31.12.11

2011 y 2012

Este post debería empezar hablando de la crisis, el paro, las bajas laborales, la economía (a sustituir ahora mismo por la preocupante falta de dinero), hospitalizaciones, los trámites y disgustos burocráticos innecesarios, y otros malos ratos y disgustos de este 2011, míos y supongo que de la mayoría. Pero no voy a hablar de nada de todo eso. Porque a mí me da igual que 2011 no haya sido un buen año: cuando llega fin de año sólo soy capaz de recordar lo bueno, es un defecto de fábrica que nadie quiere corregir.

Hace tiempo comentaba con alguien que a mi generación las crisis y el miedo al cambio nos suenan a cachondeo. Nacimos con la LOGSE debajo del brazo y prácticamente cada curso que recuerdo desde que estudiaba la ESO se ha introducido algún cambio más o menos significativo en el sistema escolar, así que no hemos conocido demasiada estabilidad educativa; lo mismo se puede aplicar al mercado laboral, y en muchos casos, también a las relaciones personales. Todas las cosas que para el resto eran así desde siempre, y que siempre iban a ser así... Para nosotros han sido siempre cambiantes. Para nosotros el cambio es lo normal, no puede asustarnos. Cambios. Ni mejor ni peor: cambio. Distinto.
Aun así, miro hacia atrás, a la impaciencia que sentía hace unos meses, la frustración, el desánimo y sobre todo el miedo a cambiar, y lo comparo con la tranquilidad con que he afrontado las últimas situaciones complicadas con las que me he encontrado. Y es que, al final, no era para tanto: cuestión de actitudes. He aprendido mucho de la vida este año y sólo me ha servido para darme cuenta de que no sé casi nada. Y está bien así.

Del 2011 me llevo todo lo que he aprendido, todo lo que he descubierto. El caótico fin de carrera, Especialment docents, las entrevistas de ida y vuelta, el dospuntocerismo, el vértigo de ser maestra, las clases que daba en verano y de las que salía llena de energía, haber hecho nuevas y grandes amistades que espero que duren mucho, estar siempre rodeada de gente fantástica, todas las copas de helado, las crêpes y las meriendas, las excursiones, las tardes en el cine, haber aprendido cosas nuevas en la cocina, desechar la angustia y cambiarla por cosas más interesantes (take a coffee and be happy), el autoconocimiento, los días en la Acampada Tgn redescubriendo a la gente y al mundo mientras estudiaba los trastornos de personalidad porque los exámenes no entienden mucho de revoluciones, mirar alucinada cómo Twitter se colapsaba ante los hastags del 15M, el concierto de Vetusta Morla en que intentamos regalar entradas en la cola... y no lo conseguimos, la suerte sin precedentes, la llamada que me informaba de que estaba admitida en el máster, los trámites, las decepciones, los nervios que al final no fueron nervios, aprender manejarme en el metro, los "hola, soy M. y todavía busco habitación...", las caras nuevas, reencontrarme con las de siempre, aprenderme de memoria todas las páginas de buscar habitaciones de alquiler, visitar pisos, las innumerables horas en el tren (recordemos el chico chino que cantaba en mitad del pasillo, las persecuciones policiales, los "oye, ¿ese es el último de Cómo conocí a vuestra madre? Déjame un auricular, que me estás haciendo spoilers", las charlas sobre -cómo no- educación, los encuentros con profesoras, y el "perdona, ¿me regalas una sonrisa?") y esperando al autobús en paseo de Gracia (esos taxistas amables que te mojan con el agua de los charcos al pasar, el señor al que le regalaba las patatas del McDonalds, toda la gente con la que se habla en una parada de autobús, el primer día que el banco amarillo estuvo libre y no tuve que cenar en el suelo), encontrar piso e instalarme, haberme dado cuenta de lo bien que vivo en mi casa (no os dejéis engañar, cuando estás fuera lo que más echas de menos no es tu cama, ¡¡¡es la ducha!!!) y haber aprendido lo bien que se puede vivir fuera de ella, todos los lugares nuevos, todo lo que he aprendido: las escuelas, las jornadas, los talleres, las clases interminables, arreglar el mundo con un café, echar de menos ("yo no sabía que no tenerte podía ser tan dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas y no haya sino tu ausencia"), las lecturas nuevas y las de cabecera de toda la vida (qué haría sin ellas), Twitter y todo lo que se ha derivado de esto desde que hace un año y un día le hice caso a Aïda y me hice una cuenta (especial mención a la #acampadatwitter, esa extraña tribu), todos los blogs de cocina y los dulces, el bar de los sueños, las noches hablando con las mamás (mis preferidas sólo por detrás de la mía propia), y estos últimos días del año tan llenos de buen rollo y palabras bonitas. Porque, menos mal, en 2011 soñar ha seguido siendo gratis, y en 2012 lo seguirá siendo...

