12.8.12

11-16: La función acaba de empezar

Segunda semana. Todo empieza a parecer "normal". Desayuno como nunca había desayunado: porridge (gachas), pan negro con mantequilla, té o café con leche... y me parece normal. Ya no tengo tanta hambre a la hora de comer y sí, en cambio, a la hora de cenar (que en España es la hora de merendar)...y me parece normal. Empiezo a conocer a gente, las calles y los lugares empiezan a parecerme familiares, y creo que ya domino el autobús para volver a casa ;P Todo tiene un cierto aire de familiaridad ahora, de una normalidad que no sé si acabará de llegar nunca.

Esta semana ya no había curso de cocina, así que he estado todo el día con G., hasta la hora de cenar. Ha sido una semana corta e intensa. He descubierto que puedes pasarte un día entero pintando y decorando una caja y luego creando un vídeo con los juguetes, y que además es bastante divertido.
También hicimos galletas de naranja (receta por cortesía de Brennan's cookshop), que además de estar riquísimas, nos llevaron toda la mañana... Ahí veis por qué:
Una de las cosas que me gustan de mi hostfamily es que son muy, muy detallistas

Por otra parte, tener pase gratis en el bus turístico es una buena estrategia para pasar un gran día en el parque; y entonces, de repente, te hallas perdida en círculos en una ciudad que no es la tuya y encuentras un café que se llama Serendipity, y como no crees en las casualidades, paráis a tomar algo allí y de repente encuentras el camino de vuelta a casa y sin darte cuenta habéis compartido una nueva aventura...
Por cierto, au pairs y futuras au pairs en Cork centro, no os perdáis el parque Flitzgerald, tanto para ir con niños (la zona de juegos está bastante bien) como para ir a dar un paseo. Está al lado de la UCC :)

Además, hasta el día 18 en Cork Opera House se puede asistir a la representación de "The sound of music" (Sonrisas y lágrimas).
Allí nos fuimos el jueves, después de pasar el día en el parque y, la verdad, fue una maravilla. Os lo recomiendo si todavía estáis a tiempo de ir.
Cork Opera House
The sound of music
Desde mi asiento... la función va a comenzar

Así, de repente, te plantas en el viernes, alguien te regala algunas horas libres... Sales de casa sin chaqueta por primera vez desde que llegaste (¡incluso para ti, hace calor!), miras a tu alrededor y te encanta lo que ves, paseas por las calles, te pierdes, te pides un sandwich, compras, vuelves, enamorada de tu vida, a jugar un rato... Y así, los días pasan rápido y las semanas, también. Te alegras de que sea la segunda de muchas semanas aquí, porque hay tantas cosas por hacer...

También os dejo alguna foto de mi primer paddywagon, a Dingle, en el que veréis algunos buenos motivos por los que vale la pena madrugar (mucho) en sábado. Paddywagon es una compañía que se dedica a organizar viajes en autobús muy baratos alrededor de Irlanda; es una buena opción para ver lo principal en poco tiempo y con poco dinero (en mi opinión, muy guiri... pero bueno, para eso estamos). Lo bueno del viaje a Dingle es que es bastante abierto (no hay un tour guiado por Killarney o Dingle, visitas cada lugar "a tu aire"). Durante el viaje conocí a tres chicas de Hungría; una de ellas está aquí como au pair, y las otras dos son maestras. ¡Qué pequeño es el mundo! Y siempre conoce una a personas maravillosas allá donde va... Lástima que ellas están al final de su estancia aquí, así que probablemente no nos veamos nunca más (o sí, ¿quién sabe), pero en cualquier caso, pasamos un día formidable juntas.
Parada y fonda en Killarney
Enamorada del verde y los paisajes...

De cómo, simplemente, perderse en la niebla.

Y de repente, la niebla empieza a disiparse y lo ves todo mucho más claro.
¿Queréis probar un buen helado? ... a Murphy's
Puerto de Dingle
Paisajes de Dingle
Paisajes de Dingle (II)
Inch Beach, una de las playas más famosas de co. Kerry

Inch Beach, una de las playas más famosas de co. Kerry (II)

Y este ha sido un breve resumen de mi semana... ¡Creo que las imágenes dicen más que lo que yo os pueda contar!

