5.12.08

El síndrome de Williams, el síndrome Mozart.

Cuando tocaba, cuando su cuerpo se transformaba en música, sus ojos se entrecerraban y su nariz se ensanchaba, como si también oyera a través del olfato, como si aspirara la nota para metabolizarla. Tomi era para mí un misterio vivo, un elfo del bosque, ingenuo y puro, enigmático en sus momentos de ausencia pero magnífico en sus momentos de inspiración, con la armónica, con el violín, con el piano; cualquiera se reiría de él si no le viera creando música. “No entiendo lo que he vivido, no estoy segura de nada, salvo de lo que he visto y he oído. Tomi no conocía ese andantino, no había tocado nunca el piano. Pero escuchó los primeros compases y la música nació de sus dedos, sin dudas, sin vacilaciones, la desarrolló como Mozart, la llevó a la belleza absoluta, multiplicó sus notas, buscó las armonías con perfección, hizo las variaciones justas, la volvió a crear, la volvió a crear como Mozart. He visto a Mozart, pero luego era un chico distinto y ausente, ajeno a lo que había logrado hacer. ¿Qué significa?” Cualquiera se reiría de Tomi si no le viera creando música. Ni las palabras se pueden explicar con música, ni la música se puede explicar con palabras. La música no se puede traducir con palabras porque no tiene nada que ver con ellas, va mucho más allá, mucho más abajo, al centro de la Tierra, del universo. Y supe que la naturaleza, el universo, manda a sus emisarios, intermediarios entre ellos y el resto de los hombres. La verdadera música, la de los genios, no es una creación, sino un descubrimiento, como la ley de la gravedad, como un teorema... Mozart confesó, en una carta, que no tenía que hacer ningún esfuerzo, que simplemente tenía que poner los oídos hacia dentro, no dentro de sí mismo, sino dentro del mundo. Más aún: su música, que no era fruto de ningún cálculo matemático consciente, era, sin embargo, matemáticamente perfecta. Hay cientos de especulaciones sobre eso: que si es el ritmo del mundo, de la respiración, del ser humano, de la naturaleza... Mi padre no podía demostrar que Mozart padecía el síndrome de Williams, y aunque hubiera podido eso no serviría de nada; pero la cinta que yo tenía podía demostrar algo mucho más bello: que los Williams padecían, en realidad, algo magnífico y terrible, algo que hablaba del futuro y del pasado, del siempre: el síndrome de Mozart.
MOURE, Gonzalo. El síndrome Mozart. (Adaptación propia)

El síndrome de Williams es, técnicamente, una delección en el cromosoma 7.
El síndrome de Williams es, a la práctica, gran parte de mi tiempo "de clase", gran parte de mi tiempo libre, y un pedazo de mis sueños y de los de tantas otras personas.



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1 comentarios:

M. dijo...
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