31.1.14

2014

Harta. Harta de ser tratada como ciudadana de segunda. Harta de que cualquiera se permita construir mi historia en su cabeza sin contar conmigo. De la prepotencia. De las miradas por encima del hombro. De las suposiciones prematuras. Me repito el año en el que estamos como un mantra, para recordarme que tengo razón, que estas cosas no deberían estar pasando a estas alturas y latitudes. 2014. 2014, 2014, 2014...
Hay algo que he aprendido este mes: a echar sapos y culebras por la boca en inglés con perfecto acento de Cork. Nunca te había oído decir tantas palabrotas juntas, me dice S. Y yo le contesto, resignada, que en su país nunca me habían hecho falta, hasta ahora. 2014. 2014...

Esta mañana he estado en la oficina de Social Welfare. Es una sala muy grande, con muchas sillas. Cada tramo de sillas está pintado de un color, según dónde vayas. El mío era el gris. He avisado de que había llegado a tiempo para mi cita en un mostrador muy alto, con cristal grueso y barrotes. Un minuto más tarde, una señora ha venido a llamarme desde la puerta, una puerta mecánica, corrediza, sólida, que se abre al apretar un botón. La he seguido, calada hasta los huesos por la lluvia, por el estrecho pasadizo hasta una sala con un cartel que rezaba: "Interviews". Apenas un habitáculo con las paredes pintadas de azul y la moqueta gris. Encima de un escritorio innecesariamente grande y desordenado, todo el papeleo que ya había entregado hacía semanas y un formulario nuevo. Otro. La silla, colocada estratégicamente en frente de la impresora, ni siquiera delante del escritorio, lo más lejos posible de la persona que se sienta al otro lado, como una declaración silenciosa. Las oficinas del pub, al lado de esta, son un paraíso, pienso mientras acerco la silla al escritorio y escurro los guantes.

No podía salir de mi asombro cuando, después de darle todos los papeles, la mujer que tenía delante de mí ha puesto su mano sobre el papeleo que rellené hace semanas y ha empezado a hacerme preguntas mientras comprobaba que diera las respuestas acertadas levantando la mano cada pocos segundos, asegurándose de que yo no pudiera ver nada. ¿Qué día llegaste a Irlanda? ¿Cómo se apellida tu novio? ¿Qué día es su cumpleaños? ¿En qué año nació? ¿Qué día entraste a vivir al apartamento donde estás? ¿Cuáles son el nombre y apellidos de tu landlord? ¿Por qué dejó tu novio su trabajo? ¿Dónde trabajaba? ¿Cuál fue tu último empleo? Ahh... ¿Servías copas y atendías a los clientes? No, señora, le acabo de explicar que trabajaba en Marketing. Pero es un pub, ¿atendías a los clientes? No, señora, trabajaba en Marketing en una oficina. Ah, ya veo, trabajo de oficina... fotocopias... teléfono... cafés... No, señora, trabajaba en Marketing. Mar-ke-ting. Ella sigue haciéndome preguntas y escribiendo cosas sobre mí que yo, por supuesto, no tengo derecho a leer (esto lo aprendí en la anterior visita). Me recuerda a las entrevistas a vuelapluma de Harry Potter. 2014. 2014, 2014, 2014...

Salgo de la oficina hacia el recibidor, de vuelta a las sillas grises. Tienen con ellos todos los papeles, el resumen de una vida, de mis planes, de mi sufrimiento, pero no tienen mis ilusiones, mis sueños, mi plan de hacer algo que, al final, reportará dinero a su país. Hablo con una persona. Con otra. De repente, hay tres personas con mi futuro en la mano detrás de ese cristal, de esos barrotes, hablando entre ellas en voz baja, contándose mi solicitud, repitiendo mis palabras, ¿quiénes son?, no lo sé... Tras unos minutos en los que no oigo nada, porque están demasiado lejos para mí (dichosa otitis serosa cuyo tratamiento estoy intentando ahorrarle al estado irlandés), una de ellas me devuelve todos mis papeles y un formulario más. Ese formulario ya lo tengo, le digo. Lo tengo aquí, ya está rellenado y todo, solo necesito una carta del Officer. ¿Pero quién te lo ha dado?, me pregunta. El divino acceso libre a la información, pienso para mí, ¿por qué los cuelgan en Internet y te animan a ir a hacer el trámite por tu cuenta si luego no quieren que la gente los use? ¡2014!

