14.9.12

Septiembres

Acordes de guitarra desde el salón. Me transporto a aquellos días cuando a menos de un metro me despertaban el olor del café recién hecho, las carcajadas de un niño y los acordes de una guitarra. Felicidad en estado puro. Una taza de té y un libro. Me olvido de todos mis mantras, de los impulsos, de hacer números. Todo es verde a mi alrededor y sé que por lo menos hoy no me salvo. Ni ahora ni nunca.
Todo puede ser tan extraño como darte cuenta de que, tal día como hoy, hace unos cuantos años, te perdías en las calles de un videoclip de Gossos (el tiempo sigue inamovible aunque el reloj avance) y tan simple como una hippy hablando inglés en tu salón de no. Te pierdes entre las casas recordando aquel septiembre, y aquel otro, y aquel otro... Todo empieza y acaba en los septiembres.

9.9.12

Un día, Maya

Andas por esos mundos como yo;
no me digas que no existes, existes,
nos hemos de encontrar;
no nos conoceremos, disfrazados y torpes
por los caminos echaremos a andar.
No nos conoceremos, distantes uno de otro
sentirás mis suspiros y te oiré suspirar.
¿Dónde estará la boca, la boca que suspira?
Diremos, el camino volviendo a desandar.
Quizá nos encontremos frente a frente algún día,
quizá nuestros disfraces nos logremos quitar.
Y ahora me pregunto... cuando ocurra, si ocurre,
¿sabré yo de suspiros, sabrás tú suspirar?

