Con todas esas ideas aterricé en Cork, de madrugada, me monté en el coche de unos desconocidos y dormí por primera vez en aquella habitación con las paredes pintadas de lilac. Feliz en el camino a ninguna parte. ¿Si se podía estar más equivocada? Seguro. Eso siempre. Era, en fin, la personificación de la ingenuidad y la inocencia, de la más plácida ignorancia.
Desde que estoy aquí me he comido todas y cada una de esas ideas con patatas (que por algo es el alimento nacional). La vida me ha demostrado que, efectivamente, ni a los 18 ni a los 21 tenía la menor noción de lo que quería hacer con mi vida y que posiblemente no la tenga nunca. Me ha traído en bandeja todos y cada uno de los errores que me aterraba cometer. Y yo, que siempre fui obediente y disciplinada, los he ido añadiendo a mi curriculum como si estuviera viendo una película en tercera persona y pudiera, simplemente, dejarla en pausa y volver a cosas más importantes en cualquier momento.
Resulta que, al final, importa poco qué quieres hacer con tu vida, irónicamente lo único importante es qué hagas con el día de hoy. Cómo has tratado hoy a las personas que te rodean. ¿Te has preocupado de alguien? ¿Has ayudado a alguien? ¿Te has dejado ayudar por alguien? ¿Cuántas cosas has hecho que te acerquen a quien eres, a quien quieres ser?


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