agrada a mi
i no en sabria dir res més.
Canto i sempre em sabré
malalt d’amor pel meu país.
El meu país és tan petit
que des de dalt d’un campanar
sempre es pot veure el campanar veí.
Diuen que els poblets tenen por,
tenen por de sentir-se sols,
tenen por de ser massa grans,
tant se val! és així com m’agrada a mi
i no sabria dir res més.
Canto i sempre em sabré
malalt d’amor pel meu país.
El meu país és tan petit
que sempre cap dintre del cor
si és que la vida et porta lluny d’aquí
i ens fem contrabandistes,
mentre no descobreixin
detectors pels secrets del cor.
I és així, és així com m’agrada a mi
i no en sabria dir res més.
Canto i sempre em sabré
malalt d’amor pel meu país.
El meu país és tan petit
que quan el sol se’n va a adormir
mai no està prou segur d’haver-lo vist.
Lluis Llach
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Tuve un profesor que siempre nos decía: "No os quedéis con lo que hay en la superficie. Tenéis que rascar un poco más. Rascar la superficie y ver qué es lo que hay debajo, si os gusta, si no, qué se puede hacer para cambiarlo..." En general, esta es una filosofía fácil de seguir, efectiva y enriquecedora. Apta para personas inconformistas. Pero se olvidó de comentarnos que cuando rascas hacia dentro duele, desgarra, levanta cicatrices... aprendizaje vivencial.
Todo tiene un par de vueltas de rosca más de las que parece. Vivir en la complejidad del caos-sin-tregua, yendo de un extremo a otro, no sólo puede llegar a ser agotador sino que, además, brinda pocas oportunidades para la introversión. Y cuando aparece uno de esos momentos (puede ser en cualquier situación, social o no, sea cual sea nuestra ocupación y su nivel de prioridad), cuesta continuar como si nada. Es una señal del camino que arrastra, que tira, que no se puede ignorar aunque la vida prosiga incansable hacia derroteros institucionalizados y, emocionalmente, lúgubres.
Si no ahora, ¿cuándo?
Si no por esto, ¿por qué?
Si no así, ¿cómo?
"A toda la gente creativa que en el transcurso de las épocas se ha sentido atraída por el riesgo, ha querido ser diferente, se ha atrevido a desafiar el statu quo y ha puesto el dedo en la llaga, influyendo muy positivamente en el mundo que nos rodea" (Zelinski)
A l@s que leéis desde la sombra, más o menos lejos pero siempre cerca.
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
[M. Benedetti]
Es proponiéndose lo imposible como el hombre ha logrado siempre lo posible. Aquellos que se han ceñido a lo que les parecía factible, jamás han avanzado un solo paso.
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4.1.13
31.12.11
2011 y 2012
Este post debería empezar hablando de la crisis, el paro, las bajas laborales, la economía (a sustituir ahora mismo por la preocupante falta de dinero), hospitalizaciones, los trámites y disgustos burocráticos innecesarios, y otros malos ratos y disgustos de este 2011, míos y supongo que de la mayoría. Pero no voy a hablar de nada de todo eso. Porque a mí me da igual que 2011 no haya sido un buen año: cuando llega fin de año sólo soy capaz de recordar lo bueno, es un defecto de fábrica que nadie quiere corregir.
Hace tiempo comentaba con alguien que a mi generación las crisis y el miedo al cambio nos suenan a cachondeo. Nacimos con la LOGSE debajo del brazo y prácticamente cada curso que recuerdo desde que estudiaba la ESO se ha introducido algún cambio más o menos significativo en el sistema escolar, así que no hemos conocido demasiada estabilidad educativa; lo mismo se puede aplicar al mercado laboral, y en muchos casos, también a las relaciones personales. Todas las cosas que para el resto eran así desde siempre, y que siempre iban a ser así... Para nosotros han sido siempre cambiantes. Para nosotros el cambio es lo normal, no puede asustarnos. Cambios. Ni mejor ni peor: cambio. Distinto.
Aun así, miro hacia atrás, a la impaciencia que sentía hace unos meses, la frustración, el desánimo y sobre todo el miedo a cambiar, y lo comparo con la tranquilidad con que he afrontado las últimas situaciones complicadas con las que me he encontrado. Y es que, al final, no era para tanto: cuestión de actitudes. He aprendido mucho de la vida este año y sólo me ha servido para darme cuenta de que no sé casi nada. Y está bien así.
Del 2011 me llevo todo lo que he aprendido, todo lo que he descubierto. El caótico fin de carrera, Especialment docents, las entrevistas de ida y vuelta, el dospuntocerismo, el vértigo de ser maestra, las clases que daba en verano y de las que salía llena de energía, haber hecho nuevas y grandes amistades que espero que duren mucho, estar siempre rodeada de gente fantástica, todas las copas de helado, las crêpes y las meriendas, las excursiones, las tardes en el cine, haber aprendido cosas nuevas en la cocina, desechar la angustia y cambiarla por cosas más interesantes (take a coffee and be happy), el autoconocimiento, los días en la Acampada Tgn redescubriendo a la gente y al mundo mientras estudiaba los trastornos de personalidad porque los exámenes no entienden mucho de revoluciones, mirar alucinada cómo Twitter se colapsaba ante los hastags del 15M, el concierto de Vetusta Morla en que intentamos regalar entradas en la cola... y no lo conseguimos, la suerte sin precedentes, la llamada que me informaba de que estaba admitida en el máster, los trámites, las decepciones, los nervios que al final no fueron nervios, aprender manejarme en el metro, los "hola, soy M. y todavía busco habitación...", las caras nuevas, reencontrarme con las de siempre, aprenderme de memoria todas las páginas de buscar habitaciones de alquiler, visitar pisos, las innumerables horas en el tren (recordemos el chico chino que cantaba en mitad del pasillo, las persecuciones policiales, los "oye, ¿ese es el último de Cómo conocí a vuestra madre? Déjame un auricular, que me estás haciendo spoilers", las charlas sobre -cómo no- educación, los encuentros con profesoras, y el "perdona, ¿me regalas una sonrisa?") y esperando al autobús en paseo de Gracia (esos taxistas amables que te mojan con el agua de los charcos al pasar, el señor al que le regalaba las patatas del McDonalds, toda la gente con la que se habla en una parada de autobús, el primer día que el banco amarillo estuvo libre y no tuve que cenar en el suelo), encontrar piso e instalarme, haberme dado cuenta de lo bien que vivo en mi casa (no os dejéis engañar, cuando estás fuera lo que más echas de menos no es tu cama, ¡¡¡es la ducha!!!) y haber aprendido lo bien que se puede vivir fuera de ella, todos los lugares nuevos, todo lo que he aprendido: las escuelas, las jornadas, los talleres, las clases interminables, arreglar el mundo con un café, echar de menos ("yo no sabía que no tenerte podía ser tan dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas y no haya sino tu ausencia"), las lecturas nuevas y las de cabecera de toda la vida (qué haría sin ellas), Twitter y todo lo que se ha derivado de esto desde que hace un año y un día le hice caso a Aïda y me hice una cuenta (especial mención a la #acampadatwitter, esa extraña tribu), todos los blogs de cocina y los dulces, el bar de los sueños, las noches hablando con las mamás (mis preferidas sólo por detrás de la mía propia), y estos últimos días del año tan llenos de buen rollo y palabras bonitas. Porque, menos mal, en 2011 soñar ha seguido siendo gratis, y en 2012 lo seguirá siendo...
