3.12.11

Respiro

Ha vuelto el frío, de repente, ha vuelto la noche. Si hubieran avisado de que iban a venir, les habría preparado alguna cosa: unas galletas, un chocolate caliente. Pero están ya. Vivo hacia atrás con huesos de palomitas y la nariz congelada, sujetándome a los regalos de silencios azules y lluviosos, ya tú sabes, de esos sin música. Porque, como las ratas, la música fue la primera en abandonar el barco, y se llevó consigo la anestesia. Me hielo en una llamada que me arroja a rescoldos que ya no deberían estar allí. Aún me paralizan las llamadas que no llegan, llamar, llamar, si almenos dijera mi nombre siendo mío alguna vez. Unos ojos anónimos (por supuesto azules, pero azul fácil, con su mapa) me preguntan qué tal. No sé qué decir. Nunca las palabras. Bien. Que yo me sentaba detrás de ti, la gramática, un examen, vuelvo, vuelo. Voy. El aire me atraviesa, me respira. Los ojos inverosímiles siguen ahí, esperando, como si no hubiera más colores en la vida, como si no hubieran tocado la nota exacta que te anula o te estampa. Como la noche, como el frío, incluso cuando no es de noche o cuando no hace frío. La gramática es fácil, contesto. (Porque lo difícil son las señas, acabar bien las frases, explicar en clave que te duele la cremallera del invierno.) Porque la fonética, porque las mañanas, porque un verano, no sé qué de qué sé yo. Lo dices con dos partes y media de asepticismo escéptico, y otra media de hacia dentro, igual que si no te creyeras ni una coma de la verdad, aunque sea la verdad y nada más que la verdad, para que la nieve sea el escudo ante las palabras que no vas a decir. Una puerta de vidrio te claustrofobia, miras hacia ella como si pudieras atravesarla, y luego la pared, y luego el tiempo, y salir a otro verano y una terraza y una bombilla y un vaso y él. Piensas que el olvido es caprichoso hasta cuando es culpa tuya, que claro: el fuego en Navidad era una ironía, que las elecciones adultas deberían ir al registro civil a cambiarse de nombre por cualquiera que se pareciera a una palabrota. Suspiras. Prefieres aterrizar en el caso y simular que los últimos diez segundos no eran diferentes. 25 años pasan en un momento, una vida en algunos segundos. Sólo era un respiro.

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