9.5.09

Rojitas las orejas


Tengo ronca el alma de quererte en esta soledad llena que me ahoga. Tengo los ojos llenos de luz de imaginarte y tengo los ojos ciegos de no verte. Tengo mi cuerpo abandonado al abandono y tengo mi cuerpo tiritando de no poder tocarte. Tengo la voz tosca de hablar con tanta gente y tengo la voz preciosa de cantarte. Tengo las manos agrietadas de la escarcha y tengo las manos suaves de en el cielo acariciarte. Tengo soledad, luz, alegría, tristeza, rebeldías, amor, sonrisas y lágrimas. ...


Dependencia bendita,
invisible cadena que me ata a la vida...

[rojitas las orejas]

6.5.09

Demian

-Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aun más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos.
-Bien -objeté yo-, ¿dónde queda entonces el valor del individuo? ¿Para qué nos esforzamos si ya llevamos todo acabado en nosotros mismos?
-¡Alto! -exclamó violentamente Pistorius-. Hay una gran diferencia entre llevar el mundo en sí mismo y saberlo. Un loco puede tener ideas que recuerden a Platón, y un pequeño y devoto colegial del Instituto de Herrnhut puede recrear las profundas conexiones mitológicas que aparecen en los gnósticos o en Zoroastro. ¡Pero él no lo sabe! Mientras no lo sepa es como un árbol o una piedra; en el mejor de los casos, como un animal. En el momento en que tenga la primera chispa de conciencia, se convertirá en un hombre. ¿No irá usted a creer que todos esos bípedos que andan por la calle son hombres sólo porque anden derechos y lleven a sus crías nueve meses dentro de sí? Muchos de ellos son peces u ovejas, gusanos o ángeles; otros son hormigas, y otros abejas. En cada uno existen las posibilidades de ser hombre; pero sólo cuando las vislumbra, cuando aprende a hacerlas conscientes, por lo menos en parte, estas posibilidades le pertenecen.
(...)
El impulso que le hace a usted volar es nuestro patrimonio humano, que todos poseemos. Es el sentimiento de unión con las raíces de toda fuerza. Pero pronto nos asalta el miedo. ¡Es tan peligroso! Por eso la mayoría renuncia gustosamente a volar y prefiere caminar de la mano de los preceptos legales o por la acera. Usted no. Usted sigue volando, como debe ser. Y entonces descubre lo maravilloso; descubre que lentamente se hace dueño de la situación, que a la gran fuerza general que le arrastra corresponde una pequeña fuerza propia, un órgano, un timón. ¡Eso es estupendo! Sin él, uno se perdería sin voluntad por los aires, como hacen por ejemplo los locos. Los locos tienen unas intuiciones más profundas que la gente de la acera, pero no tienen la clave ni el timón y se despeñan en el abismo. Usted, sin embargo, Sinclair, logra bandearse. ¿Y cómo? ¿No lo sabe acaso? Lo hace con un nuevo órgano, con un regulador de la respiración. Y ahora puede ver usted lo poco “personal” que es su alma en el fondo. ¿Por qué no se inventa ese regulador? ¡No es nuevo! Es algo prestado, existe desde hace siglos. Es el órgano del equilibrio en los peces, la vesícula natatoria. En efecto, existen todavía hoy unas pocas especies raras de peces que usan como pulmón la vesícula natatoria, que en ciertas ocasiones les sirve de verdad para respirar. ¡Justo, pues, el pulmón, que usted utilizaba en su sueño!
(...)
Con un curioso escalofrío, sentí viva en mí una función de primarias épocas evolutivas.
(...)
No puedo resumir en pocas palabras lo que el extraño músico me enseñó. Lo más importante que aprendí de él fue a dar un nuevo paso en el camino hacia mí mismo. Yo era entonces, con mis dieciocho años, un chico poco corriente, precoz en unos sectores y muy retrasado y desorientado en otros. Cuando me comparaba con los demás, me sentía unas veces orgulloso y satisfecho de mí mismo pero otras deprimido y humillado. Unas veces me consideraba un genio, otras un loco. No conseguía compartir las alegrías y la vida de mis compañeros, y me hacía reproches y cábalas como si estuviera irremediablemente separado de ellos y se me negara la vida.
Pistorius, que era un extravagante declarado, me enseñó a tener valor y respeto de mí mismo. Él me dio ejemplo encontrando siempre algo valioso en mis palabras, sueños, fantasías y pensamientos, que tomaba siempre en serio y discutía con interés.
-Me ha dicho usted que le gusta la música porque no es moral. De acuerdo. ¡Entonces, no tiene usted que empeñarse en ser moralista! No debe compararse con los demás; y si la naturaleza le ha creado como murciélago, no pretenda ser un avestruz. A veces se considera raro, se acusa de andar por otros caminos que la mayoría. Eso tiene que olvidarlo. Mire al fuego, observe las nubes; y cuando surjan los presagios y comiencen a hablar las voces de su alma, entréguese usted a ellas sin preguntarse primero si le parece bien o le gusta al señor profesor, al señor padre o a no sé qué buen Dios. Así uno se estropea, desciende a la acera y se convierte en fósil.
Demian, H. Hesse.


"El pájaro rompe el cascarón.
El cascarón es el mundo.
Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo"

12.4.09

Desde mi libertad

Encontré de casualidad un vídeo en directo de MI canción... del 1983.

