21.2.13

207-208: Un extraño gathering

Un pequeño pueblo irlandés cerca de la costa. Indeterminado. Es de noche. Siete españolas forman un corro, desafiando al frío que cala los huesos, estirando discretamente de sus gorros de lana con la esperanza de que cubran más superficie de oreja. Siete personas para un solo coche. Hay una botella de vino tinto en una bolsa de Navidad. Se abrazan. Ríen. Hay discursos. Se hacen bromas, se contienen lágrimas. Alguien decide transformar en un cine la puerta del supermercado, el discreto aparcamiento ligeramente resguardado de un viento cruel. Se abren las puertas del coche, se enciende un ordenador portátil, todas miran la pantalla con atención mientras las palabras e imágenes que intentan resumir 4 meses tan intensos entran en sus retinas despertando recuerdos alegres y agridulces, bromas compartidas, momentos cristalizados.

Unas horas antes, decidíamos que íbamos a ir al pueblo de F. a despedirla. No hace falta que recuerde aquí que odio las despedidas. Que yo no me despido. De camino al coche nos encontramos con I., una chica española que habíamos conocido en la anterior quedada de españoles en Cork, con sus maletas. Todo preparado para irse, excepto un solo detalle... no había autobuses. Tras comprobar que el siguiente era a la una de la madrugada, le propusimos que se quedara con nosotras hasta entonces. O nosotras con ella. Qué más da. Era lo mínimo, lo correcto. Y aquello me dejó pensativa. Pensaba en lo solos y lo no - solos que estamos en el mundo. Aquí.

Cuando vienes a otro país, tus amigos -los amigos que haces aquí- pasan a ser tu familia de emergencia. No es que quieras menos a tu familia ni que esos amigos sean más importantes que otros amigos, no. Pero es cierto que hacen (hacemos) funciones que habitualmente haría tu familia: Acompañarte al aeropuerto. Cuidarte si estás enferma. Quedarse contigo hasta que viene el autobús. Invitarte a comer cuando no tienes un duro. Escuchar el tremendo discurso con el que intentas discernir qué será de ti en el futuro. Prestarte 20 euros. Conocer los detalles de tu día a día. Esa clase de cosas. Y tú las haces por ellos, y harías todo lo que fuera necesario. Porque vais en el mismo barco. Y quizá por esa interdependencia (positiva) los lazos son distintos. No mejores ni peores, pero sí distintos.

En todo eso y mucho más pensaba cuando nos bajamos del coche en un pueblo en mitad de la nada a las once de la noche de un miercoles para pasar un rato de pie en una carretera, sólo compartiendo aquel momento, capturándolo en la memoria para no dejarlo ir jamás.

Y pensaba en I. y en que quizá si hubiera tenido todo eso, no habría pensado en hacer la maleta y volverse a casa. (O quizá sí, claro, eso nadie lo sabe)

Y pensaba en F. y en cómo la vamos a echar de menos aquí.

Y voy a concluir esta entrada con todo lo que digo y con lo que no digo, y con una frase que alguien me dijo una vez y que pienso apropiarme tarde o temprano:

La vida es muy rara.

199-207: Así me convertí en... mi madre

Esta entrada iba a tener otro título, pero era muy largo. El otro título es el siguiente:

10 cosas que pasan/han pasado en mi casa irlandesa y que sacarían de quicio a mi madre