Ya sabéis: Que el fin del mundo te pille bailando.
Posiblemente esta canción es muy representativa de lo que siento sobre el 2011, en que tantas personas me han repetido que soy alguien con suerte. Lo que yo pienso de la suerte es esto. Tú eres mi suerte, mi suerte es la gente que me rodea.
Así que a ti, que me has acompañado durante este año. A ti, que me acompañarás durante el 2012. A ti, a ti que estás leyendo esto ahora:
GRACIAS
Y para acabar, ¿qué le pido al 2012?
Y el carnet de conducir ni lo voy a incluir en la lista porque siempre es el que se queda pendiente :P
¡FELIZ 2012!
Hace tiempo comentaba con alguien que a mi generación las crisis y el miedo al cambio nos suenan a cachondeo. Nacimos con la LOGSE debajo del brazo y prácticamente cada curso que recuerdo desde que estudiaba la ESO se ha introducido algún cambio más o menos significativo en el sistema escolar, así que no hemos conocido demasiada estabilidad educativa; lo mismo se puede aplicar al mercado laboral, y en muchos casos, también a las relaciones personales. Todas las cosas que para el resto eran así desde siempre, y que siempre iban a ser así... Para nosotros han sido siempre cambiantes. Para nosotros el cambio es lo normal, no puede asustarnos. Cambios. Ni mejor ni peor: cambio. Distinto.
Aun así, miro hacia atrás, a la impaciencia que sentía hace unos meses, la frustración, el desánimo y sobre todo el miedo a cambiar, y lo comparo con la tranquilidad con que he afrontado las últimas situaciones complicadas con las que me he encontrado. Y es que, al final, no era para tanto: cuestión de actitudes. He aprendido mucho de la vida este año y sólo me ha servido para darme cuenta de que no sé casi nada. Y está bien así.
Del 2011 me llevo todo lo que he aprendido, todo lo que he descubierto. El caótico fin de carrera, Especialment docents, las entrevistas de ida y vuelta, el dospuntocerismo, el vértigo de ser maestra, las clases que daba en verano y de las que salía llena de energía, haber hecho nuevas y grandes amistades que espero que duren mucho, estar siempre rodeada de gente fantástica, todas las copas de helado, las crêpes y las meriendas, las excursiones, las tardes en el cine, haber aprendido cosas nuevas en la cocina, desechar la angustia y cambiarla por cosas más interesantes (take a coffee and be happy), el autoconocimiento, los días en la Acampada Tgn redescubriendo a la gente y al mundo mientras estudiaba los trastornos de personalidad porque los exámenes no entienden mucho de revoluciones, mirar alucinada cómo Twitter se colapsaba ante los hastags del 15M, el concierto de Vetusta Morla en que intentamos regalar entradas en la cola... y no lo conseguimos, la suerte sin precedentes, la llamada que me informaba de que estaba admitida en el máster, los trámites, las decepciones, los nervios que al final no fueron nervios, aprender manejarme en el metro, los "hola, soy M. y todavía busco habitación...", las caras nuevas, reencontrarme con las de siempre, aprenderme de memoria todas las páginas de buscar habitaciones de alquiler, visitar pisos, las innumerables horas en el tren (recordemos el chico chino que cantaba en mitad del pasillo, las persecuciones policiales, los "oye, ¿ese es el último de Cómo conocí a vuestra madre? Déjame un auricular, que me estás haciendo spoilers", las charlas sobre -cómo no- educación, los encuentros con profesoras, y el "perdona, ¿me regalas una sonrisa?") y esperando al autobús en paseo de Gracia (esos taxistas amables que te mojan con el agua de los charcos al pasar, el señor al que le regalaba las patatas del McDonalds, toda la gente con la que se habla en una parada de autobús, el primer día que el banco amarillo estuvo libre y no tuve que cenar en el suelo), encontrar piso e instalarme, haberme dado cuenta de lo bien que vivo en mi casa (no os dejéis engañar, cuando estás fuera lo que más echas de menos no es tu cama, ¡¡¡es la ducha!!!) y haber aprendido lo bien que se puede vivir fuera de ella, todos los lugares nuevos, todo lo que he aprendido: las escuelas, las jornadas, los talleres, las clases interminables, arreglar el mundo con un café, echar de menos ("yo no sabía que no tenerte podía ser tan dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas y no haya sino tu ausencia"), las lecturas nuevas y las de cabecera de toda la vida (qué haría sin ellas), Twitter y todo lo que se ha derivado de esto desde que hace un año y un día le hice caso a Aïda y me hice una cuenta (especial mención a la #acampadatwitter, esa extraña tribu), todos los blogs de cocina y los dulces, el bar de los sueños, las noches hablando con las mamás (mis preferidas sólo por detrás de la mía propia), y estos últimos días del año tan llenos de buen rollo y palabras bonitas. Porque, menos mal, en 2011 soñar ha seguido siendo gratis, y en 2012 lo seguirá siendo...
Ya sabéis: Que el fin del mundo te pille bailando.
Posiblemente esta canción es muy representativa de lo que siento sobre el 2011, en que tantas personas me han repetido que soy alguien con suerte. Lo que yo pienso de la suerte es esto. Tú eres mi suerte, mi suerte es la gente que me rodea.
Así que a ti, que me has acompañado durante este año. A ti, que me acompañarás durante el 2012. A ti, a ti que estás leyendo esto ahora:
Y para acabar, ¿qué le pido al 2012?
- Salud y trabajo.
- Acabar el máster de Psicopedagogía.
- Mi primer trabajo como maestra.
- Leer muchos más libros, que este año ha sido bastante escaso literariamente hablando....
- Volver a escribir.
- Mantener a flote La oruga dormida. Este, no tanto, porque no ha flotado nunca.
- Tiempos y espacios para disfrutar de los míos.
- Tiempo y dinero para viajar.
- Seguir aprendiendo, mucho, y seguir disfrutando de aprender.
- Muchos cursos, jornadas, saraos y pasilleo. (Me encanta el verbo pasillear...)