10.8.12

1-10: Hoy será mi primer día ...y mañana también

Intento describir los primeros 10 días en Irlanda, aunque me es muy complicado cristalizar las emociones sin olvidarme de los datos (fechas, sitios)... Me faltan las fotografías, las sonrisas de complicidad, los olores, los suspiros; me faltan palabras para describir cómo aclimatarse al no-frío o cómo se adapta tu nueva piel a entrar en el supermercado y no saber qué son la mitad de productos que ves.
La palabra para describirme el día que llegué a Irlanda es, claramente, "agotamiento". Había pasado el día en mi querida Barcelona, intentando no pensar en lo que iba a venir y disfrutando del momento (con éxito). Visité a unas amigas que conocí en un curso sobre Montessori (sabía que un ambiente preparado me aclararía las ideas), bebimos, comimos, reímos, debatimos y no pensamos en nada que no fuera el presente, pese a que las tres sabíamos que en cuestión de días o semanas estaríamos una, en Irlanda, la otra, en Alemania y la siguiente, en Argentina. Después disfruté de la compañía de mi familia. Desde las cinco de la tarde no quería moverme del aeropuerto: sentía venir la transición, quería apropiarme de ese espacio aséptico antes de respirar hondo y subirme a ese avión.
El vuelo, como siempre que viajo a algún lugar, se me hizo a la vez muy corto y muy largo, dejémoslo en atemporal. Pocas cosas me relajan tanto como viajar sola, ese espacio en mi cabeza y ese tiempo regalado en el que puedo, sencillamente, reflexionar. Veía pasar las luces, siempre me siento al lado de la ventana, era noche cerrada gracias, en parte, al retraso de dos horas del vuelo ante el que, a mis ojos, la expresión de todo el mundo parecía ser "ya te apañarás, fue decisión tuya"... Veía todas aquellas luces acercándose y alejándose, formando extraños patrones, y aquellas personas a mi alrededor con un mismo destino, y todo tenía un extraño tinte onírico, como si no estuviera sucediendo de verdad, como si al día siguiente fuera a despertarme en mi cama y ducharme en mi ducha y vivir mi vida de siempre sin cambio alguno.
Y de repente, aterrizamos. Probablemente la única media hora de nervios, ¿estarían esperándome pese a ser tan tarde? ¿Sería todo como lo imaginaba? Me puse mi mejor chaqueta (insuficiente) y, riéndole al frío, me dirigí a buscar la siguiente parte de mis 27kg. Me sentía extrañamente sola y libre y feliz. Allí estaban, los tres, esperando al futuro cuarto miembro de la familia: yo, con un cartel muy colorido que me daba la bienvenida a Cork. La aventura estaba a punto de empezar.
Sin atreverme a rechazar nada, estuve un rato hablando con ellos en el salón antes de irme a dormir. (De todas maneras, tampoco pensaba dormir mucho, ni veía el momento de cerrar los ojos sabiendo que me despertaba en una vida diferente). Me despertó la alarma, sin darme cuenta de que no había cambiado la hora al reloj y que acababa de regalarme una hora para deshacer mi equipaje y preparar la cesta con mi regalo a la familia que iba a ser mi "hostfamily" los próximos meses...
Los primeros días en un lugar tienen siempre algo de definitorio. Escoges tu lugar en la mesa, o tu taza para el desayuno, o el horario en que te pertoca ducharte; empiezas a vislumbrar cómo serán las relaciones entre las personas y entre tú y esas personas. En la radio sonaba una y otra vez la canción que da título al post anterior, "Move in the right direction", y yo no podía parar de pensar en esa frase día y noche. Todo a mi alrededor estaba lleno de primeras veces que recordaría con cariño.
En mis dos primeros días en Cork, visitamos la ciudad. Por primera vez vi cómo se preparaba un té con leche. Monté por primera vez en la "red route" del autobús turístico. Me tomé, cómo no, mi primera Guiness, en compañía de mis hostparents mientras les explicaba cómo funciona en España eso de irse de fiesta y me miraban con cierta envidia. Fuimos a un restaurante a cenar y probé el pudding negro (¡os lo recomiendo!). Hablé por los codos. Visitamos Blarney y besé la piedra que se supone que te hará hablar por los codos (¡glups!). Por cierto, no dejéis de visitar Blarney. Fui de compras, porque una es muy inteligente hasta que se deja en su casa, fuera de la maleta, los únicos 8 pantalones que posee en el mundo. Volví a ir de compras, las que conocéis Penneys sabréis por qué.
