Cuando iba al instituto, tenía una profesora de química que siempre nos decía: "Tanto para resolver estos problemas como para resolver los problemas de la vida, sólo necesitáis dos cosas: saber dónde estoy y saber dónde quiero llegar"
Yo creía que sabía bien dónde estaba y empezaba a saber, o a tener alguna ligera idea de, dónde quería llegar, y eso era bastante tranquilizador para alguien de 14 o 15 años. Pero la vida me demuestra cada día que no tenía tan claro dónde quería llegar, y desde luego no tenía ni remota idea de dónde estaba. ¡Si yo era feliz!
Entre dos mundos es como me siento desde que pisé por primera vez la universidad. Casi me habían vendido que era para todos. Casi. Claro. Por eso casi nunca vi a nadie de mi barrio, o del barrio de al lado, o del otro y el otro, desde luego a casi nadie de mi instituto o del otro instituto público del barrio, y desde luego no era porque estuvieran en la privada. Porque era para todos... los que pueden. Como por el camino nos han convencido de que no podemos y no valemos, aquí no pasa nada. Somos de donde somos, y ahí te quedas.
Y ya no es sólo que el "Es que soy de..." haya pasado a formar parte de mis muletillas cuando el mundo me sorprende demasiado, o cuando me doy cuenta de que consideraba normales cosas que no lo eran tanto, o cuando simplemente dejo de entender las mundanales preocupaciones de la gente que ocupa cifras con las que yo comería dos o tres meses en irse de viaje un fin de semana y se gasta en una cena lo que yo en comer todo un mes, pero luego se queja de que, con la crisis, no tiene dinero. ¿Sabrás tú lo que es no tener dinero? (¿Lo sabré yo?)
¿Cómo a unas pocas calles hay gente preocupada por si se compra una chaqueta de 200 euros o esa tan mona de 300 y otra gente preocupada porque con 200 euros hay que dar de comer a una familia y pagar el chándal del colegio de los niños? Sobrepasa los límites de mi paciencia y de mi comprensión. Activa mi instinto de huida sólo porque lo de dar un par de tortas (entiéndanme, con esto, un par de contestaciones mal dadas) no está bien visto en el sagrado recinto de la Universidad. Mira, conmigo no hables de dinero (, g********s, añade mi yo barriobajero mentalmente).
Sería menos grave si, como mínimo, siguiera sintiendo que mi barrio es mío. Tampoco. Hay una barrera psicológica que se ha ido creando a mi alrededor, un misticismo ilógico, como si en la Universidad nos iniciaran en algún tipo de secta o rito satánico que automáticamente hace que tengas que saberlo todo sobre el mundo que nos rodea porque has ido a la Universidad, que si sueltas un taco delante de alguien sea y eso que ha ido a la Universidad, y que contínuamente, en el ascensor, en la calle, los niños te odien y te teman mentalmente porque mira, ella es de ... y ha ido a la Universidad, a ver si aprendes. Ni se te ocurra abrir la boca para explicar la parte del máster, M., ni se te ocurra. De verdad: como si fuera un ritual iniciático. De algo muy chungo.
Mi incomprensión rebasa su límite cuando me doy cuenta de que, en realidad, tampoco la gente que está en la Universidad tiene un nivel de cultura, esfuerzo y dedicación tan elevado ni lo que se nos exige en la carrera (incluso en el máster) justifica tal nivel de selección sistemática en base a Dios sabe qué criterios que yo, de verdad, prefiero no entender.
Como mínimo, todo esto sí me acerca a donde quería estar. En la escuela. Gritando a los cuatro vientos y a los dos mundos que otro mundo es posible.
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Saltarme los límites
como a la comba
sobretodo,
no sé si sabes cuáles:
los límites de las antítesis.
Olvidar quién soy,
y más quién era, quién querría.
Seguir un instinto
como a los hilos invisibles
entre la ropa
que teje una araña
responsable.
Retorcer un quizás
entre las manos temblorosas.
Deshacerlo,
echarlo al mar
y olvidarlo.
Decir sin rodeos
que no te entiendo
y que está bien así.
Escribir en verso
con los ojos cerrados,
en la palma de la mano:
como antes
pero ya nunca como siempre.
Reencontrar, al fondo del cajón,
los impulsos, las sonrisas,
la certidumbre
de saber que una se equivoca.
Y justo entonces,
equivocarme.
Equivocarme estrepitosamente
equivocarme poco a poco
equivocarme a lo ancho y a lo largo,
de arriba a abajo y de lado a lado,
equivocarme contigo
de cualquier forma
y hasta las tantas.
"A toda la gente creativa que en el transcurso de las épocas se ha sentido atraída por el riesgo, ha querido ser diferente, se ha atrevido a desafiar el statu quo y ha puesto el dedo en la llaga, influyendo muy positivamente en el mundo que nos rodea" (Zelinski)
A l@s que leéis desde la sombra, más o menos lejos pero siempre cerca.
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
[M. Benedetti]
Es proponiéndose lo imposible como el hombre ha logrado siempre lo posible. Aquellos que se han ceñido a lo que les parecía factible, jamás han avanzado un solo paso.
17.6.12
17.3.12
Si pudiera
Sé que voy a quererte
sin preguntas.
Sé que vas a quererme
sin respuestas.
(Mario Benedetti)
Saltarme los límites
como a la comba
sobretodo,
no sé si sabes cuáles:
los límites de las antítesis.
Olvidar quién soy,
y más quién era, quién querría.
Seguir un instinto
como a los hilos invisibles
entre la ropa
que teje una araña
responsable.