Y pensé: En el 1983 faltaban siete años para que yo naciera y mi madre estaba en el instituto, sin pensamiento alguno de tener siquiera novio. Sin embargo, yo estoy viendo un vídeo grabado en directo de dicho año gracias al más puro azar.

¿No es una maravilla Internet?



Desde mi libertad soy fuerte porque soy volcán.
Nunca me enseñaron a volar, pero el vuelo debo alzar.

Cocin-ar-te


Pocas actividades habrá como el arte de la cocina: por antiguo, por sencillo, por efímero y duradero, por delicado, por la atención y cuidados que requiere... porque a nadie deja indiferente, porque atañe a lo más elemental del ser humano, porque remite a la madre que alimenta al recién nacido cerca del corazón, mirándole a los ojos y dándole la bienvenida al mundo.

Porque es tradición y cultura, porque es redescubrir y es probar cosas nuevas, porque un sabor, una textura, te pueden remitir en milésimas de segundo a momentos de la niñez -muchos años atrás- con una nitidez pasmosa.



Por todo eso y porque me remite a los recuerdos más antiguos y hermosos: mi abuela mirando por la ventana -esperando a que llegáramos, como cada domingo, a comer canelones, como cada domingo- y recibiéndonos mientras un olor familiar se extendía por toda la casa; mi abuelo amasando pan, coca o aquella extraordinaria empanada gallega, con sus míticos "¡este pan tiene mucha harina!" y "¡si tuviera un horno como el de la panadería...!"; mi abuela silbando melodías inventadas mientras prepara manjares que todo el mundo sabe que no seremos capaces de acabarnos y que prometen largas conversaciones de sobremesa, donde toda palabra es perdonada y permitida; las visitas de mi bisabuela, que siempre huele a Galicia, a pueblo y a pan, a caminatas por el campo y que siempre me traía un pedazo de esa realidad en forma de queso de tetilla, envuelto en un paño gallego olor a cocina de otros tiempos, que yo ya saboreaba con todos los sentidos antes del primer bocado a gloria; y es una lista tan larga que podría continuar durante días...

La cocina es ese lugar mágico que desborda creatividad y de donde puede aparecer cualquier cosa. En cierto modo gran parte de mi vida ha estado ligada a una cocina, centro neurálgico de la Vida. ¿Puede haber algo más hogareño? ¿Puede haber algo más propio?



Ahora, asumiendo que hay que desempolvarse el papel de "la niña", es turno de aprender los secretos de las recetas familiares, a través de esa entrañable manía de las mujeres de la familia de no tener medida alguna y de sustituir ingredientes con una imaginación más que envidiable, sirviéndose del buen gusto y del buen paladar. Es turno de hacer preguntas -algunas de las cuales sabes que, seguro, no obtendrán respuesta-, de remover las raíces, de volver a entonar las canciones de cocina, de reconocer sabores olvidados, de equivocarse bajo la mirada atenta y experta de la abuela, cocinera, y el abuelo, panadero polifacético y poeta.

Un mundo de secretos y delicias que nunca llegaremos a descubrir del todo y que, en un mundo caótico y acelerado, nos permite el lujo de disfrutar de los procesos de toda la vida, de compartir tiempo y espacio con las personas que de verdad importan, alrededor de una mesa, como se ha hecho siempre, en un final feliz que nunca se acaba. Pasado, presente y futuro, los que están por irse y los que vendrán.


Deixa'm coure en el teu forn
un tortell rodó i ben gran!
Serà bo, tindrà crocant
amb ametlles pel voltant...
Ben farcit de crema,
ben farcit de crema
i amb cireres dolces
que diran: menjeu-me!

Si vols coure en el meu forn
un tortell rodó i ben gros,
me n'hauràs de donar un tros
que'n poguem berenar tots dos!
Ben farcit de crema,
ben farcit de crema
i amb cireres dolces
que diran... menjeu-me!

7.4.09

Huele a verano...



Tengo la extraña (y sinestésica) manía de conectar todos mis recuerdos a olores y sensaciones.
Uno de los que tengo más grabados es el olor a verano. Mi verano huele a la vegetación de Tarragona, huele a noche, a terraza de bar, a heladería, a tierra. Mi verano, como muchísimos otros veranos, huele a salitre, a azul interminable y a alga.

Pero mi verano no es alegre, no es vida. Al contrario, supone una etapa de recogimiento. Mi verano no es luz. Es sensación de aplastamiento, de inmovilidad, de tiempo que no acaba de pasar, de estar atrapado en cuatro paredes de cartón incluso al aire libre. Es silencio y es todos los ruidos del silencio, que con los años aprendes a distinguir -el silencio puede escucharse- y asocio a noches oscuras sin estrellas. Es hacerlo todo más despacio, alargar cualquier ritual, vaciarse de actividad hasta caer en un remanso de agotamientos acumulados. Es soledad. Es sentirse al margen del Universo, como una mota de polvo olvidada en un rincón. Tardes interminables de tirar al aire la pelota esperando que pase algo emocionante. Días, días, días y más días. Libros. Silencios. Arena. Más silencios. Ritmos pausados. Agonía, aplastamiento. Inmovilidad. Silencio. Nada más.

Ir contracorriente es difícil, pero cuando entras en el campo irracional, el de las sensaciones y las emociones, explicarlo se convierte casi en un imposible...