Alfonsina Storni 

Llegaba tarde a un compromiso y en los últimos días no había tenido tiempo de digerir aquella cantidad de sucesos importantes en el curso de mi vida. No había tenido tiempo de dormir, ni de reírlo todo, ni tampoco de llorarlo. Se me dan mal las despedidas. Las evito, las aplazo, las miro con desconfianza. Y, desde luego, prefiero llorar en solitario, incluso cuando llorar en solitario implica hacerlo rodeada de personas que no me conocen, sentada en el suelo de un tren de camino a ninguna parte.
Pisé el andén de la estación con la esperanza oculta de que el tren anterior se retrasara y tuviera tiempo de cogerlo, deberían incorporar el adjetivo "peludo" a la definición de tren, pensaba mientras me preguntaba a mí misma cómo alguien le explicaría a un niño ciego de tres años lo que es un tren. Desde luego a él no le diría la palabra peludo.
Estaba tan exhausta, tan remotamente distante, que me senté sin pensarlo, junto a un suspiro, apoyada en la pared, y daba lo mismo estar allí que en cualquier lugar del Universo. Estaba dentro de mí misma, encerrada a cal y canto en un caparazón amplio, hueco y vacío. En un momento de lucidez extrema me acordé de que mis pantalones eran de color claro y se iban a manchar, como si no vinieran ya manchados de arena, restos de comida y quién sabe qué otras cosas, y al caer en esto último solté una carcajada privada y silenciosa. Pensaba dejar que el piloto automático hiciera su trabajo hasta que las inevitables lágrimas de tantas despedidas acumuladas aquel final de curso inundaran por completo el caparazón e hicieran salir a flote todos los sentimientos, todas las imágenes felices ahora bajo un tinte de nostalgia. Era incapaz de seguir el hilo de mis husos, todavía enmarañados y agitados por la caminata y el esfuerzo de llegar hasta la estación.
Al levantarme con resignación, una voz muy poco familiar y sin asomo alguno de amenaza: perdona, saps si aquest tren va cap a Salou? Tentada a contestar con un lacónico sí, me recordé a mí misma lo mucho que había necesitado indicaciones los primeros días en Barcelona, y con el premio a la sonrisa más poco creíble del mundo, le dije que lo confirmaríamos y esperé hasta que asomó la primera S tras la parada de Port Aventura, aun a sabiendas de que mi repentina amabilidad suponía, en primer lugar, perder cualquier posibilidad de sentarme y, en segundo lugar, perder cualquier posibilidad de sentarme y únicamente llenarme los ojos de mi querido Mediterráneo para después llorarlo a mares en relativa intimidad. Y es que en aquel momento me habría dado igual incluso que Serrat subiera al tren a cantarme el Mediterráneo en cuestión.
Sin molestarme a buscar sitio, subí -de las últimas- al vagón y, tan pronto puse un pie en él, dejé caer la mochila y me senté de nuevo. La voz en cuestión se sentó delante de mí, también en el suelo. Peor para él, pensé yo. El caparazón se había esfumado y estaba atronadoramente sola en mi desierto.
Desprotegida ante recuerdos demasiado valiosos, no me molesté en intentar evitar que las lágrimas fueran resbalando por mis mejillas, labios, barbilla, cuello y aterrizaran en la camiseta o en el suelo. Y lloré como si en lugar de entrar en el vagón, hubiera entrado en el poema de Girondo. Sabía que era inevitable, arrasador, fisiológico y, desde luego, necesario para procesar todo lo vivido y preparar un lugar fértil para todo lo que quedaba por delante. Porque esto era sólo el principio.
A mi alrededor la gente hablaba por teléfono, reía, leía, miraba el estupendo paisaje veraniego, se quejaba del calor. Yo estaba muy lejos, detrás de mis gafas y de mi pasión de maestra, recordando los últimos días en la escuela y todos los momentos felices que todavía me hacen saltar las lágrimas de agradecimiento amarillo.
De repente, la voz estaba como a un palmo de mí, igual de educado y de correcto, con el mismo tono nervioso que precisamente él, con la misma valentía con la que cae la lluvia, con la precisión milimétrica para pararme el corazón en dos segundos, perdona, potser em fico on no em demanen, però estàs bé? Mi cabeza-manojo de nervios empezó a procesar en qué berenjenal acababa de meterse, vamos a ver, ¿a quién se le ocurre tanta intensidad en un vagón de tren, que molestas a la gente que está de vacaciones?, y comprobé con horror que no era demasiado factible intentar usar mi voz en ese momento.
Me sequé las lágrimas sin mucha prisa, ante una mirada expectante que acompañaba a la voz nerviosa, comprendiendo de repente el lado cómico de la situación, intentando entender sin entrar en pánico los parecidos irracionales de quien estaba ante mí y maldiciendo mentalmente al Kharma. Esto a Anna le va a encantar, recuerdo haber pensado. Tranquil, és per una cosa bona. Como mínimo, ahora mi voz estaba de vuelta, tranquilizadora, amable. Sonó su teléfono, es curioso que una maestra sea salvada por la campana en un viaje en tren bordeando la costa en algún punto del Mediterráneo. Decidí casi al instante que no me apetecía añadir nada más e inicié una discreta retirada consistente en mirar hacia otro lugar mientras él hablaba por teléfono.
Consciente ahora de mi público, dejar de llorar no fue exactamente una decisión meditada. De vez en cuando, claro, una lágrima escurridiza, extraviada, iba a parar a algún lugar indefinido de mi ropa. Nada alarmante. Nada emocionalmente inestable. Delante de mí, de pie en el vagón y rodeados de maletas, viajaban un chico y una chica. Músicos -no era una gran deducción dados los estuche de violín y de guitarra que llevaban consigo-, lo cual todavía me hacía focalizar más en los paseos y los hoteles y la música de ascensor que parecían haber vuelto en forma de la voz de un desconocido. ¿Estaba pasando aquello de verdad o era un efecto secundario de la falta de sueño...? Me trasladé a la última noche en Barcelona, perdida desde el primer segundo hasta el último, sin tener ni querer remedio. Y desafiando el oleaje, sin timón ni timonel, por mis sueños va, ligero de equipaje, sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje... luciendo los tatuajes de un pasado bucanero... Nunca un viaje se había hecho tan corto y tan largo como una patada en el estómago, como una espiral taladrando tu universo, entre miradas furtivas y sonrisas que no podían empezar nada. ¿Y qué si era de locos pensarlo? ¿Y qué si esas cosas no te pasan a ti? El músico se arrodillaba ante la música para pedirle perdón por haber perdido un vuelo, rodeados de instrumentos y pasajeros. Alguien intentaba ayudar. Ajena a todo, me dedicaba a robar imágenes de aquel trayecto que podía acabar en nada.
Y entonces, lo vi. Allí, sobre la maleta, una portada que al principio no reconocí, pero un nombre indudablemente familiar. Maya, de Jostein Gaarder. ¿Era una broma pesada del destino que aquel extraño de voz cálida y mirada amable, que llevaba consigo la lluvia y la música y tres extraños tatuajes recién hechos, estuviera leyendo precisamente ese libro? Ese libro que había acompañado tantos momentos de incertidumbre, tantas madrugadas en la ciudad con un único pasador como defensa ante el mundo, tantas horas en el autobús, conteniendo la respiración ante la próxima genialidad.

