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15.3.18

Hogares y casas

Quizá mi hogar sean solamente las palabras.
Perderme por las calles. Las calles de donde sea.
Llorar en los trenes. En cualquier tren. En cualquier idioma.
Llenar los días de caricias tiernas
las tardes de libros y bañeras hirviendo
y las noches de mantas pesadas de penumbra.
Quizá mi hogar sean solamente los libros
en los que escapo
y las palabras en que busco refugio,
y no haya ningún conjunto de paredes que pueda definirlo
porque no es un hogar tangible.
Quizá mi hogar no esté en un país,
sino más bien en un color.
Puede que en el tono verde de la hierba cuando llueve,
quizá en la lluvia que reemplaza la lluvia,
o en el azul del mar, o en el espectáculo del crepúsculo.
No se puede volver a un hogar que nunca se tuvo del todo.
Quizá pueda una aprender a habitar su propio cuerpo,
para variar,
sin salar las heridas cada vez que algo se tuerce,
quizá pueda una aprender a convivir ensigo misma
en lugar de tratar de escapar de sus propias entrañas,
y quizá
puede ser
exista la posibilidad
de que la palabra hogar signifique entonces alguna cosa
y una casa sea simplemente una casa.
Que jo t'estimo és un fet de la vida. Jo t'estimo de la mateixa manera que el Sol surt i es pon cada dia, sense esforç, sense esperar res a canvi. T'estimo de la mateixa manera que els núvols plouen la pluja, de vegades de mica en mica, i d'altres de manera torrencial. Sempre està plovent en alguna cantonada del planeta. Així estimo. T'estimo exactament igual que respiro. Sense pensar-m'ho. Sense voler. Inqüestionablement. De vegades me'n faig conscient i segueixo aquest batec, preguntant-me com és que encara és aquí i no s'ha apagat. És una mena de força vital independent. Intento per totes les vies que no hi sigui, ofegar-lo, però -vés- jo t'estimo com respiro. I podem controlar la respiració, és cert, però tard o d'hora tornem a agafar un glop d'aire que ens retorni a la vida, com un instinct de supervivència que actua amb la nostra voluntat o de vegades sense ella. El meu amor per tu funciona ben bé d'aquesta manera. Crec que sempre hi serà i que sempre hi podré retornar si perdo massa el nord. Com la respiració.
Potser amor no és la paraula que estic buscant. N'hi ha tantes! Potser la paraula és magnetisme. Com un iman que m'atrau de manera absolutament irressistible i em destrossa les prioritats, o millor dit, les endreça com cal. I de tota manera, com m'hi hauria de resistir? Qui ho voldria fer, això? És igual. És una força gravitatòria que m'atrau sense remei. I m'hi perdo, en aquesta força. Sense mapa.
M'hi ensopego una vegada darrera de l'altra. M'hi faig un embolic. M'espanta i m'atrau. M'aterroritza. Em fa petita i em fa gran alhora.
Han passat tants anys i reconeixeria la olor de la teva pell en qualsevol cantonada de la galàxia. (No la sé explicar, la olor, això m'ho guardo per mi.) És un amor terrible. Perquè potser podré estimar altres persones, i serà un amor real, tangible, apassionat, lent i ràpid tot alhora. Podré estimar altres i també d'altres maneres, però saps? Fins que em mori mai no deixaré de respirar. I no passa res. Com ja deia, que jo t'estimo és un fet de la vida. És tan maco que algú t'estimi d'aquesta manera. És un amor que és, sense necessitat de qualificatius o explicacions: és i prou.

13.12.12

Estatua de sal

Música que te retumba en el pecho,
te atraviesa y te hiela,
efecto invernadero en las entrañas,
sal en heridas que no están.
Gotas que se deslizan
en el cristal de los ojos,
ojos que están lejos, dentro.
Fuera. Música. Gotas.
Como siempre. Como nunca.
Nada volverá a herir así,
le dijo al barquero.

De pronto un ruido
deshace el hechizo.
Y sólo queda empezar
a tejer de nuevo un retal.

Hoy no te puedo esperar, 
pequeño desastre animal...

7.10.12

Recojo todas mis metáforas
a donde no me alcancen,
donde las alas de algodón
no me golpean,
donde el azul
es sólo un color,
el verde, el horizonte
y la lluvia es
solamente lluvia.
¿Inventaré otros colores?,
¿serán los meses solo meses,
los días solo días?,
¿vendrán las gotas de otra lluvia?,
¿caerán las notas de otras músicas?
Llueven y cantan
palabras contra el cristal,
¿serán las palabras
solamente palabras...?

9.9.12

Un día, Maya

Andas por esos mundos como yo;
no me digas que no existes, existes,
nos hemos de encontrar;
no nos conoceremos, disfrazados y torpes
por los caminos echaremos a andar.
No nos conoceremos, distantes uno de otro
sentirás mis suspiros y te oiré suspirar.
¿Dónde estará la boca, la boca que suspira?
Diremos, el camino volviendo a desandar.
Quizá nos encontremos frente a frente algún día,
quizá nuestros disfraces nos logremos quitar.
Y ahora me pregunto... cuando ocurra, si ocurre,
¿sabré yo de suspiros, sabrás tú suspirar?

