Recuerda, maestra,
... que la frágil memoria de las mentes de tus alumnos
olvida fácilmente lo aprendido.
Pero la firme memoria de sus corazones
retiene de por vida lo sentido y lo vivido.
Si quieres educar
no pongas el acento en cargar
sus mentes de conocimiento.
Llena más bien los corazones con valores y vivencias.
Recuerda que
produces más calor encendiendo una cerilla
que hablando sobre el fuego.
Que iluminas más encendiendo una vela
que describiendo el sol.
Si quieres educar
no impongas caminos obligando,
muestra tus ideales caminando.
No ahogues con el peso de normas y preceptos.
Recuerda que los docentes no educan sin amar.
Por tanto, ama a tus alumnos como son.
Y no olvides...
Si amas y vives en la autenticidad
educas sin proponértelo.
Si no amas y no vives de verdad
no educas aunque te lo propongas.
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"A toda la gente creativa que en el transcurso de las épocas se ha sentido atraída por el riesgo, ha querido ser diferente, se ha atrevido a desafiar el statu quo y ha puesto el dedo en la llaga, influyendo muy positivamente en el mundo que nos rodea" (Zelinski)
A l@s que leéis desde la sombra, más o menos lejos pero siempre cerca.
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
[M. Benedetti]
Es proponiéndose lo imposible como el hombre ha logrado siempre lo posible. Aquellos que se han ceñido a lo que les parecía factible, jamás han avanzado un solo paso.
5.6.09
3.6.09
Contigo aprendí...
Contigo aprendí que existen nuevas y mejores emociones,
contigo aprendí a conocer un mundo nuevo de ilusiones.
Aprendí que la semana tiene más de siete días,
a hacer mayores mis contadas alegrías
y a ser dichoso yo contigo lo aprendí.
Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la luna,
contigo aprendí que tu presencia no la cambio por ninguna,
aprendí que puede un beso ser más dulce y más profundo,
que puedo irme mañana mismo de este mundo.
Las cosas buenas yo contigo las viví
y contigo aprendí que yo nací el día que te conocí.
[A. Manzanero]
contigo aprendí a conocer un mundo nuevo de ilusiones.
Aprendí que la semana tiene más de siete días,
a hacer mayores mis contadas alegrías
y a ser dichoso yo contigo lo aprendí.
Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la luna,
contigo aprendí que tu presencia no la cambio por ninguna,
aprendí que puede un beso ser más dulce y más profundo,
que puedo irme mañana mismo de este mundo.
Las cosas buenas yo contigo las viví
y contigo aprendí que yo nací el día que te conocí.
[A. Manzanero]
31.5.09
Cuando sea mayor...
Ya he hablado anteriormente de la niña ambiciosa y prepotente que fui. No me avergüenzo de ello porque sé que esos errores han marcado mi camino para bien.
De pequeña tenía la firme convicción de que iba a hacer grandes cosas en la vida. Me tenía por reformadora, o por filósofa, pero sobretodo por escritora. No recuerdo cuándo cambié los muñecos por las palabras, pero creo que fue bastante pronto. La palabra da independencia a los niños, y yo, le pese a quien le pese, soy muy independiente. Pero no nos desviemos. Pensaba -ingenua- que pronto escribiría una novela, que sería la escritora más joven del lugar, etcétera. Era una vía de escape rápida. Hasta aquí, todo entra en los límites de lo sano: es sano que los niños tengan grandes expectativas hacia la vida (si no ellos, ¿quién?, si no entonces, ¿cuándo?) y creo que también lo es que sean concientes de dónde están y dónde quieren estar. Como de costumbre, yo no sabía dónde quería estar, pero sí sabía dónde no quería estar. Y me puse manos a la obra, porque puede que el pensamiento fuera ingenuo (era, al fin y al cabo, una niña) pero tenía la certeza de que no era algo fácil, de que escribir llevaba tiempo y esfuerzo, y constancia. Aún años después, creo que fue un experimento. Un tanteo para ver cómo reaccionaba yo, cómo reaccionaba la gente de mi alrededor y si era, realmente, tan difícil. Porque tenía preconcepciones erróneas de lo que era ser escritor. Soñaba con una vida rolling, viajando de lugar en lugar, visitando ferias y escuelas, dando entrevistas en revistas y programas de TV, firmando ejemplares y hablando con gente muy diversa. Nada más. Qué vanidosa.
