7.2.12

Ya en Barcelona

Balance de la situación, a falta de la segunda parte del post anterior (el periodismo de calidad lleva su tiempo, oye):

-Puede que me encante estudiar Psicopedagogía, incluso puede que saque buenas notas. Me alegra que vaya a formar parte de mi formación inicial. Pero soy maestra desde el primer pelo de la cabeza hasta la punta del último dedo del pie.
-Mi madre debería tirar abajo la estatua de Colón y poner en su lugar una de mi compañero de piso, ya que sin él me alimentaría poco y mal, y gracias a él estamos descubriendo recetas nuevas, ricas, originales... y sobre todo no me muero de hambre los jueves a mediodía.
-He tenido que reaprender a perder el tiempo, incluso cuando eso significa simplemente quedarse un ratito más... leyendo, hablando... y he aprendido que perder el tiempo es la mejor manera de ganarlo.
-He redescubierto el placer de hacer fotografías, y que aunque aparentemente sea una tontería, acaban siendo un banco de sonrisas personalizado e intransferible.
-Aunque os parezca mentira, el día siempre tiene las mismas 24 horas. Es algo de lo que no te das cuenta hasta que un buen día te cuesta dormir.
-He aprendido que si no eres de ningún lugar, disfrutas de llegar a cualquier parte.
-No sé decir que no y me temo que por ahora tampoco quiero aprender. Los saraos educativos me llenan de energía.
-Sé echar(te) de menos de mil doscientas ochenta y cuatro maneras distintas. (Las conté por distraerme, pero aún tuve que añadir una a las 1283 que tenía).
-Importa un carajo que la ducha funcione mal, la cocina sea tan pequeña que sólo cabe una persona, no puedas cruzarte con nadie en el pasillo (porque no hay sitio para ello, no porque seamos antisociales), no haya sitio para una mesa en el comedor o que al entrar en casa tengas que hacerlo por fascículos (primero las bolsas, después la mochila, pasas de lado y sin hacer mucho ruido, os aseguro que si yo fuera la puerta me reiría de mí). Lo que realmente importa son las personas, los cómotefue, que haya alguien esperándote al volver a casa, que el peque llame a la puerta porque quiere jugar a encender y apagar la luz y cientos de pequeños detalles que nos hacen la vida más alegre.
Me gusta Barcelona. Andar a mi ritmo, las calles llenas de gente, salir a la calle sin tener que pararse cada X, tener siempre cosas que hacer, sitios donde ir, algo nuevo que probar, estar cerca de amigos que antes apenas veía, no acabar nunca de caminar por la calle, volver a casa dando saltos en los semáforos cuando hace frío, coger el metro, tenerlo todo tan cerca y tan lejos, las cafeterías imposibles, estudiar en un palacio, las conversaciones anónimas y la independencia.

5.1.12

Independizarse es... (I)

Pese a que todavía no hay acuerdo entre la comunidad científica sobre si alquilar una habitación en otra ciudad puede considerarse ser una persona independizada o sólo forma parte del ensayo general, sí hay un fenómeno que se ha descrito en múltiples estudios y que podemos observar en la práctica diaria. Es un fenómeno terrible, un síndrome que incluye siniestras desapariciones y pérdidas de memoria y que la comunidad científica ha acordado describir bajo las siglas S.A.D. (Síndrome de Abstención a la Dependencia)
Como somos personas modernas que se preocupan por las cosas que suceden a su alrededor, no nos conformamos con la primera versión de los hechos, sino que decidimos investigar un poco más e ir a buscar fuentes de primera mano.
A este efecto, contactamos con una de las personas afectadas, que ha querido mantener el anonimato, y este fue su desgarrador testimonio:

De repente un día te das cuenta de que hay un montón de personajes en los que dejaste de creer y, seguramente por este motivo, desaparecieron, provocando una serie irremediable de acontecimientos en cadena de la que nadie parece ser consciente porque (¡seguro!) un hechizo malvado borró de sus memorias el día en que todas esas criaturas todavía existían. Algunos, personajes tan míticos como:

-El duende de la ropa, que con su purpurina mágica saca la ropa de la lavadora, la tiende, espera a que esté seca, la dobla y la deja preparada para que tú escojas su lugar en el armario. Como es sabido, dada la popularidad del personaje, desde hace algunos siglos, este duende tiene un convenio de prácticas con los duendecillos que quieren aprender a planchar.

-El monstruo de la cocina, que disfruta lamiendo los platos, ollas y otros utensilios con su lengua de jabón y haciendo música con ellos mientras los seca con sus manos de toalla y que, gracias a su trastorno obsesivo-compulsivo, después siente la necesidad de ordenarlos y devolver cada uno a su lugar exacto.