Alfonsina Storni 

Llegaba tarde a un compromiso y en los últimos días no había tenido tiempo de digerir aquella cantidad de sucesos importantes en el curso de mi vida. No había tenido tiempo de dormir, ni de reírlo todo, ni tampoco de llorarlo. Se me dan mal las despedidas. Las evito, las aplazo, las miro con desconfianza. Y, desde luego, prefiero llorar en solitario, incluso cuando llorar en solitario implica hacerlo rodeada de personas que no me conocen, sentada en el suelo de un tren de camino a ninguna parte.
Pisé el andén de la estación con la esperanza oculta de que el tren anterior se retrasara y tuviera tiempo de cogerlo, deberían incorporar el adjetivo "peludo" a la definición de tren, pensaba mientras me preguntaba a mí misma cómo alguien le explicaría a un niño ciego de tres años lo que es un tren. Desde luego a él no le diría la palabra peludo.
Estaba tan exhausta, tan remotamente distante, que me senté sin pensarlo, junto a un suspiro, apoyada en la pared, y daba lo mismo estar allí que en cualquier lugar del Universo. Estaba dentro de mí misma, encerrada a cal y canto en un caparazón amplio, hueco y vacío. En un momento de lucidez extrema me acordé de que mis pantalones eran de color claro y se iban a manchar, como si no vinieran ya manchados de arena, restos de comida y quién sabe qué otras cosas, y al caer en esto último solté una carcajada privada y silenciosa. Pensaba dejar que el piloto automático hiciera su trabajo hasta que las inevitables lágrimas de tantas despedidas acumuladas aquel final de curso inundaran por completo el caparazón e hicieran salir a flote todos los sentimientos, todas las imágenes felices ahora bajo un tinte de nostalgia. Era incapaz de seguir el hilo de mis husos, todavía enmarañados y agitados por la caminata y el esfuerzo de llegar hasta la estación.
Al levantarme con resignación, una voz muy poco familiar y sin asomo alguno de amenaza: perdona, saps si aquest tren va cap a Salou? Tentada a contestar con un lacónico sí, me recordé a mí misma lo mucho que había necesitado indicaciones los primeros días en Barcelona, y con el premio a la sonrisa más poco creíble del mundo, le dije que lo confirmaríamos y esperé hasta que asomó la primera S tras la parada de Port Aventura, aun a sabiendas de que mi repentina amabilidad suponía, en primer lugar, perder cualquier posibilidad de sentarme y, en segundo lugar, perder cualquier posibilidad de sentarme y únicamente llenarme los ojos de mi querido Mediterráneo para después llorarlo a mares en relativa intimidad. Y es que en aquel momento me habría dado igual incluso que Serrat subiera al tren a cantarme el Mediterráneo en cuestión.
Sin molestarme a buscar sitio, subí -de las últimas- al vagón y, tan pronto puse un pie en él, dejé caer la mochila y me senté de nuevo. La voz en cuestión se sentó delante de mí, también en el suelo. Peor para él, pensé yo. El caparazón se había esfumado y estaba atronadoramente sola en mi desierto.
Desprotegida ante recuerdos demasiado valiosos, no me molesté en intentar evitar que las lágrimas fueran resbalando por mis mejillas, labios, barbilla, cuello y aterrizaran en la camiseta o en el suelo. Y lloré como si en lugar de entrar en el vagón, hubiera entrado en el poema de Girondo. Sabía que era inevitable, arrasador, fisiológico y, desde luego, necesario para procesar todo lo vivido y preparar un lugar fértil para todo lo que quedaba por delante. Porque esto era sólo el principio.
A mi alrededor la gente hablaba por teléfono, reía, leía, miraba el estupendo paisaje veraniego, se quejaba del calor. Yo estaba muy lejos, detrás de mis gafas y de mi pasión de maestra, recordando los últimos días en la escuela y todos los momentos felices que todavía me hacen saltar las lágrimas de agradecimiento amarillo.
De repente, la voz estaba como a un palmo de mí, igual de educado y de correcto, con el mismo tono nervioso que precisamente él, con la misma valentía con la que cae la lluvia, con la precisión milimétrica para pararme el corazón en dos segundos, perdona, potser em fico on no em demanen, però estàs bé? Mi cabeza-manojo de nervios empezó a procesar en qué berenjenal acababa de meterse, vamos a ver, ¿a quién se le ocurre tanta intensidad en un vagón de tren, que molestas a la gente que está de vacaciones?, y comprobé con horror que no era demasiado factible intentar usar mi voz en ese momento.
Me sequé las lágrimas sin mucha prisa, ante una mirada expectante que acompañaba a la voz nerviosa, comprendiendo de repente el lado cómico de la situación, intentando entender sin entrar en pánico los parecidos irracionales de quien estaba ante mí y maldiciendo mentalmente al Kharma. Esto a Anna le va a encantar, recuerdo haber pensado. Tranquil, és per una cosa bona. Como mínimo, ahora mi voz estaba de vuelta, tranquilizadora, amable. Sonó su teléfono, es curioso que una maestra sea salvada por la campana en un viaje en tren bordeando la costa en algún punto del Mediterráneo. Decidí casi al instante que no me apetecía añadir nada más e inicié una discreta retirada consistente en mirar hacia otro lugar mientras él hablaba por teléfono.
Consciente ahora de mi público, dejar de llorar no fue exactamente una decisión meditada. De vez en cuando, claro, una lágrima escurridiza, extraviada, iba a parar a algún lugar indefinido de mi ropa. Nada alarmante. Nada emocionalmente inestable. Delante de mí, de pie en el vagón y rodeados de maletas, viajaban un chico y una chica. Músicos -no era una gran deducción dados los estuche de violín y de guitarra que llevaban consigo-, lo cual todavía me hacía focalizar más en los paseos y los hoteles y la música de ascensor que parecían haber vuelto en forma de la voz de un desconocido. ¿Estaba pasando aquello de verdad o era un efecto secundario de la falta de sueño...? Me trasladé a la última noche en Barcelona, perdida desde el primer segundo hasta el último, sin tener ni querer remedio. Y desafiando el oleaje, sin timón ni timonel, por mis sueños va, ligero de equipaje, sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje... luciendo los tatuajes de un pasado bucanero... Nunca un viaje se había hecho tan corto y tan largo como una patada en el estómago, como una espiral taladrando tu universo, entre miradas furtivas y sonrisas que no podían empezar nada. ¿Y qué si era de locos pensarlo? ¿Y qué si esas cosas no te pasan a ti? El músico se arrodillaba ante la música para pedirle perdón por haber perdido un vuelo, rodeados de instrumentos y pasajeros. Alguien intentaba ayudar. Ajena a todo, me dedicaba a robar imágenes de aquel trayecto que podía acabar en nada.
Y entonces, lo vi. Allí, sobre la maleta, una portada que al principio no reconocí, pero un nombre indudablemente familiar. Maya, de Jostein Gaarder. ¿Era una broma pesada del destino que aquel extraño de voz cálida y mirada amable, que llevaba consigo la lluvia y la música y tres extraños tatuajes recién hechos, estuviera leyendo precisamente ese libro? Ese libro que había acompañado tantos momentos de incertidumbre, tantas madrugadas en la ciudad con un único pasador como defensa ante el mundo, tantas horas en el autobús, conteniendo la respiración ante la próxima genialidad.