Sucedió que se armó mucho más revuelo del que esperaba y se empezaron a levantar otras voces a mi alrededor (puede parecer una tontería, pero en mi mente la mía -estaba segura- era una voz solitaria clamando en el desierto, no el inicio de ningún coreo). ¡Yo quiero ser periodista!, ¡yo quiero ser dibujante!, ¡yo quiero ser futbolista! Y poco a poco descubrí y comprendí la complejidad y la diversidad con la que había estado viviendo durante años, sin verla. Todo el mundo me animaba a escribir, claro. No sé qué veían en mí, años después sigo sin entender. Pero aquello me maravilló. En mi mente, la novela pasó a un segundo plano. No quiero con esto justificar que sea mala: lo es, sin necesidad de justificarme ni justificarla ante nadie. Lo es porque fue concebida con deseos totalmente impuros, construida con lo peor de mí. Pero el caso es que pasó a un segundo plano. Empecé a pensar mucho más en cómo ayudar a llegar a ser lo que querían ser.
Y así, llegó el momento de que alguien la leyera. Un profesor a punto de jubilarse. Uno de los mejores profesores que se han paseado por mis días. Sólo ahora entiendo, o puedo intuir, la maraña de pensamientos que debían rondarle. Encontrar, en uno de tus últimos años de docencia, a una niña que ha escrito una novela con 11 años, en un barrio como el mío, debió levantar tantas expectativas... Pero las dos situaciones personales eran muy diferentes, yo había dejado de creer que nada de lo que había allí escrito fuera un buen escrito, sólo estaba en mitad de un experimento casi antropológico. Él estaba en sus últimos años como profesor. Sí, es sustancialmente distinto. Ahora, cuando estudio para ser Maestra, me doy cuenta de tanto. El dilema. El recoger frutos. La humildad. La sensibilidad. ¿Cómo actuar?
Y veo que no fue consciente ponerlo en esa situación pero ese dilema lo llevó a actuar como haría cualquier buen maestro, al inicio o al final de su carrera. Diciendo la verdad. Con humildad. Admitiendo. Equivocándose a ratos. Animando. Ayudando a germinar la semilla de algo mucho más importante y mucho menos superficial. Guiando. No imponiendo. No juzgando. Ahora lo veo, ahora lo sé y veo qué difícil fue esa decisión.
También me veo a mí con once años entendiendo inconscientemente muchas cosas y conscientemente otras tantas. Me veo enfadada y orgullosa pero humilde y con ganas de trabajar. Me veo llena de admiración por aquellas palabras, por aquella mirada, por aquel hombre que luego siempre me buscaba con una sonrisa y no me reñía por no tratarlo de usted, como al resto. Me veo decidiendo lentamente mi futuro, sin saberlo, convenciéndome de que es mucho más importante sembrar que construir. Me veo durante las largas horas de la tarde del martes, nadando de su mano lejana entre sintaxis y autores de la literatura española, observando el cielo y soñando conmigo cuatro años más tarde, y acertando. Me veo tomando la decisión adecuada en aquel momento. Y ahora sé que, al margen de si la vocación existe o no, siempre hubo una pequeña maestra en mí, pero sobretodo hubo una alumna dispuesta a ver, a rascar, a aprender, a escuchar con atención qué tiene que decirnos la vida, dispuesta a entender las lecciones que esta ofrece.