A mi alrededor todo seguía como en una película muda. Como Momo tras los hombres grises, el tiempo se había detenido... los músicos intentaban arreglar el desaguisado buscando alguna alternativa para llegar a tiempo a su vuelo, alguien hablaba con ellos. La persona que súbitamente había acaparado toda mi atención también intentaba ayudar, espiando de vez en cuando sin intentar esconderse demasiado.
Internamente deseé que aquel caos fuera el comienzo de algo, todo era demasiado perfecto, la cuadratura de un círculo despiadado. Me aferré a cada sonrisa y a cada mirada, intenté memorizar los tatuajes, borrar los míos, olvidar que en unas semanas cogería un vuelo a otro lugar y buscar en mi interior el valor que nunca había tenido para saber más. Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes... Llegaba la hora de bajar del tren y el show debía continuar, lo sentía en cada poro de mi piel, pero era incapaz de seguirle al universo aquella broma macabra.


Y me bajé del tren.
Me bajé recogiendo las migajas de tantas sonrisas intercambiadas, idioma sin palabras, rebobinando las miradas furtivas e intentando reconstruir lo que había pasado, corporizando que ni siquiera mi caparazón iba a poder salvarme de mi cobardía. Como para redondear esa jugarreta del destino, en el reproductor de la mujer que bajó a mi lado sonaba Valiente, de Vetusta Morla. Porque ser valiente no es sólo cuestión de suerte.

Sabía que lo olvidaría, que sólo era un extraño en un tren. Hasta que meses más tarde, curioseando en una librería de segunda mano en la otra punta del mundo, inesperadamente, algo me golpeó la memoria... y me dolió como si me hubieran lanzado el libro a 50km/h con la precisión del mejor lanzador.

Era Maya (siempre es Maya), Maya con la misma portada que había visto aquel día sobre la maleta negra en el vagón del tren y que no había reconocido de otras ediciones...

7.9.12

43-44: "It's not that bad"

Desde 2006 escribiendo en el blog y resulta que las visitas se han triplicado desde que cuento la experiencia en Irlanda, además de haber alcanzado los 101 (comentarios, no dálmatas)... Cosas de las que se da cuenta una en las largas noches de babysitting.

No suelo escribir sólo para dos días, pero necesito una dosis de Aplicatelcuentolín (¿Que no lo conocéis? Es casi más efectivo que el Keledene), así que al lío.

Ayer mi hostmom me dio un ascensor hasta Carrigaline (¿qué?, estoy tan integrada que hasta me calco las frases hechas) y por fin volví a ver a R. para hacer un poco de terapia cafeteril conjunta, que últimamente falta nos hace. Carrigaline es un sitio bonito para pasar el día, no es que tenga grandes cosas (o como mínimo eso me pareció), pero sólo por la absolutely lovely bakery que descubrimos allí y el paseo hasta Crosshaven ya vale la pena ir. Se agradece disfrutar de mañanas así de vez en cuando.
Lovely cookies from Hassel's bakery in Carrigaline

Después, al llegar a casa, me encontré con la puerta abierta y el padre de una compañera de clase de G. dentro. Tras un #holaquétal interno recordé que hacía dos semanas le habían pedido si podía venir a casa a arreglar algunas cosas. Así que le ofrecí si quería que le preparara algo para comer y, como me dijo que no, decidí romper todas las normas del mundo y comer en mi habitación para que, así, él trabajara tranquilo y yo no respirara aire lleno de polvo y madera.