Retorcer un quizás
entre las manos temblorosas.
Deshacerlo,
echarlo al mar
y olvidarlo.
Decir sin rodeos
que no te entiendo
y que está bien así.
Escribir en verso
con los ojos cerrados,
en la palma de la mano:
como antes
pero ya nunca como siempre.
Reencontrar, al fondo del cajón,
los impulsos, las sonrisas,
la certidumbre
de saber que una se equivoca.
Y justo entonces,
equivocarme.
Equivocarme estrepitosamente
equivocarme poco a poco
equivocarme a lo ancho y a lo largo,
de arriba a abajo y de lado a lado,
equivocarme contigo
de cualquier forma
y hasta las tantas.
15.3.12
Señales
Quizá es eso de encontrarse con tres libros seguidos que contienen en su título -mirándote con un sarcasmo inusitado para ser la portada de un libro- la palabra lluvia, mientras recorres casi de memoria esa librería a la que vas cuando necesitas perderte, sea cual sea tu rutina urgente en el calendario. O que haga un año y seis días del último día de invierno del año pasado. O leer a escondidas letras de Extremoduro por no sé qué antítesis recurrente. Quizá es haber vuelto a recuperar la lectura, a tropezarte por la calle con desconocidos por estar más pendiente de acabar la página que de tener en cuenta que por la calle real también andan otras personas (introducid aquí, mentalmente, aquel fragmento de Benedetti que habla sobre la Gente). Quizá es volver a escribir en este blog, y es mucho más lo que no escribo que lo que vuelco. O es tener que replantearse de nuevo el futuro, como en el mundo a cada rato. Seguramente tiene algo que ver con esa sensación de ser inmensamente rica al margen de la pantalla del cajero automático (y en general, al margen de todo lo demás). Quizá con que, de todas las horas de música, Spotify haya decidido hacer sonar No sé qué hacer con mi vida y justo después When your mind's made up. Quizá es compartir la conversación exacta en el momento preciso.
O quizá no es nada de todo eso y sólo vemos señales cuando queremos verlas, igual que cuando te rompes un brazo y vives, de repente, en un mundo lleno de gente escayolada.
O quizá no es nada de todo eso y sólo vemos señales cuando queremos verlas, igual que cuando te rompes un brazo y vives, de repente, en un mundo lleno de gente escayolada.
10.3.12
Ahora que no me ve nadie
Ahora que no me ve nadie (y especialmente ahora que no me ve mi madre), voy a caminar a ninguna parte hasta que mis pies digan basta; a dejar los platos sin fregar; a beber café a las dos de la mañana; a no poner el despertador; a dejar que suene el teléfono y obviar que existe el correo; a abandonar a su suerte a la bolsa de la basura en el pasillo; a dejar que se moje la ropa tendida cuando llueve; a comer galletas de chocolate antes de la hora de comer; a poner punto y coma cuando en realidad ahí va una coma e incluso un punto;
ahora que no me ve nadie voy a echarte tanto de menos que pueda recordar el iris de tus ojos o los dedos de tus pies
ahora que no me ve nadie voy a echarte tanto de menos que pueda recordar el iris de tus ojos o los dedos de tus pies
8.3.12
Punto de fuga
Ese punto de fuga donde se construyen los sueños, donde sólo conoces dos estrategias que a menudo peligrosamente se entrecruzan: caminar -un pie detrás de otro, en tus botas de cuero, como si las calles nunca fueran a terminarse, y luego hasta que se terminan y ya sólo hay carretera, y bosque, y luego más calles, playas, gentes- y leer -página tras página, sin ver las letras ni las palabras sino sólo la vida proyectándose dentro de ti-..., y en ese punto tan concreto e indeciso es difícil poner en palabras la respuesta a la pregunta cómo estás. Preferirías admitir tu ignorancia (no, no tienes ni la menor idea de cómo estás, sería para preguntarle a tu respuesta: ¿consideras que se puede ser feliz a rabiar y profundamente desdichado en un mismo momento y lugar?), pero el normotipo dicta una respuesta, una única respuesta válida y duradera, así que te arrancas un gajo y lo sueltas, con su acidez y sus semillas, y dices cosas como "bien, pero" o "bueno, cansada" (de la ausencia de esos ojos, que tampoco son en verdad esos ojos; de la máscara que cubre los tuyos como un impermeable; de la inercia y los días soleados; del gancho que tira de ti si te resbalas). En ese punto de huida hacia dentro las palabras tienen un sentido relativo, distorsionado, sinestésico: azul, música, lluvia, conveniente, antítesis. Atesoras la soledad como si fueran las gemas que te faltan, y de repente asistes perpleja al final de las escaleras del metro o la filigrana del portal de tu casa, preguntándote qué haces allí en el sentido más literal. Las personas, interrogantes; las tareas, postergables; las paredes, de cartón; sólo tú, tus pies y las páginas de ese libro que alguien, un día, escribió para ti sin conocerte.
Para...
A l@s que leéis desde la sombra, más o menos lejos pero siempre cerca.
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Lo que la lluvia inspira...
...y lo que el tiempo trajo.
Porque compartir es vivir:
Ando asomando la cabeza por...
- BAUGMAN, Z. Tiempos líquidos
- GAARDER, J. Maya
- MAILLARD, C. Hilos
- MONTESSORI, M. Ideas generales sobre el método
- SUBIRANA, V. Una maestra en Katmandú
Declaración de principios (I)
"Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo que el maestro denomina mariposa" (Richard Bach)
Declaración de principios (II)
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
[M. Benedetti]

