Andas por esos mundos como yo;
no me digas
que no existes, existes,
nos hemos de encontrar;
no nos conoceremos, disfrazados y torpes
por los caminos echaremos a andar.
No nos conoceremos, distantes uno de otro
sentirás mis suspiros y te oiré suspirar.
¿Dónde estará la boca, la boca que suspira?
Diremos, el camino volviendo a desandar.
Quizá nos encontremos frente a frente algún día,
quizá nuestros disfraces nos logremos quitar.
Y ahora me pregunto... cuando ocurra, si ocurre,
¿sabré yo de suspiros, sabrás tú suspirar?
Alfonsina Storni
Llegaba tarde a un compromiso y en los últimos días no había tenido tiempo de digerir aquella cantidad de sucesos importantes en el curso de mi vida. No había tenido tiempo de dormir, ni de reírlo todo, ni tampoco de llorarlo. Se me dan mal las despedidas. Las evito, las aplazo, las miro con desconfianza. Y, desde luego, prefiero llorar en solitario, incluso cuando llorar en solitario implica hacerlo rodeada de personas que no me conocen, sentada en el suelo de un tren de camino a ninguna parte.
Pisé el andén de la estación con la esperanza oculta de que el tren anterior se retrasara y tuviera tiempo de cogerlo, deberían incorporar el adjetivo "peludo" a la definición de tren, pensaba mientras me preguntaba a mí misma cómo alguien le explicaría a un niño ciego de tres años lo que es un tren. Desde luego a él no le diría la palabra peludo.
Estaba tan exhausta, tan remotamente distante, que me senté sin pensarlo, junto a un suspiro, apoyada en la pared, y daba lo mismo estar allí que en cualquier lugar del Universo. Estaba dentro de mí misma, encerrada a cal y canto en un caparazón amplio, hueco y vacío. En un momento de lucidez extrema me acordé de que mis pantalones eran de color claro y se iban a manchar, como si no vinieran ya manchados de arena, restos de comida y quién sabe qué otras cosas, y al caer en esto último solté una carcajada privada y silenciosa. Pensaba dejar que el piloto automático hiciera su trabajo hasta que las inevitables lágrimas de tantas despedidas acumuladas aquel final de curso inundaran por completo el caparazón e hicieran salir a flote todos los sentimientos, todas las imágenes felices ahora bajo un tinte de nostalgia. Era incapaz de seguir el hilo de mis husos, todavía enmarañados y agitados por la caminata y el esfuerzo de llegar hasta la estación.
Al levantarme con resignación, una voz muy poco familiar y sin asomo alguno de amenaza: perdona, saps si aquest tren va cap a Salou? Tentada a contestar con un lacónico sí, me recordé a mí misma lo mucho que había necesitado indicaciones los primeros días en Barcelona, y con el premio a la sonrisa más poco creíble del mundo, le dije que lo confirmaríamos y esperé hasta que asomó la primera S tras la parada de Port Aventura, aun a sabiendas de que mi repentina amabilidad suponía, en primer lugar, perder cualquier posibilidad de sentarme y, en segundo lugar, perder cualquier posibilidad de sentarme y únicamente llenarme los ojos de mi querido Mediterráneo para después llorarlo a mares en relativa intimidad. Y es que en aquel momento me habría dado igual incluso que Serrat subiera al tren a cantarme el Mediterráneo en cuestión.
Sin molestarme a buscar sitio, subí -de las últimas- al vagón y, tan pronto puse un pie en él, dejé caer la mochila y me senté de nuevo. La voz en cuestión se sentó delante de mí, también en el suelo. Peor para él, pensé yo. El caparazón se había esfumado y estaba atronadoramente sola en mi desierto.
Desprotegida ante recuerdos demasiado valiosos, no me molesté en intentar evitar que las lágrimas fueran resbalando por mis mejillas, labios, barbilla, cuello y aterrizaran en la camiseta o en el suelo. Y lloré como si en lugar de entrar en el vagón, hubiera entrado en el poema de Girondo. Sabía que era inevitable, arrasador, fisiológico y, desde luego, necesario para procesar todo lo vivido y preparar un lugar fértil para todo lo que quedaba por delante. Porque esto era sólo el principio.
A mi alrededor la gente hablaba por teléfono, reía, leía, miraba el estupendo paisaje veraniego, se quejaba del calor. Yo estaba muy lejos, detrás de mis gafas y de mi pasión de maestra, recordando los últimos días en la escuela y todos los momentos felices que todavía me hacen saltar las lágrimas de agradecimiento amarillo.
De repente, la voz estaba como a un palmo de mí, igual de educado y de correcto, con el mismo tono nervioso que precisamente él, con la misma valentía con la que cae la lluvia, con la precisión milimétrica para pararme el corazón en dos segundos, perdona, potser em fico on no em demanen, però estàs bé? Mi cabeza-manojo de nervios empezó a procesar en qué berenjenal acababa de meterse, vamos a ver, ¿a quién se le ocurre tanta intensidad en un vagón de tren, que molestas a la gente que está de vacaciones?, y comprobé con horror que no era demasiado factible intentar usar mi voz en ese momento.