El primer día de trabajo estaba aterrada por si se me olvidaba la parada de autobús, por si no sabía qué hacer de comer, por si nos aburríamos tantas horas en casa. Llovía. Al final, estuvimos pintando con moldes hechos con patata durante un buen rato, hicimos un par de pósters y para cuando me quise dar cuenta, era la hora de comer. Mi niña estaba apuntada a un curso de cocina de una semana, así que la primera semana fue de lo más relajada. Tuve tiempo para entender cómo iba a ser la rutina a partir de entonces (¡una maravilla!).
El trabajo estaba claro: los días de lluvia, manualidades y juegos en el jardín; los días de sol, ¡a la calle!; para comer, lo que se pudiera siempre y cuando fuera medianamente sano; probar y que me gustaran todos los platos que traía "mi" niña del curso de cocina; y el tiempo de ocio... bueno, eso es otro asunto. Como de costumbre, me encanta simplemente perderme entre las calles de la ciudad (¿veis?, salgo barata).
Hacia el tercer o cuarto día de trabajo, cuando llevaba casi una semana aquí, empecé a darme cuenta de que todo esto iba en serio. De que me iba a quedar aquí un año entero. De que esta habitación, preciosa, cálida y acogedora, pintada de lila con muebles blancos, va a ser mi habitación y esta casa, que a mis ojos parecía y sigue pareciendo un palacio, va a ser mi casa, o mi "host-hogar". Y pasado el primer susto, la idea me gustó tanto que, de momento, sigo aquí.
El primer viernes había un encuentro de aupairs en un pub y descubrí que la hospitalidad de mi hostfamily no tiene límites. Me llevaron en coche, me vinieron a recoger y después, al llegar a casa, me ofrecieron una taza de té y galletas. Empezar a conocer gente en la misma situación que una es un cierto alivio. Era una de las grandes preguntas sin respuesta. ¿Me costará hacer amigos aquí? ¿Cómo será eso de volver a tener vida social después del año que pasé en Barcelona?
El fin de semana del 4-6 de agosto, dado que el lunes había puente, nos fuimos a la casa de la playa en Courtmacsherry junto con dos amigas de G. (la niña que cuido). ¿Qué puedo decir? Es un pueblo encantador, una casa encantadora, una familia encantadora, pasamos un encantador fin de semana; el domingo cenamos en un restaurante mientras veíamos el combate de boxeo y me alegré con todos tras el resultado; vimos los fuegos artificiales; hicimos senderismo por la zona y descubrí que hay algo mágico en esta isla, algo indescriptible en los paisajes y en las personas que te cruzas en tu camino... hay algo mágico que se esconde entre ese verde característico y el azul del mar en el horizonte nublándote la vista mientras intentas seguir el sendero que paso a paso descubren tus pies. El lunes estuvimos en Kinsale, para mi deleite, ya que pensaba que nos ya íbamos y volvería a echar de menos estar cerca del mar. Compramos chocolate en KoKo's, descubrí un rincón al que necesito volver (una librería - cafetería - club de lectura, ¿a alguien le suena?, ¡no recuerdo el nombre!), nos montamos en las atracciones de la feria, bebimos café, comimos helado y "scoons" con mermelada, nos dimos una ruta turística en barco... Fotografías y más fotografías.
Poco a poco vas descubriendo cosas: que no pagan por el agua; que comen muy rápido; que, si te concentras, es posible entender el inglés incluso cuando hablan deprisa y con un acento cerrado; que todo es un poco más caro aquí; que puedes aprender de su hospitalidad; que hacer amigos no será tan complicado; que aquí aún notas diferencias tangibles entre ambos sexos; que lo más complicado no es, para nada, el cambio de costumbres o de comida, sino el cambio de clase social; que siempre habrá alguien dispuesto a echarte un cable; que te encanta el té con leche; que tienen las mejores tiendas de "baking" que has visto hasta ahora. Que tu mirada se ha llenado del verde de la hierba, los colores ocultos en las piedras de la playa y las risas de las niñas jugando por la mañana.
Y así, poco a poco, como si fuera algo natural e inevitable, te vas enamorando de Irlanda, de sus paisajes, de su comida, de su gente, incluso de su lluvia y su frío.

