12.7.09

Lo más nuevo es lo más viejo

ESPECIAL ¿NUEVAS LECTURAS,
NUEVOS LECTORES?

Gonzalo Moure cursa la carrera de Ciencias Políticas
en la Universidad Complutense de Madrid.
Ha trabajado en una emisora de radio escribiendo
y presentando programas musicales y de crítica literaria,
dirigiendo espacios informativos y deportivos,
y una emisora de radio en Ribadeo (Lugo)
hasta que decidió dedicarse por completo a la literatura
para lo cual se retira al pueblo asturiano de Figueras.
En estas páginas nos habla sobre lectura y nuevos lectores.

Lo más nuevo es lo más viejo

por tanto lo más joven. Porque escribimos en círculos. Una joven, apenas quince años de vida, me escribe: “Vivo entre dudas, y hay veces que no lo puedo soportar. Tengo miedo, tengo miedo de todo, de lo que hice, de lo que vi, de lo que siento, de lo que me queda, de lo que me pierdo, de la distancia, y de no sentir nunca lo que siento cuando escribo. Cuando acabo de escribir, me siento bien, liberada, como si hubiese zanjado una deuda pendiente, pero esa sensación no dura más de diez minutos, porque después tengo que volver a la asquerosa, e inevitablemente dura realidad. Por la mañana me suele costar abrir los ojos, y por la noche, por la noche... dudo, tengo miedo, sonrío, soy feliz, doy vueltas, leo, sobre todo leo, y cuando no puedo más incluso hablo con mi pared.” Lo que escribe no está en el siglo XXI, ni tampoco en el XIX: está en todos los tiempos. Dice Cormac McCarthy que si un hombre comprendiera el alma de un caballo comprendería el alma de todos los caballos que han existido. Con el ser humano no es tan simple, o al menos no es tan fácil, pero la biblioteca de la humanidad no es sino una busca de ese alma individual para entender la que todos compartimos. Y la que compartirán quienes nos sucedan.

No les digamos leed, digámosles leeros. No les digamos que leer es un fin en sí mismo, sino un medio para llegar a uno mismo, y ya en uno mismo, quién sabe adónde. No les digamos que es mejor el que lee que el que no lee, porque eso no es verdad. Digámosles lo contrario: que serán más felices si no leen, ignorantemente felices. Pero que también serán más felices si no aman, que todo será entonces más simple, más desprovisto de angustia y sufrimiento, porque el amor conlleva tan seguro dolor como la vida conlleva tan segura muerte, y porque la lectura es, al fin y al cabo, como el amor: un abismamiento en el otro que, al fin, es uno mismo. No les digamos que los que escribimos tenemos las respuestas, sino más preguntas. No les digamos que los libros se acaban en sí mismos, sino que, como me dijo una niña de once años, “desembocan en la biblioteca”. No les tratemos con superioridad, sino con empatía, porque nosotros sabemos más, pero ellos sienten mucho más, ven con mayor claridad, aunque no sepan expresarlo como nosotros hemos aprendido a hacerlo.

Lo más nuevo es lo más viejo, sí: mirar dentro de la mente humana. Y ahí dentro no hay siglo, sino vida. Lo más nuevo es escribir desde hoy pero sin tratar de parecer modernos, sin impostar la voz, sin querer ganarse a los jóvenes por imitación, sin querer parecer sus colegas. Una buena lectora gallega, de catorce años, acaba de colgar en mi web este comentario: “me gustaría que alguien algún día escribiese algo de los adolescentes, o mejor dicho meterse en su mente, descubrirla, desmenuzarla y llegar a entenderla.” ¿Algo? ¿Qué son, pues, los siete mil títulos infantiles y juveniles anuales que se publican en España? Nada, a sus ojos, nada en su corazón. Nos equivocamos, sí: escribimos desde la insoportable ñoñez del adulto que trata de ganarse al niño con una gominola, nos equivocamos dándoles libros fáciles y divertidos, ayunos de cualquier huella literaria, porque no nos atrevemos a sumergirnos en su insondable complejidad, su gozo y su angustia peleando en el pozo de su alma, su devastadora capacidad crítica. Me preocupa mucho más ese grito de la niña gallega que el bostezo del chico al que nadie ha cultivado, y que por culpa de esa renuncia es incapaz de entender lo que no es obvio. A veces, porque nos creemos más sabios, nuestro comportamiento es más tonto; porque nos sentimos superiores, nos desgajamos, nos convertimos en gajo de una naranja distinta.

No, no somos superiores, sólo hemos vivido más, y debemos escribir desde esa vida ya vivida, pero sin olvidar que ellos están viviendo todo por primera vez: tienen ese privilegio. Lo que ella suplica es que entendamos eso, que no los simplifiquemos, y que tampoco pontifiquemos sobre ellos, ni siquiera para ellos. Si queremos que la literatura juvenil exista, escribamos como si no existiera, editemos como si no existiera. Ofrezcamos sin obligar, sin prescribir, sin examinar. Invitemos a leer como si la literatura juvenil no existiera. Creyendo, y demostrando que lo creemos, que la literatura es sólo literatura: lo más viejo y lo más nuevo.


* Gonzalo Moure es escritor de Literatura Infantil y Juvenil. Ha publicado numerosos títulos como Un loto en la nieve, El beso del Sáhara, Palabras de caramelo o Tuva en los que se refleja su preocupación por el pueblo saharaui, así como su atención a los problemas sociales. Entre otros galardones, ha sido incluido en dos ocasiones en la Lista de Honor del IBBY por Geranium (1991) y El alimento de los dioses, el Premio Jaén por ¡A la mierda la bicicleta! (1993) y El bostezo del puma (1999), el Premio de la Crítica de Asturias por Yo, que maté de melancolía al pirata Francis Drake (2001), el Premio Ala Delta, finalista del Premio Nacional de Literatura, por Maíto Panduro (2001), el Premio Gran Angular por El síndrome de Mozart (2003) o el II Premio de Literatura Infantil Ámbito Cultural de El Corte Inglés por El bosque de hoja caduca (2006).

Fuente: comunicacionypedagogia.com;
se lee mejor en pdf


Ya me perdonará Gonzalo que le tome prestadas las palabras para guardarlas aquí, pero las cosas buenas hay que compartirlas :)

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