- Y lo que venga... Incertidumbre, ya no me asustas :)
Y el carnet de conducir ni lo voy a incluir en la lista porque siempre es el que se queda pendiente :P
3.12.11
Respiro
Ha vuelto el frío, de repente, ha vuelto la noche. Si hubieran avisado de que iban a venir, les habría preparado alguna cosa: unas galletas, un chocolate caliente. Pero están ya. Vivo hacia atrás con huesos de palomitas y la nariz congelada, sujetándome a los regalos de silencios azules y lluviosos, ya tú sabes, de esos sin música. Porque, como las ratas, la música fue la primera en abandonar el barco, y se llevó consigo la anestesia. Me hielo en una llamada que me arroja a rescoldos que ya no deberían estar allí. Aún me paralizan las llamadas que no llegan, llamar, llamar, si almenos dijera mi nombre siendo mío alguna vez. Unos ojos anónimos (por supuesto azules, pero azul fácil, con su mapa) me preguntan qué tal. No sé qué decir. Nunca las palabras. Bien. Que yo me sentaba detrás de ti, la gramática, un examen, vuelvo, vuelo. Voy. El aire me atraviesa, me respira. Los ojos inverosímiles siguen ahí, esperando, como si no hubiera más colores en la vida, como si no hubieran tocado la nota exacta que te anula o te estampa. Como la noche, como el frío, incluso cuando no es de noche o cuando no hace frío. La gramática es fácil, contesto. (Porque lo difícil son las señas, acabar bien las frases, explicar en clave que te duele la cremallera del invierno.) Porque la fonética, porque las mañanas, porque un verano, no sé qué de qué sé yo. Lo dices con dos partes y media de asepticismo escéptico, y otra media de hacia dentro, igual que si no te creyeras ni una coma de la verdad, aunque sea la verdad y nada más que la verdad, para que la nieve sea el escudo ante las palabras que no vas a decir. Una puerta de vidrio te claustrofobia, miras hacia ella como si pudieras atravesarla, y luego la pared, y luego el tiempo, y salir a otro verano y una terraza y una bombilla y un vaso y él. Piensas que el olvido es caprichoso hasta cuando es culpa tuya, que claro: el fuego en Navidad era una ironía, que las elecciones adultas deberían ir al registro civil a cambiarse de nombre por cualquiera que se pareciera a una palabrota. Suspiras. Prefieres aterrizar en el caso y simular que los últimos diez segundos no eran diferentes. 25 años pasan en un momento, una vida en algunos segundos. Sólo era un respiro.
y esto va de...
apuntes,
confesiones a un sueño extraño,
lo que nunca dije,
miradas
12.4.11
SÍ, tengo 20 años.
Nací en 1990, a finales, así que aún tengo 20. Nos han llamado (así, últimamente y que recuerde) generación ni-ni, generación perdida, hasta novatos. Por lo visto, se nos conoce por el bajo nivel educativo, por el botellón, porque (se supone) creemos que tenemos todos los derechos y ningún deber, etcétera. Somos esa primera generación que lo ha tenido todo, menos lo importante.
Yo no he elegido nada de todo eso, pero al parecer todo el mundo tiene derecho a opinar sobre nosotros, a juzgarnos, a hablar. No sé muy bien quién decidió que se podía juzgar mediáticamente a una generación entera (por mucho que ahora esté empezando a desmentirse), pero se lució.
El otro día en Twitter hablábamos sobre la apatía que parece envolver a "nuestra" generación. No sé si estoy muy de acuerdo, ya que sólo hay que rascar. En mi clase de bachillerato había esa apatía, no lo niego. Sin embargo, con el tiempo descubro que era aparente, que la gente tenía sus planes, sus aficiones, sus proyectos (algunos me han sorprendido bastante)... Era una apatía superficial, de cara a la institución. Entonces a lo mejor es que no estamos mirando en la dirección adecuada, a lo mejor es que no estamos tocando las teclas que toca.
No me considero apática, pero sí que considero que he tenido que ir en contra de esa visión y esa etiqueta que la gente tiene de nosotros durante mucho tiempo. Que no tenemos capacidad crítica ni de análisis, que no tenemos opiniones propias, que somos demasiado jóvenes, que "es que tú eres hija de la LOGSE", que no hacéis nada... Yo no me identifico con nada de todo eso y no creo que nadie que me conozca lo hiciera. Profesores, padres y otra gente parece que sí tienen el derecho de hacerlo. Y si no eres nada de todo eso, pues automáticamente eres una excepción, ¿pero quién dice que esa sea realmente la norma?
No he elegido nada de todo esto, decía, y además estoy hasta las narices de las etiquetas. No necesito a nadie que me desanime, que me estigmatice o me juzgue sin saber. Ni yo ni nadie. La impresión que me ha dado siempre es que nadie mueve un dedo ni da un duro por nosotros, excepto para echarnos cosas en cara; a lo mejor cabría plantearse que no hemos surgido así de la nada, que todo educa, que somos hijos de alguien. ¡Como mínimo que no nos den por saco!
"Los que crean que es imposible, al menos no deberían molestar a los que lo estamos intentando"
Lo que sí he elegido ha sido creer en la educación, quedarme para intentar mejorar las cosas, intentar quejarme menos, seguir haciendo cosas por mí y por el resto, intentar compartir aun frente al individualismo al que nos han abocado.
Yo no he elegido nada de todo eso, pero al parecer todo el mundo tiene derecho a opinar sobre nosotros, a juzgarnos, a hablar. No sé muy bien quién decidió que se podía juzgar mediáticamente a una generación entera (por mucho que ahora esté empezando a desmentirse), pero se lució.
El otro día en Twitter hablábamos sobre la apatía que parece envolver a "nuestra" generación. No sé si estoy muy de acuerdo, ya que sólo hay que rascar. En mi clase de bachillerato había esa apatía, no lo niego. Sin embargo, con el tiempo descubro que era aparente, que la gente tenía sus planes, sus aficiones, sus proyectos (algunos me han sorprendido bastante)... Era una apatía superficial, de cara a la institución. Entonces a lo mejor es que no estamos mirando en la dirección adecuada, a lo mejor es que no estamos tocando las teclas que toca.
No me considero apática, pero sí que considero que he tenido que ir en contra de esa visión y esa etiqueta que la gente tiene de nosotros durante mucho tiempo. Que no tenemos capacidad crítica ni de análisis, que no tenemos opiniones propias, que somos demasiado jóvenes, que "es que tú eres hija de la LOGSE", que no hacéis nada... Yo no me identifico con nada de todo eso y no creo que nadie que me conozca lo hiciera. Profesores, padres y otra gente parece que sí tienen el derecho de hacerlo. Y si no eres nada de todo eso, pues automáticamente eres una excepción, ¿pero quién dice que esa sea realmente la norma?
No he elegido nada de todo esto, decía, y además estoy hasta las narices de las etiquetas. No necesito a nadie que me desanime, que me estigmatice o me juzgue sin saber. Ni yo ni nadie. La impresión que me ha dado siempre es que nadie mueve un dedo ni da un duro por nosotros, excepto para echarnos cosas en cara; a lo mejor cabría plantearse que no hemos surgido así de la nada, que todo educa, que somos hijos de alguien. ¡Como mínimo que no nos den por saco!
"Los que crean que es imposible, al menos no deberían molestar a los que lo estamos intentando"
Lo que sí he elegido ha sido creer en la educación, quedarme para intentar mejorar las cosas, intentar quejarme menos, seguir haciendo cosas por mí y por el resto, intentar compartir aun frente al individualismo al que nos han abocado.
24.3.11
8.9.10
Viaje en astrobús
Ayer, después de un paréntesis excesivamente largo, volvimos a clase. Una vuelta momentánea, porque sólo serán tres horas los martes, pero que me supo a gloria. Renegaré una y mil veces del sistema, pero lo cierto es que nada me fascina más que asistir a una clase a la que tenía ganas de ir, de esas que no se llaman magistrales por rutina, sino porque la realidad hay que definirla y clases mequitoelsombrero quedaba demasiado largo.
El caso es que, en un intento más de volver a la rutina, fui en autobús. Allí, en el asiento de siempre, con la lluvia resbalando por los cristales, con la sensación típicamente acuosa de tener cuerpo de lluvia y recordando estos últimos años, me di cuenta, como me doy cuenta cada día desde la primera semana de universidad, de que soy inmensamente feliz. Me encanta ir en autobús. Es una mezcla explosiva entre el anonimato más gris desvaído y el conocimiento más extraño de las personas; nunca sabes a quién te vas a encontrar yendo en autobús por la ciudad. Delegas la responsabilidad de todo y te das cuenta de que tienes 20 minutos que son solo tuyos, para estar simplemente sentada mirando cómo pasan las calles y la gente (inconscientes de su brevedad, diría Benedetti), para pensar en lo que te apetezca o en nada en absoluto.