Ya sabéis: Que el fin del mundo te pille bailando.

Posiblemente esta canción es muy representativa de lo que siento sobre el 2011, en que tantas personas me han repetido que soy alguien con suerte. Lo que yo pienso de la suerte es esto. Tú eres mi suerte, mi suerte es la gente que me rodea.





Así que a ti, que me has acompañado durante este año. A ti, que me acompañarás durante el 2012. A ti, a ti que estás leyendo esto ahora:



GRACIAS


Y para acabar, ¿qué le pido al 2012?
  • Salud y trabajo.

  • Acabar el máster de Psicopedagogía.
  • Mi primer trabajo como maestra.
  • Leer muchos más libros, que este año ha sido bastante escaso literariamente hablando....
  • Volver a escribir.
  • Mantener a flote La oruga dormida. Este, no tanto, porque no ha flotado nunca.
  • Tiempos y espacios para disfrutar de los míos.
  • Tiempo y dinero para viajar.
  • Seguir aprendiendo, mucho, y seguir disfrutando de aprender.
  • Muchos cursos, jornadas, saraos y pasilleo. (Me encanta el verbo pasillear...)
  • Y lo que venga... Incertidumbre, ya no me asustas :)

Y el carnet de conducir ni lo voy a incluir en la lista porque siempre es el que se queda pendiente :P


¡FELIZ 2012!

3.12.11

Respiro

Ha vuelto el frío, de repente, ha vuelto la noche. Si hubieran avisado de que iban a venir, les habría preparado alguna cosa: unas galletas, un chocolate caliente. Pero están ya. Vivo hacia atrás con huesos de palomitas y la nariz congelada, sujetándome a los regalos de silencios azules y lluviosos, ya tú sabes, de esos sin música. Porque, como las ratas, la música fue la primera en abandonar el barco, y se llevó consigo la anestesia. Me hielo en una llamada que me arroja a rescoldos que ya no deberían estar allí. Aún me paralizan las llamadas que no llegan, llamar, llamar, si almenos dijera mi nombre siendo mío alguna vez. Unos ojos anónimos (por supuesto azules, pero azul fácil, con su mapa) me preguntan qué tal. No sé qué decir. Nunca las palabras. Bien. Que yo me sentaba detrás de ti, la gramática, un examen, vuelvo, vuelo. Voy. El aire me atraviesa, me respira. Los ojos inverosímiles siguen ahí, esperando, como si no hubiera más colores en la vida, como si no hubieran tocado la nota exacta que te anula o te estampa. Como la noche, como el frío, incluso cuando no es de noche o cuando no hace frío. La gramática es fácil, contesto. (Porque lo difícil son las señas, acabar bien las frases, explicar en clave que te duele la cremallera del invierno.) Porque la fonética, porque las mañanas, porque un verano, no sé qué de qué sé yo. Lo dices con dos partes y media de asepticismo escéptico, y otra media de hacia dentro, igual que si no te creyeras ni una coma de la verdad, aunque sea la verdad y nada más que la verdad, para que la nieve sea el escudo ante las palabras que no vas a decir. Una puerta de vidrio te claustrofobia, miras hacia ella como si pudieras atravesarla, y luego la pared, y luego el tiempo, y salir a otro verano y una terraza y una bombilla y un vaso y él. Piensas que el olvido es caprichoso hasta cuando es culpa tuya, que claro: el fuego en Navidad era una ironía, que las elecciones adultas deberían ir al registro civil a cambiarse de nombre por cualquiera que se pareciera a una palabrota. Suspiras. Prefieres aterrizar en el caso y simular que los últimos diez segundos no eran diferentes. 25 años pasan en un momento, una vida en algunos segundos. Sólo era un respiro.

14.6.11

Siempre palabras...