A mi alrededor todo seguía como en una película muda. Como Momo tras los hombres grises, el tiempo se había detenido... los músicos intentaban arreglar el desaguisado buscando alguna alternativa para llegar a tiempo a su vuelo, alguien hablaba con ellos. La persona que súbitamente había acaparado toda mi atención también intentaba ayudar, espiando de vez en cuando sin intentar esconderse demasiado.
Internamente deseé que aquel caos fuera el comienzo de algo, todo era demasiado perfecto, la cuadratura de un círculo despiadado. Me aferré a cada sonrisa y a cada mirada, intenté memorizar los tatuajes, borrar los míos, olvidar que en unas semanas cogería un vuelo a otro lugar y buscar en mi interior el valor que nunca había tenido para saber más. Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes... Llegaba la hora de bajar del tren y el show debía continuar, lo sentía en cada poro de mi piel, pero era incapaz de seguirle al universo aquella broma macabra.


Y me bajé del tren.
Me bajé recogiendo las migajas de tantas sonrisas intercambiadas, idioma sin palabras, rebobinando las miradas furtivas e intentando reconstruir lo que había pasado, corporizando que ni siquiera mi caparazón iba a poder salvarme de mi cobardía. Como para redondear esa jugarreta del destino, en el reproductor de la mujer que bajó a mi lado sonaba Valiente, de Vetusta Morla. Porque ser valiente no es sólo cuestión de suerte.

Sabía que lo olvidaría, que sólo era un extraño en un tren. Hasta que meses más tarde, curioseando en una librería de segunda mano en la otra punta del mundo, inesperadamente, algo me golpeó la memoria... y me dolió como si me hubieran lanzado el libro a 50km/h con la precisión del mejor lanzador.

Era Maya (siempre es Maya), Maya con la misma portada que había visto aquel día sobre la maleta negra en el vagón del tren y que no había reconocido de otras ediciones...

25.4.10

Las aristas del miedo

Limar las aristas del miedo,
redondearlas, pulirlas, alisarlas,
convertirlo en una esfera perfecta,
en esa pelota en el estómago,
en esa esfera de allí al fondo.

Para, así, de este modo,
cuando sea conveniente,
poder aparcarlo a un rincón
de un traspié; para crear
un desfile de bolas redondas,
sin aristas y sin excusas,
rodando lisamente
quien sabe porqué.

Para echarlo, oprimirlo,
abuchearlo y golpearlo,
para tropezar con él
perder el equilibrio
y dejarlo ir.