-El hada del baño, ese ser que tras la maldición que le echó la Bruja Cucal-Aracha, según la cual si no hacía sus labores su hogar se llenaría de cucarachas y otros insectos, recoge los albornoces, pone un nuevo rollo de papel higiénico, limpia periódicamente, repone los champús y otros productos y coloca el ambientador... sí, ese del Pato... [en este punto, comprensiblemente, nuestro entrevistado no puede evitar romper a llorar de nostalgia]

-La comunidad de gnomos del polvo, que tras la Gran Guerra contra los Bichos de Libro de 1876, que tú no recuerdas porque, claro, aun no habías nacido, acordó encargarse de recoger cuidadosamente todas las motas de polvo que entraran en el hogar.

Pero no os preocupéis, yo sí recuerdo cuando todos esos personajes existían, y les estoy eternamente agradecido por su fidelidad desinteresada durante todos estos años.

¿Conoces a alguien SAD? ¿Conoces otros síntomas asociados? ¿Estás SAD porque te fuiste de casa y la magia no se fue contigo? Puedes dejar un comentario y explicarnos tu experiencia.

Seguiremos informando...

31.12.11

2011 y 2012

Este post debería empezar hablando de la crisis, el paro, las bajas laborales, la economía (a sustituir ahora mismo por la preocupante falta de dinero), hospitalizaciones, los trámites y disgustos burocráticos innecesarios, y otros malos ratos y disgustos de este 2011, míos y supongo que de la mayoría. Pero no voy a hablar de nada de todo eso. Porque a mí me da igual que 2011 no haya sido un buen año: cuando llega fin de año sólo soy capaz de recordar lo bueno, es un defecto de fábrica que nadie quiere corregir.

Hace tiempo comentaba con alguien que a mi generación las crisis y el miedo al cambio nos suenan a cachondeo. Nacimos con la LOGSE debajo del brazo y prácticamente cada curso que recuerdo desde que estudiaba la ESO se ha introducido algún cambio más o menos significativo en el sistema escolar, así que no hemos conocido demasiada estabilidad educativa; lo mismo se puede aplicar al mercado laboral, y en muchos casos, también a las relaciones personales. Todas las cosas que para el resto eran así desde siempre, y que siempre iban a ser así... Para nosotros han sido siempre cambiantes. Para nosotros el cambio es lo normal, no puede asustarnos. Cambios. Ni mejor ni peor: cambio. Distinto.
Aun así, miro hacia atrás, a la impaciencia que sentía hace unos meses, la frustración, el desánimo y sobre todo el miedo a cambiar, y lo comparo con la tranquilidad con que he afrontado las últimas situaciones complicadas con las que me he encontrado. Y es que, al final, no era para tanto: cuestión de actitudes. He aprendido mucho de la vida este año y sólo me ha servido para darme cuenta de que no sé casi nada. Y está bien así.

Del 2011 me llevo todo lo que he aprendido, todo lo que he descubierto. El caótico fin de carrera, Especialment docents, las entrevistas de ida y vuelta, el dospuntocerismo, el vértigo de ser maestra, las clases que daba en verano y de las que salía llena de energía, haber hecho nuevas y grandes amistades que espero que duren mucho, estar siempre rodeada de gente fantástica, todas las copas de helado, las crêpes y las meriendas, las excursiones, las tardes en el cine, haber aprendido cosas nuevas en la cocina, desechar la angustia y cambiarla por cosas más interesantes (take a coffee and be happy), el autoconocimiento, los días en la Acampada Tgn redescubriendo a la gente y al mundo mientras estudiaba los trastornos de personalidad porque los exámenes no entienden mucho de revoluciones, mirar alucinada cómo Twitter se colapsaba ante los hastags del 15M, el concierto de Vetusta Morla en que intentamos regalar entradas en la cola... y no lo conseguimos, la suerte sin precedentes, la llamada que me informaba de que estaba admitida en el máster, los trámites, las decepciones, los nervios que al final no fueron nervios, aprender manejarme en el metro, los "hola, soy M. y todavía busco habitación...", las caras nuevas, reencontrarme con las de siempre, aprenderme de memoria todas las páginas de buscar habitaciones de alquiler, visitar pisos, las innumerables horas en el tren (recordemos el chico chino que cantaba en mitad del pasillo, las persecuciones policiales, los "oye, ¿ese es el último de Cómo conocí a vuestra madre? Déjame un auricular, que me estás haciendo spoilers", las charlas sobre -cómo no- educación, los encuentros con profesoras, y el "perdona, ¿me regalas una sonrisa?") y esperando al autobús en paseo de Gracia (esos taxistas amables que te mojan con el agua de los charcos al pasar, el señor al que le regalaba las patatas del McDonalds, toda la gente con la que se habla en una parada de autobús, el primer día que el banco amarillo estuvo libre y no tuve que cenar en el suelo), encontrar piso e instalarme, haberme dado cuenta de lo bien que vivo en mi casa (no os dejéis engañar, cuando estás fuera lo que más echas de menos no es tu cama, ¡¡¡es la ducha!!!) y haber aprendido lo bien que se puede vivir fuera de ella, todos los lugares nuevos, todo lo que he aprendido: las escuelas, las jornadas, los talleres, las clases interminables, arreglar el mundo con un café, echar de menos ("yo no sabía que no tenerte podía ser tan dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas y no haya sino tu ausencia"), las lecturas nuevas y las de cabecera de toda la vida (qué haría sin ellas), Twitter y todo lo que se ha derivado de esto desde que hace un año y un día le hice caso a Aïda y me hice una cuenta (especial mención a la #acampadatwitter, esa extraña tribu), todos los blogs de cocina y los dulces, el bar de los sueños, las noches hablando con las mamás (mis preferidas sólo por detrás de la mía propia), y estos últimos días del año tan llenos de buen rollo y palabras bonitas. Porque, menos mal, en 2011 soñar ha seguido siendo gratis, y en 2012 lo seguirá siendo...