Tenía un compañero de clase que se pasó buena parte de la primaria llamando "astrobús" al autobús. Ahora más que nunca me parece una denominación fabulosa. Después de un rato de reflexiones en flujo, durante el que probablemente me olvide de que estoy allí o de que hay alguien a mi alrededor, poner los pies en la tierra es más o menos aterrizar, bajar de un cohete lejano para seguir con una rutina que ya no es rutina o con una vida cada vez más cambiada.
El caso es que, en un intento más de volver a la rutina, fui en autobús. Allí, en el asiento de siempre, con la lluvia resbalando por los cristales, con la sensación típicamente acuosa de tener cuerpo de lluvia y recordando estos últimos años, me di cuenta, como me doy cuenta cada día desde la primera semana de universidad, de que soy inmensamente feliz. Me encanta ir en autobús. Es una mezcla explosiva entre el anonimato más gris desvaído y el conocimiento más extraño de las personas; nunca sabes a quién te vas a encontrar yendo en autobús por la ciudad. Delegas la responsabilidad de todo y te das cuenta de que tienes 20 minutos que son solo tuyos, para estar simplemente sentada mirando cómo pasan las calles y la gente (inconscientes de su brevedad, diría Benedetti), para pensar en lo que te apetezca o en nada en absoluto.
Tenía un compañero de clase que se pasó buena parte de la primaria llamando "astrobús" al autobús. Ahora más que nunca me parece una denominación fabulosa. Después de un rato de reflexiones en flujo, durante el que probablemente me olvide de que estoy allí o de que hay alguien a mi alrededor, poner los pies en la tierra es más o menos aterrizar, bajar de un cohete lejano para seguir con una rutina que ya no es rutina o con una vida cada vez más cambiada.
30.8.10
A veces robo poesía de madrugada...
A veces robo poesía de madrugada. Se agarra a la piel, pero la rasgo un poco, con cuidado. Entonces doy un tirón seco y de repente es mía. Me quedo con ella sin saber muy bien qué hacer, los ojos abiertos, sin sueño. Quizá me la beba sólo un poco. Sólo uno. Me sorprendo, me sorprenden. Sólo tú sabes cómo sigue lo que sigue. O no lo sabes; o no sabes que eres tú; o se te ha olvidado ya mi letra. En fin, que sólo tú lo sabes. Luego parpadeo y amanece en una ciudad que no es mía. Amanezco o me amaneces, o quizá me amanecen o amanezcan; sólo un parpadeo, y enseguida me doy cuenta de que me han robado la poesía, de las manos, ante mis ojos cerrados. (Sólo tú sabes cómo sigue lo que sigue). Sólo un parpadeo, y ya no sé quién eres, porque, por supuesto, te has llevado la poesía contigo y sólo tú sabías cómo seguía lo que seguía. Sería otra historia. A veces robo poesía de madrugada.
28.8.10
La temperatura del café
Normalmente, al despertar, una de las primeras cosas que hago (y que hago conscientemente "mal" y porque sí) es encender el ordenador. Tiene un encender un poco como mi despertar, infernalmente lento para los de fuera. Lo enciendo, cierro la puerta y me voy a hacer lo mismo con la cafetera. Al poco vuelvo, cierro unas cuantas cosas ("mañana lo quito de la barra de inicio..."), pido que me recuerden mañana otras tantas y abro en orden algunas páginas destinadas a entretenerme el café. Que sí: que está fatal, que la deshumanización, que desayunar con la familia (tendría que desayunar tres veces), que bla. Manías, cada cual, las suyas.
Esas páginas, sustitutas del periódico de la mañana (el correo, Facebook, un par de periódicos en su edición digital) tienen la función básica de la primera toma de contacto con la realidad. Ya lo he dicho, tengo un despertar infernalmente lento. Además, los que me conocen saben a la perfección que el café me gusta a la temperatura exacta, ni más ni menos, de modo que entre que llega a mi mesa y lo saboreo deben pasar unos 15 minutos. Así que también tienen la función de enfriarme el café (¿debería informar de esto a los creadores de Facebook?, bueno, que me lo recuerden mañana). A veces lo enfrían demasiado y suele ser buena señal.
Pero a veces, como hoy, un pensamiento lleva a otro, una página a otra más, descubres un par de blogs, una noticia que te gustaría seguir, has cometido el error de entrar también en algún foro y algo te ha llamado la atención pero el debate tiene más de tres páginas, ese documental dura ¡más de una hora!, ¿y ese email por contestar?, ... Me veo obligada, de repente, a dejarlo todo -pensamientos, ordenador y café- en "standby", buscar en el deliberadamente desordenado cajón de la ropa algo que disimule al mundo la clara desnudez y dirigirme a la ducha con un suspiro de resignación. El café helado no me gusta.
Esas páginas, sustitutas del periódico de la mañana (el correo, Facebook, un par de periódicos en su edición digital) tienen la función básica de la primera toma de contacto con la realidad. Ya lo he dicho, tengo un despertar infernalmente lento. Además, los que me conocen saben a la perfección que el café me gusta a la temperatura exacta, ni más ni menos, de modo que entre que llega a mi mesa y lo saboreo deben pasar unos 15 minutos. Así que también tienen la función de enfriarme el café (¿debería informar de esto a los creadores de Facebook?, bueno, que me lo recuerden mañana). A veces lo enfrían demasiado y suele ser buena señal.
Pero a veces, como hoy, un pensamiento lleva a otro, una página a otra más, descubres un par de blogs, una noticia que te gustaría seguir, has cometido el error de entrar también en algún foro y algo te ha llamado la atención pero el debate tiene más de tres páginas, ese documental dura ¡más de una hora!, ¿y ese email por contestar?, ... Me veo obligada, de repente, a dejarlo todo -pensamientos, ordenador y café- en "standby", buscar en el deliberadamente desordenado cajón de la ropa algo que disimule al mundo la clara desnudez y dirigirme a la ducha con un suspiro de resignación. El café helado no me gusta.
15.5.10
¿Por qué te gusta leer?
Empiezo a leer los libros atada de pies y manos, con una torpeza indescriptible, como la primera vez que se anda, o se ríe, o se besa. No son mis ojos que recorren las líneas lo que lee, sino mi voz, internamente, ligándome a la forma de las letras y los sonidos, remitiéndome únicamente a lo que hay escrito, leyendo para mí.
No obstante, pasado un rato, ya no soy consciente de que existan letras, ni sonidos; no hay ninguna voz leyendo en mi cabeza; la silla, la cama, la mesa, han desaparecido y también lo han hecho las páginas del libro; mis ojos se desplazan por las líneas como por la casa donde has vivido toda la vida: sin conciencia, sin pensamientos; empieza entonces un baile de formas, imágenes, sonidos, olores, sensaciones abstractas y reales por igual, y ya no miro hacia el libro, no soy consciente del libro: sólo miro hacia dentro, perdiendo de vista el mundo de sonidos que me envuelve y el oxígeno que respiro. Existimos la esencia del libro y yo, o acaso ambas cosas a la vez, o acaso no dos cosas, sino una. Y eso es todo.
