Hace tiempo comentaba con alguien que a mi generación las crisis y el miedo al cambio nos suenan a cachondeo. Nacimos con la LOGSE debajo del brazo y prácticamente cada curso que recuerdo desde que estudiaba la ESO se ha introducido algún cambio más o menos significativo en el sistema escolar, así que no hemos conocido demasiada estabilidad educativa; lo mismo se puede aplicar al mercado laboral, y en muchos casos, también a las relaciones personales. Todas las cosas que para el resto eran así desde siempre, y que siempre iban a ser así... Para nosotros han sido siempre cambiantes. Para nosotros el cambio es lo normal, no puede asustarnos. Cambios. Ni mejor ni peor: cambio. Distinto.
Aun así, miro hacia atrás, a la impaciencia que sentía hace unos meses, la frustración, el desánimo y sobre todo el miedo a cambiar, y lo comparo con la tranquilidad con que he afrontado las últimas situaciones complicadas con las que me he encontrado. Y es que, al final, no era para tanto: cuestión de actitudes. He aprendido mucho de la vida este año y sólo me ha servido para darme cuenta de que no sé casi nada. Y está bien así.
Del 2011 me llevo todo lo que he aprendido, todo lo que he descubierto. El caótico fin de carrera, Especialment docents, las entrevistas de ida y vuelta, el dospuntocerismo, el vértigo de ser maestra, las clases que daba en verano y de las que salía llena de energía, haber hecho nuevas y grandes amistades que espero que duren mucho, estar siempre rodeada de gente fantástica, todas las copas de helado, las crêpes y las meriendas, las excursiones, las tardes en el cine, haber aprendido cosas nuevas en la cocina, desechar la angustia y cambiarla por cosas más interesantes (take a coffee and be happy), el autoconocimiento, los días en la Acampada Tgn redescubriendo a la gente y al mundo mientras estudiaba los trastornos de personalidad porque los exámenes no entienden mucho de revoluciones, mirar alucinada cómo Twitter se colapsaba ante los hastags del 15M, el concierto de Vetusta Morla en que intentamos regalar entradas en la cola... y no lo conseguimos, la suerte sin precedentes, la llamada que me informaba de que estaba admitida en el máster, los trámites, las decepciones, los nervios que al final no fueron nervios, aprender manejarme en el metro, los "hola, soy M. y todavía busco habitación...", las caras nuevas, reencontrarme con las de siempre, aprenderme de memoria todas las páginas de buscar habitaciones de alquiler, visitar pisos, las innumerables horas en el tren (recordemos el chico chino que cantaba en mitad del pasillo, las persecuciones policiales, los "oye, ¿ese es el último de Cómo conocí a vuestra madre? Déjame un auricular, que me estás haciendo spoilers", las charlas sobre -cómo no- educación, los encuentros con profesoras, y el "perdona, ¿me regalas una sonrisa?") y esperando al autobús en paseo de Gracia (esos taxistas amables que te mojan con el agua de los charcos al pasar, el señor al que le regalaba las patatas del McDonalds, toda la gente con la que se habla en una parada de autobús, el primer día que el banco amarillo estuvo libre y no tuve que cenar en el suelo), encontrar piso e instalarme, haberme dado cuenta de lo bien que vivo en mi casa (no os dejéis engañar, cuando estás fuera lo que más echas de menos no es tu cama, ¡¡¡es la ducha!!!) y haber aprendido lo bien que se puede vivir fuera de ella, todos los lugares nuevos, todo lo que he aprendido: las escuelas, las jornadas, los talleres, las clases interminables, arreglar el mundo con un café, echar de menos ("yo no sabía que no tenerte podía ser tan dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas y no haya sino tu ausencia"), las lecturas nuevas y las de cabecera de toda la vida (qué haría sin ellas), Twitter y todo lo que se ha derivado de esto desde que hace un año y un día le hice caso a Aïda y me hice una cuenta (especial mención a la #acampadatwitter, esa extraña tribu), todos los blogs de cocina y los dulces, el bar de los sueños, las noches hablando con las mamás (mis preferidas sólo por detrás de la mía propia), y estos últimos días del año tan llenos de buen rollo y palabras bonitas. Porque, menos mal, en 2011 soñar ha seguido siendo gratis, y en 2012 lo seguirá siendo...
Ya sabéis: Que el fin del mundo te pille bailando.
Posiblemente esta canción es muy representativa de lo que siento sobre el 2011, en que tantas personas me han repetido que soy alguien con suerte. Lo que yo pienso de la suerte es esto. Tú eres mi suerte, mi suerte es la gente que me rodea.
Así que a ti, que me has acompañado durante este año. A ti, que me acompañarás durante el 2012. A ti, a ti que estás leyendo esto ahora:
Y para acabar, ¿qué le pido al 2012?
- Salud y trabajo.
- Acabar el máster de Psicopedagogía.
- Mi primer trabajo como maestra.
- Leer muchos más libros, que este año ha sido bastante escaso literariamente hablando....
- Volver a escribir.
- Mantener a flote La oruga dormida. Este, no tanto, porque no ha flotado nunca.
- Tiempos y espacios para disfrutar de los míos.
- Tiempo y dinero para viajar.
- Seguir aprendiendo, mucho, y seguir disfrutando de aprender.
- Muchos cursos, jornadas, saraos y pasilleo. (Me encanta el verbo pasillear...)
- Y lo que venga... Incertidumbre, ya no me asustas :)
Y el carnet de conducir ni lo voy a incluir en la lista porque siempre es el que se queda pendiente :P



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