  1. Los paquetes no se cierran con una pinza una vez abiertos. La harina, el porridge, el azúcar, ... todo se guarda en la despensa tal cual.
  2. No se usa mantel, ni siquiera para usar las pinturas. Sólo se ha usado mantel en Navidad y decretaron que era algo muy posh.
  3. No se usan servilletas. Ni de tela, ni de papel. En caso de emergencia, alguien se levanta (normalmente el que antes alcanza el estado "hastalaspelotasdemancharme") y en un arranque de empatía, corta tres o cuatro porciones de papel de cocina.
  4. Está mal visto remover durante mucho tiempo el té o el café. Casi diría que es de mala educación.
  5. Se usa una sola cuchara para remover el azúcar del té de todas las tazas de la mesa. (Menos la mía, yo tengo el privilegio de tener una cuchara propia, pero es por lenta ;P)
  6. La fregona está siempre fuera de casa y, pese a que casi toda la parte de arriba tiene moqueta, no parece necesario pasar el aspirador más de una vez a la semana.
  7. Es perfectamente normal usar la ropa y luego devolverla al armario.
  8. No pasa nada por dejar un carísimo iPod en las escaleras, donde cualquiera puede pisarlo. De hecho, no pasa nada por dejar cualquier cosa en las escaleras durante un periodo indeterminado de tiempo entre 5 segundos y 5 días. 
  9. No pasa nada por limpiar algo que se ha caído al suelo o la mesa llena de pintura con la bayeta que se usa para limpiar la cocina. 
  10. Si se quita la ropa del tendedero pero no apetece doblarla en ese momento, puede acabar en la alacena debajo de las escaleras durante un período indeterminado. 
Sabes que te has hecho mayor cuando dices cosas como: "Te cuesta lo mismo dejarlo ahí que meterlo dentro del lavaplatos", "Has pasado por delante 50 veces y no has sido capaz de recogerlo", "Si recoges tu cuarto cada día, sólo son 5 minutos, en cambio si lo vas dejando, te lleva casi todo el día...", "Así luego te pones enferma, no me extraña", "Trabajo hecho no corre prisa", es decir, lo que popularmente conocemos como "frases de madre". Esas que te oyes a ti misma diciéndolas y pides perdón mentalmente a la niña que fuiste y que se juraba internamente que nunca las iba a decir.

Y sabes que te has adaptado cuando ya no reparas en todas esas pequeñas cosas y simplemente te acuerdas de ellas cuando llegan nuevas aupairs y comentan las peculiaridades de sus nuevas familias. No es que de repente todo te parezca bien, sino que simplemente aceptas que estás viviendo en su casa y bajo sus normas y, por ende, todo lo que para ellos sea aceptable también lo es para ti (mientras no atente directa y exageradamente a los derechos humanos, se entiende).

¿Qué otras cosas suceden en vuestras casas (o habéis visto en casas ajenas) que a vuestra madre le sacarían de quicio? =)

15.2.13

Cuando se alinean los planetas

Es como una bomba de relojería. Te tiene que venir la regla, ahora tu madre te sigue en Twitter, alguien te manda un email que te emociona y, como aquel día en Barcelona (tu último día en Barcelona) parece que la conjunción que os había traído a todos aquí y ahora se ha convertido en disyuntiva, como un imán que nos repele unos a otros y os empuja distintos puntos del globo, a aventuras que ya sólo se podrán contar. Tranquila: sólo es la vida, atravesándote como un torrente de alfileres, como un recordatorio que te avisa de que no te acomodes porque estás de paso. Y siempre estás de paso. Todos estamos de paso.
Y las cosas pasan sin que te des cuenta. De repente, has soltado la bomba (te acuerdas, ahora, de aquella frase de tus Vetusta, como si fuera un mapa, un mantra: en el vaivén de planes sin marcar, cae sobre ti la bomba universal...) y la evaluación de daños parece positiva. Eso que llevaba en tu cabeza durante meses ha pasado a estar fuera de ella. Es como si se hubiera escapado corriendo, casi sin verlo. Ahora lo saben. Tu familia. Y tu familia irlandesa. Materializarlo en palabras que casi son tangibles no ha sido tan difícil, quizá precisamente porque no habías planeado hacerlo, porque surgió así, por casualidad. O causalidad.
Así ves que posiblemente lo que esta experiencia tenía que enseñarte ya se ha cumplido y toca empezar a mirar un poco más allá. Y ya da igual un mes que seis, dos años que cinco, porque el tiempo no existe en este mundo tan raro. Es sólo un artificio. Existe el tiempo interno, lo que llamamos tiempo. Qué más da.
Te sorprendes ante esa determinación que quién sabe de dónde nace y que te proporciona calma, tranquilidad, paz. Simple alegría. Como si una vez decidido el camino, sólo quedara disfrutar de él, dando por hecho que transcurrirá por donde indica el mapa intemporal de tu alma. Incluso cuando no sea así. Especialmente cuando no sea así.
Y te repites a ti misma eso del karma, que te creerías aunque no te lo creyeras; eso de que "ahora sólo falta que se alineen todos los planetas... otra vez". Y echas de menos releer Demian, tu Demian, como un amuleto, aunque es innecesario porque llevas en ti todo lo que necesitas de él, conoces de memoria esas frases que tantas veces has repetido. Te ves a ti misma andando por las calles de tu barrio con tu madre, recitándole sin saltarte una coma esa página en concreto, ante un asombro que contigo ya no es exactamente asombro.
No sabes si todo irá bien, pero sí que todo irá mejor.

