redondearlas, pulirlas, alisarlas,
convertirlo en una esfera perfecta,
en esa pelota en el estómago,
en esa esfera de allí al fondo.
Para, así, de este modo,
cuando sea conveniente,
poder aparcarlo a un rincón
de un traspié; para crear
un desfile de bolas redondas,
sin aristas y sin excusas,
rodando lisamente
quien sabe porqué.
Para echarlo, oprimirlo,
abuchearlo y golpearlo,
para tropezar con él
perder el equilibrio
y dejarlo ir.
Aunque a veces me duelan las aristas del miedo que me aleja de ti.
(Dr. Deseo)


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