15.3.12

Señales

Quizá es eso de encontrarse con tres libros seguidos que contienen en su título -mirándote con un sarcasmo inusitado para ser la portada de un libro- la palabra lluvia, mientras recorres casi de memoria esa librería a la que vas cuando necesitas perderte, sea cual sea tu rutina urgente en el calendario. O que haga un año y seis días del último día de invierno del año pasado. O leer a escondidas letras de Extremoduro por no sé qué antítesis recurrente. Quizá es haber vuelto a recuperar la lectura, a tropezarte por la calle con desconocidos por estar más pendiente de acabar la página que de tener en cuenta que por la calle real también andan otras personas (introducid aquí, mentalmente, aquel fragmento de Benedetti que habla sobre la Gente). Quizá es volver a escribir en este blog, y es mucho más lo que no escribo que lo que vuelco. O es tener que replantearse de nuevo el futuro, como en el mundo a cada rato. Seguramente tiene algo que ver con esa sensación de ser inmensamente rica al margen de la pantalla del cajero automático (y en general, al margen de todo lo demás). Quizá con que, de todas las horas de música, Spotify haya decidido hacer sonar No sé qué hacer con mi vida y justo después When your mind's made up. Quizá es compartir la conversación exacta en el momento preciso.

O quizá no es nada de todo eso y sólo vemos señales cuando queremos verlas, igual que cuando te rompes un brazo y vives, de repente, en un mundo lleno de gente escayolada.

10.3.12

Ahora que no me ve nadie

Ahora que no me ve nadie (y especialmente ahora que no me ve mi madre), voy a caminar a ninguna parte hasta que mis pies digan basta; a dejar los platos sin fregar; a beber café a las dos de la mañana; a no poner el despertador; a dejar que suene el teléfono y obviar que existe el correo; a abandonar a su suerte a la bolsa de la basura en el pasillo; a dejar que se moje la ropa tendida cuando llueve; a comer galletas de chocolate antes de la hora de comer; a poner punto y coma cuando en realidad ahí va una coma e incluso un punto;


ahora que no me ve nadie voy a echarte tanto de menos que pueda recordar el iris de tus ojos o los dedos de tus pies

8.3.12

Punto de fuga

Ese punto de fuga donde se construyen los sueños, donde sólo conoces dos estrategias que a menudo peligrosamente se entrecruzan: caminar -un pie detrás de otro, en tus botas de cuero, como si las calles nunca fueran a terminarse, y luego hasta que se terminan y ya sólo hay carretera, y bosque, y luego más calles, playas, gentes- y leer -página tras página, sin ver las letras ni las palabras sino sólo la vida proyectándose dentro de ti-..., y en ese punto tan concreto e indeciso es difícil poner en palabras la respuesta a la pregunta cómo estás. Preferirías admitir tu ignorancia (no, no tienes ni la menor idea de cómo estás, sería para preguntarle a tu respuesta: ¿consideras que se puede ser feliz a rabiar y profundamente desdichado en un mismo momento y lugar?), pero el normotipo dicta una respuesta, una única respuesta válida y duradera, así que te arrancas un gajo y lo sueltas, con su acidez y sus semillas, y dices cosas como "bien, pero" o "bueno, cansada" (de la ausencia de esos ojos, que tampoco son en verdad esos ojos; de la máscara que cubre los tuyos como un impermeable; de la inercia y los días soleados; del gancho que tira de ti si te resbalas). En ese punto de huida hacia dentro las palabras tienen un sentido relativo, distorsionado, sinestésico: azul, música, lluvia, conveniente, antítesis. Atesoras la soledad como si fueran las gemas que te faltan, y de repente asistes perpleja al final de las escaleras del metro o la filigrana del portal de tu casa, preguntándote qué haces allí en el sentido más literal. Las personas, interrogantes; las tareas, postergables; las paredes, de cartón; sólo tú, tus pies y las páginas de ese libro que alguien, un día, escribió para ti sin conocerte.

26.2.12

No quisiera que lloviera

No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto

Cristina Peri Rossi Visto en el blog de Aïda

17.2.12

Un jueves cualquiera (o de cómo se cambia)

Un jueves cualquiera hace un par de años
Levantarse. Mientras se enciende el ordenador, haces un café con leche. Miras el correo, Facebook, el periódico. Ducha. El agua está caliente, siempre a la misma temperatura, pierdes la noción del tiempo. Siempre igual. Pones los cubiertos y el postre en el tupperware, el resto ya está listo. Agarras la mochila y a clase. Las horas muertas (y las de hacer campana) se pasan en el bar. Se canta y se ríe. L'Anna avui no es vol fer gran, dirà tot fent un cafè al bar com tants dijous abans només despistant el futur... Pausa para comer, y luego más clases, o hacer algún trabajo en grupo... Llegar a casa después de 25 minutos de autobús, cenar, consultar de nuevo Internet, ver algún capítulo de alguna serie, leer un rato y a dormir.