Ya sabéis: Que el fin del mundo te pille bailando.

Posiblemente esta canción es muy representativa de lo que siento sobre el 2011, en que tantas personas me han repetido que soy alguien con suerte. Lo que yo pienso de la suerte es esto. Tú eres mi suerte, mi suerte es la gente que me rodea.





Así que a ti, que me has acompañado durante este año. A ti, que me acompañarás durante el 2012. A ti, a ti que estás leyendo esto ahora:



GRACIAS


Y para acabar, ¿qué le pido al 2012?
  • Salud y trabajo.

  • Acabar el máster de Psicopedagogía.
  • Mi primer trabajo como maestra.
  • Leer muchos más libros, que este año ha sido bastante escaso literariamente hablando....
  • Volver a escribir.
  • Mantener a flote La oruga dormida. Este, no tanto, porque no ha flotado nunca.
  • Tiempos y espacios para disfrutar de los míos.
  • Tiempo y dinero para viajar.
  • Seguir aprendiendo, mucho, y seguir disfrutando de aprender.
  • Muchos cursos, jornadas, saraos y pasilleo. (Me encanta el verbo pasillear...)
  • Y lo que venga... Incertidumbre, ya no me asustas :)

Y el carnet de conducir ni lo voy a incluir en la lista porque siempre es el que se queda pendiente :P


¡FELIZ 2012!

3.12.11

Respiro

Ha vuelto el frío, de repente, ha vuelto la noche. Si hubieran avisado de que iban a venir, les habría preparado alguna cosa: unas galletas, un chocolate caliente. Pero están ya. Vivo hacia atrás con huesos de palomitas y la nariz congelada, sujetándome a los regalos de silencios azules y lluviosos, ya tú sabes, de esos sin música. Porque, como las ratas, la música fue la primera en abandonar el barco, y se llevó consigo la anestesia. Me hielo en una llamada que me arroja a rescoldos que ya no deberían estar allí. Aún me paralizan las llamadas que no llegan, llamar, llamar, si almenos dijera mi nombre siendo mío alguna vez. Unos ojos anónimos (por supuesto azules, pero azul fácil, con su mapa) me preguntan qué tal. No sé qué decir. Nunca las palabras. Bien. Que yo me sentaba detrás de ti, la gramática, un examen, vuelvo, vuelo. Voy. El aire me atraviesa, me respira. Los ojos inverosímiles siguen ahí, esperando, como si no hubiera más colores en la vida, como si no hubieran tocado la nota exacta que te anula o te estampa. Como la noche, como el frío, incluso cuando no es de noche o cuando no hace frío. La gramática es fácil, contesto. (Porque lo difícil son las señas, acabar bien las frases, explicar en clave que te duele la cremallera del invierno.) Porque la fonética, porque las mañanas, porque un verano, no sé qué de qué sé yo. Lo dices con dos partes y media de asepticismo escéptico, y otra media de hacia dentro, igual que si no te creyeras ni una coma de la verdad, aunque sea la verdad y nada más que la verdad, para que la nieve sea el escudo ante las palabras que no vas a decir. Una puerta de vidrio te claustrofobia, miras hacia ella como si pudieras atravesarla, y luego la pared, y luego el tiempo, y salir a otro verano y una terraza y una bombilla y un vaso y él. Piensas que el olvido es caprichoso hasta cuando es culpa tuya, que claro: el fuego en Navidad era una ironía, que las elecciones adultas deberían ir al registro civil a cambiarse de nombre por cualquiera que se pareciera a una palabrota. Suspiras. Prefieres aterrizar en el caso y simular que los últimos diez segundos no eran diferentes. 25 años pasan en un momento, una vida en algunos segundos. Sólo era un respiro.

14.6.11

Siempre palabras...

Lo confieso. Tengo una confianza ciega en las palabras. ¡Ya lo he dicho!
Pero no acabo de ver por qué, si en los momentos más críticos siempre me abandonan. Supongo que por eso. ¿Será que ellas también confían en mí?