La palabra para describirme el día que llegué a Irlanda es, claramente, "agotamiento". Había pasado el día en mi querida Barcelona, intentando no pensar en lo que iba a venir y disfrutando del momento (con éxito). Visité a unas amigas que conocí en un curso sobre Montessori (sabía que un ambiente preparado me aclararía las ideas), bebimos, comimos, reímos, debatimos y no pensamos en nada que no fuera el presente, pese a que las tres sabíamos que en cuestión de días o semanas estaríamos una, en Irlanda, la otra, en Alemania y la siguiente, en Argentina. Después disfruté de la compañía de mi familia. Desde las cinco de la tarde no quería moverme del aeropuerto: sentía venir la transición, quería apropiarme de ese espacio aséptico antes de respirar hondo y subirme a ese avión.
El vuelo, como siempre que viajo a algún lugar, se me hizo a la vez muy corto y muy largo, dejémoslo en atemporal. Pocas cosas me relajan tanto como viajar sola, ese espacio en mi cabeza y ese tiempo regalado en el que puedo, sencillamente, reflexionar. Veía pasar las luces, siempre me siento al lado de la ventana, era noche cerrada gracias, en parte, al retraso de dos horas del vuelo ante el que, a mis ojos, la expresión de todo el mundo parecía ser "ya te apañarás, fue decisión tuya"... Veía todas aquellas luces acercándose y alejándose, formando extraños patrones, y aquellas personas a mi alrededor con un mismo destino, y todo tenía un extraño tinte onírico, como si no estuviera sucediendo de verdad, como si al día siguiente fuera a despertarme en mi cama y ducharme en mi ducha y vivir mi vida de siempre sin cambio alguno.
Y de repente, aterrizamos. Probablemente la única media hora de nervios, ¿estarían esperándome pese a ser tan tarde? ¿Sería todo como lo imaginaba? Me puse mi mejor chaqueta (insuficiente) y, riéndole al frío, me dirigí a buscar la siguiente parte de mis 27kg. Me sentía extrañamente sola y libre y feliz. Allí estaban, los tres, esperando al futuro cuarto miembro de la familia: yo, con un cartel muy colorido que me daba la bienvenida a Cork. La aventura estaba a punto de empezar.
Sin atreverme a rechazar nada, estuve un rato hablando con ellos en el salón antes de irme a dormir. (De todas maneras, tampoco pensaba dormir mucho, ni veía el momento de cerrar los ojos sabiendo que me despertaba en una vida diferente). Me despertó la alarma, sin darme cuenta de que no había cambiado la hora al reloj y que acababa de regalarme una hora para deshacer mi equipaje y preparar la cesta con mi regalo a la familia que iba a ser mi "hostfamily" los próximos meses...
Los primeros días en un lugar tienen siempre algo de definitorio. Escoges tu lugar en la mesa, o tu taza para el desayuno, o el horario en que te pertoca ducharte; empiezas a vislumbrar cómo serán las relaciones entre las personas y entre tú y esas personas. En la radio sonaba una y otra vez la canción que da título al post anterior, "Move in the right direction", y yo no podía parar de pensar en esa frase día y noche. Todo a mi alrededor estaba lleno de primeras veces que recordaría con cariño.
En mis dos primeros días en Cork, visitamos la ciudad. Por primera vez vi cómo se preparaba un té con leche. Monté por primera vez en la "red route" del autobús turístico. Me tomé, cómo no, mi primera Guiness, en compañía de mis hostparents mientras les explicaba cómo funciona en España eso de irse de fiesta y me miraban con cierta envidia. Fuimos a un restaurante a cenar y probé el pudding negro (¡os lo recomiendo!). Hablé por los codos. Visitamos Blarney y besé la piedra que se supone que te hará hablar por los codos (¡glups!). Por cierto, no dejéis de visitar Blarney. Fui de compras, porque una es muy inteligente hasta que se deja en su casa, fuera de la maleta, los únicos 8 pantalones que posee en el mundo. Volví a ir de compras, las que conocéis Penneys sabréis por qué.
El primer día de trabajo estaba aterrada por si se me olvidaba la parada de autobús, por si no sabía qué hacer de comer, por si nos aburríamos tantas horas en casa. Llovía. Al final, estuvimos pintando con moldes hechos con patata durante un buen rato, hicimos un par de pósters y para cuando me quise dar cuenta, era la hora de comer. Mi niña estaba apuntada a un curso de cocina de una semana, así que la primera semana fue de lo más relajada. Tuve tiempo para entender cómo iba a ser la rutina a partir de entonces (¡una maravilla!).
El trabajo estaba claro: los días de lluvia, manualidades y juegos en el jardín; los días de sol, ¡a la calle!; para comer, lo que se pudiera siempre y cuando fuera medianamente sano; probar y que me gustaran todos los platos que traía "mi" niña del curso de cocina; y el tiempo de ocio... bueno, eso es otro asunto. Como de costumbre, me encanta simplemente perderme entre las calles de la ciudad (¿veis?, salgo barata).