Un jueves cualquiera de este curso
Levantarse, ni siquiera vamos a decir a qué hora... Mientras se enciende el ordenador, vas poniendo la cafetera, italiana, esa que el primer día te mirabas de reojo y te acercabas con cautela por si le daba por soplarte (o algo), y un cazo con leche, aquí no hay micro. Fregas los platos, recoges el comedor y la habitación, destiendes la ropa. Preparas el café y lo dejas ahí porque has tardado tanto que está demasiado caliente. Ducha. El agua está demasiado fría o demasiado caliente, piensas en todo lo que tienes que hacer después. ¡Sólo son las siete y pico de la mañana! Mientras te vistes recoges el baño, parece mentira la de cosas que caben en tu parte del armario, es un fenómeno digno de estudio... que siempre estén fuera, digo.
Por supuesto, el café se ha enfriado, pero da igual porque como no te des prisa llegas tarde (aunque seguro que luego te entretienes mucho más rato en otras cosas que te llevan el doble de tiempo que calentar el café). Lees el correo, contestas un par de mensajes, mandas dos whatsapps, espera, ¿ahora dónde has dejado la taza del café?, ¿ya vuelve a haber cosas para fregar? ¿qué pasa, se multiplican?, reflexionas sobre un artículo mientras miras de reojo el reloj. Haces la cama, ¿de dónde ha salido tanta ropa?, ah, sí... Luego. Sacas la basura, algo que ni siquiera eras consciente de que había que hacer tan a menudo (ya sabéis, los duendes).
Piensas en lo mucho que te gusta Barcelona por la mañana. Coges el metro, haces un trasbordo larguísimo durante el que es probable que te pasen cosas raras que luego tuitearás. Por el camino compras algo para merendar esa tarde. Pasas 5 horas en el colegio con los peques de P3, en las que, por supuesto, ni siquiera intentas sentarte o ir al baño. Te acuerdas con nostalgia de aquello de "L'Anna avui no es vol fer gran, dirà tot fent un cafè al bar com tants dijous abans només despistant el futur...".
A la vuelta haces la compra y vuelves cargada, menos mal que se te había ocurrido poner bolsas de plástico en el bolso. Entras en casa (ya sabéis, por fascículos, primero las bolsas, después una pierna, apartas algo que hay por ahí, prefieres no saber el qué, no vaya a ser que te cargues algo, uff, por fin en casa) y empieza la función:
Mientras haces la comida, doblas y repartes la ropa. Incomprensiblemente ya vuelve a haber una pila de cosas para fregar. Llega tu compañero de piso y te echa la bronca por comer tan mal. Te sientas a comer no sabes ni el qué mientras miras de nuevo las 5 direcciones de correo que aún mantienes (y te preguntas mentalmente quién narices te mandó empezar un máster), pero no miras Facebook ni Twitter porque ya lo has hecho mientras volvías en el metro, hay que economizar el tiempo y eso de leer un libro está demasiado visto.
Te preguntas por qué extraña razón sigue sobrándote media hora para acabar (...de leer ese artículo, esa reflexión que tenías que hacer para esta tarde, redactar el diario de prácticas, enviar ese email importante). Fregas mirando el reloj porque invariablemente te habrás entretenido con cualquier otra cosa, excepto que lo que tuvieras que hacer fuera para ese día, que es algo que suele pasar.
Metro, trasbordo larguísimo, dirías que desde esta mañana le han añadido unos cuantos metros de largo, si no, es inexplicable; otro metro, autobús. Copistería, reuniones, clase, más trabajos... A la vuelta seguro que tienes que comprar algo que te has dejado, el que no tiene cabeza tiene pies y una tienda que abre las 24h, cuánta razón tenía mi madre cuando me decía que ese tipo de negocios se forra con gente como yo.
Cenas bien acompañada y dándole las gracias al cielo por tener unos compañeros de piso que te dejan muy a menudo la comida o la cena hecha. Te quedan otras dos o tres horas de empezar o acabar documentos para el máster. Como siempre, se te había olvidado que hay que recoger la cocina, pero lo cierto es que a las dos de la mañana después de varias horas de concentración-desconcentración, acaba siendo incluso relajante. Consultas Facebook, preguntándote en qué momentos del día te ha dado tiempo de dar tanto la lata al personal, ¿tú te acuerdas de respirar, M.? Porque de pestañear ya sabemos que no :P
Incapaz de dormir, vuelves a releer ese de J. Gaarder, ese que tiene tantas hojas marcadas y dobladas que hay páginas que recitarías de memoria. Al cabo de unas horas de sueño, por supuesto demasiado pocas, te despiertas y te das cuenta de que no apagaste la luz al dormirte, tienes una página marcada en la mejilla y el teléfono con un whatsapp a medio escribir. ¡¿Pero tanto te cuesta apagar una luz?!


Basado en hechos reales de un jueves cualquiera...