Aunque a veces me duelan las aristas del miedo que me aleja de ti. 
(Dr. Deseo)

12.4.10

Una vez más quisiera, en pleno secreto a viva voz,
guarecerme, refugio de calma, en tu cuerpo siempre cambiante
aun así el mismo por redescubrir de nuevo y tan distante.
Tus labios no son nunca tus labios, o no son sólo tus labios,
no lo sé: quizá porque tus manos son mil manos y cuatro notas
y aunque no pueda hablarte de eso me gusta despertar y mirarte
-incluso cuando no es este el cuerpo, ni estos los labios, ni las manos-,
y somos tan imposibles, quizá por eso me miras a los ojos
con tus ojos imaginados, relucientes, entreabiertos, nunca míos,
desde tu cuerpo distante y distinto, tus labios nunca tuyos,
tus manos siempre para mí, y lees en ellos, con toda soltura,
la partitura de una música que no existe y que nunca acaba de acabarse.

27.2.10

Infidelidad

La poesía me escuece en las manos
como un relámpago fiel y cariñoso.
Me pisa los pies bailando,
me arrastra al final del pozo.
Mis palabras no son mías,
ni siquiera palabras.
-Más que todas las noches:
todas las mañanas.-
Mi aliento, mi sueño, mi vida
y mis escarpias,
me escuecen en las manos
como si ya no fueran mías
mis palabras.

6.2.10

Espero

Espero.
Y espero
callada,
musical,
porque confío.
Confío,
con los ojos cerrados
y con el abismo
y con el tiempo,
sibilinando,
en la palabra
tuya, tú, palabra
dicha en todas las bocas.


Confiar
es te acompaño y tengo fe
a pesar de todas las bocas
y a pesar de todas las guerras
y a pesar de toda ironía
en la persona.
Esperarte:
creer que me acompañas
y tienes fe en mí,
a pesar de todo,
a lo lejos.
Tener fe: no tener nada
y sin necesitar tampoco nada,
confiar en que se tendrá todo.
Acompañarte sin que estés:
escucharte en cada música
y pensarte, lejos del mundo,
en silencio, lejos y aquí.


Decía, pues, que espero.
O al menos, que quizá
esperando en cualquier estación
el chaparrón que me devuelva
al mundo, a vivir, a ti,
espere.

M.

26.12.09

Los rosales de Rosario

Lunes, siete de la mañana. El barrio se despierta perezosamente, un amanecer más. Un ligero rayo de sol ha rasgado con descaro el pétalo de una flor, casi logrando arrancarle un bostezo. Algo más allá un pajarillo ha mostrado curiosidad por una amarilla, y pocas fracciones de segundo más tarde se ha espantado al ver un ser de proporciones titánicas que avanzaba estrepitosamente de camino a la rutina.
Ese ser era yo. Y, claro, el pájaro no era el único interesado por las rosas. Es lógico, son un milagro.
Parece que el cielo brille distinto hoy; que sea más azul, y de un azul más nítido; que los huesos no sean tan fríos, ni la curva que cada día me acerca más a esta tierra mía, tan curvada; que el día se haya desentumecido como deshaciéndose con movimientos ágilmente jóvenes del polvo y penurias de siglos pasados pintados en el

cielo


no existe y es difícil pensar en la eternidad. Lo espero. Lo veo morir lentamente cada día. Con parsimonia, como hace y hacía todo. Aunque ya no veo, ni oigo, ni huelo, solo siento, solo soy. Soy el crujir del somier cuando se levanta. Soy el crepitar de los fogones, ay, yo que en vida le insistía poner una vitrocerámica, uno de esos chismes modernos que lo hacen todo solos, Manuel, menuda joya. Soy sus manos temblorosas buscando una cerilla, tanteando para lograr colocar la correa a Tunia, pobre Tunia, pobre animal, tan vital y joven pero tan anciano y con la responsabilidad de mantenerle en vida hasta nuestra primavera eterna, y que Dios se lo pague. Soy cuando Petunia, mi Tunia, nuestra Tunia, ladra sin motivo alguno. Soy cuando estoy con él, y estoy con él en sus últimos suspiros, risas, llantos y sueños terrenales, para seguir con él la eternidad. Soy la esencia de lo que fui en vida, qué extraña palabra, vida, qué absurda. Pero, sobre todo, soy esos rosales. Aquellos

rosales

que plantamos juntos, Rosario y yo, siguen creciendo y muriendo. Los suyos cada día son más bellos, más exuberantes, como lo fue ella en vida, y en cambio los que yo planté parece que se mueren conmigo. Pero son tan hermosos... no hay nadie que pase sin fijarse, son un orgullo, un manantial de vida y de serenidad para este viejo cansado y somnoliento. El resto del jardín continúa como cada primavera. Y, desde que la conocí, es mi primera primavera sin mi

flor

de té. Recuerdo que me llamaba flor de té, porque decía que eran pequeñas y blancas y puras como era yo cuando me conoció, que parece que hace mil siglos de eso y aun recuerdo aquella promesa que nos hicimos de no separarnos jamás. No sé cómo son las flores de té. Tampoco me gustaría que pensara, “Rosario me ha abandonado”, no, no, y espero no lo sienta así, porque eso haría mi esencia más volátil y quizá nunca lo encontraría de nuevo. Y él podría de nuevo darme la

