Así que, como decía, almenos me pude saltar ese momento, porque no llegué a dormir lo suficiente como para que el mundo se evadiera bajo mis pies. Y ese es uno de esos consuelos que no llega a consolarte, pero es un mal menor.
Conocí a J. en septiembre. Solo llevaba un mes en Irlanda. Y de repente allí estaba esa chica, periodista por vocación como he conocido a pocas, preguntando y preguntándose cosas sobre el mundo, con toda su experiencia de tantos meses en Irlanda por compartir con nosotras. Pronto descubrimos que las historias de J. son las mejores. Podría sentarme en el suelo de moqueta de nuestro apartamento a escuchar a J. contar historias por los siglos de los siglos, y sería una persona muy feliz.
Y un tiempo más tarde llegó M., totalmente de causalidad (y sí, lo he escrito bien). M. tenía que llegar a nuestro grupo de gente porque hasta que ella llegó nos faltaba algo. Nos faltaban sus ataques de risa y su alegría, sus ojos preciosos y sinceros, su dedicación y su sinceridad.
Y como el tiempo de aupair es un tiempo prestado... se fueron a emprender nuevas aventuras. Y nos dejaron aquí preguntándonos en qué momento se convirtieron en personas tan indispensables.
Vinieron la noche antes de empezar el viaje a Belfast a despedirse. Pasamos un rato como el que hubiéramos pasado cualquier otro fin de semana. Llegaron con una nueva historia que contar, por supuesto. A nadie debería estarle permitida la entrada a nuestra casa si no trae una buena historia. Y cuando llegó el momento de irse, ninguna de nosotras podía creerse que ese era el momento. Queríamos decir las palabras adecuadas, pero tampoco podíamos. Queríamos y no queríamos llorar. Creo que nadie sabía del todo qué hacer.
Así que así, entre risas, lágrimas y palabras bonitas, se fueron. Subieron por las escaleras hacia la calle. Y el silencio atronador que se instaló en el salón me dio pánico. No podía dejar de mirar el sofá y los sillones vacíos, los vasos todavía encima de la mesa. Vacíos. Y es una sensación que no acaba de irse. Es todo lo que puedo pensar al ver tanto espacio donde sentarse en nuestro salón (tenemos excedente de sitios donde reposar nuestros culos, por cierto).
Y lo siento porque esta es una entrada triste que he tenido que escribir en un momento alegre, porque si la hubiera escrito en un momento triste no sé si habría soportado soltarla así, del tirón. No la pienso repasar. No la quiero releer.
Solo quiero añadir que de ahora en adelante espero hacer amigos que no tengan intención de irse de aquí en unos meses, porque pese a todas las carcasas, corazas, escudos y barricadas que ponga mi persona ante el mundo, debajo sigue habiendo solamente una niña asustada que no quiere quedarse sola.


2 comentarios:
Al menos hay alguien que es capaz de hacer lo que debe y poner esta sensación en palabras.
Yo no consigo construir nada que no suene terriblemente egoísta cuando hablo de ausencias y de vacíos.
Alee ahora seguro que a J y a M se les caen las lagrimas cuando la lean.
Y entonces ya me diras como J se va a concentrar para estudiar los examenes que le quedan para ser periodista. Y ya me diras tmb como M va a soltar esa risa contagiosa (se me quedó grabada en la ruta en coche XDD) donde se haya ido ahora.
Ayy, XDD
Que os vaya bien a las 4.
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