Lo confieso. Tengo una confianza ciega en las palabras. ¡Ya lo he dicho!
Pero no acabo de ver por qué, si en los momentos más críticos siempre me abandonan. Supongo que por eso. ¿Será que ellas también confían en mí?

24.4.11

Quisiera...



Quisiera escribir que me veo aislada, que no es lo mismo que sola, desmontando uno por uno los esquemas de verdades-que-hasta-ahora-eran-verdades y ahora parecen más bien una presunción de inocencia caducada. Quisiera tener explicaciones para comportamientos observables (por ausencia u omisión) en personas inverosímiles, pero no las tengo, y en lugar de eso respiro lágrimas que a ratos parece que reptan hacia el cerebro intentando escapar de una realidad que entienden tan poco como yo. Quisiera gritarle a alguien que esta ciudad rebosa recuerdos en los que no creo que pueda aprender a nadar, nunca. Quisiera encontrar la manera de decir, sin herir, que estoy bien, pero que eso no es suficiente, que con estar bien no basta porque me agobian las paredes de este huevo. Quisiera dejar de replanteármelo todo en círculos una y otra vez y ser capaz de reaccionar, pero entonces llega una oleada de sucesos, o peor, de sucesos de no, lejanos y desconocidos, más dentro que fuera, que hace que vuelva todavía más atrás y haga más anchos los círculos concéntricos en los que me envuelvo por la mañana. Quisiera tener más perspectiva de las cosas, y es peor, la tengo, pero no me sirve. Y quisiera escribirlo, pero la mayor parte de las veces, ni eso.

14.4.11

Per lei


Porque hay días que sólo la música me salva de mi melancolía,
de mis cuadrículas,
de mis agujeros,
de mí misma.

12.4.11

SÍ, tengo 20 años.

Nací en 1990, a finales, así que aún tengo 20. Nos han llamado (así, últimamente y que recuerde) generación ni-ni, generación perdida, hasta novatos. Por lo visto, se nos conoce por el bajo nivel educativo, por el botellón, porque (se supone) creemos que tenemos todos los derechos y ningún deber, etcétera. Somos esa primera generación que lo ha tenido todo, menos lo importante.

Yo no he elegido nada de todo eso, pero al parecer todo el mundo tiene derecho a opinar sobre nosotros, a juzgarnos, a hablar. No sé muy bien quién decidió que se podía juzgar mediáticamente a una generación entera (por mucho que ahora esté empezando a desmentirse), pero se lució.

El otro día en Twitter hablábamos sobre la apatía que parece envolver a "nuestra" generación. No sé si estoy muy de acuerdo, ya que sólo hay que rascar. En mi clase de bachillerato había esa apatía, no lo niego. Sin embargo, con el tiempo descubro que era aparente, que la gente tenía sus planes, sus aficiones, sus proyectos (algunos me han sorprendido bastante)... Era una apatía superficial, de cara a la institución. Entonces a lo mejor es que no estamos mirando en la dirección adecuada, a lo mejor es que no estamos tocando las teclas que toca.

No me considero apática, pero sí que considero que he tenido que ir en contra de esa visión y esa etiqueta que la gente tiene de nosotros durante mucho tiempo. Que no tenemos capacidad crítica ni de análisis, que no tenemos opiniones propias, que somos demasiado jóvenes, que "es que tú eres hija de la LOGSE", que no hacéis nada... Yo no me identifico con nada de todo eso y no creo que nadie que me conozca lo hiciera. Profesores, padres y otra gente parece que sí tienen el derecho de hacerlo. Y si no eres nada de todo eso, pues automáticamente eres una excepción, ¿pero quién dice que esa sea realmente la norma?

No he elegido nada de todo esto, decía, y además estoy hasta las narices de las etiquetas. No necesito a nadie que me desanime, que me estigmatice o me juzgue sin saber. Ni yo ni nadie. La impresión que me ha dado siempre es que nadie mueve un dedo ni da un duro por nosotros, excepto para echarnos cosas en cara; a lo mejor cabría plantearse que no hemos surgido así de la nada, que todo educa, que somos hijos de alguien. ¡Como mínimo que no nos den por saco!

"Los que crean que es imposible, al menos no deberían molestar a los que lo estamos intentando" 

Lo que sí he elegido ha sido creer en la educación, quedarme para intentar mejorar las cosas, intentar quejarme menos, seguir haciendo cosas por mí y por el resto, intentar compartir aun frente al individualismo al que nos han abocado.

