15.8.09

Texto de Daniel Valdés

Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore. Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero quedarme en la cama todo el día pensando en mi vida a levantarme para pensar en la de otros. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero las mujeres gato a las mujeres perro, por las mismas razones. Prefiero el mar a la montaña. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de mis pies, embriagado de todo. Y la noche, siempre la noche. Nunca la luz del sol. La noche es mágica. Me hace vivir, no pensar. Me pone en movimiento. Rompe mis esquemas. Prefiero las noches frescas de verano, andar con poca ropa, sentarme en el suelo y meterme algo de vida en el cuerpo. La mañana me sabe a dolor de cabeza. Me da sueño. Me quita las ganas de hablar. Me recuerda que soy mortal. Me recuerda que soy normal. La noche me hace único. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

Visto aquí

7.8.09

Maniobras de escapismo

Adoro viajar. Aun así, siempre que me voy de viaje me asaltan las mismas emociones, ahora ya familiares, al principio destructoras. El viaje es la metáfora de la vida. Incerteza por el futuro, por no saber qué te encontrarás. Inseguridad por estar en ambientes extraños. Curiosidad. Miedo al vacío. Vida, en resumen, vida en estado puro. Una extraña apatía antes de marchar, ¿ahora hay que moverse?, ¿quién me mandaría a mí, con lo bien que se está en casa?, y una vez en marcha, ilusión y ganas se mezclan con la mirada resabida de cuando era niña, los ojos bien abiertos y la curiosidad imprimiéndose en la cara a cada momento. Ganas de saltar. Las largas, larguísimas horas de espera antes de embarcar se convierten en un espacio donde reencontrarme, cuestionarme, observar a la Gente (ese ente desconocido), inventar sus historias y descubrirlas. Son momentos de buena compañía, sea esta más personal o sólo un libro (¿sólo?). Parecerá extraño que no me aburra viajar sola. Creo que nunca he sabido aburrirme, probablemente tampoco me apetezca aprender eso. Viajar es mi afición más cara, pero también la que me reporta mayores beneficios a corto, medio y largo plazo. Es aprender para la vida, conocer nuevos colores, nuevas maneras de ver y mirar, alterar las rutinas o crear nuevas. Es la alegría de ser y la alegría de estar aquí y ahora. Elevadas a la undécima potencia. Soñar con los pies, valorar cada paso, atesorar segundos, olores, sabores, maneras, despegarte de tu mundo, contrastar, huir hacia dentro. Eso es.




He perdido sin quererlo los papeles que me diste antesdeayer,
donde estaban los consejos que apuntamos pa' que todo fuera bien,
y ahora estamos camino de la frontera, disfrutando a sorbitos la vida entera.
¿Cómo no voy a mojarme si aquí dentro nunca deja de llover?
Improvisemos un guión definitivo que no tengamos más remedio que olvidar,
que acerque todas las estrellas al camino para que nunca falten ganas de volar.
Y suena bien, parece que nos hemos convencido,
sólo tenemos que perder velocidad.
Maldita nerea

3.8.09

Sintagma nominal sujeto

Droga inconfesable,
vicio a sorbitos,
café en la punta de los dedos,
diccionario de aprecios,
rozaduras de Universo,
risa prohibida de puntillas,
gramática de la imaginación,
incendios de nieve,
rodeos y caminos extraños,
llamaradas de arrebato,
adverbios de tiempo y modo,
precipicios en silencio,
fuego de abril y lluvia de verano,
oxímoron incomprendido,
idiomas ajenos, doble sentido,
sintaxis de la vida,
altos vuelos a ningún sitio,
literatura y fe,
miradas interminables con fin,
magnetismo imantado,
conjunción prohibida,
miedo quieto y tranquilo,
áspera incertidumbre,
futuros en singular.

2.8.09

Carta urgente

Hay cosas que te escribo en cartas para no decirlas. Hay cosas que escribo en canciones para repetirlas. Hay cosas que están en mi alma y quedarán contigo cuando me haya ido. En todas acabo diciendo cuanto te he querido. Hay cosas que escribo en la cama. Hay cosas que escribo en el aire. Hay cosas que siento tan mías que no son de nadie. Hay cosas que escribo contigo y hay cosas que sin ti no valen. Hay cosas y cosas que acaban llegando tan tarde. Hay cosas que se lleva el tiempo sabe Dios a donde. Hay cosas que siguen ancladas cuando el tiempo corre. Hay cosas que están en mi alma y quedaran conmigo cuando me haya ido. En todas acabo sabiendo cuanto me has querido. Hay cartas urgentes que llegan cuando ya no hay nadie.

Rosana

1.8.09

Situaciones

Vuelvo a casa. En el autobús de siempre, a la hora de siempre, con la música de siempre. Baldosa número 6. Dos, cuatro, seis, dos, cuatro, seis, doce. Azul.
En casa de mis abuelos encuentro una revista. Investigación y ciencia. De una de mis tías. Genial: el tema central es la energía oscura. Seguramente cualquier bisadolescente lo aborrecería. Empiezo a devorar todas esas palabras mientras me sorprendo de estar analizando al mismo tiempo una estructura sintáctica que me ha llamado la atención. Musito: implicaciones en el espaciotiempo..., ups, ¿lo he dicho en alto?, y viene Eva, mi tía. "¡Mira! ¿Quieres ver el trabajo que estoy haciendo?" Por supuesto -pienso-, al carajo el espaciotiempo. El mismo puzzle que hace encajar las mismas piezas, nosotras, las de entonces, ya no somos las mismas -sigue diciendo mi narradora interior. Neruda y ciencia, qué cínicos nadan hoy mis pensamientos dispares. Y luego vuelvo cual autómata a mi revista. "¡He avanzado! ¡He avanzado! ¡Ya se ven las letras de arriba!", me grita Eva, "¡Ven, Míryam! ¿Quieres verlo?" Por supuesto. Ahora voy. Mi mente empieza a trabajar a marchas forzadas: mientras sigue reflexionando sobre el artículo (espacio, tiempo, energía, refrescando las pocas nociones sobre el tema, aprendidas en conversaciones secretérrimas a las tantas, soñando con ojos azules de un azul ya desvaído), anota para analizarlo después el hecho de que haya distinguido que son letras, letras y no números ni un dibujo, y que están arriba. Lo verifica con un afán casi científico. También son nociones básicas. Mi tía es especial, pienso, ¿y yo qué? Yo, nada. En tierra de nadie, como siempre.

Últimamente estoy leyendo a Giordano (La soledad de los números primos) y me parece ser un número primo también. Un concepto apenas. Ando completamente absorta en su manera de elegir las palabras, de construir las frases, de dar ritmo a la historia; mis narraciones interiores empiezan a adquirir ese cariz. A eso lo llamo despersonalización, que es cuando adoptas temporalmente y sin darte cuenta la manera de hacer de otra persona; y sucede porque tú estás ausente. Porque no estás, porque no eres, porque no entiendes, no hilvanas palabras, ni gestos, ni miradas, ni te apetece pensar en ello y a menudo te duele la cabeza por el sobreesfuerzo. Y pones música y la oyes en lugar de escucharla. Y en la calle ves formas, baldosas, números y objetos, pero apenas reparas en que están llenas de personas, personas con una vida a cuestas, personas que huelen a verano y a risa. Ajenidad, en resumidas cuentas.

Me asusta que lo más significativo que pueda decir sea el silencio.

13.7.09