7.4.09

Huele a verano...



Tengo la extraña (y sinestésica) manía de conectar todos mis recuerdos a olores y sensaciones.
Uno de los que tengo más grabados es el olor a verano. Mi verano huele a la vegetación de Tarragona, huele a noche, a terraza de bar, a heladería, a tierra. Mi verano, como muchísimos otros veranos, huele a salitre, a azul interminable y a alga.

Pero mi verano no es alegre, no es vida. Al contrario, supone una etapa de recogimiento. Mi verano no es luz. Es sensación de aplastamiento, de inmovilidad, de tiempo que no acaba de pasar, de estar atrapado en cuatro paredes de cartón incluso al aire libre. Es silencio y es todos los ruidos del silencio, que con los años aprendes a distinguir -el silencio puede escucharse- y asocio a noches oscuras sin estrellas. Es hacerlo todo más despacio, alargar cualquier ritual, vaciarse de actividad hasta caer en un remanso de agotamientos acumulados. Es soledad. Es sentirse al margen del Universo, como una mota de polvo olvidada en un rincón. Tardes interminables de tirar al aire la pelota esperando que pase algo emocionante. Días, días, días y más días. Libros. Silencios. Arena. Más silencios. Ritmos pausados. Agonía, aplastamiento. Inmovilidad. Silencio. Nada más.

Ir contracorriente es difícil, pero cuando entras en el campo irracional, el de las sensaciones y las emociones, explicarlo se convierte casi en un imposible...

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