Primero apareció S. en mi vida. Poco después se acabó mi aventura como aupair. Luego me mudé al piso, ese lugar imprevisto con vistas al Lee, y empecé un nuevo trabajo (que desde el principio iba a ser temporal). Mi trabajo se acabó y empecé otro. Luego S. se vino a vivir al piso también. Más tarde A. se mudó a otra casa. Y por último, yo me cambié de trabajo... de nuevo. ¡Hay tantas emociones diferentes condensadas en este párrafo!
¿Podía haber previsto algo, ni la más pequeña migaja, de todo este caos? Probablemente no. Si me lo hubieran dicho cuando decidí que dejaba de ser aupair, lo más seguro es que hubiera hecho las maletas y vuelto a casa, habría tenido un reencuentro bastante emotivo con mis amigas y tras algo de paciencia, un día habría recibido la tan esperada llamada de un colegio donde necesitaban a una maestra de inglés para varios meses. Prácticamente, casi, casi, el trabajo de mis sueños, debería añadir. Pero no fui yo quien recibió esa llamada, sino mi amiga A. Yo estaba aquí, en Cork, viviendo al límite. Despeinada. Agotada. Pero feliz.
Pasó el verano irlandés, una ilusión, una mentirijilla al oído, una broma del destino, una ironía.
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| My home by the Lee |
Llevo muchas semanas dándole vueltas a esta entrada. Despedazándola, descuartizándola, inventando mil excusas para no escuchar a la voz interior que urgía a contar la historia. "Pero el mundo tiene que saber que esto pasa", decía una vocecilla. "Ya, pero... ¿y si llega a manos que no deben? ¿Y si lo lee alguien y se siente identificado? ¿Y si de repente llegan varios cientos de comentarios al blog diciendo que ya está bien de historias de "víctimas" en el extranjero?", le contestaba la otra casi a gritos.
Al final, decido, como siempre, hacer lo que me viene en gana. Al fin y al cabo para eso es este blog... para mí.
Esta historia empieza hace unos meses, pero también hace dos años. Hace dos años decidí que mi siguiente objetivo real no era acabar el máster de Psicopedagogía, ni aprender inglés, ni tener un trabajo que me diera dinero... No, mi siguiente objetivo era estudiar el máster de Montessori. Creo que cuando llega a nosotros, cada uno sabe qué es lo que le mueve por dentro, con qué se siente intrínsecamente conectado. Yo nunca había sentido una conexión como esa. Así que cuando decidí que me quedaba en Cork, mi objetivo era claro: ahorrar dinero para poder entrar en el máster cuanto antes mejor. (¿Todo lo demás? Circunstancial, supongo...)
Con el objetivo de tener tiempo para estudiar y para todas las demás actividades de mi agitada vida, decidí que en lugar de buscar trabajo en una escuela, buscaría trabajo como childminder o nanny. Un trabajo, en teoría, sencillo, que me permitiera llegar a casa y desconectar. Y así lo hice.
No me conformé con cualquier cosa. Me informé de derechos y obligaciones, hablé con Cork City Childcare, recopilé documentos, creé un dossier de información. Sabía que al trabajar en casa de otra persona, esta se convertía en tu jefe y, por lo tanto, debían registrarse como tales en Revenue ("Hacienda", para los amigos) y pagarte el salario mínimo irlandés (8,65 euros / hora). Hablé con cerca de 80 familias, todavía tengo sus emails en algún lugar de mi bandeja de entrada. Algunas pedían cosas surrealistas, como alguien que trabajara a tiempo completo por 150 euros a la semana o que trabajara casi 40 horas repartidas en tres días y medio por 5 euros la hora. Y no me cabe duda de que todas ellas encontraron a alguien (eso sí, dejadme dudar de que esa persona fuera irlandesa) que se encargara de sus retoños por ese precio. Por los requisitos que pedían, no podía optar a formar parte de las agencias de nannies en ese momento, así que me lo tomé con calma y paciencia. En realidad, no con mucha, dado que mis ahorros rascados de euro en euro del salario de aupair solo iban a durar un mes y, tras eso, el vacío existencial más grande. Sin acceso posible a ninguna ayuda del Estado, ni de aquí ni de allí, sabía que tendría que hacer alguna pequeña concesión si quería comer en las siguientes semanas.