Al cabo de un rato llegó G. del cole, le dije que prefiero que se cambiara de ropa primero y después comiera algo delante de la tele (15 minutos) porque si lo hacemos al revés, se apalanca y tardamos mucho. Quería comer salchichas y palomitas, así que pese a varios avisos, al final tardó mucho más en ver la tele y a las cuatro todavía había que empezar los deberes. Ahí la cosa empezó a torcerse, porque está claro que hacer los deberes mientras el resto juega fuera... no mola (y menos con los ventanales que tienen en estas casas, que sólo hacen que agravar el asunto, jeje). La llamaron mil veces para salir a jugar y todas tuvimos que decir que no, intentó simplemente hacer planes por su cuenta ("en media hora salgo", ¿¿¿cómorl???), intentó negociar conmigo, intentó negociar con su madre, ... ¿pero quién te manda pasarte la tarde viendo la tele?, pensaba yo. Estaba claro que la cosa no podía acabar bien.

Para más inri, yo tenía orden expresa de su madre de que cenara pasta a las 5.30, así que tras todas las protestas del mundo diciendo que no tenía hambre, le di un bol minúsculo de pasta a las 5.45. Antes de eso, le dije que corrigiera dos cosas de la redacción, de las que parece ser que finalmente sólo corrigió una y perdonándome la vida. Entonces llegó su padre y decidió que si estaba llena, qué le íbamos a hacer, y que ya cenaría al volver, así que allá que se fue con el estómago vacío y cara de manzanas agrias (guiño para los catalanes) a la clase de danza. Por mi parte, empezaba las clases de inglés en media hora, así que respiré hondo, cogí aire, me bebí las tostadas y me comí la taza de té a la velocidad de la luz, y me dispuse a hacer en 25 minutos un trayecto de 40 sin querer pensar mucho en... bueno, en nada.

Ese fue el momento en que dije en Facebook: "Haced un favor a vuestros hijos y enseñadles lo que es la frustración", porque visto objetivamente, que un día a la semana no puedas salir antes de cenar a la calle porque tienes que hacer los deberes, que podrían estar acabados pero no lo están porque has decidido pasar más rato viendo la tele, y para hacer una actividad que te gusta y has elegido tú, tampoco era como si se estuviera acabando el mundo... También fue el momento en que me transformé momentáneamente en mi madre diciendo "¡¡¡Y el que no esté contento, que se ponga!!!", la lástima es que no sabía cómo traducir eso al inglés y al final repetí por enésima vez mi frase favorita: C'mon, it's not that bad!!! Sólo me faltó que por la noche la niña me recriminara que no le había hecho corregir el segundo error de la redacción... Ahí fue el momento Keledene, qué bien sienta esto de automedicarse ;P

Por suerte mis hostdads son muy, muy comprensivos y no toman en cuenta estos detalles. Además, me prepararon un té con tostadas antes de irme y la cena cuando volví (y otro té con galletas por la noche), así que eso borra gran parte del estrés emocional que me generan estas situaciones, porque las comparaciones son odiosas, y es que cuando lo tienes todo no valoras lo que tienes...

Ayer por la noche, como he avanzado al inicio de la entrada, tocaba babysitting, así que me regalaron una excusa para quedarme leyendo hasta tarde.

Esta mañana otra R. y yo nos hemos acercado al castillo de Blackrock. Resulta que por dentro no es un castillo, sino que sólo hay la exposición, pero ya que estábamos allí, hemos pensado "¡Algo aprenderemos!" y nos la hemos visto. (Y algo habremos aprendido, supongo... ;P) Efectivamente el paseo en Blackrock es bastante bonito, una delicia -desde luego- para acercarse con la bici. Después hemos decidido tomarnos un café en Cork, por supuesto en O'Conaill (definitivamente, si pudiera llevarme algo de Cork,sería ese café), quien dice café dice un chocolate y una scone... Y para casa.


El castillo de Blackrock

El castillo por dentro

El castillo por dentro

El paseo  by the sea

El paseo by the sea y, al fondo, el castillo de Blackrock

Al volver, el mismo señor de ayer seguía aquí y ha estado aquí todo el rato hasta las cuatro y media, pero yo no era consciente de ello, lo cual añade un punto de "alegría" a lo que paso a contar ahora. Recordad que vosotros sabéis que el señor estaba aquí, pero yo no lo sabía.