He perdido trenes, se me ha pasado la parada un millón de veces, he colisionado contra la realidad indescriptiblemente mientras caminaba por la calle, me he sorprendido de repente (con un sobresalto que haría desternillar de risa a cualquiera) de seguir estando en un lugar, y montones de situaciones que sólo serán familiares a unos pocos.
Y por todo eso me resulta extrañamente incomprensible que alguien me pregunte por qué me gusta leer. Desde la visión de mí misma sumergida buceando en las páginas de un libro, resulta una pregunta inconcebible. Es como si me estuvieran preguntando por qué me gusta respirar o por qué tengo el mal vicio de dormir cada día... Simplemente ocurre y previsiblemente no dejará de ocurrir mientras siga aquí.
No obstante, pasado un rato, ya no soy consciente de que existan letras, ni sonidos; no hay ninguna voz leyendo en mi cabeza; la silla, la cama, la mesa, han desaparecido y también lo han hecho las páginas del libro; mis ojos se desplazan por las líneas como por la casa donde has vivido toda la vida: sin conciencia, sin pensamientos; empieza entonces un baile de formas, imágenes, sonidos, olores, sensaciones abstractas y reales por igual, y ya no miro hacia el libro, no soy consciente del libro: sólo miro hacia dentro, perdiendo de vista el mundo de sonidos que me envuelve y el oxígeno que respiro. Existimos la esencia del libro y yo, o acaso ambas cosas a la vez, o acaso no dos cosas, sino una. Y eso es todo.
He perdido trenes, se me ha pasado la parada un millón de veces, he colisionado contra la realidad indescriptiblemente mientras caminaba por la calle, me he sorprendido de repente (con un sobresalto que haría desternillar de risa a cualquiera) de seguir estando en un lugar, y montones de situaciones que sólo serán familiares a unos pocos.
Y por todo eso me resulta extrañamente incomprensible que alguien me pregunte por qué me gusta leer. Desde la visión de mí misma sumergida buceando en las páginas de un libro, resulta una pregunta inconcebible. Es como si me estuvieran preguntando por qué me gusta respirar o por qué tengo el mal vicio de dormir cada día... Simplemente ocurre y previsiblemente no dejará de ocurrir mientras siga aquí.
10.5.10
Crecer duele (II)
Cuando era pequeña y me dolían los huesos por crecimiento, me quejaba a mi madre. Y ella, invariablemente, me decía: "Eso no es nada, sólo estás creciendo. Es normal". Seguía doliéndome, pero lo soportaba mejor, con normalidad y tranquilidad, casi con una resignación alegre ante la vida. Sentía emoción y curiosidad ante ese cambio que me haría ser diferente a como era, ese cambio inevitable y letal que ya no tendría vuelta atrás ni devolución. Ahora me pasa algo parecido. Todo lo que me golpea y me duele, lo que me martillea la mente a diario, parece que se vuelve menos malo cuando por fin me doy cuenta de que son, ni más ni menos, dolores de crecimiento. De que desaparecerán un día y yo ya no seré la misma porque seré mayor, más adulta, un poquito más yo.
15.4.10
...Y la pieza de puzle perdida.
Me falta un trocito de mí. Es, exactamente, esa parte que me hacía ser tan decidida y algo más confiada e inocente, sí, esa parte que contenía la confianza en mí misma y la seguridad que tanto desconcertaban a todo el mundo, la que desconocía totalmente lo que era la vergüenza y mucho menos los nervios, la que era capaz de hacer teatro delante de quien fuera, o de bailar, o de cantar, o de leer; lo pienso y me parece mentira, existió esa época en que no me temblaban nunca las manos y simplemente no concebía la idea de sentirme inferior a nadie nunca. Me pregunto si realmente es algo que pueda irse y volver tal cual se fue. Empieza a ser una constante preocupantemente estable que siempre falte "algo" y no saber "qué"; incluso cuando parece que la normalidad (já) ha vuelto, de una manera u otra acabo volviendo atrás en el tiempo, eso cuando no descubriendo esas pequeñas cosas que echo de menos en mí y que ahora -simple y llano- no están. Estúpido tiempo circular... no es más que una rebelión que se reabsorve antes de estallar.
Y alguien te espera y tú no estás, qué cosa tan ridícula, son cuentos de leyenda y ciencia ficción y nada cambiará hasta que no ilumines la función. Sólo dime por qué sigues queriendo huir, por qué sigues buscando donde no está y piensas que nada es igual... Parece todo tan irreal, cuando las cosas suceden tú ya no estás. El equilibrio no duerme cerca, quizás ni vendrá, porque no hay nadie que merezca esa prisión. No entiendo la película, ¿cómo puedo encontrarte? No te oigo gritar que todo va a cambiar. (Maldita Nerea)
Y alguien te espera y tú no estás, qué cosa tan ridícula, son cuentos de leyenda y ciencia ficción y nada cambiará hasta que no ilumines la función. Sólo dime por qué sigues queriendo huir, por qué sigues buscando donde no está y piensas que nada es igual... Parece todo tan irreal, cuando las cosas suceden tú ya no estás. El equilibrio no duerme cerca, quizás ni vendrá, porque no hay nadie que merezca esa prisión. No entiendo la película, ¿cómo puedo encontrarte? No te oigo gritar que todo va a cambiar. (Maldita Nerea)
8.4.10
Reconciliación
Hoy, alguien ha hecho algo muy humano y muy valiente por mí. Se ha atrevido, me ha llamado, hemos tomado un café y nos hemos reído de aquel día en que nos dejamos de hablar por una tontería hace dos años. No me lo esperaba y ha sido una grata sorpresa, un pequeño oasis de reconciliación.
Me ha hecho retroceder en el tiempo por momentos. Supongo que un factor clave para no considerar "agobiante" los años de mi adolescencia ha sido el hecho de no conocer nada más. Me veo a mí misma hace tres o cuatro años y me veo ahora, y no me reconozco. ¿Me pasará lo mismo dentro de otros tres o cuatro? No lo sé. Es verdad que había muchísimas decisiones que estaban tomadas de antemano, que eran cuestión de tiempo, pero no quería acabar de verlo. Hoy lo he visto. Es verdad que me gusta este barrio, me siento tranquila en él; aun así, creo que ha sobrepasado el número de recuerdos por metro cuadrado permitidos. Mi cuerpo me pide ir más allá, desprenderme por fin de todo (y todo es todo).
Por un rato, mientras volvía a casa, comparando el camino que he recorrido y el que me queda por recorrer, no he sentido miedo. Por una vez no he sentido miedo ni ansiedad al pensar en ello, sino una inmensa curiosidad. Quizá esté "desaprendiendo" por fin.
Reconciliación con ella. También reconciliación conmigo y (por fin) con mi pasado.
Me ha hecho retroceder en el tiempo por momentos. Supongo que un factor clave para no considerar "agobiante" los años de mi adolescencia ha sido el hecho de no conocer nada más. Me veo a mí misma hace tres o cuatro años y me veo ahora, y no me reconozco. ¿Me pasará lo mismo dentro de otros tres o cuatro? No lo sé. Es verdad que había muchísimas decisiones que estaban tomadas de antemano, que eran cuestión de tiempo, pero no quería acabar de verlo. Hoy lo he visto. Es verdad que me gusta este barrio, me siento tranquila en él; aun así, creo que ha sobrepasado el número de recuerdos por metro cuadrado permitidos. Mi cuerpo me pide ir más allá, desprenderme por fin de todo (y todo es todo).
