guarecerme, refugio de calma, en tu cuerpo siempre cambiante
aun así el mismo por redescubrir de nuevo y tan distante.
Tus labios no son nunca tus labios, o no son sólo tus labios,
no lo sé: quizá porque tus manos son mil manos y cuatro notas
y aunque no pueda hablarte de eso me gusta despertar y mirarte
-incluso cuando no es este el cuerpo, ni estos los labios, ni las manos-,
y somos tan imposibles, quizá por eso me miras a los ojos
con tus ojos imaginados, relucientes, entreabiertos, nunca míos,
desde tu cuerpo distante y distinto, tus labios nunca tuyos,
tus manos siempre para mí, y lees en ellos, con toda soltura,
la partitura de una música que no existe y que nunca acaba de acabarse.


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