26.12.08

¿Pensar cansa?

Nunca me ha resultado difícil distinguir entre fantasía y realidad. El problema ha sido distinguir entre imaginación recordada y realidad recordada. Eso es algo muy distinto. Siempre sabía diferenciar entre lo que me había inventado y lo que realmente había observado o vivido. Pero conforme avanza el tiempo, puede resultar complicado distinguir entre los sucesos reales y los inventados. La memoria no tiene compartimentos para cosas que he visto y oído y para cosas que he imaginado. No tengo más que un solo recuerdo, y en él deben tener cabida tanto las impresiones sensoriales del pasado como la vida imaginada. Y las dos juntas constituyen lo que se llama memoria. Sin embargo, a veces pienso que es la memoria la que me falla cuando de vez en cuando se me mezclan las dos categorías. En el mejor de los casos, se trata de una formulación poco precisa. Cuando recuerdo algo como realmente vivido, aunque sólo sea algo que haya soñado, es porque mi memoria es demasiado buena. Siempre he considerado un triunfo de la memoria el ser capaz de recordar sucesos que sólo han tenido lugar en mi imaginación.

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Traje conmigo de mi infancia y adolescencia notas para cientos de historias. Se trataba de bocetos para toda clase de cuentos, novelas y relatos, y también para obras de teatro y guiones de cine. Jamás hice ningún intento de elaborar y desarrollar alguna de esas ideas, creo que ni siquiera se me ocurrió. Con tantísimas tramas para elegir, ¿cómo saber cuál escoger para una novela?
De todos modos, nunca hubiera logrado escribir una novela, pues siempre he tenido demasiada inspiración. Estaba tan inspirado durante mis procesos de pensamiento y anotación que constantemente era interrumpido por mi propio razonamiento discursivo al surgir sin cesar ideas nuevas y a veces mucho mejores que las iniciales. Los novelistas tienden a concentrarse en una misma idea durante mucho tiempo, a veces varios años. A mí eso me parecía una falta de energía, de lucidez mental.
Aunque hubiera sido capaz de concentrarme para escribir una novela, no me habría dado la gana hacerlo. No habría tenido motivación suficiente para escribir una novela, una vez que la idea había sido concebida y se encontraba a salvo en una libreta o carpeta. Lo más importante ha sido recoger y aislar la mayor parte de las ideas, o lo que luego pasé a llamar temas y sinopsis. [...] El meollo de este noble arte de pescar capturando y soltando es precisamente que carece por completo del elemento de captura o utilidad. Se pesca porque es algo maravilloso. Pescar es un juego sutil, un arte noble. La comparación me hace pensar en Ernst Jünger, que escribió en uno de sus diarios de guerra que uno no debe sufrir por un pensamiento que se escapa. Es como un pez que se suelta del anzuelo y vuelve a las profundidades para emerger luego más grande... Si, por el contrario, se saca al pez del agua y se le mete en un cubo de plástico, significa un adiós definitivo al posterior desarrollo del pez. Exactamente lo mismo se puede decir de la idea de una novela si es desarrollada y fijada en una forma más o menos lograda, por no decir publicada. Tal vez la vida cultural se caracterice por capturar demasiado y soltar demasiado poco.

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El vendedor de cuentos, Jostein Gaarder

De acuerdo, quizá no son los fragmentos más adecuados, pero no tengo el libro a mano y aún no he llegado al punto de memorizarlo. En cualquier caso, recoge bien la idea principal: Imaginar, pensar. Así, en infinitivo.

No sé si las personas nos cansamos de pensar o no. Depende. Pensar en palabras no cansa, porque es como seguir un hilo. Es lineal. Es simple, hasta cierto punto. Por otra parte, el metalenguaje puede llegar a ser extremada(y curiosa)mente abstracto. Pero el problema viene cuando piensas en imágenes, en música, sin dimensiones ni tiempo, en abstracto y con varios "hilos" a la vez (no necesariamente todo, aunque puede haber combinaciones muy interesantes). Estresa porque la manera de materializar las ideas: de soltarlas, de liberarnos, es a través de las palabras ("El otro día se me ocurrió que..."), pero todo eso no sólo no es real, no sólo nunca será real, sino que, además, es inexplicable, como un fenómeno paranormal. No hay manera humana de verbalizarlo. Invade la sensación de ir demasiado deprisa sin estar en movimiento. Se recalienta el motor. Si tuviera que ponerle un nombre, sería solipsismo. Quizá por eso no deja de parecerme curioso que, cuando un niño autista interactúa, lo llamen "isla" de normalidad. ¿Isla?

El solipsismo -habrá quien lo llame imaginación, aislamiento o pensar demasiado, a mí me gusta llamarlo así- sí que cansa. Pensar no, nunca. Pensar en algo, pensar en los otros, pensar en la manera de hacer algo, ... el mismo verbo exige el régimen, ¡exige compañía!, porque "pensar en" tiene algo de social: se piensa narrando, con espacio, tiempo, personajes y acción. Como la vida misma. Si vivir cansa, entonces pensar también, y no sé si al revés.

"De peus a terra"

La viñeta: no tengo muy claro de dónde la saqué, pero desde luego


una imagen vale más que mil palabras.

A veces, regresar a la realidad duele, y después de actualizaciones anteriores, además de doloroso era estrictamente necesario. Tocar de peus a terra. Aun así, sigue sin haber ningún huequito a la desmoralización. Pues faltaría más. Cuanto más haya que hacer, mejor, menos nos aburriremos, ¿o qué?

24.12.08

¿Feliz? ¿Navidad?


