24.5.10

¿Y si te quiero imposible?



Y si te quiero abierto
como el centro imposible de un mundo transparente,
si te quiero imposible, más allá de mis brazos
o la aurora que extiende un sueño en las tinieblas,
más abierto que el viento, más leve y más amante,
será porque mañana nos quisiera infinitos,
unidos como nieve a punto de ser agua.


Y es por eso que dejo resonar la memoria,
todas esas palabras de hilo que se enredan
en tu boca o la mía.

Otra de Chantal Maillard.
De "Semillas para un cuerpo" 
1988

Aquí

Dime lo que he de hacer. Las palabras
se agolpan. Dime algo, dices, dice
él. A mí, me parece que no dejo de hablar. No obstante,
cuando lo intento -dime, dice-, oigo
como un gemido, tan sólo un gemido
que arrastra el llanto.

Dime lo que he de hacer. Llévame a
donde me digan lo que he de
hacer. Sus ojos.
Tus ojos -¿tus?- sí,
calidos ojos-lago, ojos-aquí.
Aquí, como los niños
y los idiotas. Por eso tus ojos,
para quedarme, para
seguir aquí. Para aguardar
aquí. ¿Aguardar qué? No importa.
Para aguardar.

Ni dentro ni en superficie.
Aquí donde los niños
y los pobres de mente. Un aquí
que se prolonga en tus ojos sus ojos,
para poder quedarme.
Dime lo que he de hacer.

Escribo

porque tal vez no hablo. No
me sueltes.


Chantal Maillard

Yo vengo a ofrecer mi corazón


¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río...
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
No será tan fácil,
ya sé qué pasa,
no será tan simple como pensaba,
como abrir el pecho y sacar el alma
una cuchillada del amor.
Luna de los pobres, siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón,
como un documento inalterable
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio;
y te daré todo y me darás algo
algo que me alivie un poco más...
Cuando no haya nadie, cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón,
cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Y hablo de países y de esperanzas,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo de cambiar esta nuestra casa,
de cambiarla por cambiar, nomás.
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.

15.5.10

¿Por qué te gusta leer?

Empiezo a leer los libros atada de pies y manos, con una torpeza indescriptible, como la primera vez que se anda, o se ríe, o se besa. No son mis ojos que recorren las líneas lo que lee, sino mi voz, internamente, ligándome a la forma de las letras y los sonidos, remitiéndome únicamente a lo que hay escrito, leyendo para mí.

No obstante, pasado un rato, ya no soy consciente de que existan letras, ni sonidos; no hay ninguna voz leyendo en mi cabeza; la silla, la cama, la mesa, han desaparecido y también lo han hecho las páginas del libro; mis ojos se desplazan por las líneas como por la casa donde has vivido toda la vida: sin conciencia, sin pensamientos; empieza entonces un baile de formas, imágenes, sonidos, olores, sensaciones abstractas y reales por igual, y ya no miro hacia el libro, no soy consciente del libro: sólo miro hacia dentro, perdiendo de vista el mundo de sonidos que me envuelve y el oxígeno que respiro. Existimos la esencia del libro y yo, o acaso ambas cosas a la vez, o acaso no dos cosas, sino una. Y eso es todo.

He perdido trenes, se me ha pasado la parada un millón de veces, he colisionado contra la realidad indescriptiblemente mientras caminaba por la calle, me he sorprendido de repente (con un sobresalto que haría desternillar de risa a cualquiera) de seguir estando en un lugar, y montones de situaciones que sólo serán familiares a unos pocos.

Y por todo eso me resulta extrañamente incomprensible que alguien me pregunte por qué me gusta leer. Desde la visión de mí misma sumergida buceando en las páginas de un libro, resulta una pregunta inconcebible. Es como si me estuvieran preguntando por qué me gusta respirar o por qué tengo el mal vicio de dormir cada día... Simplemente ocurre y previsiblemente no dejará de ocurrir mientras siga aquí.

10.5.10

Crecer duele (II)

Cuando era pequeña y me dolían los huesos por crecimiento, me quejaba a mi madre. Y ella, invariablemente, me decía: "Eso no es nada, sólo estás creciendo. Es normal". Seguía doliéndome, pero lo soportaba mejor, con normalidad y tranquilidad, casi con una resignación alegre ante la vida. Sentía emoción y curiosidad ante ese cambio que me haría ser diferente a como era, ese cambio inevitable y letal que ya no tendría vuelta atrás ni devolución. Ahora me pasa algo parecido. Todo lo que me golpea y me duele, lo que me martillea la mente a diario, parece que se vuelve menos malo cuando por fin me doy cuenta de que son, ni más ni menos, dolores de crecimiento. De que desaparecerán un día y yo ya no seré la misma porque seré mayor, más adulta, un poquito más yo.