En fin, todo parecía normal: Como cada fin de semana desde que tenemos la llave de nuestro apartamento, me dispuse a hacer la maleta para irme. Vivir en custodia compartida no es nada fácil... Me pregunto si estaré condenada a estar eternamente entre dos lugares.
Mi madre irlandesa me convenció de que me llevara un saco de dormir y mantas, la batidora, y si me descuido hasta me descuelga las cortinas y me las da. Nunca dejará de sorprenderme cómo cuidan de mí y su eterna amabilidad. Así que allá me fui, media hora andando cargando con todas las bolsas del mundo (gracias a Dios no llovía, la última vez que se dio esta situación parecía que el cielo se iba a derrumbar sobre nuestras cabezas y, gracias Murphy, mi bolsa era de papel).
En principio iba, como siempre, a dormir en el salón, pero esta vez en compañía de E., una de las chicas a las que conocemos en Cork, que iba a estar acampando allí desde el viernes. En comunión y armonía hicimos la comida y decidimos instaurar una nueva costumbre: tomar el café en el jardín. La verdad es que es un auténtico lujo vivir en un apartamento por el que pagas algo totalmente dentro de la media y tener un jardín (aunque sea comunitario) desde donde se puede ver una preciosa vista de Cork. Además, descubrimos para nuestra sorpresa que el jardín no sólo está lleno de flores sino que también tenemos fresas silvestres (y mucho que limpiar... glups). Y allí estábamos, el sol brillando en lo alto detrás de las nubes, las flores bailando al ritmo de la música "buenrollera" del portátil, mientras yo pensaba que al final mi vida siempre acaba transcurriendo sentada en las típicas escaleras de metal que hay a la puerta de los institutos, incluso cuando no están en un instituto. ¿Quién podía prever lo que sucedería en las siguientes horas?
E. se fue porque tenía una cita y nosotras nos disponíamos a irnos a comprar lo que necesitaríamos para hacer un pastel para el cumple de M. Ya estaba poniéndome la chaqueta de señora y cogiendo el bolso de... bueno, del Penneys, cuando sonó el teléfono de A. "¡Ay, que están en la puerta!", me dijo con cara de incredulidad. Yo en ese momento me acordé de todas las tácticas de in-hospitalidad sutil que he aprendido de mis hostparents, porque los irlandeses nunca te dirán a la cara "oye, mira, vete" pero creo que cuando les dan las llaves de su casa les deben de inscribir en un cursillo introductorio sobre cómo reconocer y reproducir señales sutiles de evacuación del lugar.
Así que se sentaron en nuestro sofá, al principio cada uno en una punta, recatadamente, y acercándose paulatinamente según pasaba el tiempo. No les ofrecimos café, ni té, ni nada de nada. Contestamos cuando nos hablaban. No nos molestamos en barrer las bolas del desierto que pasaban periódicamente por allí. Y aun así...
...entonces llegó K., que no sabía nada y no estaba el día del cursillo, y les ofreció café. Y comprendimos en el fondo de nuestro ser que se quedarían a cenar. Así que decidimos no cortarnos más, coger la chaqueta y el bolso y disponernos a irnos. Nos siguieron. Compramos lo que necesitábamos y la cena. Visto lo visto, compramos cena para todos. Nadie dijo nada. Nadie, excepto nosotras, pagó nada. Entraron a comprar bebida en un off license. Su bebida, por supuesto, no nos preguntaron si teníamos intención de beber o comprar algo para nosotras. Volvimos al apartamento y el chico (¡un completo desconocido!) se dispuso a calentar algo que había comprado por el camino en nuestro microondas. Sin más. Como si fuera nuestro compañero de piso de toda la vida. Hicimos la cena mientras la parejita hacía ... vida de parejita en nuestro salón. Ahí empieza ese tipo de momento bizarro en el que entras en TU salón y las personas allí sentadas se callan, esperando a que te vayas de TU salón para seguir en su burbuja para dos.
Cenamos todos juntos, obviando el hecho de que llegábamos tarde por su culpa, y nos fuimos al karaoke. Porque esto es algo que pasa cuando llegas a Cork, que conoces facetas tuyas que nadie se podía imaginar, y una de ellas es organizar fiestas españolas, karaokes y quedadas gastronómicas. ¿Qué hace una maestra en semejante sarao? ¿Cómo va a encajar una persona como yo en un ambiente como ese? Pues no lo sé. No pienso darle más vueltas al tema.
En mitad del estrés de organizar todo el karaoke, E. y su "amigo" se acercaron a nosotras. Sigilosamente. Como quien no quiere la cosa. Cuando A. me llamó con cara de circunstancias supe que se había cumplido el peor de los presagios, ese que hablábamos de camino: "¿No se quedarán también a dormir, verdad?" "Pues al paso que vamos..."