Hacia el tercer o cuarto día de trabajo, cuando llevaba casi una semana aquí, empecé a darme cuenta de que todo esto iba en serio. De que me iba a quedar aquí un año entero. De que esta habitación, preciosa, cálida y acogedora, pintada de lila con muebles blancos, va a ser mi habitación y esta casa, que a mis ojos parecía y sigue pareciendo un palacio, va a ser mi casa, o mi "host-hogar". Y pasado el primer susto, la idea me gustó tanto que, de momento, sigo aquí.
El primer viernes había un encuentro de aupairs en un pub y descubrí que la hospitalidad de mi hostfamily no tiene límites. Me llevaron en coche, me vinieron a recoger y después, al llegar a casa, me ofrecieron una taza de té y galletas. Empezar a conocer gente en la misma situación que una es un cierto alivio. Era una de las grandes preguntas sin respuesta. ¿Me costará hacer amigos aquí? ¿Cómo será eso de volver a tener vida social después del año que pasé en Barcelona?
El fin de semana del 4-6 de agosto, dado que el lunes había puente, nos fuimos a la casa de la playa en Courtmacsherry junto con dos amigas de G. (la niña que cuido). ¿Qué puedo decir? Es un pueblo encantador, una casa encantadora, una familia encantadora, pasamos un encantador fin de semana; el domingo cenamos en un restaurante mientras veíamos el combate de boxeo y me alegré con todos tras el resultado; vimos los fuegos artificiales; hicimos senderismo por la zona y descubrí que hay algo mágico en esta isla, algo indescriptible en los paisajes y en las personas que te cruzas en tu camino... hay algo mágico que se esconde entre ese verde característico y el azul del mar en el horizonte nublándote la vista mientras intentas seguir el sendero que paso a paso descubren tus pies. El lunes estuvimos en Kinsale, para mi deleite, ya que pensaba que nos ya íbamos y volvería a echar de menos estar cerca del mar. Compramos chocolate en KoKo's, descubrí un rincón al que necesito volver (una librería - cafetería - club de lectura, ¿a alguien le suena?, ¡no recuerdo el nombre!), nos montamos en las atracciones de la feria, bebimos café, comimos helado y "scoons" con mermelada, nos dimos una ruta turística en barco... Fotografías y más fotografías.
Poco a poco vas descubriendo cosas: que no pagan por el agua; que comen muy rápido; que, si te concentras, es posible entender el inglés incluso cuando hablan deprisa y con un acento cerrado; que todo es un poco más caro aquí; que puedes aprender de su hospitalidad; que hacer amigos no será tan complicado; que aquí aún notas diferencias tangibles entre ambos sexos; que lo más complicado no es, para nada, el cambio de costumbres o de comida, sino el cambio de clase social; que siempre habrá alguien dispuesto a echarte un cable; que te encanta el té con leche; que tienen las mejores tiendas de "baking" que has visto hasta ahora. Que tu mirada se ha llenado del verde de la hierba, los colores ocultos en las piedras de la playa y las risas de las niñas jugando por la mañana.
Y así, poco a poco, como si fuera algo natural e inevitable, te vas enamorando de Irlanda, de sus paisajes, de su comida, de su gente, incluso de su lluvia y su frío.


5 comentarios:
Wow mi peque que super aventura, mola un montón la verdad. Yo me di cuenta la gente irlandesa es bastante hospitalaria y las familias con niños amables. Yo también llegué muy tarde a las 3 am, menudo frio lloviendo yo que iba con camiseta de tirantes a ponerme una sudadera, y me esperaba Catherine.
Jaja lo de Penneys es lo más barato y tiene ropa chula, jiji, se me olvidó decírtelo, pero es fácil descubrirlo.
Me alegra mucho que la familia sea tan generosa, te lo mereces y ellos se merecen a alguien cerca como tú que le ayude a cuidar y crecer a su niña.
Me encanta todo lo que cuentas cielo, que grande eres la verdad, sigue así bonita, vas a crecer mucho más. Un abrazo enorme mi niña. Muakssssss
UUUUUOOOO!!! se me están poniendo los dientes largos, seguro que no necesitan otro au pair?? que valliente en serio, y mas con tu edad -quien la tuviera- solo espero que tevaya genial y mejores mil el inglés, yo aqui tengo unespañol con el que me cuesta decir "ey, ahora ahablamos en ingles", pero bueno, eso lo unico que hara es ralentizarme en el aprendizaje. En fin, pasalo genial y sigues escribiendo asi de bien, un abrazo
Tienes razón, Noe, son muy hospitalarios y amables en general :) Es un país muy bonito, además...
Juan, todo es ponerse a buscar, también hay au pairs chicos (menos, pero los hay ;P). A mí no me parece tan valiente, al fin y al cabo me están tratando genial.
Lo de cambiar el idioma con los españoles a mí también me pasa, al final la solución es que siempre haya alguien de algún otro lugar, jajaja
Un abrazo a los dos y gracias por comentar
De la lluvia y del frío sobre todo (¡qué envidia, M.! ¡A ver cuando espabilo y me busco yo un chollo de esos!).
Cómo molan los Irish, eh?? Sabía que te iba a encantar, en general los irlandeses son como los describes y sus parajes son simplemente increíbles. El verde de Irlanda te deja sin palabras: no hay otro igual.
Disfruta cada instante (mejor dicho, sigue disfrutando exactamente como hasta ahora)
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