3.4.11

Inmovilismo II

El 10 de octubre escribí esta entrada tan corta que decía: "Es este inmovilismo el que me ahoga, y no el miedo. Todo cambia y llega el invierno de nuevo. Yo, no. Nada cambia. Todo es diferente. Antes nada cambiaba y todo era igual. Ahora nada cambia y todo es otro mundo. Ni siquiera las palabras... " Han pasado semanas y meses, más de los que me atrevo a contar, y la situación sigue exactamente igual. Intentas hacer cambiar las cosas (si es posible, a mejor), por todos los medios. No sirve. Intentas resignarte, pero al rato te das cuenta de que eso no va contigo, así que vuelves a intentar cambiar algo, pero nada: inmovilismo total del entorno. Así que lo compartes con alguien, pero evidentemente eso, aunque a veces alivia, no cambia nada, que es -justo- tu problema. Que no cambia nada. Intentas reírte del tema, te descojonas del tema, el tema es lo más gracioso del mundo, el chiste estrella de tu vida: pero nada, que no funciona. Pruebas a pensar en que ya "sólo queda..." para que obligatoriamente ALGO cambie, pero aun así, sabes que eso sólo te abocará a una crisis existencial que afrontarás como puedas, o sea como siempre, pero no cambiará nada de todo lo demás. Entonces vienes al blog y escribes esta otra entrada, únicamente para recordarte a ti misma en el futuro que no cometas los mismos errores del pasado... Aunque, admitámoslo, sabes que volverás a cometerlos y cargarás con tu parte de responsabilidad gustosamente, igual que lo haces ahora (porque eso sí lo haces, algo es algo).
¿Todo para nada? Quiero creer que no, que para almenos aprender alguna cosa... almenos.

24.3.11

Último día de invierno

25.2.11

De Juan Gelman

Escribo en el olvido...

Escribo en el olvido
en cada fuego de la noche
cada rostro de ti.
Hay una piedra entonces
donde te acuesto mía,
ninguno la conoce,
he fundado pueblos en tu dulzura,
he sufrido esas cosas,
eres fuera de mí,
me perteneces extranjera.


Poco se sabe

Yo no sabía que
no tenerte podía ser dulce como
nombrarte para que vengas aunque
no vengas y no haya sino
tu ausencia tan
dura como el golpe que
me di en la cara pensando en vos


Hoy, para mí, que me estoy volviendo una experta en echar de menos. 

12.1.11

10 estrategias de manipulación, por Noam Chomsky

El lingüista Noam Chomsky elaboró la lista de las “10 Estrategias de Manipulación” a través de los medios de comunicación de masas.
1. La estrategia de la distracción
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética.
“Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de regreso a la granja junto con los otros animales”
2. Crear problemas y después ofrecer soluciones
Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
3. La estrategia de la gradualidad
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.
4. La estrategia de diferir
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.
5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad
La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad”
6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…
7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad
Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores”
8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad
Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…
9. Reforzar la autoculpabilidad
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable de su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodevalúa y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, ¡no hay revolución!
10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las elites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

Visto en el blog La mirada del mendigo

1.1.11

Propósitos de año nuevo

Me doy cuenta de que soy una persona odiosa: suelo cumplir mis propósitos de año nuevo. ¿Quién demonios hace eso?

En fin, ahí van, que no se diga que no avisé.

  • Seguir estudiando piano y comprarme un teclado.
  • Seguir leyendo e investigando como hasta ahora.
  • Acabar la carrera como quiero.
  • No tengo mucha fe en ello, pero lo voy a poner aquí por si las moscas: sacarme el carnet de conducir.
  • Empezar un máster en Barcelona.
  • Trabajar.
  • Cuidar más y mejor las amistades, que falta me hace.
  • Cuidar la salud lo que se pueda.


Y ya está... no pido mucho.

No pido mucho
poder hablar sin cambiar la voz
caminar sin muletas
hacer el amor sin que haya que pedir permiso
escribir en un papel sin rayas.


O bien si parece demasiado
escribir sin tener que cambiar la voz
caminar sin rayas
hablar sin que haya que pedir permiso
hacer el amor sin muletas.


O bien si parece demasiado
hacer el amor sin que haya que cambiar la voz
escribir sin muletas
caminar sin que haya que pedir permiso
hablar sin rayas.

Kiko Veneno