"Todo lo que es mío lo llevo conmigo"

 

11.2.13

191-198: Un día cualquiera en la vida de una aupair

8 de la mañana. Abres los ojos, envuelta en la sorpresa de redescubrir esos colores, lilac y dorado (la leve luz que entra por tu ventana), una vez más. Ni te acuerdas de la última vez que te sonó el despertador. Te desperezas e ignoras lo importante. Lees un rato.
Bajas las escaleras de moqueta roja que te siguen recordando a algo muy señorial, en contraste con tu melena despeinada, como si pudiera haber algo señorial en tu pijama de buhos del Penneys. Dices buenos días. Sonríes. Coges tu bol de porridge (siempre hay un bol de porridge preparado para ti cuando bajas) y repites las mismas conversaciones de cada mañana, "how are you now? did you sleep ok? any plans for today?", pasas revista en la cocina (ahí está todo, perfectamente alineado: el bote de Nutella abierto, las migas del desayuno, un cuchillo manchado de mantequilla y Nutella y otro con sólo Nutella, 8 cortezas de pan de molde, 2 tazas de té ya vacías) y te haces un café, porque decidiste que no renunciabas al café de la mañana.
Tras el obligado "I'll see you later, M." que tú contestas desde el principio de los tiempos con un "OK, have a nice day! Bye!", te das una ducha - por alguna razón sigues usando el champú y el gel que había cuando llegaste aquí, evidentemente no el mismo bote, sólo la misma marca: Tesco. Es un champú que te dan ganas de comértelo, por eso procuras desayunar antes, porque durante la primera media hora de la mañana tu cabeza nunca acaba de funcionar del todo bien y ya tenemos suficiente con el té con Fairy (guiño para mis amigas aupair, sé que ellas lo entenderán).
Tienes toda la mañana por delante. Estudias un rato. Entras en las redes sociales y en el correo (porque admitámoslo, las cosas no se hacen solas, un día tengo que contar cuántos emails contesto en una semana). Ves series, por supuesto en inglés y sin subtítulos, que por algo estamos aquí aprendiendo inglés ;). Si hay alguien disponible, le robas unas horas al día y te vas, bien pronto, al centro de Cork a tomarte un hot chocolate. Y luego, a eso de las 12 o 12.30 empieza el show: pones lavadoras, tiendes, destiendes, doblas (ahhhh, la magia del hada de la ropa...), te encargas del lavaplatos, barres, pasas la aspiradora. Te haces la comida. Limpias la cocina. A veces te tomas otro café.
Luego llega la parte más curiosa: encargarte de encender el fuego. Es un ritual que ha entrado en tu rutina, no sabes cómo. Aunque te quejes, en el fondo te gusta. Tiene ese punto de vida "tradicional" que nunca has conocido. De vida contemplativa. De vida sencilla. De pertenecer a esa clase de gente que se puede permitir pasar 20 minutos al día sólo observando el fuego, sentada delante de la chimenea.
Entonces llega G., merendáis, hacéis los deberes, se cambia de ropa, recoge su habitación y después de eso, quién sabe: pintar algún lienzo, preparar una nueva atracción para sus Sylvanian, derretir plastidecor (si no lo habéis hecho nunca, ya tardáis demasiado), jugar al escondite, salir fuera a "jugar a tenis" (esto no se da muy a menudo porque, sinceramente, a cada cual peor...) o con la bicicleta, hacer cupcakes o cualquier otro dulce, preparar alguna de las "badges" de Brigin Guides (otro día os hablo de esto) y ver un rato la televisión.
La cena suele ser en familia, algo que agradeces aunque eches de menos esas sobremesas larguísimas que tanto se estilan en tu casa y que aquí nunca duran más de 10 minutos.
Y, por último, si es un día tranquilo, dedicas un rato a escribir en el blog o a seguir con cualquiera de las actividades de por la mañana; o simplemente te tumbas a leer en la cama. A las 9.15 bajas a por una taza de té con galletas y compartes otro rato con tu familia, hasta que, a eso de las 10, anuncias que te vas a dormir. ¿Cuántas horas se pensarán que duermes? Recoges tu cuarto y hablas con tus amigos, lees durante un buen rato antes de dormirte.
Si no es un día tranquilo, es decir, si hay Drink&Draw o International meeting (o cualquier otra historia), después de cenar te cambias de ropa y sales al frío de la noche corkeña con una sonrisa de oreja a oreja. O como diría Manolito Gafotas, de patilla a patilla (de las gafas). Si está vacía, silbas por la calle, que es una costumbre que adquiriste en tu primera semana viviendo en Barcelona para olvidarte de que ibas camino de un ático vacío, frío y bastante inseguro. El frío se te pasa en 5 minutos y para cuando llegas al puente que cruza el río, con la catedral al fondo, sólo puedes pensar en lo feliz que eres viviendo en esta ciudad. Y llegas al sitio, se te empañan las gafas al entrar, sonríes pensando que quién te lo iba a decir. Y vuelves quién sabe a qué hora, buscando la Luna entre los edificios irlandeses, siempre tan bajos, haciendo planes de futuro, reflexionando sobre la vida. Todo tiene siempre un aura de ser un sueño del que sabes un día te despertarás, pero siempre te despiertas de nuevo en tu burbuja de color lilac y el sueño continúa. 