Ahora sé que he tomado el camino correcto. Sé que aprenderé muchísimo y que, por el camino, quizá pueda ayudar también a otros a aprender. Ni siquiera sé si aspirar a trabajar como maestra, a ser maestra y tener a mi cargo el pequeño grano de arena que podría hacer germinar tantas historias, tantas vidas. No sé si los maestros nacen o se hacen. En realidad creo que los maestros no son más que alumnos de la vida. Aquella lección de humildad fue seguramente uno de los hechos más importantes de mi existencia, porque me ayudó a tomar el rumbo, a ese "darme cuenta de" que me faltaba; y aquella lección no me abandonará nunca, y en los momentos más confusos, cuando tenga que elegir de verdad entre sembrar y construir, recordaré aquellas palabras no dichas y elegiré bien.
Cuando sea mayor quiero ser maestra... para poder aprender...
De pequeña tenía la firme convicción de que iba a hacer grandes cosas en la vida. Me tenía por reformadora, o por filósofa, pero sobretodo por escritora. No recuerdo cuándo cambié los muñecos por las palabras, pero creo que fue bastante pronto. La palabra da independencia a los niños, y yo, le pese a quien le pese, soy muy independiente. Pero no nos desviemos. Pensaba -ingenua- que pronto escribiría una novela, que sería la escritora más joven del lugar, etcétera. Era una vía de escape rápida. Hasta aquí, todo entra en los límites de lo sano: es sano que los niños tengan grandes expectativas hacia la vida (si no ellos, ¿quién?, si no entonces, ¿cuándo?) y creo que también lo es que sean concientes de dónde están y dónde quieren estar. Como de costumbre, yo no sabía dónde quería estar, pero sí sabía dónde no quería estar. Y me puse manos a la obra, porque puede que el pensamiento fuera ingenuo (era, al fin y al cabo, una niña) pero tenía la certeza de que no era algo fácil, de que escribir llevaba tiempo y esfuerzo, y constancia. Aún años después, creo que fue un experimento. Un tanteo para ver cómo reaccionaba yo, cómo reaccionaba la gente de mi alrededor y si era, realmente, tan difícil. Porque tenía preconcepciones erróneas de lo que era ser escritor. Soñaba con una vida rolling, viajando de lugar en lugar, visitando ferias y escuelas, dando entrevistas en revistas y programas de TV, firmando ejemplares y hablando con gente muy diversa. Nada más. Qué vanidosa.
Sucedió que se armó mucho más revuelo del que esperaba y se empezaron a levantar otras voces a mi alrededor (puede parecer una tontería, pero en mi mente la mía -estaba segura- era una voz solitaria clamando en el desierto, no el inicio de ningún coreo). ¡Yo quiero ser periodista!, ¡yo quiero ser dibujante!, ¡yo quiero ser futbolista! Y poco a poco descubrí y comprendí la complejidad y la diversidad con la que había estado viviendo durante años, sin verla. Todo el mundo me animaba a escribir, claro. No sé qué veían en mí, años después sigo sin entender. Pero aquello me maravilló. En mi mente, la novela pasó a un segundo plano. No quiero con esto justificar que sea mala: lo es, sin necesidad de justificarme ni justificarla ante nadie. Lo es porque fue concebida con deseos totalmente impuros, construida con lo peor de mí. Pero el caso es que pasó a un segundo plano. Empecé a pensar mucho más en cómo ayudar a llegar a ser lo que querían ser.
Y así, llegó el momento de que alguien la leyera. Un profesor a punto de jubilarse. Uno de los mejores profesores que se han paseado por mis días. Sólo ahora entiendo, o puedo intuir, la maraña de pensamientos que debían rondarle. Encontrar, en uno de tus últimos años de docencia, a una niña que ha escrito una novela con 11 años, en un barrio como el mío, debió levantar tantas expectativas... Pero las dos situaciones personales eran muy diferentes, yo había dejado de creer que nada de lo que había allí escrito fuera un buen escrito, sólo estaba en mitad de un experimento casi antropológico. Él estaba en sus últimos años como profesor. Sí, es sustancialmente distinto. Ahora, cuando estudio para ser Maestra, me doy cuenta de tanto. El dilema. El recoger frutos. La humildad. La sensibilidad. ¿Cómo actuar?
