6.9.09

Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando.

Sobre la cama, un pijama amarillo que no costó más de seis euros, una falda de raso negra, La insoportable levedad del ser y el horario del nuevo curso soportan por mí la resaca de un verano casi ajeno. El valor para marcharse, el miedo a llegar. Frases y dudas sin sentido bailando en mi cabeza cualquier vals de Strauss con el mejor postor. Un verano inesperado e impredecible que ahora hace mutis por el foro recordándome con frialdad quién era cuando empezó. Un verano que me deja la dulce certeza de que las cosas pueden y deberían ser distintas.

La vuelta a la rutina se presenta como un regalo y como una maldición plomiza a la vez. No me reconozco en mis errores, ni en quien fui, ni en quien soy; entonces, buscándome, aparezco de repente en un lunes un año más tarde mucho más confusa de lo que empecé. Improvisando eternamente una salida, no para ser diferente a mí, sino para no ser igual a los demás. Perdiéndome en las garras del mundo. Tirándome a la piscina de nuevo.

Ha sido un año acorde con el cambio de rumbo que esperaba, aunque diferente del que imaginé. Verme ahora y mirar hacia atrás me provoca un revoltijo de sensaciones contradictorias, pero, como en la mejor novela, no dejo de intrigarme por qué vendrá después.

Así que nos situamos en segundo de carrera, pájaros en la cabeza, ni 19 años, ni la más remota idea de orden o compromiso, dispuesta a no sé muy bien qué con el curso que empieza. "Yo tampoco sé vivir, solo estoy improvisando"

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