vida

son solo palabras, pensamientos, una absurdidad, como una broma, sólo eso. Estoy seguro. La vida sin ella no es vida, lo demuestran mis rosales que se marchitan muy a pesar de la primavera. Pero la mañana es tan clara que no quiero pensar. El agua resbala sobre los pétalos formando cúmulos que nosotros llamamos gotas, que si vinieran de un ojo serían lágrimas y si vinieran del cielo serían lluvia, y por eso es todo tan absurdo, una gota es una gota, una vida es una vida y si la suya no está conmigo, la mía es un 

vacío

eso es, ese era mi gran temor a la muerte. Un vacío. Que no “fuera” nada. Y es mucho más sencillo que eso. Antes “era” porque acariciaba, reía, lloraba, degustaba, escuchaba o silbaba. Ahora simplemente “soy”. Esa es la primera señal inequívoca de que nos morimos: que nos limitamos a ser. En vida hay que hacer más cosas, la vida es bullicio, es una lucha constante, cuando solo eres, no eres, estás muerto. La

muerte

ya no me atemoriza con su larga capa negra y sus largos dedos como la nieve, que en mi imaginación no eran dedos sino afiladas y arrebatadoras garras sobre la piel blanca, blanca. La tierra, la tierra con mayúscula, es la que me llama y no la minúscula muerte. Me clama el azul de la mañana, el olor de la vida despertando –desayunar, vestirse, ir a trabajar, soñar, en ese orden-, la vitalidad del agua que se escurre entre mis apergaminadas manos, como la vida misma. Los rosales ya pueden vivir. Juntos,


“somos” juntos.

Tú eres,
Yo soy,
Nosotros seremos.


Siempre dos rosales que se abrazan,
los rosales de Rosario.
A mi abuela.

Basado en hechos reales. 

9 de mayo del 2007

Les ombres blaves (o els records d'una infància feliç)

Les ombres blaves! –dèiem-, ja es l'hora de les ombres blaves!
Ho recordo com si fos ahir. L'hora de les ombres blaves; això era el principal objectiu quan anàvem al parc a l'estiu. Ens hi estàvem fins tard: fins l'hora de les ombres blaves.

La tarda començava després de l'hora forta de sol. En aquell espai de temps, la meva amiga feia la migdiada. Jo no feia la migdiada perquè no m'agradava dormir de dia; així que veia la televisió o jugava amb els pares. Després, la mare i jo baixàvem al carrer. Anàvem a trobar la Meritxell, la meva amiga, i au! Cap al parc. No érem pas les úniques que anàvem al parc; la mare es trobava amb les seves amigues i, vinga a xerrar!
Els nens solien jugar a pilota o bé amb els patins, o la bicicleta. A la Meritxell i a mi ens agradava anar als gronxadors i hi estàvem allà gairebé tota la tarda.
Imaginàvem que estàvem dins uns gran vaixell. Uns dies hi havia tempesta, altres l'aigua estava tranquil•la. Però la sensació de l'aire a la cara i el constant puja-i-baixa de les "onades" eren sempre els mateixos. Altra temporada ens agafà per fer veure que estàvem dins un videojoc; i vinga a córrer d'aquí per allà, fent veure que passàvem de pantalla.
Quan el sol s'amagava i fèiem veure que les faroles s'enamoraven de la Lluna i era per això que es posaven vermelles, llavors era l'hora de les ombres blaves.
Els nens de la pista, amb pilotes i bicicletes, es retiraven a causa dels mosquits. Les mares es queixaven; si que n'hi ha, de mosquits, aquest any! -deien, encara que, mosquit amunt mosquit avall, tots els anys n'hi havia els mateixos. Per nosaltres els mosquits no eren problema; teníem repel•lent. El més important, les ombres blaves.
Tampoc eren res de l'altre món. Però per a nosaltres eren uns minuts màgics del dia, quan el Sol i la Lluna es saludaven i les faroles es posaven de color rosa... Perquè a la llisa pista, les nostres ombres tenien un color blavós, i ens agradava la màgica idea que algun dia potser es tornarien verdes o alguna cosa semblant. Eren només uns minuts; després, les mares ens cridaven, dient que havien de fer el sopar, que encara ens havíem de banyar, i que deixéssim les ombres blaves per l'endemà. Això eren les ombres blaves; com el comiat del dia.

Després, a casa, si hi havia temps, la mare em deixava banyar-me amb molta escuma abans de sopar. El sopar era bo, però no sempre m'agradava el que hi havia.
Abans d'anar a dormir, la mare, o jo mateixa, llegia un llibre. I em dormia amb la molta calor de l'estiu, pensant en ombres blaves que ballaven amb princeses entre l'escuma, en un capvespre on es veia la Lluna plena amb tot el seu esplendor, el Sol s'amagava i les faroles estaven vermelles.
Tan de bo tornessin aquells moments, quan perseguíem les ombres blaves per tot el parc, quan dansàvem dins vaixells a l'intempèrie, quan encara no tenia una germana petita que estigués pel mig com el dijous!