G. ha llegado del cole a su hora, ha encontrado algo de comer y en menos de 20 minutos, se lo ha comido, mientras yo tendía la ropa. Hasta aquí todo es maravilloso. En ese momento, ha venido el vecino a ver si salía a jugar y, como no tenía deberes, le he dicho que podía salir 15 minutos. A los 10 minutos le ha empezado a sonar el teléfono, así que he salido a la puerta a llamarla para que lo cogiera. Tras dos minutos llamándola a voz en grito (y os aseguro que la calle no es tan grande como para que no me oyera), el perro ha decidido que ese era su momento de gloria y se ha escapado por debajo de la puerta.

Por suerte para todos vivimos en un cul de sac, así que muy lejos no iba a ir, pero imaginaos 8 niños corriendo detrás del perro por la carretera sin prestar la más mínima atención a los coches. La peor pesadilla de cualquier aupair y de la gente que está haciendo las prácticas del carnet de conducir. Como la vecina tiene niños pequeños, en menos de 15 segundos estaba fuera para ver qué pasaba, así que los niños estaban atendidos y yo me he dirigido a la velocidad de la luz a por la cadena del perro. En realidad lo que ha sucedido ha sido que los niños han perseguido al perro por todas partes mientras la vecina en cuestión ponía cara de incredulidad en mitad de la calle, como valorando la posibilidad de echar a correr también detrás del perro y de los niños, o quedarse simplemente en mitad de la carretera. Ha optado por venir a casa a pedirme la correa del perro, pero no contaban con mi astucia y antes de que se moviera de la carretera, yo ya estaba de vuelta.

Cuando he llegado donde estaban los niños, G. ya lo tenía entre sus brazos y la acompañaban las dos amigas que ayer la vinieron a buscar para jugar (las mismas niñas de la entrada anterior). Como si nada de eso fuera con ella, se han pasado al otro lado de la calle mientras yo, preguntándome dónde quedó mi miedo a los perros en un día como hoy, devolvía al perro sano y salvo al jardín. Después de contar hasta 10 dos veces y respirar profundamente, la he encontrado quedando con sus amigas para dentro de 5 minutos, cuando se hubiera cambiado de ropa. Le he dicho que se cambiara y bajara a hablar conmigo.

Con cara de incomprensión total y absoluta, G. ha subido a cambiarse y las amigas la esperaban en la puerta. Les he pedido que esperaran en la calle, si querían esperar. Ellas seguían hablando por la ventana como si nada (¿alguien las ha reñido alguna vez? ¿sabrán lo que es?, me pregunto yo en esos momentos de confusión). Cuando ha bajado le he dicho todo lo amablemente que he podido que es una niña y no puede hacer lo que le dé la gana, que si la llamo desde casa tiene que venir a la primera y no después de dos minutos gritando en la calle (ahí os prometo que estaba empezando a transformarme en mi madre, con el mismo discurso y todo) y que lo tenga en cuenta para la próxima vez. Ella me ha dicho que no me había oído, yo no me lo he creido (porque no es verosímil, si hasta me ha oído la vecina en la otra punta de la calle), pero no tenía sentido discutirlo.

Después le he dicho que íbamos a hacer las cosas "properly", recoger el salón, ponerse los zapatos, beberse el vaso de agua que yo pensaba que se había bebido y no, dar un rato de Spanish (que no habíamos dado desde el lunes) y después, y sólo después de todo eso, podía salir a jugar con sus amigas. Tras oír alucinar a la amiga en cuestión "¿¿¿estás castigada????", G. convertida en crankyniña y yo nos hemos dirigido a la cocina. Evidentemente no se puede dar clase de nada en esas condiciones, pero por coherencia (y por narices) había que hacerlo. Ya estaba un poco más tranquila tras el susto inicial y, la verdad, no se nos ha dado tan mal. Desde luego no estaba en posición de rechistar por nada.

Tras eso, se ha ido al parque y yo me he quedado aquí reflexionando sobre el sentido de la vida. Otra vez ha llegado 10 minutos tarde y me ha mirado como si estuviera como una cabra por recordárselo. En momentos así una sólo es capaz de pensar: "¡Feliz adolescencia!"

