Es agridulce que la vida siga adelante pese a todo. Son agridulces un montón de detalles que antes te parecerían una nube de azúcar: la inocencia, la confianza excesiva en los extraños, la risa, los tiernos errores lingüísticos, la entrañable torpeza. Lo dulce, en exceso, empalaga. Se vuelve agridulce. Es un poco como si te cambiaran una pera por una naranja o un limón. Pero la naranja lleva vitamina C y previene que te agarres un resfriado de vida insustancial, el zumo de limón con miel alivia la afonía cuando te has cansado de gritar contra Dios.
Hace un rato he salido a la ventana. Mi abuela le había regalado a Eva una rosa preciosa que alguien había arrancado del jardín y olvidado en el portal. Eva ha creído que era un rosal, que tenía raíces y viviría, en seguida se ha puesto a ello. Desde su tierna inocencia me gritaba: "Mientras hay vida, hay esperanza"
Mi abuela, desde la ventana de al lado, gritaba también: "Mientras hay vida, hay esperanza", un grito, comprenderéis, agridulce, y una mirada inexplicable. De ventana a ventana, un abismo. Son gestos pequeños, gestos de cada día, gestos de nube de algodón.
No hemos elegido una naranja zajarí en lugar de una pera dulce, pero podemos aprender a hacer un buen zumo para compartir con todo el mundo que estamos aquí, ahora, y que las cosas importantes son las cosas pequeñas de cada día, como encontrarte una rosa que ojalá sobreviva.


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