Empezaba ya a acercarse el período crítico en que, para llegar a todo a tiempo, iba a tener que dormir 3 o 4 horas diarias y, el resto, en el transporte público. Y era verdad, yo tenía razón: Un día, en algún punto cerca de la Sagrada Familia, A. se decidió ¡por fin! a escribir aquella oferta que acababa con "tengo un bebé, así que tienen que gustarte los niños"... y aunque nunca había escrito a nadie que no pusiera fotos en su anuncio, le escribí. El día que fui a ver el piso, os confieso que casi no vi el piso, sólo me quedé con la simpatía y la amabilidad que desprendía ella y con la sonrisa del peque, que nada más verme se echó a mis brazos como si me conociera desde que nació, gesto que probablemente supuso la diferencia entre darme la habitación a mí o a otra persona.
Salí de allí con la seguridad de que pronto tendría un lugar donde dormir y empezar a soñar en Barcelona. Recorrí varias veces todo el barrio, aprendiéndome las calles porque sí, aquel iba a ser mi barrio, aquella iba a ser mi calle. La primera noche en Barcelona estuve sola en el piso y me sorprendí de no tener miedo, ¡cuántas horas libres tenía ahora! Cené la tortilla de patatas más rica que he probado nunca, porque la había hecho en mi primer hogar fuera de la casa de mis padres...
Aunque, claro, al cabo de unos días entró en mi vida L., la pareja de A. y padre del bebé, y que volvieran a estar juntos supuso para mí varias ventajas, la más importante: en aquel piso, no volví a cocinar. ¡¡¡Qué bien cocina L.!!!
Sólo a mí me podía pasar que, al buscar piso por primera vez, topara con unos compañeros de piso que me trataron como si fuera su familia. Despertarse y encontrarse a un músico en el salón, tocando con calma la guitarra, que te prepara el café mientras juegas alegremente con su pequeño... es la mejor manera que he encontrado hasta hoy de afrontar los trabajos de la universidad. ¡La pereza está prohibida! He disfrutado de cada segundo con ellos, y por supuesto con su pequeño. La mayor parte de la gente, al explicar la situación, me decía: "¿Y no te molesta estudiar en casa con el niño por allí?" Pero, ¿cómo me iba a molestar estar repasando y que viniera a llamar a la puerta con sus manitas para jugar a encender y apagar la luz? ¡Si con esa sonrisa de pillo y esos ojos azules era mucho más fácil poner cada cosa en su lugar! Es sabiendo que la importancia de un examen es relativa como mejor puedes entender su contenido, por el contenido en sí, por lo que supondrá para el futuro, no por la ansiedad de sacar un 0, o un 5 o un 10. Y no hay nada que te ayude más a relativizar las cosas que la risa o el llanto de un bebé.
Estos meses en Barcelona han sido siempre muy caóticos. Seminarios, charlas, reuniones, cursos, jornadas, exámenes, trabajos, todo se iba sucediendo, parecía no tener fin. Sin embargo, inexplicablemente, siempre había tiempo para escaparse a perderse por las calles de la ciudad y respirar el significado de la palabra felicidad. Para averiguar de qué iba aquella exposición, ir a ver a aquel grupo, pasarse por aquella librería que descubrí una vez... o simplemente ir al parque. Y, cuando no había tiempo para nada de todo esto, A. cerraba la cocina y la puerta de mi cuarto y decidía que nos íbamos a comer sushi a algún buen restaurante, porque tanto estrés no podía ser bueno para nadie.
Vivir en una ciudad como Barcelona es muy emocionante para alguien que viene de una ciudad pequeña. ¡Si parece que todo está cerca y no hay que desplazarse para formación alguna! Recuerdo ahora aquella frase de hace años que decía: "La libertad es, esencialmente, lo contrario de la pereza" y cobra más significado que nunca para mí.
Jamás me han dado tan igual las horas de sueño como durante estos meses, porque era más importante vivir. Así he cogido los kilos que me faltaban (¡y cómo me faltaban!), así he aprendido que siempre queda tiempo para leer un artículo más... Así sé ahora, como sé, que soy capaz de cosas que nunca me habría imaginado: sobrevivir dos meses sin dinero, mantener un piso, hacer de canguro, dar clases en otra ciudad, y aun así sacar buenas notas. Llegar al colegio con una sonrisa aunque fuera pensando en qué demonios iba a comprar para comer y cenar con menos de cinco euros en el bolsillo y darle uno al señor que tocaba en el metro "Papá cuéntame otra vez" y "Mediterráneo" a la hora que yo pasaba por allí.
Me vuelvo de Barcelona con la mochila tan repleta que todavía no he podido deshacer las maletas porque me derrumbaría todos los esquemas saber muscularmente que al empezar la semana no voy a coger el tren para irme, que no estarán mis niños de P3 esperándome el martes en la puerta de la escuela...
Me vuelvo de Barcelona con tantas nuevas amistades, con las viejas amistades tan reforzadas, con tantas vivencias y tantos aprendizajes, con tantas ilusiones, que creo que no me vuelvo de Barcelona, que mi corazón se ha quedado allí anclado para siempre; que, cuando la vida me devuelva la oportunidad, buscaré un nuevo hogar en esa ciudad maravillosa y dueña de mi fascinación desde que tengo memoria.


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