17.2.12

Un jueves cualquiera (o de cómo se cambia)

Un jueves cualquiera hace un par de años
Levantarse. Mientras se enciende el ordenador, haces un café con leche. Miras el correo, Facebook, el periódico. Ducha. El agua está caliente, siempre a la misma temperatura, pierdes la noción del tiempo. Siempre igual. Pones los cubiertos y el postre en el tupperware, el resto ya está listo. Agarras la mochila y a clase. Las horas muertas (y las de hacer campana) se pasan en el bar. Se canta y se ríe. L'Anna avui no es vol fer gran, dirà tot fent un cafè al bar com tants dijous abans només despistant el futur... Pausa para comer, y luego más clases, o hacer algún trabajo en grupo... Llegar a casa después de 25 minutos de autobús, cenar, consultar de nuevo Internet, ver algún capítulo de alguna serie, leer un rato y a dormir.

Un jueves cualquiera de este curso
Levantarse, ni siquiera vamos a decir a qué hora... Mientras se enciende el ordenador, vas poniendo la cafetera, italiana, esa que el primer día te mirabas de reojo y te acercabas con cautela por si le daba por soplarte (o algo), y un cazo con leche, aquí no hay micro. Fregas los platos, recoges el comedor y la habitación, destiendes la ropa. Preparas el café y lo dejas ahí porque has tardado tanto que está demasiado caliente. Ducha. El agua está demasiado fría o demasiado caliente, piensas en todo lo que tienes que hacer después. ¡Sólo son las siete y pico de la mañana! Mientras te vistes recoges el baño, parece mentira la de cosas que caben en tu parte del armario, es un fenómeno digno de estudio... que siempre estén fuera, digo.
Por supuesto, el café se ha enfriado, pero da igual porque como no te des prisa llegas tarde (aunque seguro que luego te entretienes mucho más rato en otras cosas que te llevan el doble de tiempo que calentar el café). Lees el correo, contestas un par de mensajes, mandas dos whatsapps, espera, ¿ahora dónde has dejado la taza del café?, ¿ya vuelve a haber cosas para fregar? ¿qué pasa, se multiplican?, reflexionas sobre un artículo mientras miras de reojo el reloj. Haces la cama, ¿de dónde ha salido tanta ropa?, ah, sí... Luego. Sacas la basura, algo que ni siquiera eras consciente de que había que hacer tan a menudo (ya sabéis, los duendes).
Piensas en lo mucho que te gusta Barcelona por la mañana. Coges el metro, haces un trasbordo larguísimo durante el que es probable que te pasen cosas raras que luego tuitearás. Por el camino compras algo para merendar esa tarde. Pasas 5 horas en el colegio con los peques de P3, en las que, por supuesto, ni siquiera intentas sentarte o ir al baño. Te acuerdas con nostalgia de aquello de "L'Anna avui no es vol fer gran, dirà tot fent un cafè al bar com tants dijous abans només despistant el futur...".
A la vuelta haces la compra y vuelves cargada, menos mal que se te había ocurrido poner bolsas de plástico en el bolso. Entras en casa (ya sabéis, por fascículos, primero las bolsas, después una pierna, apartas algo que hay por ahí, prefieres no saber el qué, no vaya a ser que te cargues algo, uff, por fin en casa) y empieza la función:
Mientras haces la comida, doblas y repartes la ropa. Incomprensiblemente ya vuelve a haber una pila de cosas para fregar. Llega tu compañero de piso y te echa la bronca por comer tan mal. Te sientas a comer no sabes ni el qué mientras miras de nuevo las 5 direcciones de correo que aún mantienes (y te preguntas mentalmente quién narices te mandó empezar un máster), pero no miras Facebook ni Twitter porque ya lo has hecho mientras volvías en el metro, hay que economizar el tiempo y eso de leer un libro está demasiado visto.
Te preguntas por qué extraña razón sigue sobrándote media hora para acabar (...de leer ese artículo, esa reflexión que tenías que hacer para esta tarde, redactar el diario de prácticas, enviar ese email importante). Fregas mirando el reloj porque invariablemente te habrás entretenido con cualquier otra cosa, excepto que lo que tuvieras que hacer fuera para ese día, que es algo que suele pasar.
Metro, trasbordo larguísimo, dirías que desde esta mañana le han añadido unos cuantos metros de largo, si no, es inexplicable; otro metro, autobús. Copistería, reuniones, clase, más trabajos... A la vuelta seguro que tienes que comprar algo que te has dejado, el que no tiene cabeza tiene pies y una tienda que abre las 24h, cuánta razón tenía mi madre cuando me decía que ese tipo de negocios se forra con gente como yo.
Cenas bien acompañada y dándole las gracias al cielo por tener unos compañeros de piso que te dejan muy a menudo la comida o la cena hecha. Te quedan otras dos o tres horas de empezar o acabar documentos para el máster. Como siempre, se te había olvidado que hay que recoger la cocina, pero lo cierto es que a las dos de la mañana después de varias horas de concentración-desconcentración, acaba siendo incluso relajante. Consultas Facebook, preguntándote en qué momentos del día te ha dado tiempo de dar tanto la lata al personal, ¿tú te acuerdas de respirar, M.? Porque de pestañear ya sabemos que no :P
Incapaz de dormir, vuelves a releer ese de J. Gaarder, ese que tiene tantas hojas marcadas y dobladas que hay páginas que recitarías de memoria. Al cabo de unas horas de sueño, por supuesto demasiado pocas, te despiertas y te das cuenta de que no apagaste la luz al dormirte, tienes una página marcada en la mejilla y el teléfono con un whatsapp a medio escribir. ¡¿Pero tanto te cuesta apagar una luz?!


Basado en hechos reales de un jueves cualquiera...

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