31.12.09

Propósitos de año nuevo

Viendo los del año pasado, dentro de lo que cabe, sorprendentemente los he cumplido casi todos. De hecho, todos los que no dije por compromiso. Así que ahora mismo borro los repetidos, que sé que haré cuando me dé la gana. Y algunos los dejo en cuarentena.

Como cada año, pero nunca igual.
¡Probablemente no encontremos el camino, 
pero nos sobrarán las ganas de volar!


  • Ser capaz de materializar algún proyecto (el que sea).
  • Renovar de nuevo la beca (y por última vez).
  • Continuar aprendiendo a cocinar. 
  • Independencia... emocional, económica. ¿Mucho pedir?
  • Tomar consciencia del tiempo y de cómo lo empleo. Emplearlo en cosas un poco más útiles. Pasar menos tiempo delante del ordenador.
  • Continuar investigando con la curiosidad de siempre renovada.
  • Cuidar, o continuar cuidando, a las personas más cercanas a mí.
  • Ser capaz de atreverme y probar.
  • Leer mucha más literatura y el mismo número o mayor de libros sobre educación. Leer poesía.
  • Sacar todo el partido que pueda de los 10 días de prácticas. Seguir con mis incursiones varias en las escuelas y colectivos que me interesan, a modo de trabajo de campo.
  • Seguir con la tónica que tenía hasta ahora de la autoevaluación, el esfuerzo y el orgullo por el trabajo bien hecho.
  • Seguir (más) con la tónica de compartir con los demás todo lo que pueda ser útil.
  • Que no me asuste el surrealismo, ser capaz de pedir, emocionarme, motivarme, ilusionarme, seguir.
  • Depender menos de la palabra escrita para ser capaz de expresar sin miedo. Ganar confianza.
  • Confiar, ofrecer, regalar, disfrutar al máximo, atreverme, aprender, reír, ser feliz.
  • Perdonar(me) el pasado, vivir el presente y seguir soñando con el futuro. No salvarme.



Feliz 2010

30.12.09

Espero curarme de ti en unos días.


Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Jaime Sabines




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29.12.09

Una vez más

una vez más
oigo hablar de alguien que va a
sentar la cabeza y
poner manos a la obra,
pintando, escribiendo o lo que sea,
en cuanto instalen una luz
mejor,
o en cuanto vayan a otra
ciudad,
o en cuanto regresen del viaje que
han estado planeando,
o en cuanto...

es así de sencillo: no quieren
hacerlo,
o no pueden,
de otro modo notarían una
quemazón infernal
que no podrían dejar de lado
y "pronto"
se convertiría de inmediato en
"ahora"


[C.Bukowski]

Gracias, Aïda. Seguramente que me descubras estas cosas es una de las principales razones por las que sigo entrando en Facebook :P

26.12.09

Los rosales de Rosario

Lunes, siete de la mañana. El barrio se despierta perezosamente, un amanecer más. Un ligero rayo de sol ha rasgado con descaro el pétalo de una flor, casi logrando arrancarle un bostezo. Algo más allá un pajarillo ha mostrado curiosidad por una amarilla, y pocas fracciones de segundo más tarde se ha espantado al ver un ser de proporciones titánicas que avanzaba estrepitosamente de camino a la rutina.
Ese ser era yo. Y, claro, el pájaro no era el único interesado por las rosas. Es lógico, son un milagro.
Parece que el cielo brille distinto hoy; que sea más azul, y de un azul más nítido; que los huesos no sean tan fríos, ni la curva que cada día me acerca más a esta tierra mía, tan curvada; que el día se haya desentumecido como deshaciéndose con movimientos ágilmente jóvenes del polvo y penurias de siglos pasados pintados en el

cielo


no existe y es difícil pensar en la eternidad. Lo espero. Lo veo morir lentamente cada día. Con parsimonia, como hace y hacía todo. Aunque ya no veo, ni oigo, ni huelo, solo siento, solo soy. Soy el crujir del somier cuando se levanta. Soy el crepitar de los fogones, ay, yo que en vida le insistía poner una vitrocerámica, uno de esos chismes modernos que lo hacen todo solos, Manuel, menuda joya. Soy sus manos temblorosas buscando una cerilla, tanteando para lograr colocar la correa a Tunia, pobre Tunia, pobre animal, tan vital y joven pero tan anciano y con la responsabilidad de mantenerle en vida hasta nuestra primavera eterna, y que Dios se lo pague. Soy cuando Petunia, mi Tunia, nuestra Tunia, ladra sin motivo alguno. Soy cuando estoy con él, y estoy con él en sus últimos suspiros, risas, llantos y sueños terrenales, para seguir con él la eternidad. Soy la esencia de lo que fui en vida, qué extraña palabra, vida, qué absurda. Pero, sobre todo, soy esos rosales. Aquellos

rosales

que plantamos juntos, Rosario y yo, siguen creciendo y muriendo. Los suyos cada día son más bellos, más exuberantes, como lo fue ella en vida, y en cambio los que yo planté parece que se mueren conmigo. Pero son tan hermosos... no hay nadie que pase sin fijarse, son un orgullo, un manantial de vida y de serenidad para este viejo cansado y somnoliento. El resto del jardín continúa como cada primavera. Y, desde que la conocí, es mi primera primavera sin mi

flor

de té. Recuerdo que me llamaba flor de té, porque decía que eran pequeñas y blancas y puras como era yo cuando me conoció, que parece que hace mil siglos de eso y aun recuerdo aquella promesa que nos hicimos de no separarnos jamás. No sé cómo son las flores de té. Tampoco me gustaría que pensara, “Rosario me ha abandonado”, no, no, y espero no lo sienta así, porque eso haría mi esencia más volátil y quizá nunca lo encontraría de nuevo. Y él podría de nuevo darme la

vida

son solo palabras, pensamientos, una absurdidad, como una broma, sólo eso. Estoy seguro. La vida sin ella no es vida, lo demuestran mis rosales que se marchitan muy a pesar de la primavera. Pero la mañana es tan clara que no quiero pensar. El agua resbala sobre los pétalos formando cúmulos que nosotros llamamos gotas, que si vinieran de un ojo serían lágrimas y si vinieran del cielo serían lluvia, y por eso es todo tan absurdo, una gota es una gota, una vida es una vida y si la suya no está conmigo, la mía es un 

vacío

eso es, ese era mi gran temor a la muerte. Un vacío. Que no “fuera” nada. Y es mucho más sencillo que eso. Antes “era” porque acariciaba, reía, lloraba, degustaba, escuchaba o silbaba. Ahora simplemente “soy”. Esa es la primera señal inequívoca de que nos morimos: que nos limitamos a ser. En vida hay que hacer más cosas, la vida es bullicio, es una lucha constante, cuando solo eres, no eres, estás muerto. La

muerte

ya no me atemoriza con su larga capa negra y sus largos dedos como la nieve, que en mi imaginación no eran dedos sino afiladas y arrebatadoras garras sobre la piel blanca, blanca. La tierra, la tierra con mayúscula, es la que me llama y no la minúscula muerte. Me clama el azul de la mañana, el olor de la vida despertando –desayunar, vestirse, ir a trabajar, soñar, en ese orden-, la vitalidad del agua que se escurre entre mis apergaminadas manos, como la vida misma. Los rosales ya pueden vivir. Juntos,


“somos” juntos.

Tú eres,
Yo soy,
Nosotros seremos.


Siempre dos rosales que se abrazan,
los rosales de Rosario.
A mi abuela.

Basado en hechos reales. 

9 de mayo del 2007

Les ombres blaves (o els records d'una infància feliç)

Les ombres blaves! –dèiem-, ja es l'hora de les ombres blaves!
Ho recordo com si fos ahir. L'hora de les ombres blaves; això era el principal objectiu quan anàvem al parc a l'estiu. Ens hi estàvem fins tard: fins l'hora de les ombres blaves.

La tarda començava després de l'hora forta de sol. En aquell espai de temps, la meva amiga feia la migdiada. Jo no feia la migdiada perquè no m'agradava dormir de dia; així que veia la televisió o jugava amb els pares. Després, la mare i jo baixàvem al carrer. Anàvem a trobar la Meritxell, la meva amiga, i au! Cap al parc. No érem pas les úniques que anàvem al parc; la mare es trobava amb les seves amigues i, vinga a xerrar!
Els nens solien jugar a pilota o bé amb els patins, o la bicicleta. A la Meritxell i a mi ens agradava anar als gronxadors i hi estàvem allà gairebé tota la tarda.
Imaginàvem que estàvem dins uns gran vaixell. Uns dies hi havia tempesta, altres l'aigua estava tranquil•la. Però la sensació de l'aire a la cara i el constant puja-i-baixa de les "onades" eren sempre els mateixos. Altra temporada ens agafà per fer veure que estàvem dins un videojoc; i vinga a córrer d'aquí per allà, fent veure que passàvem de pantalla.
Quan el sol s'amagava i fèiem veure que les faroles s'enamoraven de la Lluna i era per això que es posaven vermelles, llavors era l'hora de les ombres blaves.
Els nens de la pista, amb pilotes i bicicletes, es retiraven a causa dels mosquits. Les mares es queixaven; si que n'hi ha, de mosquits, aquest any! -deien, encara que, mosquit amunt mosquit avall, tots els anys n'hi havia els mateixos. Per nosaltres els mosquits no eren problema; teníem repel•lent. El més important, les ombres blaves.
Tampoc eren res de l'altre món. Però per a nosaltres eren uns minuts màgics del dia, quan el Sol i la Lluna es saludaven i les faroles es posaven de color rosa... Perquè a la llisa pista, les nostres ombres tenien un color blavós, i ens agradava la màgica idea que algun dia potser es tornarien verdes o alguna cosa semblant. Eren només uns minuts; després, les mares ens cridaven, dient que havien de fer el sopar, que encara ens havíem de banyar, i que deixéssim les ombres blaves per l'endemà. Això eren les ombres blaves; com el comiat del dia.

Després, a casa, si hi havia temps, la mare em deixava banyar-me amb molta escuma abans de sopar. El sopar era bo, però no sempre m'agradava el que hi havia.
Abans d'anar a dormir, la mare, o jo mateixa, llegia un llibre. I em dormia amb la molta calor de l'estiu, pensant en ombres blaves que ballaven amb princeses entre l'escuma, en un capvespre on es veia la Lluna plena amb tot el seu esplendor, el Sol s'amagava i les faroles estaven vermelles.
Tan de bo tornessin aquells moments, quan perseguíem les ombres blaves per tot el parc, quan dansàvem dins vaixells a l'intempèrie, quan encara no tenia una germana petita que estigués pel mig com el dijous!

I què en queda, de tot allò? Què en queda, dels records de la infantessa?
Potser… potser en algun lloc sota terra hi ha un homenet que guarda tots els records de la infantessa en cambres de seguretat. Potser tot allò no es perd per sempre entre les cortines on un dia es va perdre la primera dent. I per què no? No narren les històries de pirates sobre tresors enterrats sota terra? Tan de bo sigui veritat, i els records de la infantessa no es perdin darrere cortines que amaguen capvespres de misteri perseguint un somni –una ombra blava en un vaixell al mig del mar; tan de bo aquell vaixell continuï navegant i desembarqui en una illa perduda, i un homenet s’encarregui de deixar sota terra, ben guardats, els records de la infantesa…


M.
2005