Por fin, apareció la familia perfecta. Padre español, madre irlandesa; niña pequeña, con necesidades educativas específicas. Buscaban a alguien a tiempo completo que pudiera ayudar con las terapias. Hablé mucho con ellos antes de aceptar el trabajo. El único problema era el salario. A su anterior childminder le pagaban 45 euros al día. A mí, por mi formación, estaban dispuestos a pagarme 50. Aun así menos de lo que deberían... mucho menos. Por otra parte, la urgencia empezaba a apretar - no soy el tipo de persona que tendría ahorros para salir del paso o cualquier otro apoyo económico, cuando yo digo que no tengo dinero suele ser algo terriblemente literal. Y de todas las familias con las que había hablado hasta la fecha, esta era la única que al menos me hablaba de vacaciones pagadas (solo cuando ellos se fueran de vacaciones). Me juraron y perjuraron que no podían permitirse pagar más dinero. Pensé que, habiendo ciertas posibilidades de ser tres personas en el piso al cabo de poco tiempo, no estaría tan mal. Con mucho esfuerzo incluso podría ahorrar algo de dinero y, pidiendo dinero a otra persona, pagar la primera cuota del máster y seguir ahorrando para pagarle a esa persona el resto... En la balanza pesó más el hecho de ser feliz día a día en un trabajo que me gusta. Al final, acepté el puesto.
La decisión de A. de irse a vivir a otro lugar no supuso una sorpresa. Mi cabeza previsora (cada día me parezco más a mi madre) ya tenía un plan A y un plan B por aquel entonces. Podía imaginar que S. no querría alquilar de nuevo la habitación restante en el piso y, para ser franca, yo tampoco quería. Necesitábamos ese espacio para guardar los objetos aleatorios que vienen "de regalo" con tener una pareja cuya ocupación es ser filmmaker. Mi plan hubiera sido hacer algo poco habitual: encontrar alguna familia alrededor que necesitara a alguien que cuidara de su retoño por las tardes, y hacerlo en casa de la familia de la niña (porque nuestro piso es una maravilla, pero desde luego no es adecuado para acoger a niños pequeños). Pensé que, al estar la familia tan contenta conmigo y al ser una propuesta que beneficiaría en gran medida a la niña, no habría mayor problema a parte de decidir qué pasaría con el seguro. Me equivoqué. Lo hablamos. Les dije que si no había ninguna forma de conseguir más dinero, tendría que irme. Con lágrimas en los ojos. Después de haber llorado lo inconfesable solo al pensar que aquel trabajo de ensueño se podía acabar solo por el maldito dinero. Pero los sueños, normalmente, no pagan el alquiler. Aún no.
Quise que vieran mi punto de vista, mi desesperación. Que entendieran que estaba pidiendo algo razonable, algo que al fin y al cabo, de todas formas, me pertenecía. Un salario mínimo irlandés. Y en ese momento empezó un calvario que me hizo ver lo que ya suponía, pero ahora tengo muy claro: que las "childminders" en Irlanda somos ciudadan@s de segunda, y si no somos de Irlanda, mucho más. Sigue habiendo clases. No dejaba de pensar en todos esos españoles que se quejaban de que las chicas sudamericanas y árabes trabajaran por cuatro duros cuidando de ancianos y niños. No me parecía bien en España y tampoco me parece bien en Irlanda. Por parte de nadie. Pero al fin y al cabo... ¿No había aceptado yo las mismas condiciones? Y por otra parte, ¿era moral y lícito irme y dejar tirada a J., a sus (aún no) dos años, con sus primeros signos en la boca? Al final, aquello no era más que una escala de grises en la que todos nos perdimos y todos salimos perdiendo.