Y aquí viene la parte del Aplicatelcuentolín...

Os voy a contar algunas de las reglas de oro. O sea, que primero os cuento la parte del cuento, y luego la de aplicárselo. Son muy fáciles de cumplir en la teoría y cuando las cosas van bien, y muy difíciles de cumplir el resto del tiempo, pero precisamente por eso son reglas de oro, principios básicos inquebrantables.

- Evitar los círculos de pensamiento negativo.
¿No os ha pasado que alguien hace algo que no os gusta y de repente os estáis machacando a vosotros mismos recordando todas y cada una de las cosas que hace, hacía o alguna vez os ha hecho (o creíais que os había hecho) esa persona y que no os han gustado? ¿No os ha pasado que a veces esa persona sois vosotr@s mism@s?
Convives con alguien y hay algún pequeño detalle que no te agrada... de repente te has pasado media hora recordando todos y cada uno de los pequeños detalles que tanta rabia te dan. ¿Para qué?
Haces algo mal, tú sabes que te has equivocado, y sin darte cuenta llevas un buen rato pensando en todas las veces que has hecho algo mal en el último mes y por qué eres tonta por no haberlas evitado. ¿Para qué?
Además de gastar energía para nada y deteriorar relaciones sin motivo, ¿qué buen propósito puede tener hacer eso? ¿Nos puede traer algo positivo?

- Cuando pienses algo negativo de alguien, párate ahí y añade como mínimo tres cosas positivas.
Siempre y cuando no sea una persona a la que quieres mandar a tomar viento para siempre, claro. En ese caso, te lo puedes ahorrar.
Para romper el círculo, que lo único que hace es malgastar energía y alimentar rencores, lo mejor es entrar en el círculo contrario. ¿Qué hace esa persona que sí te gusta? ¿Qué hace bien? ¿Qué cualidades tiene?
¿Y tú? ¡Algo habrás hecho bien!

- Actúa con la paciencia y amabilidad que te gustaría que tuvieran contigo.
Todos nos equivocamos. Mil veces. Mil quinientas. Es humano, es inevitable. La mayor parte del tiempo no lo hacemos adrede (¿cuántas veces recordáis que hayáis hecho algo mal, o hayáis hecho daño a alguien, aposta?). Entonces, ¿por qué reaccionamos tan negativamente ante el error del otro?, ¿por qué presuponemos y juzgamos directamente en lugar de acoger y preguntar? ¿Qué pasa: que yo tengo derecho a equivocarme, pero el otro no?
Ya sabéis eso de: "Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite..."

- Sé coherente contigo mism@ y con los otros. 
No vale donde dije digo, digo diego. No vale eso de consejos vendo, y para mí no tengo. No vale el haz lo que digo, no lo que hago. Simplemente no vale, podemos intentar que valga, podemos hacer como que no nos damos cuenta, podemos no pensar en el tema, pero la verdad es que el movimiento se demuestra andando y la única manera de ser coherente es siéndolo en todo momento y no sólo cuando nos conviene. Cuesta, duele, jode, pero ayuda a dormir muy tranquilamente por las noches.

- Todos somos tontos de remate almenos 5 minutos al día. 
Esta va dedicada a los autoexigentes, autocríticos y perfeccionistas como yo. A pesar de que te esfuerces las 24h del día, todos tenemos nuestros (mínimo) 5 minutos. Perdónatelos. (Y si son 10, casi que también)

Para que veais que no os estoy vendiendo ningún libro de autoayuda, ahora viene la parte de aplicarse el cuento. La parte chunga, vaya.
Voy a ser coherente con todas esas cosas que digo, y así, por ejemplo, aceptar que no todos los días pueden ser buenos, o como poco no "el mejor"; aceptar que los niños van a probar nuestros límites porque son eso, niños; voy a ser coherente con mi decisión de escoger una familia con una hija única y aceptar las consecuencias que ello conlleva; y voy a pensar en todas las cosas positivas que me aporta vivir con esta familia, que sin duda son muchas. Cortar la rueda de los pensamientos negativos, que total ¿para qué la quiero?, y pensar en la globalidad del mes que llevo aquí y cuántas oportunidades he tenido, cuántas cosas he aprendido, cuántos sitios he visitado. Pensar que ser adulto es esto, que hace dos años no habría reaccionado ni la cuarta parte de bien que lo he hecho hoy (aunque no haya sido perfecto ni idílico), que no habría encontrado la calma necesaria para sentarme y decir las cosas tranquilamente y, en cambio, hoy sí lo he hecho, así que algo habré aprendido.Y sobretodo, voy a aplicarme el cuento que le cuento a G. cuando le digo "It's not that bad!", porque seamos serios, realmente... no ha sido para tanto ;)