I què en queda, de tot allò? Què en queda, dels records de la infantessa?
Potser… potser en algun lloc sota terra hi ha un homenet que guarda tots els records de la infantessa en cambres de seguretat. Potser tot allò no es perd per sempre entre les cortines on un dia es va perdre la primera dent. I per què no? No narren les històries de pirates sobre tresors enterrats sota terra? Tan de bo sigui veritat, i els records de la infantessa no es perdin darrere cortines que amaguen capvespres de misteri perseguint un somni –una ombra blava en un vaixell al mig del mar; tan de bo aquell vaixell continuï navegant i desembarqui en una illa perduda, i un homenet s’encarregui de deixar sota terra, ben guardats, els records de la infantesa…


M.
2005

La cenicienta (versión)

PENSAMIENTO de Cenicienta:
Gris. Ese color que no dice nada: que no es alegre, ni lo oyes gritar, ni siquiera se lo oye lamentar por ser negro, ni hay tampoco en él el fulgor de un rayo en clave de sol, porque en el gris solo encuentro el silencio callado de la resignación. Ese es el color de mis ropas, cuyos colores antaño cantaban de puro contento afinadas arias; cuyos colores eran antes vivos, danzarines, risueños y relucientes, recién descubiertos apenas. Y resulta una paradoja que estén así
por la lumbre de la chimenea,
fuego que das la vida,
la vida me quitas,
fuego que das la luz,
la luz me has robado,
fuego que das calor,
colores fríos devuelves
si vivos te los he prestado.
¡Gris ceniciento que me arropas cada día!, te mancharía de color rojo odio sangriento si no fuera porque si mi plan funcionara éste azul sería.
CENICIENTA (aparte, para sí):
Ato cabos... ato cabos...
CENICIENTA (a la madrastra):
Barro el suelo,
lavo platos,
no hay consuelo,
hago camas.
Me desespero:
enciendo llamas
y me esmero.
¿Qué más quieres?
Tu criada no soy,
ni siquiera noble eres,
al baile yo no voy
y sí tus hijas, felices
con sus joyas y vestidos
esperan comer perdices
con sus futuros maridos
de la más alta nobleza.
MADRASTRA (para sí):
Si digna no la creo de bailar con su alteza,
ni tampoco su padre, ¡por mucho que ella ladre
no irá a palacio a codear a la realeza!

CENICIENTA (para sí):
¡Hablaré con mi madre
para que arregle tal bajeza
pues no lo hace mi padre!

(Escenario: en el jardín, cerca de un gran cerezo)
CENICIENTA (al árbol, dirigiéndose a su difunta madre):
Cierto sastre ronda la mi casa
que cierto baile ronda embocado
en ciertas bocas de mis criadas
futuras; cierto baile encaminado
a final feliz de cuento de hadas
con su real azul, su palacio hadado.

Ser del reino flor anhelo como sea
mas criada soy de nadie y odisea
como esta no quisieras que sufriera
en tu vida ni en tu muerte postrera.
Ayúdame a ser, madre, lo que tú no fuiste
-princesa y flor- porque de la vida huiste.

NARRADOR: 
Ya las hojas vacilan, creciendo y en respuesta
de su madre le hablan: a ayudarla está dispuesta.

SASTRE:
Perla, oro, primavera y flor, su madre era
rodeada siempre de una dulce aureola
de olor dulzón, más era del cielo, un ángel era
que a su hija amaba, como ama el mar a la ola;

envolviéndola en su regazo. Como si fuera
su más grande tesoro la arrullaba. Sola
la dejó sola, antes de que el día amaneciera.
Se fue, blanca y temprana. Y sola, la dejó sola.

Y a mí, su cultura y cuidarla hasta que pudiera.
Un vestido anhela su mirada cenicienta
un vestido azul tal como si hecho de mar fuera,

su mirada murió cuando su madre muriera.
Para bailar con su realeza, Cenicienta,
el vestido. Mas del reino, flor... Ya su madre era.

CENICIENTA:
Se aproxima ya el día:
oigo sus pasos pesados que vienen
y risas y alegría;
mas aun mis pies no tienen
en qué envolverse. El olvido temen.

Oigo la mañanilla
que llega ligera, alegre, cantando
viene la lucecilla
la tierra iluminando.
Y mis pies, fríos; y mi cuerpo, helando.

Sin acabar mi atuendo
¿Cómo he de ir al baile? ¡Aún vida gris soy!
Sastre bobo, estruendo
a tu casa siendo voy:
gran tormenta habrá
si no hay vestido hoy.

SASTRE:
¡Cuánta preocupación veo!
Tan bello rostro, señora
no se debe preocupar
que el vestido en justa hora

estará esperando en casa
confíe, reina de aurora,
que el mejor lo ha de bordar
de fino hilo de oro que honra

la elegancia de su dueña
y ricas telas -pues tocan
la más blanca piel del reino-
de azul mar, pero sin rocas.

ÁRBOL:
Entre cielo y tierra me hallo
triste vida me tocó:
muerta estaba

y entre ambas a caballo
de una vida y otra estoy:
ella, esclava

de su hogar y sin hallar
forma alguna de impedirlo
hija o madre.

A mis raíces hablar
sin las hojas oírlo
aunque ladre

es su cruz eterna abajo
y maldición en tierra:
no escucharse.

Huir quiere del trabajo:
su conciencia pura entierra
por marcharse.