Por un rato, mientras volvía a casa, comparando el camino que he recorrido y el que me queda por recorrer, no he sentido miedo. Por una vez no he sentido miedo ni ansiedad al pensar en ello, sino una inmensa curiosidad. Quizá esté "desaprendiendo" por fin.
Reconciliación con ella. También reconciliación conmigo y (por fin) con mi pasado.
Aprendí a sufrir, aprendí a reírme de mí,
me reconstruí, tuve que decir que sí, que sí.
Gracias por caminar siempre al revés.
(Despistaos)
28.1.10
Contrariada
Cuando crees que no puedes sentir ni más amplio ni más contradictorio, pasan los días y los meses (¡meses!) y te das cuenta de que tu pecho se ensancha con un paradójico suspiro de resignación para dar cabida a un agujero, uno simple (los hay complejos), de los que llegan y se instalan sin que te des apenas cuenta.
Y sí: lejos de desaparecer, lo que hay y también lo que no-hay crece y crece hasta agotar el espacio de tu pecho, inundar tu garganta y desbordarse de tus ojos por momentos.
Luego pregúntate si es cierto... solo encontrarás mejillas mojadas, un vacío -ya ves- demasiado colmado y un velo de ligera y breve ansiedad. Nada demasiado evidente.
Y sí: lejos de desaparecer, lo que hay y también lo que no-hay crece y crece hasta agotar el espacio de tu pecho, inundar tu garganta y desbordarse de tus ojos por momentos.
Luego pregúntate si es cierto... solo encontrarás mejillas mojadas, un vacío -ya ves- demasiado colmado y un velo de ligera y breve ansiedad. Nada demasiado evidente.
24.12.09
Ahora sin red...
Es bien cierto que no hay nada seguro en esta vida. Después de fallos, errores, decepciones y reinvenciones, de reedición de la memoria y omisión de datos con alevosía -datos que, por supuesto, siempre resurgen, ¡qué caprichoso es el cerebro!-, sólo queda aferrarse a esa frase que siempre repite mi padre: "¡Nunca des nada por supuesto!", fruto -con seguridad- de la experiencia.
Seguiré siempre lanzando palabras al vuelo, aun cuando "todo lo que tires a Internet volverá 10 años más tarde", con la misma obstinación con la que empecé esta aventura de ser yo hace tres (casi cuatro) años, con la misma determinación de querer encontrarme buscándome por dentro, por fuera, por todas partes. Pero algo ha cambiado. ¿Dónde? No lo sé. Este año tengo la sensación, por otra parte subjetiva, de que han fallado tantas cosas que es inocente creer que crecer iba a tener algo bueno. Pero sí.
No será la primera vez... pero después de introspecciones de todos los colores, me he prometido (por fin) a mi misma seguir sin más metáforas, sin más redes de apoyo que las propias. Hasta ahora sabía que tenía que avanzar hacia algún lugar, pero no sabía cómo ni hacia dónde. Ahora ya sí. ¡Así sí se pueden tomar decisiones! ¿Siguiente?
Seguiré siempre lanzando palabras al vuelo, aun cuando "todo lo que tires a Internet volverá 10 años más tarde", con la misma obstinación con la que empecé esta aventura de ser yo hace tres (casi cuatro) años, con la misma determinación de querer encontrarme buscándome por dentro, por fuera, por todas partes. Pero algo ha cambiado. ¿Dónde? No lo sé. Este año tengo la sensación, por otra parte subjetiva, de que han fallado tantas cosas que es inocente creer que crecer iba a tener algo bueno. Pero sí.
No será la primera vez... pero después de introspecciones de todos los colores, me he prometido (por fin) a mi misma seguir sin más metáforas, sin más redes de apoyo que las propias. Hasta ahora sabía que tenía que avanzar hacia algún lugar, pero no sabía cómo ni hacia dónde. Ahora ya sí. ¡Así sí se pueden tomar decisiones! ¿Siguiente?
27.11.09
Decisiones por tomar
Estos días me inundan un montón de sensaciones que parece que hayan llegado sin avisar, cargadas de maletas, para quedarse. Tras días letárgicos y de inactividad aparente, días de esos grises, parece que las cosas vuelven a tomar rumbo. Quizá sea cierto que, cuando algún asunto de especial relevancia entra a en ese espacio clave y diminuto entre una ceja y otra, es inútil intentar que piense en otras cosas. O almenos no suele ser así hasta que recupero esa ilusión de control ficticio que me permite mantener abiertos tantos frentes como expectativas. Mi madre me suele decir que no necesito hacer ejercicio para quemar calorías porque las quemo pensando: empiezo a pensar que, como todas las madres del mundo, tiene razón.
Bajar al llano mundo de los mortales y llevar a cabo tareas que para otros serían quebraderos de cabeza es lo que me esperaba para el fin de semana. Pero, como siempre, no ha sido suficiente. De modo que, tomadas las decisiones y cambios de rumbo oportunos, que suele ser la parte más complicada, sólo falta sacar punta a los detalles y agradecer hasta el infinito cualquier oportunidad de cambio.
Tengo la curiosa manía de hacer las cosas a mi manera. Podría haber seguido siempre el camino marcado, que estaba tan marcado para mí como para el resto, pero mi instinto siempre me lleva a rehuirlo y buscar los propios, en casi cualquier faceta, por no decir en todas. Cuando todo el mundo parece convencido de que lo mejor para mí es X, mis pies me guían irremediablemente hacia Y. No porque no vea las bondades de X, sino porque la experiencia me hace desconfiar de esta clase de unanimidad acerca de mi destino. Así que muchas veces acabo volviendo a X después de haber dado una vuelta por Y, Z, y ahí sí que me veo capaz de ver, no sólo las bondades, también las sombras. Es la manía de hacer las cosas cuando me siento preparada, y no cuando lo estoy.
¿Qué ha sido esta vez? Supongo que es difícil de determinar. Algún detonante habrá, ya lo descubriré. Me gusta creer en la teoría de la ampliación del útero materno. El útero es un espacio cálido y recogido, pero tarde o temprano se nos queda pequeño y necesitamos salir. Pasa lo mismo con la casa, luego con el barrio, con la ciudad, hasta encontrar un nivel donde no haya necesidad de salir, salir, salir. Cada cual tiene el suyo: hay quien no sale nunca de su pueblo y puede ser feliz así. Quizá si me hubiera ido a estudiar fuera (aunque tampoco "muy" fuera) en el primer año de carrera, habría aprendido muchísimo. Quizá, no: seguro. Pero habría sido una decisión prematura, palabra para nada dejada al azar. Aún hay aspectos que deben madurar, cada uno a su tiempo, pero una vez tomada la decisión -esto siempre es invariable- no hay vuelta atrás.
Bajar al llano mundo de los mortales y llevar a cabo tareas que para otros serían quebraderos de cabeza es lo que me esperaba para el fin de semana. Pero, como siempre, no ha sido suficiente. De modo que, tomadas las decisiones y cambios de rumbo oportunos, que suele ser la parte más complicada, sólo falta sacar punta a los detalles y agradecer hasta el infinito cualquier oportunidad de cambio.