Para que os riáis un rato, si no lo habéis hecho ya imaginando la escenita, os contaré que a mitad de la entrada, en mitad del sermón, se han roto dos ruedas de mi silla y he acabado en el suelo. Creo que está arreglada, pero seguiremos informando.







He perdido sin quererlo los papeles que me diste antesdeayer 
donde estaban los consejos que apuntamos pa' que todo fuera bien... 
(Maldita Nerea)

5.9.12

Releyendo a Juan Gelmán

Costumbres

no es para quedarnos en casa que hacemos una casa
no es para quedarnos en el amor que amamos
y no morimos para morir tenemos sed y
paciencias de animal


El juego en que andamos

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.


Gotán

Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.
Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.
Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.

Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.

Poco se sabe

Yo no sabía que
no tenerte podía ser dulce como
nombrarte para que vengas aunque
no vengas y no haya sino
tu ausencia tan
dura como el golpe que
me di en la cara pensando en vos


Presencia del otoño

Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.

Amada, tú, recíbelo.
Vete por él, transporta tu dulzura
por su dulzura madre.
Vete por él, por él, otoño duro,
otoño suave en quien reclino mi aire.

Vete por él, amada.
No soy yo él que te ama este minuto.
Es él en mí, su invento.
Un lento asesinato de ternura.


Fuente

Como a los amigos o a la familia, también se echa de menos a los poetas, los escritores o las hojas de un libro... y a veces ese verso, ese que sólo tú sabes cuál, se te clava como una de esas espinas que se clavan en el dedo y son pequeñas e insignificantes, pero necesitas arrancarlas... y los versos se arrancan del alma compartiéndolos. Aunque, si os digo un secreto, no siempre funciona.

39-42: "Dime, niño, ¿de quién eres?"

Pues nada, aquí estoy, con el corazón en un puño. Pero eso os lo cuento luego.

Tengo una buena y una mala noticia sobre el tiempo en Irlanda. La buena es que parece que por fin ha llegado el verano y llevamos más de una semana de sol... Qué sensación tan placentera despertarse a primera hora de la mañana con los rayos del sol a través de las persianas claras... (bueno, eso si no os habéis ido a dormir tarde, en ese caso la sensación pasa a no llevarse bien con una misma por no ser capaz de dormir de día). La mala es que en pleno verano tardío irlandés sigo yendo en bata, lo que hace que mi alegría por el hecho de que mi hostmom me esté tejiendo un jersey de lana para el invierno no tenga mesura.

Venga, que ya hemos hablado del tiempo, ahora al lío:

Si los que estáis en Cork todavía no habéis pisado O'Conaill, ya estáis tardando; sí, es otro sitio donde tomarse un buen chocolate... tienen una carta de chocolates que, la verdad, cuesta decidirse, además es un lugar muy agradable donde pasar la tarde, lástima que en este país cierre todo tan tempranito. Esto viene a que el sábado, improvisadamente, nos juntamos unas cuantas y gracias a M. (sí, otra "otra" M., no sé si numerarnos o empezar a poner nombres) descubrimos el lugar. Por fin conocí a R., que tras tanta conversación vía Facebook ya iba siendo hora, y por supuesto a otras chicas, más majas que las pesetas. Por lo visto solo hay que estar dispuesto a ocupar un bar para trasladarse de repente a España como si nada pasara... porque Cork está plagado de españoles. Todavía estoy decidiendo si eso es bueno o malo ;)

Al día siguiente repetimos, descubrimos el Crane Lane, y sin comerlo ni beberlo, entre Cork y Kinsale, éramos 16... Así fue cómo recibí mi primera bronca por parte de mi hostdad por el gran delito de NO beber, ¿me habré venido a vivir al mundo al revés?