Me da mis formularios y papeleo y, tras pedirme mis datos, me dice que alguien me llamará en las siguientes 24 horas y que para lo otro "ya contactarán conmigo". Después de un mes esperando. Sabiendo que si como tres veces al día es de prestado. He perdido la cuenta de cuántas oficinas he visitado, cuántos papeles he rellenado y  cuántas fotocopias he hecho de los mismos documentos, una y otra vez. En todas las oficinas es la misma historia. Yo no quiero vivir del paro, no quiero quitarle dinero a nadie, no quiero nada que no me pertenezca (ya revisé antes de pedir nada si me pertocaba o no), solo quiero una ayuda mientras encuentro un trabajo digno que, por lo visto, es algo que lleva su tiempo. 2014, 2014, 2014...

La búsqueda de empleo como nanny es otra historia y será contada en otra ocasión. Solo diré que S. y yo hemos iniciado un juego. Tenemos una tabla en la pizarra de la cocina donde vamos apuntando cuántas familias de cada tipo hay. Empezamos a contar solo desde las de este mes. Espero que, en este 2014, al menos no nos falten nunca el humor y la ironía. Estoy segura de que los vamos a necesitar. Enjoy! 


16.1.14

Esto no saldrá en "El país" (espero)

No sé por dónde empezar esta entrada. Supongo que por hacer un resumen, algo así como la voz en off que dice al iniciar las series aquello de "En capítulos anteriores...", y es que los últimos 6 meses han sido los 6 meses más intensos de mi vida hasta la fecha. Y yo que pensaba que me iba a aburrir cuando acabara la universidad...

Primero apareció S. en mi vida. Poco después se acabó mi aventura como aupair. Luego me mudé al piso, ese lugar imprevisto con vistas al Lee, y empecé un nuevo trabajo (que desde el principio iba a ser temporal). Mi trabajo se acabó y empecé otro. Luego S. se vino a vivir al piso también. Más tarde A. se mudó a otra casa. Y por último, yo me cambié de trabajo... de nuevo. ¡Hay tantas emociones diferentes condensadas en este párrafo!

¿Podía haber previsto algo, ni la más pequeña migaja, de todo este caos? Probablemente no. Si me lo hubieran dicho cuando decidí que dejaba de ser aupair, lo más seguro es que hubiera hecho las maletas y vuelto a casa, habría tenido un reencuentro bastante emotivo con mis amigas y tras algo de paciencia, un día habría recibido la tan esperada llamada de un colegio donde necesitaban a una maestra de inglés para varios meses. Prácticamente, casi, casi, el trabajo de mis sueños, debería añadir. Pero no fui yo quien recibió esa llamada, sino mi amiga A. Yo estaba aquí, en Cork, viviendo al límite. Despeinada. Agotada. Pero feliz.

Pasó el verano irlandés, una ilusión, una mentirijilla al oído, una broma del destino, una ironía.
My home by the Lee
Pasaron tantas, tantas cosas. Los meses, semanas; las semanas, días; los días, horas; las horas, minutos. Y como en un segundo eterno, ya por fin parecía que había pasado la tormenta... pero la tormenta nunca pasa, porque es lo que tiene vivir en Irlanda, que aunque haga sol en cualquier momento se puede poner a llover. Y en el plano no metafórico, también.

Llevo muchas semanas dándole vueltas a esta entrada. Despedazándola, descuartizándola, inventando mil excusas para no escuchar a la voz interior que urgía a contar la historia. "Pero el mundo tiene que saber que esto pasa", decía una vocecilla. "Ya, pero... ¿y si llega a manos que no deben? ¿Y si lo lee alguien y se siente identificado? ¿Y si de repente llegan varios cientos de comentarios al blog diciendo que ya está bien de historias de "víctimas" en el extranjero?", le contestaba la otra casi a gritos.
Al final, decido, como siempre, hacer lo que me viene en gana. Al fin y al cabo para eso es este blog... para mí.

Esta historia empieza hace unos meses, pero también hace dos años. Hace dos años decidí que mi siguiente objetivo real no era acabar el máster de Psicopedagogía, ni aprender inglés, ni tener un trabajo que me diera dinero... No, mi siguiente objetivo era estudiar el máster de Montessori. Creo que cuando llega a nosotros, cada uno sabe qué es lo que le mueve por dentro, con qué se siente intrínsecamente conectado. Yo nunca había sentido una conexión como esa. Así que cuando decidí que me quedaba en Cork, mi objetivo era claro: ahorrar dinero para poder entrar en el máster cuanto antes mejor. (¿Todo lo demás? Circunstancial, supongo...)

Con el objetivo de tener tiempo para estudiar y para todas las demás actividades de mi agitada vida, decidí que en lugar de buscar trabajo en una escuela, buscaría trabajo como childminder o nanny. Un trabajo, en teoría, sencillo, que me permitiera llegar a casa y desconectar. Y así lo hice.