Ni siquiera me acuerdo de la excusa que nos pusieron. Me acuerdo perfectamente de volver de camino a casa prácticamente siguiéndolos por las calles de Cork, la parejita feliz mientras nosotras, detrás, éramos al parecer las invitadas en nuestro propio apartamento... Como si el mundo fuera suyo y las calles se cortaran para ellos. Nos esperaron en la puerta dándose el lote de manera totalmente casual, como si no existiéramos. Por el camino habíamos decidido recluirnos a comer Cheerios y reírnos de nuestra propia ingenuidad, trasladando la acampada Cork del salón a la habitación de A. Y así lo hicimos.
Como invitadas en nuestra propia casa, sin decir siquiera buenas noches, cerraron la puerta del salón y nos dejaron (¡gracias!) únicamente la cocina libre. En aquellos momentos la incredulidad rozaba el límite de lo absurdo. Allí, sentadas las tres en la moqueta, cada una con su bol de cereales y su tostada, a las dos de la mañana de un sábado, se me ocurrió lo más absurdo de todo, la guinda del pastel: ¿Se acordarán de cerrar la cortina o nos denunciarán los vecinos a la Garda cuando se levanten por la mañana y se encuentren con semejante panorama a la vista de todo Cork? ¿Y si el tipo es un psicópata que se levanta de madrugada (bueno, más de madrugada) y nos mata a todas? ¿Y si se lleva todo lo que hay en la casa? Bueno, venga, si se lleva los cuadros nos hará un favor a tod@s. Y con ese feliz pensamiento me dormí. (Gracias A. por acogerme en tu cama, ¡si me llega a tocar dormir con la parejita en el salón me vuelvo a mi otra casa!)
Al día siguiente, no pudimos disponer de nuestro salón hasta las once y media bien largas, cuando abrieron definitivamente la puerta. Sólo salieron para hacerse su propio desayuno y volver a entrar a su nidito de amor. No dábamos crédito a lo que veíamos. Desayunamos en el jardín, pero esta vez sin flores bailando ni música buenrollera, sino con una crispación interior oculta solamente por las risas y el buen humor que solo nosotras podríamos conservar en una situación como esa.
El salón estuvo ocupado a efectos prácticos hasta mediodía, cuando decidieron que podían ir a comer a algún otro sitio. Entremedias, nosotras habíamos hecho una tarta, ido a comprar, vuelto, etc. sin ningún ofrecimiento de ayuda ni amago de dejarnos nuestro espacio en nuestra propia casa. Nos cuidamos bastante de repetir el número adecuado de veces que habíamos quedado para comer porque era el cumpleaños de una amiga.
Pensaba que la situación no iría a peor, pero la guinda del pastel fue que abrieran la nevera antes de irse para llevarse la última de las cervezas que habían comprado y se dirigieran a nosotras por primera vez desde el día anterior para decirnos (muy amablemente) que podíamos quedarnos con el resto de su ensalada de atún (precio total 3 euros) que había sobrado del día anterior. Gracias por salvarnos la vida, chicos. No sé qué habríamos hecho sin vuestro atún que, por cierto, una semana más tarde sigue en la nevera.
La parte buena de todo esto es que nos dio una buena historia que contar durante la comida de grupo.
"¿Pero esto me lo estás diciendo en serio?" era la reacción más repetida. Desde luego, a nuestr@s amig@s y conocid@s les debió de quedar clara nuestra posición al respecto, porque cuando fuimos a casa a tomar café (13 personas de nada... espero no haber firmado nada al respecto de tener visitas en casa en el contrato de alquiler ;P) nos trajeron provisiones de galletas y café como para dos semanas.
Así que, chic@s, aunque yo pensaba que era una perogrullada, lo voy a decir así en público:
Seréis muy bienvenid@s en nuestro apartamento, siempre y cuando:
-Nos aviséis antes (o como mínimo no os autoinvitéis ni mucho menos invitéis a pasar la noche a gente que no conocemos).
-No os comáis nuestra comida sin pagar nada. No nos sobra el dinero.
-Respetéis el espacio común y lo compartáis.
El personaje peor parado de esta historia fue, sin duda, el saco de dormir rosa que me había dejado mi hostmum. Cuentan las malas lenguas que está tan traumatizado que sigue escondido debajo de uno de los sillones de nuestro salón.


2 comentarios:
La Barbie del saco está acurrucada en una esquina y se balancea y murmulla "noo, noo, nos han cerrado las cortinaas" cuando algo se le acerca o el sonido ambiente pasa del silencio absoluto. Pobrecilla...
Yo me parto JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA la verdad es que si llegas a algún sitio y no te invitan ni a café, ni te sacan tema, ni nada, una ya sabe lo que hay (por suerte no he pasado por eso pero creo que sabría lo que hay perfectamente)
Yo llego a la conclusión de que lo sabían pero les daba igual.
Publicar un comentario