Me sequé las lágrimas sin mucha prisa, ante una mirada expectante que acompañaba a la voz nerviosa, comprendiendo de repente el lado cómico de la situación, intentando entender sin entrar en pánico los parecidos irracionales de quien estaba ante mí y maldiciendo mentalmente al Kharma. Esto a Anna le va a encantar, recuerdo haber pensado. Tranquil, és per una cosa bona. Como mínimo, ahora mi voz estaba de vuelta, tranquilizadora, amable. Sonó su teléfono, es curioso que una maestra sea salvada por la campana en un viaje en tren bordeando la costa en algún punto del Mediterráneo. Decidí casi al instante que no me apetecía añadir nada más e inicié una discreta retirada consistente en mirar hacia otro lugar mientras él hablaba por teléfono.
Consciente ahora de mi público, dejar de llorar no fue exactamente una decisión meditada. De vez en cuando, claro, una lágrima escurridiza, extraviada, iba a parar a algún lugar indefinido de mi ropa. Nada alarmante. Nada emocionalmente inestable. Delante de mí, de pie en el vagón y rodeados de maletas, viajaban un chico y una chica. Músicos -no era una gran deducción dados los estuche de violín y de guitarra que llevaban consigo-, lo cual todavía me hacía focalizar más en los paseos y los hoteles y la música de ascensor que parecían haber vuelto en forma de la voz de un desconocido. ¿Estaba pasando aquello de verdad o era un efecto secundario de la falta de sueño...? Me trasladé a la última noche en Barcelona, perdida desde el primer segundo hasta el último, sin tener ni querer remedio. Y desafiando el oleaje, sin timón ni timonel, por mis sueños va, ligero de equipaje, sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje... luciendo los tatuajes de un pasado bucanero... Nunca un viaje se había hecho tan corto y tan largo como una patada en el estómago, como una espiral taladrando tu universo, entre miradas furtivas y sonrisas que no podían empezar nada. ¿Y qué si era de locos pensarlo? ¿Y qué si esas cosas no te pasan a ti? El músico se arrodillaba ante la música para pedirle perdón por haber perdido un vuelo, rodeados de instrumentos y pasajeros. Alguien intentaba ayudar. Ajena a todo, me dedicaba a robar imágenes de aquel trayecto que podía acabar en nada.
Y entonces, lo vi. Allí, sobre la maleta, una portada que al principio no reconocí, pero un nombre indudablemente familiar. Maya, de Jostein Gaarder. ¿Era una broma pesada del destino que aquel extraño de voz cálida y mirada amable, que llevaba consigo la lluvia y la música y tres extraños tatuajes recién hechos, estuviera leyendo precisamente ese libro? Ese libro que había acompañado tantos momentos de incertidumbre, tantas madrugadas en la ciudad con un único pasador como defensa ante el mundo, tantas horas en el autobús, conteniendo la respiración ante la próxima genialidad.
A mi alrededor todo seguía como en una película muda. Como Momo tras los hombres grises, el tiempo se había detenido... los músicos intentaban arreglar el desaguisado buscando alguna alternativa para llegar a tiempo a su vuelo, alguien hablaba con ellos. La persona que súbitamente había acaparado toda mi atención también intentaba ayudar, espiando de vez en cuando sin intentar esconderse demasiado.
Internamente deseé que aquel caos fuera el comienzo de algo, todo era demasiado perfecto, la cuadratura de un círculo despiadado. Me aferré a cada sonrisa y a cada mirada, intenté memorizar los tatuajes, borrar los míos, olvidar que en unas semanas cogería un vuelo a otro lugar y buscar en mi interior el valor que nunca había tenido para saber más. Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes... Llegaba la hora de bajar del tren y el show debía continuar, lo sentía en cada poro de mi piel, pero era incapaz de seguirle al universo aquella broma macabra.
Y me bajé del tren.
Me bajé recogiendo las migajas de tantas sonrisas intercambiadas, idioma sin palabras, rebobinando las miradas furtivas e intentando reconstruir lo que había pasado, corporizando que ni siquiera mi caparazón iba a poder salvarme de mi cobardía. Como para redondear esa jugarreta del destino, en el reproductor de la mujer que bajó a mi lado sonaba Valiente, de Vetusta Morla. Porque ser valiente no es sólo cuestión de suerte.
Sabía que lo olvidaría, que sólo era un extraño en un tren. Hasta que meses más tarde, curioseando en una librería de segunda mano en la otra punta del mundo, inesperadamente, algo me golpeó la memoria... y me dolió como si me hubieran lanzado el libro a 50km/h con la precisión del mejor lanzador.
Era Maya (siempre es Maya), Maya con la misma portada que había visto aquel día sobre la maleta negra en el vagón del tren y que no había reconocido de otras ediciones...



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