Tengo la curiosa manía de hacer las cosas a mi manera. Podría haber seguido siempre el camino marcado, que estaba tan marcado para mí como para el resto, pero mi instinto siempre me lleva a rehuirlo y buscar los propios, en casi cualquier faceta, por no decir en todas. Cuando todo el mundo parece convencido de que lo mejor para mí es X, mis pies me guían irremediablemente hacia Y. No porque no vea las bondades de X, sino porque la experiencia me hace desconfiar de esta clase de unanimidad acerca de mi destino. Así que muchas veces acabo volviendo a X después de haber dado una vuelta por Y, Z, y ahí sí que me veo capaz de ver, no sólo las bondades, también las sombras. Es la manía de hacer las cosas cuando me siento preparada, y no cuando lo estoy.
¿Qué ha sido esta vez? Supongo que es difícil de determinar. Algún detonante habrá, ya lo descubriré. Me gusta creer en la teoría de la ampliación del útero materno. El útero es un espacio cálido y recogido, pero tarde o temprano se nos queda pequeño y necesitamos salir. Pasa lo mismo con la casa, luego con el barrio, con la ciudad, hasta encontrar un nivel donde no haya necesidad de salir, salir, salir. Cada cual tiene el suyo: hay quien no sale nunca de su pueblo y puede ser feliz así. Quizá si me hubiera ido a estudiar fuera (aunque tampoco "muy" fuera) en el primer año de carrera, habría aprendido muchísimo. Quizá, no: seguro. Pero habría sido una decisión prematura, palabra para nada dejada al azar. Aún hay aspectos que deben madurar, cada uno a su tiempo, pero una vez tomada la decisión -esto siempre es invariable- no hay vuelta atrás.
11.11.09
Excepción en busca de regla.
Ahora que empiezo a verlo claro es cuando menos lo entiendo, o tal vez cuando lo entiendo demasiado. Encajetonada en la generación del conformismo, del desencanto por la vida, del para qué esforzarse, voy casi-innatamente-contracorriente.
Nunca aprendí a no pensar, no sé por qué no sé no preguntarme por qué y veo obviedades donde el resto sólo humo: ¿y qué? Me gusta así. Han pasado años hasta darme cuenta de que esto era una carrera de fondo, pero la lección ha valido la pena, duermo más tranquila sabiendo que hay algo a lo lejos llamándome, algo que no soy más que yo, dentro de muchos años.
No quiero deshacerme del miedo, no quiero quitarme todas las inseguridades, no busco ya ninguna independencia emocional: quiero sólo avanzar hacia todo ello, hacia lo que tenga que venir, con la seguridad de que no lo sabré todo, no lo podré todo, dudaré, temeré, querré echar atrás y no lo haré. Querré rendirme mil veces y sin embargo continuaré. Y me conozco: sé que querré desistir, evitar, salir; y entonces miraré (hacia atrás, hacia delante) y seguiré. Era así de sencillo, tan sencillo como admitir que no somos Dios.
He llegado hasta aquí por caminos que nadie había trazado. Está bien: me pertenecen. No es una gran meta, no es algo que pareciera lejano e inalcanzable, pero sí, es una gran meta: es mucho más lo que no se ve. Es un iceberg. Y ahora que estoy aquí no tiene sentido continuar por caminos prefabricados. Así que elijo dar todas las vueltas necesarias, exijo mi derecho a poder darlas. Y elijo a veces la irracionalidad, la impulsividad, el miedo, la tristeza, la apatía, las dudas y las inseguridades porque también pertenecen al ser humano. Para qué eludirlas, si vendrán igual.
Yo no sé si la disincronía entra o sale de algún punto de este texto. Supongo que hay millares de situaciones en las que el desarrollo emocional debe rondar el menos cero, pero no las evitaré mientras exista aún esa necesidad de surrealismo lingüístico, de grupo, de evasión y de locura sin más pretextos. ¿Cuántos pasos pueden quedar para igualar las architemidas haches eses a mis ideas de a años luz? Pues los que sean, bienvenidos.
Dentro de lo poco frecuente, de la extravagancia, no sé si estoy más cerca de la norma o de la excepción, ya veremos, pero almenos ahora me siento un poco más encarrilada.
Nunca aprendí a no pensar, no sé por qué no sé no preguntarme por qué y veo obviedades donde el resto sólo humo: ¿y qué? Me gusta así. Han pasado años hasta darme cuenta de que esto era una carrera de fondo, pero la lección ha valido la pena, duermo más tranquila sabiendo que hay algo a lo lejos llamándome, algo que no soy más que yo, dentro de muchos años.
No quiero deshacerme del miedo, no quiero quitarme todas las inseguridades, no busco ya ninguna independencia emocional: quiero sólo avanzar hacia todo ello, hacia lo que tenga que venir, con la seguridad de que no lo sabré todo, no lo podré todo, dudaré, temeré, querré echar atrás y no lo haré. Querré rendirme mil veces y sin embargo continuaré. Y me conozco: sé que querré desistir, evitar, salir; y entonces miraré (hacia atrás, hacia delante) y seguiré. Era así de sencillo, tan sencillo como admitir que no somos Dios.
He llegado hasta aquí por caminos que nadie había trazado. Está bien: me pertenecen. No es una gran meta, no es algo que pareciera lejano e inalcanzable, pero sí, es una gran meta: es mucho más lo que no se ve. Es un iceberg. Y ahora que estoy aquí no tiene sentido continuar por caminos prefabricados. Así que elijo dar todas las vueltas necesarias, exijo mi derecho a poder darlas. Y elijo a veces la irracionalidad, la impulsividad, el miedo, la tristeza, la apatía, las dudas y las inseguridades porque también pertenecen al ser humano. Para qué eludirlas, si vendrán igual.
Yo no sé si la disincronía entra o sale de algún punto de este texto. Supongo que hay millares de situaciones en las que el desarrollo emocional debe rondar el menos cero, pero no las evitaré mientras exista aún esa necesidad de surrealismo lingüístico, de grupo, de evasión y de locura sin más pretextos. ¿Cuántos pasos pueden quedar para igualar las architemidas haches eses a mis ideas de a años luz? Pues los que sean, bienvenidos.
Dentro de lo poco frecuente, de la extravagancia, no sé si estoy más cerca de la norma o de la excepción, ya veremos, pero almenos ahora me siento un poco más encarrilada.
24.10.09
De la jerga (que no juerga) del día a día
A menudo nos divertimos buscando conexiones absurdas a través del tiempo y el espacio, abriendo ventanas y asomando la cabeza a ver si llueve o hace sol. Bailamos alrededor de una idea lejana, lejos también del ahora, nos emborrachamos de música y palabras, carcajadas y chocolate, todo símiles caseros.
"¡La Lluvia viene de la Luna!, ¡el Sol está en prácticas! Un día conoceremos al Viento"...
Teorizo lo sano y mentalmente salubre de nuestros absurdos y no hay nada que objetar. Cuando se agoten estas metáforas, vendrán otras, nuevas y frescas. ¿Qué importa? La palabra está para usarla, para llevarla al punto máximo de abstracción; en ese frenesí surrealista, no queda, después, más que la resaca de volver a poner los pies en el suelo.