Amor madre-hija es
el mayor de los amores
viva o muerta:

Ya crece tu traje, ¿ves?
El mejor de los mejores:
Una puerta

a la realeza: ¡Fuera
escoba y trapo, que ahora
limpie ella!

Hermoso vestido era
y crecía en justa hora.
La doncella

ya su piel de luna viste
ya sus pies de fino cristal.
Se va, y grita:


“Madrastra, tú te reíste
ahora probarás tu final
por maldita.”


Y a lo lejos marcha Cenicienta, con su traje,
sorteando obstáculos, a buscar un pasaje
hasta el cielo del “y vivieron felices” Brilla
tanto su vestido que incluso a la Luna humilla
cuando la ve pasar. Y baila toda la noche
hasta que se cansa de bailar. Y pide un coche
de caballos que la lleva al hogar. Pero el enredo
claro, está en el zapato, que el príncipe ha de buscar,
todos el cuento saben como zapato al dedo...
¿no es verdad?
M. 
2006

La formigueta

GENT.

Gent,

gent anònima,
gent anònima que no...
gent anònima que no té res,
gent anònima que si desaparegués...


deixaria un buit,
i res més.

Gent anònima
com formigues que...( què ?),
formigues que des de la petitesa
volen menjar-se el món, tan gran, tan gran,
tan gran, que...


(Deixaría jo un buit
si marxés?)

Gent, formiguetes, i el món tan gran, tan gran
i la Lluna, tan i tan lluny, i la formigueta
pobreta, preocupadeta, preocupadeta,
perque és tan petiteta, tan petiteta,
que dins sa boqueta remenudeta
no hi cap ni un gra de blat...
formigueta, formigueta,
el món és massa gran,
potser no hi cabrás.

(Deixaria jo un buit,
si marxés...?)

M.

2006

Una mañana de verano

Caminas frágil…
¿por qué tiritan tus piernas?
¿por qué te tiembla el alma?
¿el porqué de tus lágrimas
lo sabe quizá la mar salada?
Te acercas a ella, -la mar sabia-
te acercas a ella, tirita el paso
tirita el alma, y ella es salada
por cada lágrima derramada
te mira, la miras
y
nadie
dice
nada,

tirita el alma frente a la mar salada.

-¿Por qué lloras, mi niña?-
-¿Por qué lloras, mi alma?-

M.
¿2006?

Dolor

Ser de luz
sin prisión, sin cuerpo...
Pequeña niña de agua
que sueña ser viento...

Rayo de luna,
inalcanzable en el tiempo,
efímero sueño,
incorpóreo silencio.

Despierto de un viaje
tortuoso, misterio.
Despierto en la cárcel
que es hoy mi cuerpo.

Dolor, eterno y mío,
¿ya vienes a mí de nuevo?
ni te quiero, ni te sueño,
no te quiero ver conmigo.

Frágil.
Las rejas de mi prisión no son otras que mi piel.

Débil.
Las normas me las impone mi propio cuerpo.

Quebradiza.
Así me siento en cada amargo despertar.

Efímera.
Como siempre supe que sería.

Fugaz.
Como las estrellas,
los ángeles,
la luna,
vida.
Yo.

Caigo, y hoy deseo ser viento,
ser brisa que acaricie
su pelo…

Como gotas de lluvia, cataratas,
ni entienden, ni son,
caen.
Así,
yo.

Duele, duele vivir; literalmente.
Duele no saber ya si sientes
o si eres, simplemente,
el dolor de un cuerpo
vivo por fuera
y por dentro
muerto.
(¿Yo?)

M.
¿2006?

Un grito atrapado en la rutina

Los días vienen y van, pasan, se marchitan y sufren la dulce agonía de morir en los labios de los enamorados, que quieren parar el tiempo; se cuelan entre los poros de la piel y la golpean, zozobrándola con esmerado ahínco, urgentes, suspirando, sollozando y gritando... Es un grito sutil que sólo puedes intuir, el grito que nadie oye, gritan: ¡Agonizamos!, y nadie se percata de ellos, suplican con lágrimas en sus ojos ciegos, nos rascan la piel y las entrañas, insistentes, nunca tienen suficiente..., nos roban los mejores momentos, nos sacuden en su torbellino pasar, dan vueltas alrededor nuestro como buitres, se apropian del rojo de los labios, maltratan las rosas desvalidas, arrancan las uñas de la carne y separan la carne de los huesos, ¿por qué nadie hace nada?, que se callen, ¡que se callen!, ladrones de cantidades ingentes de moléculas de lágrimas y tensiones de sonrisa, pasean por nuestras calles devastándolas, vuelcan nuestras ciudades sobre los ríos del mundo como una niña su casita de muñecas, y nunca tienen suficiente... También irán por ti, y por ti, y por ti, días malditos repletos de sueños, repiqueteando en las ventanas de tu cuerpo, ¿te imaginas?, se instalarán en ti, en tu cara, en tus manos, en las diminutas venas de tus muñecas, dejarán su aliento en tu rostro y te abrazarán hasta ahogarte, sacudiéndote con fuerza lenta y violenta, asustándote te mirarán a los ojos pero no podrás verlos porque cuando quieras darte cuenta de que existen te habrán devorado los huesos y serás uno de ellos...