No me conformé con cualquier cosa. Me informé de derechos y obligaciones, hablé con Cork City Childcare, recopilé documentos, creé un dossier de información. Sabía que al trabajar en casa de otra persona, esta se convertía en tu jefe y, por lo tanto, debían registrarse como tales en Revenue ("Hacienda", para los amigos) y pagarte el salario mínimo irlandés (8,65 euros / hora). Hablé con cerca de 80 familias, todavía tengo sus emails en algún lugar de mi bandeja de entrada. Algunas pedían cosas surrealistas, como alguien que trabajara a tiempo completo por 150 euros a la semana o que trabajara casi 40 horas repartidas en tres días y medio por 5 euros la hora. Y no me cabe duda de que todas ellas encontraron a alguien (eso sí, dejadme dudar de que esa persona fuera irlandesa) que se encargara de sus retoños por ese precio. Por los requisitos que pedían, no podía optar a formar parte de las agencias de nannies en ese momento, así que me lo tomé con calma y paciencia. En realidad, no con mucha, dado que mis ahorros rascados de euro en euro del salario de aupair solo iban a durar un mes y, tras eso, el vacío existencial más grande. Sin acceso posible a ninguna ayuda del Estado, ni de aquí ni de allí, sabía que tendría que hacer alguna pequeña concesión si quería comer en las siguientes semanas.

Por fin, apareció la familia perfecta. Padre español, madre irlandesa; niña pequeña, con necesidades educativas específicas. Buscaban a alguien a tiempo completo que pudiera ayudar con las terapias. Hablé mucho con ellos antes de aceptar el trabajo. El único problema era el salario. A su anterior childminder le pagaban 45 euros al día. A mí, por mi formación, estaban dispuestos a pagarme 50. Aun así menos de lo que deberían... mucho menos. Por otra parte, la urgencia empezaba a apretar - no soy el tipo de persona que tendría ahorros para salir del paso o cualquier otro apoyo económico, cuando yo digo que no tengo dinero suele ser algo terriblemente literal. Y de todas las familias con las que había hablado hasta la fecha, esta era la única que al menos me hablaba de vacaciones pagadas (solo cuando ellos se fueran de vacaciones). Me juraron y perjuraron que no podían permitirse pagar más dinero. Pensé que, habiendo ciertas posibilidades de ser tres personas en el piso al cabo de poco tiempo, no estaría tan mal. Con mucho esfuerzo incluso podría ahorrar algo de dinero y, pidiendo dinero a otra persona, pagar la primera cuota del máster y seguir ahorrando para pagarle a esa persona el resto... En la balanza pesó más el hecho de ser feliz día a día en un trabajo que me gusta. Al final, acepté el puesto.

La decisión de A. de irse a vivir a otro lugar no supuso una sorpresa. Mi cabeza previsora (cada día me parezco más a mi madre) ya tenía un plan A y un plan B por aquel entonces. Podía imaginar que S. no querría alquilar de nuevo la habitación restante en el piso y, para ser franca, yo tampoco quería. Necesitábamos ese espacio para guardar los objetos aleatorios que vienen "de regalo" con tener una pareja cuya ocupación es ser filmmaker. Mi plan hubiera sido hacer algo poco habitual: encontrar alguna familia alrededor que necesitara a alguien que cuidara de su retoño por las tardes, y hacerlo en casa de la familia de la niña (porque nuestro piso es una maravilla, pero desde luego no es adecuado para acoger a niños pequeños). Pensé que, al estar la familia tan contenta conmigo y al ser una propuesta que beneficiaría en gran medida a la niña, no habría mayor problema a parte de decidir qué pasaría con el seguro. Me equivoqué. Lo hablamos. Les dije que si no había ninguna forma de conseguir más dinero, tendría que irme. Con lágrimas en los ojos. Después de haber llorado lo inconfesable solo al pensar que aquel trabajo de ensueño se podía acabar solo por el maldito dinero. Pero los sueños, normalmente, no pagan el alquiler. Aún no.

Quise que vieran mi punto de vista, mi desesperación. Que entendieran que estaba pidiendo algo razonable, algo que al fin y al cabo, de todas formas, me pertenecía. Un salario mínimo irlandés. Y en ese momento empezó un calvario que me hizo ver lo que ya suponía, pero ahora tengo muy claro: que las "childminders" en Irlanda somos ciudadan@s de segunda, y si no somos de Irlanda, mucho más. Sigue habiendo clases. No dejaba de pensar en todos esos españoles que se quejaban de que las chicas sudamericanas y árabes trabajaran por cuatro duros cuidando de ancianos y niños. No me parecía bien en España y tampoco me parece bien en Irlanda. Por parte de nadie. Pero al fin y al cabo... ¿No había aceptado yo las mismas condiciones? Y por otra parte, ¿era moral y lícito irme y dejar tirada a J., a sus (aún no) dos años, con sus primeros signos en la boca? Al final, aquello no era más que una escala de grises en la que todos nos perdimos y todos salimos perdiendo.