Pero volar es tan volátil... que siempre vuelvo. Materializar las palabras es el reto. El humor ácido, tierno y sutil de nuestra pseudojerga siempre tiene un trasfondo de verdad. Ayuda, paradójicamente, a sobrellevar la parte insulsa de una realidad marcada por la impotencia. ¿Y luego? Vuelta a casa.
"¡La Lluvia viene de la Luna!, ¡el Sol está en prácticas! Un día conoceremos al Viento"...
Teorizo lo sano y mentalmente salubre de nuestros absurdos y no hay nada que objetar. Cuando se agoten estas metáforas, vendrán otras, nuevas y frescas. ¿Qué importa? La palabra está para usarla, para llevarla al punto máximo de abstracción; en ese frenesí surrealista, no queda, después, más que la resaca de volver a poner los pies en el suelo.
Pero volar es tan volátil... que siempre vuelvo. Materializar las palabras es el reto. El humor ácido, tierno y sutil de nuestra pseudojerga siempre tiene un trasfondo de verdad. Ayuda, paradójicamente, a sobrellevar la parte insulsa de una realidad marcada por la impotencia. ¿Y luego? Vuelta a casa.
16.10.09
Notas para el futuro
- Todo el mundo hace lo mejor que puede hacer con lo que es y tiene aquí y ahora.
- La diplomacia es una elegante carrera de fondo.
- Si tienes claro qué es lo que NO quieres, las decisiones se vuelven el doble de sencillas.
- Por muy segur@ que estés de que algo está mal, antes de rebatírselo a alguien, dile qué es lo que hay de bueno en su aportación.
- Las personas nunca son "sólo" buenas o "sólo" malas y mucho menos "porque se es así, y punto"; aprender a encontrar ese punto medio y aceptar la parte de responsabilidad que toca a cada cual es la base para una actitud positiva ante cualquier conflicto.
- Si algo no te gusta: haz lo que esté en tu mano para cambiarlo. Si empeora, siempre se puede volver a la opción anterior. Si mejora, todo el mundo saldrá ganando. A veces el cambio es natural y necesario.
- Haz hoy lo que puedas con lo que tienes. Y lo que no puedas, no lo hagas. Aun cuando hayas hecho poco, habrás hecho más que si lo hubieras pospuesto por falta de recursos.
- Dispón siempre de algo de tiempo para charlar: con un conocid@, con un amig@, con los tuyos. Por muy importante que sea el trabajo (o los estudios), estás en la vida para vivir.
- Conócete y date tiempo si lo necesitas. Al fin y al cabo, si lo pospones y deriva en un problema de salud, también te tocaría a ti resolverlo. Relax!
- Si necesitas una mano amiga, la que nunca huye se encuentra exactamente al final de tu brazo.
- Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mism@. Pero recuerda que hacer las cosas siempre tú mism@ equivale a decir al resto que no lo crees apto ni capaz.
to be continued...
30.9.09
Rascar. Sí, eso es. Tenéis que rascar.
Puede ser que mañana esconda mi voz
por hacerlo a mi manera:
¡Hay tanto idiota ahí fuera...!
(Vetusta Morla)
por hacerlo a mi manera:
¡Hay tanto idiota ahí fuera...!
(Vetusta Morla)
Tuve un profesor que siempre nos decía: "No os quedéis con lo que hay en la superficie. Tenéis que rascar un poco más. Rascar la superficie y ver qué es lo que hay debajo, si os gusta, si no, qué se puede hacer para cambiarlo..." En general, esta es una filosofía fácil de seguir, efectiva y enriquecedora. Apta para personas inconformistas. Pero se olvidó de comentarnos que cuando rascas hacia dentro duele, desgarra, levanta cicatrices... aprendizaje vivencial.
Todo tiene un par de vueltas de rosca más de las que parece. Vivir en la complejidad del caos-sin-tregua, yendo de un extremo a otro, no sólo puede llegar a ser agotador sino que, además, brinda pocas oportunidades para la introversión. Y cuando aparece uno de esos momentos (puede ser en cualquier situación, social o no, sea cual sea nuestra ocupación y su nivel de prioridad), cuesta continuar como si nada. Es una señal del camino que arrastra, que tira, que no se puede ignorar aunque la vida prosiga incansable hacia derroteros institucionalizados y, emocionalmente, lúgubres.
Si no ahora, ¿cuándo?
Si no por esto, ¿por qué?
Si no así, ¿cómo?
6.9.09
Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando.
Sobre la cama, un pijama amarillo que no costó más de seis euros, una falda de raso negra, La insoportable levedad del ser y el horario del nuevo curso soportan por mí la resaca de un verano casi ajeno. El valor para marcharse, el miedo a llegar. Frases y dudas sin sentido bailando en mi cabeza cualquier vals de Strauss con el mejor postor. Un verano inesperado e impredecible que ahora hace mutis por el foro recordándome con frialdad quién era cuando empezó. Un verano que me deja la dulce certeza de que las cosas pueden y deberían ser distintas.
La vuelta a la rutina se presenta como un regalo y como una maldición plomiza a la vez. No me reconozco en mis errores, ni en quien fui, ni en quien soy; entonces, buscándome, aparezco de repente en un lunes un año más tarde mucho más confusa de lo que empecé. Improvisando eternamente una salida, no para ser diferente a mí, sino para no ser igual a los demás. Perdiéndome en las garras del mundo. Tirándome a la piscina de nuevo.
Ha sido un año acorde con el cambio de rumbo que esperaba, aunque diferente del que imaginé. Verme ahora y mirar hacia atrás me provoca un revoltijo de sensaciones contradictorias, pero, como en la mejor novela, no dejo de intrigarme por qué vendrá después.
Así que nos situamos en segundo de carrera, pájaros en la cabeza, ni 19 años, ni la más remota idea de orden o compromiso, dispuesta a no sé muy bien qué con el curso que empieza. "Yo tampoco sé vivir, solo estoy improvisando"
La vuelta a la rutina se presenta como un regalo y como una maldición plomiza a la vez. No me reconozco en mis errores, ni en quien fui, ni en quien soy; entonces, buscándome, aparezco de repente en un lunes un año más tarde mucho más confusa de lo que empecé. Improvisando eternamente una salida, no para ser diferente a mí, sino para no ser igual a los demás. Perdiéndome en las garras del mundo. Tirándome a la piscina de nuevo.
Ha sido un año acorde con el cambio de rumbo que esperaba, aunque diferente del que imaginé. Verme ahora y mirar hacia atrás me provoca un revoltijo de sensaciones contradictorias, pero, como en la mejor novela, no dejo de intrigarme por qué vendrá después.
Así que nos situamos en segundo de carrera, pájaros en la cabeza, ni 19 años, ni la más remota idea de orden o compromiso, dispuesta a no sé muy bien qué con el curso que empieza. "Yo tampoco sé vivir, solo estoy improvisando"
Para...
A l@s que leéis desde la sombra, más o menos lejos pero siempre cerca.
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Lo que la lluvia inspira...
...y lo que el tiempo trajo.
Porque compartir es vivir:
Ando asomando la cabeza por...
- BAUGMAN, Z. Tiempos líquidos
- GAARDER, J. Maya
- MAILLARD, C. Hilos
- MONTESSORI, M. Ideas generales sobre el método
- SUBIRANA, V. Una maestra en Katmandú
Declaración de principios (I)
"Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo que el maestro denomina mariposa" (Richard Bach)
Declaración de principios (II)
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
[M. Benedetti]