M.
11 de enero del 2008

Palabras encadenadas a la fuente

Llora. La fría y dura piedra
llora gotas de frío hielo y duro
camino de piedras frías y duras
lágrimas de despedida heladas
por el tiempo frío y duro
como el hielo duro que llora
la fría y dura piedra de lágrimas
que lloraron los despedidos, duros
como el hielo frío que llora
la fría piedra cuyas lágrimas duras
se resquebrajan y caen llorando
frías lágrimas a su vez.








La piedra ladra.
Dura.
Y feroz.
Como el frío
de una lágrima
de despedida.

M.
27 de diciembre del 2007
(¿ya han pasado dos años desde que escribí esto?)

Un globus

Un globus. Veia la seua panxa com un globus gran i rodó, blanc, amb un forat quasi il•lògic al bell mig. Sons llavis brillaven i s’hi passà la llenguota de gat mentre els ulls feréstecs i intel•ligents estudiaven la presa. No volia que se li espantés: feia veure que l’estimava. Per això hi havia l’altre globus: parafernàlia, pensà. Plàstic suat, llefiscós, al voltant d’un altre globus encara més suat. La presa sentí ganes de vomitar i es marejà quan li va veure els talls dels braços. Tot li semblava absurd. De sobte, el globus s’havia fet poderós, ràpid i animalitzat, impossible de foragitar, i volgué cridar mentre se li entaforava a les entranyes. Era conscient d’ella mateixa, imaginant-se com un altre globus, sobre d’ell, però afeblit i espantat, ple de sang que sentia com si piqués les parets de ses venes anunciant que ho deixava tot. Volia oblidar-se dels globus. Volia oblidar-se de tot, volia que el globus blanc que pujava i baixava com la granota de la fira, també blanca, volés lluny i es punxés amb una de les roques. Sentia la ferum de mar i s’hi sentia propera, volia arribar-s’hi, rentar-se, s’estava tacant. I una taca vermella, grossa, havia desvirtuat el blanc neu verge del globus. El globus petit i allargassat es desinflava ple de blanc suat i llefiscós. Ella s’incorporà lleument mentre la imatge d’un globus dels que s’escapaven de les mans dels nens a la fira, deixant-se anar de pressa i enlairant-se ben lluny, ben lluny, li omplia el cervell. Una cama la colpejà al pit.

Un globus flotava a l’aigua.

Havia guanyat.

M.
17 de diciembre del 2007

El perro muerto en la cuneta

Escribí esto un día que mi profesor de filosofía me habló de Thoreau, de Walden. Me dijo: "Thoreau es el perro muerto en la cuneta de la Filosofía: todo el mundo sabe que está ahí, pero nadie quiere mirarlo. Y aun así, siempre es irresistible echarle un vistazo y apartar la vista enseguida, con repugnancia, sí, pero con fascinación." Y yo fui repitiendo estas palabras mentalmente hasta que pude repetirlas al llegar a casa, sólo porque me parecía curioso tenerlas. Aunque más curioso aún resulta que ahora me cruce a ese profesor por la facultad y no me reconozca.

Nadie quiere mirar
el perro muerto en la cuneta.
¿Quién podría querer mirar
el perro muerto en la cuneta?
Pasamos de largo,
niño, no mires eso,
pero el perro seguirá en la cuneta.
A todos nos da lástima
el perro muerto en la cuneta,
pero, ¿quién puede hacer algo
por un perro muerto en la cuneta?
Nadie estudiaría
el perro muerto en la cuneta,
todos ignorarán
el perro muerto en la cuneta.
Pero todos sabemos
-o todos ignoramos-
que el perro muerto en la cuneta
somos cada uno de nosotros.
Nadie quiere mirar
el perro muerto en la cuneta.
¿Quién podría querer mirar
el perro muerto en la cuneta?
Todos sienten lástima
por el perro muerto en la cuneta.
No se puede hacer nada
por el perro muerto en la cuneta.
Nada puede hacerse.
Todos somos ese perro en la cuneta.


(A JL)

M.
3 de diciembre del 2007

Escalofriante

Escalofriante
es una palabra
que se te resbala
entre los labios,
cae lentamente
rozando tu garganta,
haciendo vibrar
las cuerdas vocales
en un grito
inesperado
que chirría
entre los dientes.
Es escalofriante
el escalofrío,
y escalofriantes
la tiza y la pizarra
cuando quieren;
escalofriante
el sudor frío
y el frío crujiente
de una bizarra mirada;
escalofriante
la palabra
escalofriante
porque no quiere decir nada
pero habla;
escalofriante
cuesta abajo
la espina
dorsal
porque no se acaba
hasta temblar
o desmontarte;
escalofriante
el cosquilleo,
escalofriantes
los sentidos,
y escalofriante
tu mirada
crujiendo,
pataleando,
chirriando
entre mi pecho y mi espalda,
pared y espada,
tiza bizarra
que le grita
a la pizarra.

...Escalofriante.

M.
23 de septiembre del 2007