0 - Move in the right direction!

Inicio etiqueta y auguro que, si consigo sacar tiempo de entre la verde hierba, os esperan unos cuantos posts de longitud considerable.
Vamos a empezar por el principio... ¿Quién soy y qué estoy haciendo aquí? En realidad voy a saltarme la primera pregunta.
Tras acabar magisterio decidí que era el momento de vivir en mi adorada Barcelona. Podían pasar dos cosas: que se desmontara el mito o que creciera todavía más. Y fue la segunda. Así que pensé: si siempre has querido vivir una temporada fuera de tu país, ver mundo, conocer gente de otros lugares... ¿por qué no ahora? Si una cosa te ha salido tan, tan bien (pese a tener tanto en contra), ¿por qué no iban a ser dos?
Automáticamente mi mente racional me recordó que estaba sin un duro, así que empecé a darle vueltas al asunto y decidí pedir la beca de idiomas destinada a maestros. Como en La oruga dormida ya he dado suficientemente la tabarra con los temas burocráticos, me voy a ir a la parte divertida del asunto y os diré que, a día de hoy, sigo teniendo el número 766 en la lista de espera.
A raíz de la beca de maestros, surgió la idea de ser au pair. Quería ir a Irlanda porque Anna escribió en un papel todos los nombres de posibles destinos que ofrecía la beca y, al final, de los tres que salieron, Belfast y Galway eran los más baratos. (¿Qué pasa? Es una razón como otra cualquiera)
A partir de entonces empecé a visitar webs de aupairs, perfiles de familias, perfiles de aupairs, webs sobre Irlanda, a preguntar a todo el mundo. Pasa como cuando te rompes una pierna y de repente vives en un mundo de escayola: que empiezas a darle vueltas a la idea y sin comerlo ni beberlo conoces a cinco personas que han viajado como aupairs a otros países. Empiezas a hablarlo con la gente, pides opiniones, te estudias las webs, porque una es así de metódica, aunque en realidad había decidido que me iba desde el momento 0 en que la idea pasó por mi cabeza. ¿Se puede ser impulsiva y exhaustivamente metódica al mismo tiempo? En fin.
El caso es que ya habías ido abonando el terreno y un día vas y te plantas. Estás cenando en tu casa y haces LA pregunta. ¿Estaría muy mal si me fuera un año a Irlanda como au pair? La mesa se acaba de convertir en un recital mudo de poesía, pero tanto tú como tu familia sabéis perfectamente que es una decisión tomada y meditada...
Dos semanas más tarde estás pagando el vuelo con un dinero que en realidad no te puedes gastar, para ir a vivir en la casa de personas que no conoces, con un idioma y unas costumbres que no son las tuyas, lejos de todo lo que conocías hasta ahora. Y estás inquietantemente tranquila.
Dos meses más tarde sigues sin tener un duro y haces realidad la historia que le contarás algún día a tus nietos sobre cómo te fuiste un año a vivir a Irlanda con sólo 50€ en el bolsillo.
Siempre he dicho que en esta vida no tendré mucho dinero, pero soy muy, muy rica, gracias a las personas que me rodean. Nadie entiende muy bien cómo, las cosas acaban saliendo bien o incluso mejor. Yo sabía que eso tenía que repetirse una y otra vez, que el mundo está lleno de personas maravillosas y que, si hasta la fecha las palabras nunca me habían fallado, tampoco lo harían ahora. Después de tantos emails, de tanta charla y fotografías... tenía que ir bien.
Las últimas dos semanas en España estuve despidiéndome de todo el mundo y, de paso, aproveché el tiempo que no había tenido durante mi año en Barcelona para retomar y fortalecer amistades. Así, sin comerlo ni beberlo, pero comiendo y bebiendo mucho, aquellas dos semanas se convirtieron en mi mejor verano y el preludio a un verano todavía mejor (si cabe).
Total: Que sin entender muy bien cómo, te encuentras sola en el aeropuerto, intentando averiguar de dónde sale tu vuelo, cargada de maletas y cosas, tus cosas, los únicos 27kg que posees en esta vida a parte de los que tú pesas. Y recuerdas esa frase que te acompaña desde hace tiempo, o quizá desde siempre: "Omnia mea mecum porto", lo que tengo lo llevo conmigo. Y sabes que, pase lo que pase, estás en el camino correcto.

8.7.12

Barcelona

Cuando buscaba piso en Barcelona, cada vez que no recibía respuesta o un piso me decepcionaba demasiado como para plantearme vivir en él, eso añadía a mi agotamiento habitual más horas de trenes, autobuses y esperas, además del desgaste típico de los comentarios "¿pero no habías encontrado ya uno que...?". Parecía que había que dar explicaciones a todo el mundo. Pero después, en la tranquilidad de mi casa, mientras preparaba la cena a las tantas, pensaba: "No pasa nada. Esto es sólo porque algo mejor tiene que llegar, tiene que estar ahí para mí, esperándome..."