Mi hostfamily me invitó a ir con ellos a ver el Camdem Fort (cerca de Crosshaven). Cuando pueda os pongo fotos. Bueno, en realidad eso fue por la mañana, antes de lo que os acabo de contar, pero tampoco he firmado en ningún sitio que tuviera que seguir el hilo al escribir las entradas, ¿no?

Estos primeros días de cole, estoy comprobando las similitudes y diferencias del sistema educativo. Muchos de los deberes consisten en repetir en voz alta, deletrear, recitar o leer, con lo cual la implicación de los padres se hace bastante necesaria. No tienen deberes los viernes y no debería llevarles más de 20 o 30 minutos hacer todo lo que les han mandado.

Las clases de 10 minutos de castellano van tirando, en 10 minutos y cuando realmente no interesa, no se pueden hacer milagros, pero como mínimo vamos teniendo un poco de conversación y vocabulario... De aquí a final de año, quién sabe.

Las mañanas y las tardes-noches son bastante imprevisibles y difíciles de planificar con antelación por el momento. Según avancen las semanas, esto irá cambiando, ya que la menda empieza clases de, básicamente, todo. Nada nuevo bajo el sol para los que ya me conocíais (y para los que no, pues mira, ya con eso nos vamos conociendo...).

Ayer recibí mi primer paquete desde casa y me sentía como un niño la mañana del seis de enero, ¿qué me habrán mandado?, alguna sorpresita, una pulsera que llega en el momento justo para recordarme que lo de aprender a "knitting" va a ser más complicado de lo que yo me pienso si tomamos en cuenta que mi paciencia está reservada para otras cosas...

También ayer descubrí qué ha hecho Facebook con nosotros: entrar en un lugar y que alguien que no conoces te reconozca es, cuando menos, raro ;P más allá de la anécdota, conocer gente de la manera convencional también estuvo bien ("Oye, ¿tú eres española?" y ya está... mañana resuelta). Nos pateamos media ciudad en busca de clases de inglés gratuitas y así fue mi primera visita a la UCC. ¡Desde luego el campus no se parece demasiado al nuestro en Tarragona!

Por otra parte, ya tengo PPS Number (¡desde esta mañana!), tras el test de nivel de inglés me han dicho que estoy en un B2 (sin comerlo ni beberlo también...), y parece que sigue adelante lo de las clases de guitarra y danza... Así que me esperan semanas de dulce ajetreo y rutina, bendita rutina...

¿Alguien aún preguntándose por qué el corazón en un puño o el título de la entrada?

No hay nada mejor que irte lejos para saber cosas de ti, de quién eres y de dónde vienes. Eso no es ninguna sorpresa y en el plano teórico todo el mundo se lo sabe. La sorpresa, para mí, es haber tenido que venir hasta aquí para descubrir en profundidad las implicaciones que esta afirmación tiene. Ya lo decía Marco en el curso de Montessori, el conocimiento tiene que ser una experiencia corporizada, si no, no vale...

Son pequeñas cosas, como entender que aquí sí se puede jugar en la carretera o que los niños pueden ir solos a un parque que a ti te parece que está en la quinta puñeta a la derecha, pequeños detalles que te hacen pensar... ¿por qué no? ¿por qué te parece que es inadecuado? ¿qué te ha hecho llegar hasta aquí? De repente te pareces a tu abuela (¡niña, ponte calcetines! ;P) y nunca lo habías pasado peor que en esos 7 minutos que van desde que G. te dijo que volvería a las 5.30 hasta las 5.37 cuando entra por la puerta... (Y eso que no es hija mía, que se preparen mis futuros hijos :S)

Y te descubres escribiendo esta entrada con el corazón en un puño, preocupada sin mucha razón en un país extraño por una niña que no es tuya, mirando fijamente la flauta que tu madre te ha mandado inesperadamente (aunque reconozco que ha dado en el clavo), y acordándote de aquel villancico que un día te aprendiste a tocar en tu instituto de barrio con esa misma flauta y que empezaba así: "Dime, niño, ¿de quién eres...?".