
Pocas actividades habrá como el arte de la cocina: por antiguo, por sencillo, por efímero y duradero, por delicado, por la atención y cuidados que requiere... porque a nadie deja indiferente, porque atañe a lo más elemental del ser humano, porque remite a la madre que alimenta al recién nacido cerca del corazón, mirándole a los ojos y dándole la bienvenida al mundo.
Porque es tradición y cultura, porque es redescubrir y es probar cosas nuevas, porque un sabor, una textura, te pueden remitir en milésimas de segundo a momentos de la niñez -muchos años atrás- con una nitidez pasmosa.

Por todo eso y porque me remite a los recuerdos más antiguos y hermosos: mi abuela mirando por la ventana -esperando a que llegáramos, como cada domingo, a comer canelones, como cada domingo- y recibiéndonos mientras un olor familiar se extendía por toda la casa; mi abuelo amasando pan, coca o aquella extraordinaria empanada gallega, con sus míticos "¡este pan tiene mucha harina!" y "¡si tuviera un horno como el de la panadería...!"; mi abuela silbando melodías inventadas mientras prepara manjares que todo el mundo sabe que no seremos capaces de acabarnos y que prometen largas conversaciones de sobremesa, donde toda palabra es perdonada y permitida; las visitas de mi bisabuela, que siempre huele a Galicia, a pueblo y a pan, a caminatas por el campo y que siempre me traía un pedazo de esa realidad en forma de queso de tetilla, envuelto en un paño gallego olor a cocina de otros tiempos, que yo ya saboreaba con todos los sentidos antes del primer bocado a gloria; y es una lista tan larga que podría continuar durante días...
La cocina es ese lugar mágico que desborda creatividad y de donde puede aparecer cualquier cosa. En cierto modo gran parte de mi vida ha estado ligada a una cocina, centro neurálgico de la Vida. ¿Puede haber algo más hogareño? ¿Puede haber algo más propio?

Ahora, asumiendo que hay que desempolvarse el papel de "la niña", es turno de aprender los secretos de las recetas familiares, a través de esa entrañable manía de las mujeres de la familia de no tener medida alguna y de sustituir ingredientes con una imaginación más que envidiable, sirviéndose del buen gusto y del buen paladar. Es turno de hacer preguntas -algunas de las cuales sabes que, seguro, no obtendrán respuesta-, de remover las raíces, de volver a entonar las canciones de cocina, de reconocer sabores olvidados, de equivocarse bajo la mirada atenta y experta de la abuela, cocinera, y el abuelo, panadero polifacético y poeta.
Un mundo de secretos y delicias que nunca llegaremos a descubrir del todo y que, en un mundo caótico y acelerado, nos permite el lujo de disfrutar de los procesos de toda la vida, de compartir tiempo y espacio con las personas que de verdad importan, alrededor de una mesa, como se ha hecho siempre, en un final feliz que nunca se acaba. Pasado, presente y futuro, los que están por irse y los que vendrán.

Deixa'm coure en el teu forn
un tortell rodó i ben gran!
Serà bo, tindrà crocant
amb ametlles pel voltant...
Ben farcit de crema,
ben farcit de crema
i amb cireres dolces
que diran: menjeu-me!
Si vols coure en el meu forn
un tortell rodó i ben gros,
me n'hauràs de donar un tros
que'n poguem berenar tots dos!
Ben farcit de crema,
ben farcit de crema
i amb cireres dolces
que diran... menjeu-me!
un tortell rodó i ben gran!
Serà bo, tindrà crocant
amb ametlles pel voltant...
Ben farcit de crema,
ben farcit de crema
i amb cireres dolces
que diran: menjeu-me!
Si vols coure en el meu forn
un tortell rodó i ben gros,
me n'hauràs de donar un tros
que'n poguem berenar tots dos!
Ben farcit de crema,
ben farcit de crema
i amb cireres dolces
que diran... menjeu-me!


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