Empezaba ya a acercarse el período crítico en que, para llegar a todo a tiempo, iba a tener que dormir 3 o 4 horas diarias y, el resto, en el transporte público. Y era verdad, yo tenía razón: Un día, en algún punto cerca de la Sagrada Familia, A. se decidió ¡por fin! a escribir aquella oferta que acababa con "tengo un bebé, así que tienen que gustarte los niños"... y aunque nunca había escrito a nadie que no pusiera fotos en su anuncio, le escribí. El día que fui a ver el piso, os confieso que casi no vi el piso, sólo me quedé con la simpatía y la amabilidad que desprendía ella y con la sonrisa del peque, que nada más verme se echó a mis brazos como si me conociera desde que nació, gesto que probablemente supuso la diferencia entre darme la habitación a mí o a otra persona.

Salí de allí con la seguridad de que pronto tendría un lugar donde dormir y empezar a soñar en Barcelona. Recorrí varias veces todo el barrio, aprendiéndome las calles porque sí, aquel iba a ser mi barrio, aquella iba a ser mi calle. La primera noche en Barcelona estuve sola en el piso y me sorprendí de no tener miedo, ¡cuántas horas libres tenía ahora! Cené la tortilla de patatas más rica que he probado nunca, porque la había hecho en mi primer hogar fuera de la casa de mis padres...

Aunque, claro, al cabo de unos días entró en mi vida L., la pareja de A. y padre del bebé, y que volvieran a estar juntos supuso para mí varias ventajas, la más importante: en aquel piso, no volví a cocinar. ¡¡¡Qué bien cocina L.!!!

Sólo a mí me podía pasar que, al buscar piso por primera vez, topara con unos compañeros de piso que me trataron como si fuera su familia. Despertarse y encontrarse a un músico en el salón, tocando con calma la guitarra, que te prepara el café mientras juegas alegremente con su pequeño... es la mejor manera que he encontrado hasta hoy de afrontar los trabajos de la universidad. ¡La pereza está prohibida! He disfrutado de cada segundo con ellos, y por supuesto con su pequeño. La mayor parte de la gente, al explicar la situación, me decía: "¿Y no te molesta estudiar en casa con el niño por allí?" Pero, ¿cómo me iba a molestar estar repasando y que viniera a llamar a la puerta con sus manitas para jugar a encender y apagar la luz? ¡Si con esa sonrisa de pillo y esos ojos azules era mucho más fácil poner cada cosa en su lugar! Es sabiendo que la importancia de un examen es relativa como mejor puedes entender su contenido, por el contenido en sí, por lo que supondrá para el futuro, no por la ansiedad de sacar un 0, o un 5 o un 10. Y no hay nada que te ayude más a relativizar las cosas que la risa o el llanto de un bebé.

Estos meses en Barcelona han sido siempre muy caóticos. Seminarios, charlas, reuniones, cursos, jornadas, exámenes, trabajos, todo se iba sucediendo, parecía no tener fin. Sin embargo, inexplicablemente, siempre había tiempo para escaparse a perderse por las calles de la ciudad y respirar el significado de la palabra felicidad. Para averiguar de qué iba aquella exposición, ir a ver a aquel grupo, pasarse por aquella librería que descubrí una vez... o simplemente ir al parque. Y, cuando no había tiempo para nada de todo esto, A. cerraba la cocina y la puerta de mi cuarto y decidía que nos íbamos a comer sushi a algún buen restaurante, porque tanto estrés no podía ser bueno para nadie.

Vivir en una ciudad como Barcelona es muy emocionante para alguien que viene de una ciudad pequeña. ¡Si parece que todo está cerca y no hay que desplazarse para formación alguna! Recuerdo ahora aquella frase de hace años que decía: "La libertad es, esencialmente, lo contrario de la pereza" y cobra más significado que nunca para mí.

Jamás me han dado tan igual las horas de sueño como durante estos meses, porque era más importante vivir. Así he cogido los kilos que me faltaban (¡y cómo me faltaban!), así he aprendido que siempre queda tiempo para leer un artículo más... Así sé ahora, como sé, que soy capaz de cosas que nunca me habría imaginado: sobrevivir dos meses sin dinero, mantener un piso, hacer de canguro, dar clases en otra ciudad, y aun así sacar buenas notas. Llegar al colegio con una sonrisa aunque fuera pensando en qué demonios iba a comprar para comer y cenar con menos de cinco euros en el bolsillo y darle uno al señor que tocaba en el metro "Papá cuéntame otra vez" y "Mediterráneo" a la hora que yo pasaba por allí.