Como, gracias a Dios y a la virgen o a el que a cada cual se le aparezca, me educaron para ser una persona consecuente, decidí que hasta ahí podíamos llegar. Lo decidí en el segundo en que acabé de leer el email de los padres de J. en respuesta al mío, donde les había expuesto mis dificultades económicas y mis motivos. Lo leí en la cocina de su casa, con los ojos como naranjas de Valencia y las manos temblando. No quedaba títere con cabeza. Ni con zapatos. Su postura era clara: yo había aceptado un trabajo con un sueldo y no podía reclamar más dinero al cabo de unos meses solo porque mi situación hubiera cambiado, así que me proponían una ristra de "sugerencias" y cambios que hacer en mi vida diaria para adaptarme a la nueva situación. Todo ello incluía, entre otras, cambiar de casa, abandonar la conexión a Internet, ir al trabajo en bicicleta y abandonar mis proyectos de seguir estudiando. Mi prioridad tenía que ser J. y lo contrario era inaceptable. Lo vi tan claro que daba miedo... Ellos, allí arriba. Y yo, allí abajo. Nadie podía tener semejante control sobre mi vida. Nunca. Mis padres no se han dejado la piel para que yo tuviera mejores oportunidades y las tirara por la borda. Me fui a casa, a mi casa y, una vez más, lloré opacamente. Estaba decidido y sentenciado.
Como es natural, a nadie le gusta sentir que otra persona tiene el control de su vida. A ellos tampoco. La noticia de que había decidido dejar el trabajo les cayó como un jarro de agua fría. Gritos, insultos, amenazas. No podía creer lo que veían mis ojos, lo que mis oídos estaban escuchando de boca de alguien en quien había confiado. Lo único que podía hacer ante semejante situación era dejar que pasaran los días y, si las cosas se ponían demasiado feas, denunciarlo donde correspondiera. Atesorar cada momento con J. e intentar que aquello le afectara lo menos posible.
Pero no podía dejar que el orgullo de clase me quemara por dentro y saliera en forma de fuego por mi boca. Eso era ponerse a un mismo nivel, en el fondo, el nivel de alguien en un estado de frustración y desesperación. Tampoco pondría la mano en el fuego a que yo no sería capaz de hacer lo mismo si el día de mañana tengo hijos y me veo en su lugar, porque si algo he aprendido en esta vida es que nunca se puede decir "de este agua no beberé". Cada palabra que me callé durante esas dos semanas, durante esas largas horas, fue una victoria personal, silenciosa y fría, una ironía que estoy segura que se reflejaba en mis ojos. Y cada palabra que dije, cuidadosamente escogidas y calibradas, representaba un paso más hacia la persona que soy hoy.
Si alguien se está preguntando si finalmente denuncié los hechos a la policía, no, no lo hice. Recibí una llamada por su parte pidiéndome disculpas y eso me bastó. Prefiero seguir creyendo que, en el fondo, ellos solo lo estaban haciendo lo mejor que sabían, como yo, como todos. Que para ellos, lo que pasó en esos meses no suponga un problema moral, desde luego no es algo que esté en mi mano cambiar. Cuando lo que está mal es el sistema, las personas encontramos todo tipo de justificaciones. El silencio de la gente buena es nuestro refugio y nuestro castigo.
Así aprendí que el mayor poder que tenemos es el poder sobre nuestra propia historia. No solo sobre las decisiones que tomamos, cómo las tomamos ni cuándo, sino también cómo y cuándo contamos nuestra historia al resto. Quién es merecedor de conocerla y por qué. Si al contarla nos ponemos en el papel de víctima, de verdugo o de juez, depende de nosotros. En esta historia no había buenos ni malos, solo había personas intentando hacer lo correcto, lo mejor que sabían. Como en casi todas, supongo.



3 comentarios:
Me ha encantado volver a leerte. Me quito el sombrero como siempre. Tienes una especial capacidad para mostrar tus sentimientos. Siento lo de tu experiencia y entiendo que te haya costado plasmarla "sobre papel", pero estoy convencido de que ahora te sentirás mejor y aquellas amargas hierbas te han hecho más fuerte tu estómago.
La guinda del pastel:
"El silencio de la gente buena es nuestro refugio y nuestro castigo."
Tengo plena confianza en que hice lo correcto y lo hice lo mejor que sabía hacerlo, pero no me siento mejor. Por suerte o por desgracia, en la vida a veces hay que equivocarse.
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