Y veo que no fue consciente ponerlo en esa situación pero ese dilema lo llevó a actuar como haría cualquier buen maestro, al inicio o al final de su carrera. Diciendo la verdad. Con humildad. Admitiendo. Equivocándose a ratos. Animando. Ayudando a germinar la semilla de algo mucho más importante y mucho menos superficial. Guiando. No imponiendo. No juzgando. Ahora lo veo, ahora lo sé y veo qué difícil fue esa decisión.
También me veo a mí con once años entendiendo inconscientemente muchas cosas y conscientemente otras tantas. Me veo enfadada y orgullosa pero humilde y con ganas de trabajar. Me veo llena de admiración por aquellas palabras, por aquella mirada, por aquel hombre que luego siempre me buscaba con una sonrisa y no me reñía por no tratarlo de usted, como al resto. Me veo decidiendo lentamente mi futuro, sin saberlo, convenciéndome de que es mucho más importante sembrar que construir. Me veo durante las largas horas de la tarde del martes, nadando de su mano lejana entre sintaxis y autores de la literatura española, observando el cielo y soñando conmigo cuatro años más tarde, y acertando. Me veo tomando la decisión adecuada en aquel momento. Y ahora sé que, al margen de si la vocación existe o no, siempre hubo una pequeña maestra en mí, pero sobretodo hubo una alumna dispuesta a ver, a rascar, a aprender, a escuchar con atención qué tiene que decirnos la vida, dispuesta a entender las lecciones que esta ofrece.
Ahora sé que he tomado el camino correcto. Sé que aprenderé muchísimo y que, por el camino, quizá pueda ayudar también a otros a aprender. Ni siquiera sé si aspirar a trabajar como maestra, a ser maestra y tener a mi cargo el pequeño grano de arena que podría hacer germinar tantas historias, tantas vidas. No sé si los maestros nacen o se hacen. En realidad creo que los maestros no son más que alumnos de la vida. Aquella lección de humildad fue seguramente uno de los hechos más importantes de mi existencia, porque me ayudó a tomar el rumbo, a ese "darme cuenta de" que me faltaba; y aquella lección no me abandonará nunca, y en los momentos más confusos, cuando tenga que elegir de verdad entre sembrar y construir, recordaré aquellas palabras no dichas y elegiré bien.
Cuando sea mayor quiero ser maestra... para poder aprender...
27.5.09
Techo de acero y sal
Los techos de cristal
se rompen a golpes.
El mío es un techo
de acero:
Puede que parezca
que se oxidará
con el sudor y las lágrimas, lágrimas
paulatinas apenas
milésimas de arena
en un desierto de sal,
espesas, arenosas, húmedas
escurridizas.
Acero con sal incrustada
(¡menuda exquisitez!)
petróleo a penas...
Pero no lo hará.
Lo sabe el acero,
lo sabes tú
y lo sabe la sal.
se rompen a golpes.
El mío es un techo
de acero:
Puede que parezca
que se oxidará
con el sudor y las lágrimas, lágrimas
paulatinas apenas
milésimas de arena
en un desierto de sal,
espesas, arenosas, húmedas
escurridizas.
Acero con sal incrustada
(¡menuda exquisitez!)
petróleo a penas...
Pero no lo hará.
Lo sabe el acero,
lo sabes tú
y lo sabe la sal.
El lenguaje es un montón de ladrillos,
algunos se hacen con ellos una cárcel.
algunos se hacen con ellos una cárcel.
25.5.09
Táctica y estrategia
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites
[Benedetti]
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites
[Benedetti]
Se acaba...
Para...
A l@s que leéis desde la sombra, más o menos lejos pero siempre cerca.
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Lo que la lluvia inspira...
...y lo que el tiempo trajo.
Porque compartir es vivir:
Ando asomando la cabeza por...
- BAUGMAN, Z. Tiempos líquidos
- GAARDER, J. Maya
- MAILLARD, C. Hilos
- MONTESSORI, M. Ideas generales sobre el método
- SUBIRANA, V. Una maestra en Katmandú
Declaración de principios (I)
"Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo que el maestro denomina mariposa" (Richard Bach)
Declaración de principios (II)
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
[M. Benedetti]