Me vuelvo de Barcelona con la mochila tan repleta que todavía no he podido deshacer las maletas porque me derrumbaría todos los esquemas saber muscularmente que al empezar la semana no voy a coger el tren para irme, que no estarán mis niños de P3 esperándome el martes en la puerta de la escuela...
Me vuelvo de Barcelona con tantas nuevas amistades, con las viejas amistades tan reforzadas, con tantas vivencias y tantos aprendizajes, con tantas ilusiones, que creo que no me vuelvo de Barcelona, que mi corazón se ha quedado allí anclado para siempre; que, cuando la vida me devuelva la oportunidad, buscaré un nuevo hogar en esa ciudad maravillosa y dueña de mi fascinación desde que tengo memoria.

17.6.12

Entre dos mundos

Cuando iba al instituto, tenía una profesora de química que siempre nos decía: "Tanto para resolver estos problemas como para resolver los problemas de la vida, sólo necesitáis dos cosas: saber dónde estoy y saber dónde quiero llegar"

Yo creía que sabía bien dónde estaba y empezaba a saber, o a tener alguna ligera idea de, dónde quería llegar, y eso era bastante tranquilizador para alguien de 14 o 15 años. Pero la vida me demuestra cada día que no tenía tan claro dónde quería llegar, y desde luego no tenía ni remota idea de dónde estaba. ¡Si yo era feliz!

Entre dos mundos es como me siento desde que pisé por primera vez la universidad. Casi me habían vendido que era para todos. Casi. Claro. Por eso casi nunca vi a nadie de mi barrio, o del barrio de al lado, o del otro y el otro, desde luego a casi nadie de mi instituto o del otro instituto público del barrio, y desde luego no era porque estuvieran en la privada. Porque era para todos... los que pueden. Como por el camino nos han convencido de que no podemos y no valemos, aquí no pasa nada. Somos de donde somos, y ahí te quedas.

Y ya no es sólo que el "Es que soy de..." haya pasado a formar parte de mis muletillas cuando el mundo me sorprende demasiado, o cuando me doy cuenta de que consideraba normales cosas que no lo eran tanto, o cuando simplemente dejo de entender las mundanales preocupaciones de la gente que ocupa cifras con las que yo comería dos o tres meses en irse de viaje un fin de semana y se gasta en una cena lo que yo en comer todo un mes, pero luego se queja de que, con la crisis, no tiene dinero. ¿Sabrás tú lo que es no tener dinero? (¿Lo sabré yo?)

¿Cómo a unas pocas calles hay gente preocupada por si se compra una chaqueta de 200 euros o esa tan mona de 300 y otra gente preocupada porque con 200 euros hay que dar de comer a una familia y pagar el chándal del colegio de los niños? Sobrepasa los límites de mi paciencia y de mi comprensión. Activa mi instinto de huida sólo porque lo de dar un par de tortas (entiéndanme, con esto, un par de contestaciones mal dadas) no está bien visto en el sagrado recinto de la Universidad. Mira, conmigo no hables de dinero (, g********s, añade mi yo barriobajero mentalmente).

Sería menos grave si, como mínimo, siguiera sintiendo que mi barrio es mío. Tampoco. Hay una barrera psicológica que se ha ido creando a mi alrededor, un misticismo ilógico, como si en la Universidad nos iniciaran en algún tipo de secta o rito satánico que automáticamente hace que tengas que saberlo todo sobre el mundo que nos rodea porque has ido a la Universidad, que si sueltas un taco delante de alguien sea y eso que ha ido a la Universidad, y que contínuamente, en el ascensor, en la calle, los niños te odien y te teman mentalmente porque mira, ella es de ... y ha ido a la Universidad, a ver si aprendes. Ni se te ocurra abrir la boca para explicar la parte del máster, M., ni se te ocurra. De verdad: como si fuera un ritual iniciático. De algo muy chungo.

Mi incomprensión rebasa su límite cuando me doy cuenta de que, en realidad, tampoco la gente que está en la Universidad tiene un nivel de cultura, esfuerzo y dedicación tan elevado ni lo que se nos exige en la carrera (incluso en el máster) justifica tal nivel de selección sistemática en base a Dios sabe qué criterios que yo, de verdad, prefiero no entender.

Como mínimo, todo esto sí me acerca a donde quería estar. En la escuela. Gritando a los cuatro vientos y a los dos mundos que otro mundo es posible.