31.5.09

Cuando sea mayor...

Ya he hablado anteriormente de la niña ambiciosa y prepotente que fui. No me avergüenzo de ello porque sé que esos errores han marcado mi camino para bien.
De pequeña tenía la firme convicción de que iba a hacer grandes cosas en la vida. Me tenía por reformadora, o por filósofa, pero sobretodo por escritora. No recuerdo cuándo cambié los muñecos por las palabras, pero creo que fue bastante pronto. La palabra da independencia a los niños, y yo, le pese a quien le pese, soy muy independiente. Pero no nos desviemos. Pensaba -ingenua- que pronto escribiría una novela, que sería la escritora más joven del lugar, etcétera. Era una vía de escape rápida. Hasta aquí, todo entra en los límites de lo sano: es sano que los niños tengan grandes expectativas hacia la vida (si no ellos, ¿quién?, si no entonces, ¿cuándo?) y creo que también lo es que sean concientes de dónde están y dónde quieren estar. Como de costumbre, yo no sabía dónde quería estar, pero sí sabía dónde no quería estar. Y me puse manos a la obra, porque puede que el pensamiento fuera ingenuo (era, al fin y al cabo, una niña) pero tenía la certeza de que no era algo fácil, de que escribir llevaba tiempo y esfuerzo, y constancia. Aún años después, creo que fue un experimento. Un tanteo para ver cómo reaccionaba yo, cómo reaccionaba la gente de mi alrededor y si era, realmente, tan difícil. Porque tenía preconcepciones erróneas de lo que era ser escritor. Soñaba con una vida rolling, viajando de lugar en lugar, visitando ferias y escuelas, dando entrevistas en revistas y programas de TV, firmando ejemplares y hablando con gente muy diversa. Nada más. Qué vanidosa.

Sucedió que se armó mucho más revuelo del que esperaba y se empezaron a levantar otras voces a mi alrededor (puede parecer una tontería, pero en mi mente la mía -estaba segura- era una voz solitaria clamando en el desierto, no el inicio de ningún coreo). ¡Yo quiero ser periodista!, ¡yo quiero ser dibujante!, ¡yo quiero ser futbolista! Y poco a poco descubrí y comprendí la complejidad y la diversidad con la que había estado viviendo durante años, sin verla. Todo el mundo me animaba a escribir, claro. No sé qué veían en mí, años después sigo sin entender. Pero aquello me maravilló. En mi mente, la novela pasó a un segundo plano. No quiero con esto justificar que sea mala: lo es, sin necesidad de justificarme ni justificarla ante nadie. Lo es porque fue concebida con deseos totalmente impuros, construida con lo peor de mí. Pero el caso es que pasó a un segundo plano. Empecé a pensar mucho más en cómo ayudar a llegar a ser lo que querían ser.

Y así, llegó el momento de que alguien la leyera. Un profesor a punto de jubilarse. Uno de los mejores profesores que se han paseado por mis días. Sólo ahora entiendo, o puedo intuir, la maraña de pensamientos que debían rondarle. Encontrar, en uno de tus últimos años de docencia, a una niña que ha escrito una novela con 11 años, en un barrio como el mío, debió levantar tantas expectativas... Pero las dos situaciones personales eran muy diferentes, yo había dejado de creer que nada de lo que había allí escrito fuera un buen escrito, sólo estaba en mitad de un experimento casi antropológico. Él estaba en sus últimos años como profesor. Sí, es sustancialmente distinto. Ahora, cuando estudio para ser Maestra, me doy cuenta de tanto. El dilema. El recoger frutos. La humildad. La sensibilidad. ¿Cómo actuar?

Y veo que no fue consciente ponerlo en esa situación pero ese dilema lo llevó a actuar como haría cualquier buen maestro, al inicio o al final de su carrera. Diciendo la verdad. Con humildad. Admitiendo. Equivocándose a ratos. Animando. Ayudando a germinar la semilla de algo mucho más importante y mucho menos superficial. Guiando. No imponiendo. No juzgando. Ahora lo veo, ahora lo sé y veo qué difícil fue esa decisión.

También me veo a mí con once años entendiendo inconscientemente muchas cosas y conscientemente otras tantas. Me veo enfadada y orgullosa pero humilde y con ganas de trabajar. Me veo llena de admiración por aquellas palabras, por aquella mirada, por aquel hombre que luego siempre me buscaba con una sonrisa y no me reñía por no tratarlo de usted, como al resto. Me veo decidiendo lentamente mi futuro, sin saberlo, convenciéndome de que es mucho más importante sembrar que construir. Me veo durante las largas horas de la tarde del martes, nadando de su mano lejana entre sintaxis y autores de la literatura española, observando el cielo y soñando conmigo cuatro años más tarde, y acertando. Me veo tomando la decisión adecuada en aquel momento. Y ahora sé que, al margen de si la vocación existe o no, siempre hubo una pequeña maestra en mí, pero sobretodo hubo una alumna dispuesta a ver, a rascar, a aprender, a escuchar con atención qué tiene que decirnos la vida, dispuesta a entender las lecciones que esta ofrece.

Ahora sé que he tomado el camino correcto. Sé que aprenderé muchísimo y que, por el camino, quizá pueda ayudar también a otros a aprender. Ni siquiera sé si aspirar a trabajar como maestra, a ser maestra y tener a mi cargo el pequeño grano de arena que podría hacer germinar tantas historias, tantas vidas. No sé si los maestros nacen o se hacen. En realidad creo que los maestros no son más que alumnos de la vida. Aquella lección de humildad fue seguramente uno de los hechos más importantes de mi existencia, porque me ayudó a tomar el rumbo, a ese "darme cuenta de" que me faltaba; y aquella lección no me abandonará nunca, y en los momentos más confusos, cuando tenga que elegir de verdad entre sembrar y construir, recordaré aquellas palabras no dichas y elegiré bien.

Cuando sea mayor quiero ser maestra... para poder aprender...

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