Quería venir al blog a preguntarme en voz alta si a la gente no se le cae la cara de vergüenza al proponerle a una persona con una carrera y un máster que trabaje 50 horas a la semana por 150 euros. Y a reflexionar sobre nuestras propias actitudes, creencias, comentarios y opiniones cuando se daba la misma situación en España no hace tanto tiempo. ¿Os acordáis? ¿O ya se nos ha olvidado?
Pero lo cierto es que aunque quiera, no puedo escribir sobre nada de todo esto. Miro la página en blanco en el editor del blog y pienso: "Cariño, hoy no estoy de humor".
No puedo escribir sobre nada de todo esto porque soy feliz contra todo pronóstico.
Porque mi corta experiencia previa en la vida me ha enseñado que, a pesar de todo, siempre tiene que haber tiempo y dinero para pequeñas (grandes) sorpresas, para pasar un buen rato con amigos y compartir un buen plato de comida caliente o derrochar dinero en comprarte un helado de proporciones dudosas. Lamentarse no sirve de nada. El dinero en el banco no sirve de nada. Preocuparse innecesariamente no sirve de nada, y eso es lo que quiero decir cuando digo "que se ocupe la M. del futuro", porque al fin y al cabo la M. del futuro siempre tiene un par de ases en la manga. Invertir en ser feliz, en cambio, lo supone todo.
Me gusta que A. tuviera una mecedora por su cumpleaños pese a todo. Me gusta que en la celebración lo hiciéramos todo del revés (primero sacar la tarta, luego ponerle las velas, luego soplar y ya, después, cantar en mil idiomas) porque es como nos gusta hacer las cosas. Me gusta que al final alguien se atreviera y un fuerte fuera construido con la caja de cartón.
Me gusta tener un sitio donde dormir, un lugar que sea "mi" sitio. Da igual que ahora mismo suponga dormir en el salón, detrás del sofá, envuelta en cojines y mantas; aun así, nuestra casa es el lugar más mágico de Cork porque se entra bajando escaleras, tenemos estanterías secretas, A. recoge flores frescas del jardín y el empleado que viene a cortar el césped debería trabajar en un circo. Y porque es un lugar donde te puedes sentir como en casa, donde la gente se quita los zapatos y está bien que alguien se siente en la moqueta pese a tener 4 sillas, 2 sillones, 1 sofá, 1 mecedora y varios taburetes.
Y me gusta que todavía haya rincones de Cork que no conozco, y pararme y sonreír delante de la Opera House, y no dejar nunca de hacer planes para el futuro sabiendo que lo más probable es que yo misma los deshaga en cualquier momento de una patada.
Me gusta mi vida en Cork. Contra todo pronóstico. Y por este motivo, en lugar de escribir una larguísima entrada sobre cosas de las que, en realidad, tampoco me corresponde a mí hablar, voy simplemente a contaros que soy feliz. Que hace varios días que hace sol (dicen que este es el verano irlandés) y que espero compartir pronto noticias mejores, una vez pueda gritarlas a los cuatro vientos.


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