Os confieso que me gusta mucho hacer esta clase de radiografía de mi vida de vez en cuando, tal como podéis comprobar aquí.

4.2.13

185-191: To push yourself

Cuando llegas a un país que no es el tuyo y todo es nuevo, es fundamental que te parapetes fuera de tu zona de confort si quieres sobrevivir. Pero llega un momento en el que te relajas, te acostumbras: tienes un círculo de amigos, una lista de lugares donde sueles ir, ya no haces turismo dos días de cada tres (ni siquiera todas las semanas... o una vez al mes), te haces a tu rutina. Y si además sólo te juntas con españoles y españolas, tenemos la lista completa. En definitiva: vuelves a tu zona de confort. Es de manual.

¿Qué hacer para evitar esto? ...No volver. Obligarte a hacer esas cosas que querías hacer pero no te atrevías. Atreverte. Porque el mundo pertenece a los que se atreven.

El sábado iba pensando en todo esto mientras me dirigía a nuestro encuentro. Bien, de hecho lo pensaba después, en aquel extraño momento la única frase que pasaba por mi cabeza era: "¿Quién me mandaría a mí?" y otras similares, pero llenas de tacos, porque a mí en esos momentos me sale la vena barriobajera (o la arteria, quién sabe) y se me olvida eso de hablar con propiedad conmigo misma. Y ya, ni PNL ni ocho cuartos: echar la llave y poner el piloto automático.

Porque sobre el papel, el mapa parece sencillo. Tienes un plan que seguir. Repasas en tu cabeza todos los puntos. Te sientes capaz. Piensas en que en un par de sesiones, como siempre, pasarás de estar preocupada por ello a simplemente disfrutarlo, a dejar fluir la motivación y la ilusión que te caracterizan. Es un pensamiento racional, basado en hechos empíricos y todo eso.

Ese lugar en Cork donde lo increíble es posible


Pero en ese preciso instante, no; en ese momento en el que llenas tu barriga de aire antes de entrar en la sala y echas de menos la mano amiga de tus compañeras de clase en la parte baja de tu espalda, y te das cuenta de que esto ni siquiera tiene nada que ver con las exposiciones de la universidad (situación que, llegados a este punto, controlas), sino que es algo muy distinto... En ese preciso instante te vuelves pequeñita, te editas en versión de bolsillo, te metes dentro de una cáscara de nuez y con el mapa que tan claro parecía y ahora sólo son galimatías, te haces un barquito que colocas encima de tu cabeza. Y saldrías remando palabras si pudieras.