Este año mi corazón se resiste a dejar pasar lo que todo el mundo llama espíritu navideño. Quizá porque, después de toda una vida temiendo los puntos suspensivos de la frase "aprovecha estas navidades con tu abuela...", que hayan llegado las primeras navidades en que realmente echo en falta a alguien es casi surrealista y lo vivo en un estado de permanente aturdimiento.
Quizá, también, porque lo que la gente llama espíritu navideño: disfrutar con los tuyos, contemplar la luz que llena las calles, la ilusión por montar el pesebre, la búsqueda incesante de regalos en los que mimas hasta el último detalle, la sorpresa de recibir algo envuelto especialmente para ti..., son cosas que puedes hacer habitualmente.
Y soy la clase de persona capaz de ello. Capaz de pasarse una tarde cualquiera buscando X regalo para Y persona, o de decidir que le apetece montar ves-a-saber-qué con su hermana o de pasear casi a diario sólo por el placer de detenerse en los pequeños detalles (la luz, la perspectiva, las nubes, el agua de las fuentes, los niños riendo, las baldosas, las matrículas de los coches...). ¡Por no hablar de lo nerviosa que me pone no poder comer en familia durante más de una semana!
Llevo la Navidad conmigo la mayor parte del año. Siempre he creído que la Navidad es mi periodo menos navideño. Este año, además, está en un segundo o tercer plano. No sólo es porque eche de menos a mi abuela: mucho, muchísimo, y así será cada día de mi vida hasta que sea yo a la que haya que echar de menos.
Pero el acontecimiento importante para mí no deja de ser otro, uno muy distinto de la Navidad: por primera vez no me supone esfuerzo alguno tener que pasar un periodo vacacional estudiando. Porque por primera vez adoro lo que estudio. Y pensar que han tenido que pasar 18 años para poder hacer lo que quiera, ¡menuda tomadura de pelo! Pero por primera vez la que decide soy yo.
Y, ya puestos, decido que voy a pasar las navidades lo más alegre posible.
Feliz año.

23.12.08

Una historia de ésas.

Tengo una historia de dos escrita por una. Escrita sin más, a pelo, en la piel; como con esos rasguños que te haces sin darte cuenta y no ves hasta que han pasado las horas y ya es difícil saber qué, por qué o con qué narices te hiciste. Una historia hecha de arañazos tiernos y zarpazos dolorosos. Zarpazos de esos que te dan sin darte cuenta y no ves hasta que han pasado los meses y ya es difícil saber por qué. Adictiva hasta límites insospechados, rezumando literatura y cine, una historia melómana desde un punto de vista y el silencio más estricto desde el otro; lejana en el recuerdo, como las risas de los niños en el parque, pero rebosante de recuerdos de esos que martillean en los oídos y en las venas durante años; incitante como el juego para el ludópata, fría como el agua de la playa en una tarde azul de verano. Una historia que es como una herida que no llega a ser cicatriz, una cicatriz que no deja de doler ni ser querida, una cicatriz que sólo guarda para sí un par de ojos azules, un paseo por las nubes y unas mil horas de palabras sin compromiso. Una historia con muchas más líneas imaginadas que vividas.

20.12.08

Tu hijo... es una buena persona.

Dejo aquí este texto del Dr. Carlos González que en su momento me impactó tanto y que hoy he redescubierto de casualidad...

Tu hijo... es una buena persona.

Dr. Carlos González, pediatra.


Cuando una esposa afirma que su marido es muy bueno, probablemente es un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable... En cambio, si una madre exclama "mi hijo es muy bueno", casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que "no hace más que comer y dormir" (a un marido que se comportase así le llamaríamos holgazán). Los nuevos padres oirán docenas de veces (y pronto repetirán) el chiste fácil: "¡Qué monos son... cuando duermen!" Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las ondas de la radio, se llenan de "problemas de la infancia": problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos... Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema. Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos "problemas", precisamente, a sus virtudes.

TU HIJO ES GENEROSO.
Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido! Tal vez la mamá de Marta piense que su hija "no sabe compartir". Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.

TU HIJO ES DESINTERESADO.
Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada... pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere? La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego "si te he visto no me acuerdo"? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés? El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres. Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice "hambre", "agua", "susto", "pupa"; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice "mamá". Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo... Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: "papá, mamá, venid, os necesito", no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?

TU HIJO ES VALIENTE.
Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. "¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!" Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte. Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. "Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar" es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza. Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras... son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.

TU HIJO SABE PERDONAR.
Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos... Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. "¿Será posible?" "Mírala, no le pasa nada, era todo cuento". No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? ("Mamá se ha estado portando mal..."). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.

TU HIJO SABE CEDER.
Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro. Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera. Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un "Tontanchante", "la tontería que se engancha y es un poco repugnante", y que todos los de su clase tienen ya. "Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?" "¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero...!" Ya tenemos crisis. Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio. Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos "salimos con la nuestra" cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.

TU HIJO ES SINCERO.
¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público "¿Por qué esa señora es calva?" o ¿Por qué ese señor es negro?" Que contestase "Sí" cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar "Sí" a nuestra retórica pregunta "¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?" Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese "feo vicio". Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.

TU HIJO ES BUEN HERMANO.
Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: "Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para ti sólito. Pero te seguiré queriendo igual". ¿No le parece que estaría "un poquito" celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.

TU HIJO NO TIENE PREJUICIOS.
Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir "vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles"? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.

TU HIJO ES COMPRENSIVO.
Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos. Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años ("De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis...") La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.

LA SEMILLA DEL BIEN.
Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño. Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la "falta de disciplina", que se hubieran evitado con "una bofetada a tiempo". Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo "adecuado" para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita.