Ese ser era yo. Y, claro, el pájaro no era el único interesado por las rosas. Es lógico, son un milagro.
Parece que el cielo brille distinto hoy; que sea más azul, y de un azul más nítido; que los huesos no sean tan fríos, ni la curva que cada día me acerca más a esta tierra mía, tan curvada; que el día se haya desentumecido como deshaciéndose con movimientos ágilmente jóvenes del polvo y penurias de siglos pasados pintados en el
cielo
no existe y es difícil pensar en la eternidad. Lo espero. Lo veo morir lentamente cada día. Con parsimonia, como hace y hacía todo. Aunque ya no veo, ni oigo, ni huelo, solo siento, solo soy. Soy el crujir del somier cuando se levanta. Soy el crepitar de los fogones, ay, yo que en vida le insistía poner una vitrocerámica, uno de esos chismes modernos que lo hacen todo solos, Manuel, menuda joya. Soy sus manos temblorosas buscando una cerilla, tanteando para lograr colocar la correa a Tunia, pobre Tunia, pobre animal, tan vital y joven pero tan anciano y con la responsabilidad de mantenerle en vida hasta nuestra primavera eterna, y que Dios se lo pague. Soy cuando Petunia, mi Tunia, nuestra Tunia, ladra sin motivo alguno. Soy cuando estoy con él, y estoy con él en sus últimos suspiros, risas, llantos y sueños terrenales, para seguir con él la eternidad. Soy la esencia de lo que fui en vida, qué extraña palabra, vida, qué absurda. Pero, sobre todo, soy esos rosales. Aquellos
rosales
que plantamos juntos, Rosario y yo, siguen creciendo y muriendo. Los suyos cada día son más bellos, más exuberantes, como lo fue ella en vida, y en cambio los que yo planté parece que se mueren conmigo. Pero son tan hermosos... no hay nadie que pase sin fijarse, son un orgullo, un manantial de vida y de serenidad para este viejo cansado y somnoliento. El resto del jardín continúa como cada primavera. Y, desde que la conocí, es mi primera primavera sin mi
flor
de té. Recuerdo que me llamaba flor de té, porque decía que eran pequeñas y blancas y puras como era yo cuando me conoció, que parece que hace mil siglos de eso y aun recuerdo aquella promesa que nos hicimos de no separarnos jamás. No sé cómo son las flores de té. Tampoco me gustaría que pensara, “Rosario me ha abandonado”, no, no, y espero no lo sienta así, porque eso haría mi esencia más volátil y quizá nunca lo encontraría de nuevo. Y él podría de nuevo darme la
vida
son solo palabras, pensamientos, una absurdidad, como una broma, sólo eso. Estoy seguro. La vida sin ella no es vida, lo demuestran mis rosales que se marchitan muy a pesar de la primavera. Pero la mañana es tan clara que no quiero pensar. El agua resbala sobre los pétalos formando cúmulos que nosotros llamamos gotas, que si vinieran de un ojo serían lágrimas y si vinieran del cielo serían lluvia, y por eso es todo tan absurdo, una gota es una gota, una vida es una vida y si la suya no está conmigo, la mía es un
vacío
eso es, ese era mi gran temor a la muerte. Un vacío. Que no “fuera” nada. Y es mucho más sencillo que eso. Antes “era” porque acariciaba, reía, lloraba, degustaba, escuchaba o silbaba. Ahora simplemente “soy”. Esa es la primera señal inequívoca de que nos morimos: que nos limitamos a ser. En vida hay que hacer más cosas, la vida es bullicio, es una lucha constante, cuando solo eres, no eres, estás muerto. La
muerte
ya no me atemoriza con su larga capa negra y sus largos dedos como la nieve, que en mi imaginación no eran dedos sino afiladas y arrebatadoras garras sobre la piel blanca, blanca. La tierra, la tierra con mayúscula, es la que me llama y no la minúscula muerte. Me clama el azul de la mañana, el olor de la vida despertando –desayunar, vestirse, ir a trabajar, soñar, en ese orden-, la vitalidad del agua que se escurre entre mis apergaminadas manos, como la vida misma. Los rosales ya pueden vivir. Juntos,
“somos” juntos.
Tú eres,
Yo soy,
Nosotros seremos.
Siempre dos rosales que se abrazan,
los rosales de Rosario.
A mi abuela.
Basado en hechos reales.
9 de mayo del 2007


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