Si pudieras. No puedes. A estas alturas de la historia, sería un giro argumental demasiado absurdo. Te acuerdas de S. diciendo "you have to push yourself a little bit at a time", te imaginas que todas esas personas que tanto admiras tuvieron que hacer lo mismo que tú una y cien veces. Así que vuelves a respirar hondo, como si pudieras hincharte desde dentro, como un globo, y pasar de tamaño bolsillo a versión original, sonríes y das un paso al frente. La primera palabra siempre es la más complicada, una vez has empezado a hablar, no hay vuelta atrás.

Y te sorprendes de cómo, en una primera convocatoria, no sois sólo vuestros amigos y vosotras. Al contrario: hay unas 10 personas que no son amigas vuestras, que no han acudido allí por compromiso sino porque les ha interesado vuestra propuesta. La vida da sorpresas como esa a veces.

Y te sientes como si hubieras dado un paso al mismo tiempo de pitufo y de gigante...


Primera sesión del club de escritura creativa

...Y luego repites el proceso de nuevo.
Porque Murphy me tiene un cariño especial desde que llegué a Cork y los eventos tienen tendencia a agolparse alrededor de los mismos días-núcleo. Así que tras la primera sesión del club de escritura, te diriges a la otra punta de la ciudad (o a cinco minutos andando, pero de noche y sin saber dónde vas, todo parece estar más lejos) para conocer a las personas del equipo del que vas a formar parte. Y a esas alturas del día no te queda más remedio que "push yourself" hasta límites casi dolorosos. Maldices internamente tu timidez. Mantienes los ojos abiertos, atentos, escuchando. Escuchas con cada poro de tu piel, no sólo porque la conversación sea en inglés y tú hayas dormido poco y mal, sino por aquel fragmento de Benedetti. Te fascina escuchar a la gente, que te cuenten sus historias, ver con qué naturalidad hablan de dónde estaban en el año 2000 (mientras tú te das cuenta de que tú estabas acabando educación primaria), sentirte pequeña de nuevo, como el día 31 de diciembre cuando excepcionalmente te permitían quedarte despierta hasta tarde y podías quedarte a cotillear eso de la vida adulta (¿de qué hablarían los mayores después de las diez de la noche?). Te fascina sentirte al mismo tiempo tan cerca y tan lejos de ellos. Y entonces aparece una guitarra y se canta en todos los idiomas y la noche va avanzando. Y el día se acaba y alguien te pregunta qué planes hay para mañana y tú contestas que no lo sabes, que aún faltan muchas horas para eso; y alguien te pregunta qué plan tienes para tu vida en los próximos años y por primera vez contestas sin ningún sentimiento de culpa: "No tengo ni idea... pero algo haré".


"La gente que me gusta", Mario Benedetti



Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad. Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite huir de los consejos sensatos dejando las soluciones en manos de nuestro padre Dios.
Me gusta la gente que es justa con su gente y consigo misma, la gente que agradece el nuevo día, las cosas buenas que existen en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de sí, agradecido de estar vivo, de poder regalar sonrisas, de ofrecer sus manos y ayudar generosamente sin esperar nada a cambio.
Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente, pero sin lastimarme ni herirme. La gente que tiene tacto.
Me gusta la gente que posee sentido de la justicia.
A estos los llamo mis amigos.
Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría y la predica. La gente que mediante bromas nos enseña a concebir la vida con humor. La gente que nunca deja de ser aniñada.
Me gusta la gente que con su energía, contagia.
Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos razonables a las decisiones de cualquiera.
Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.
Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza en reconocer que se equivocó o que no sabe algo. La gente que, al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos.
La gente que lucha contra adversidades.
Me gusta la gente que busca soluciones.
Me gusta la gente que piensa y medita internamente. La gente que valora a sus semejantes no por un estereotipo social ni cómo lucen. La gente que no juzga ni deja que otros juzguen.
Me gusta la gente que tiene personalidad.
Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón.
La sensibilidad, el coraje, la solidaridad, la bondad, el respeto, la tranquilidad, los valores, la alegría, la humildad, la fe, la felicidad, el tacto, la confianza, la esperanza, el agradecimiento, la sabiduría, los sueños, el arrepentimiento y el amor para los demás y propio son cosas fundamentales para llamarse GENTE.
Con gente como ésa, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí, me doy por bien retribuido.