Como, gracias a Dios y a la virgen o a el que a cada cual se le aparezca, me educaron para ser una persona consecuente, decidí que hasta ahí podíamos llegar. Lo decidí en el segundo en que acabé de leer el email de los padres de J. en respuesta al mío, donde les había expuesto mis dificultades económicas y mis motivos. Lo leí en la cocina de su casa, con los ojos como naranjas de Valencia y las manos temblando. No quedaba títere con cabeza. Ni con zapatos. Su postura era clara: yo había aceptado un trabajo con un sueldo y no podía reclamar más dinero al cabo de unos meses solo porque mi situación hubiera cambiado, así que me proponían una ristra de "sugerencias" y cambios que hacer en mi vida diaria para adaptarme a la nueva situación. Todo ello incluía, entre otras, cambiar de casa, abandonar la conexión a Internet, ir al trabajo en bicicleta y abandonar mis proyectos de seguir estudiando. Mi prioridad tenía que ser J. y lo contrario era inaceptable. Lo vi tan claro que daba miedo... Ellos, allí arriba. Y yo, allí abajo. Nadie podía tener semejante control sobre mi vida. Nunca. Mis padres no se han dejado la piel para que yo tuviera mejores oportunidades y las tirara por la borda. Me fui a casa, a mi casa y, una vez más, lloré opacamente. Estaba decidido y sentenciado.

Como es natural, a nadie le gusta sentir que otra persona tiene el control de su vida. A ellos tampoco. La noticia de que había decidido dejar el trabajo les cayó como un jarro de agua fría. Gritos, insultos, amenazas. No  podía creer lo que veían mis ojos, lo que mis oídos estaban escuchando de boca de alguien en quien había confiado. Lo único que podía hacer ante semejante situación era dejar que pasaran los días y, si las cosas se ponían demasiado feas, denunciarlo donde correspondiera. Atesorar cada momento con J. e intentar que aquello le afectara lo menos posible.

Pero no podía dejar que el orgullo de clase me quemara por dentro y saliera en forma de fuego por mi boca. Eso era ponerse a un mismo nivel, en el fondo, el nivel de alguien en un estado de frustración y desesperación. Tampoco pondría la mano en el fuego a que yo no sería capaz de hacer lo mismo si el día de mañana tengo hijos y me veo en su lugar, porque si algo he aprendido en esta vida es que nunca se puede decir "de este agua no beberé". Cada palabra que me callé durante esas dos semanas, durante esas largas horas, fue una victoria personal, silenciosa y fría, una ironía que estoy segura que se reflejaba en mis ojos. Y cada palabra que dije, cuidadosamente escogidas y calibradas, representaba un paso más hacia la persona que soy hoy.

Si alguien se está preguntando si finalmente denuncié los hechos a la policía, no, no lo hice. Recibí una llamada por su parte pidiéndome disculpas y eso me bastó. Prefiero seguir creyendo que, en el fondo, ellos solo lo estaban haciendo lo mejor que sabían, como yo, como todos. Que para ellos, lo que pasó en esos meses no suponga un problema moral, desde luego no es algo que esté en mi mano cambiar. Cuando lo que está mal es el sistema, las personas encontramos todo tipo de justificaciones. El silencio de la gente buena es nuestro refugio y nuestro castigo.

Así aprendí que el mayor poder que tenemos es el poder sobre nuestra propia historia. No solo sobre las decisiones que tomamos, cómo las tomamos ni cuándo, sino también cómo y cuándo contamos nuestra historia al resto. Quién es merecedor de conocerla y por qué. Si al contarla nos ponemos en el papel de víctima, de verdugo o de juez, depende de nosotros. En esta historia no había buenos ni malos, solo había personas intentando hacer lo correcto, lo mejor que sabían. Como en casi todas, supongo.

10.7.13

325-348: Post-apocalipsis

Escribir esta entrada desde el jardín de tu casa, con el sol brillando en lo alto y un bol de comida al lado da una paz de espíritu muy difícil de describir. Había dejado de escribir entradas porque estaba demasiado ocupada viviendo, y es que al fin y al cabo de eso trata este sitio, de escribivir.

Han pasado tantas cosas que no sé por dónde empezar esta entrada. Me siento como si hubiera sobrevivido al apocalipsis, en una de esas escenas de película en que sale el sol al final de un tremendo caos y está todo por empezar, todo por construir.

Acabar mis días como aupair fue una experiencia rara. No sé si con los años me voy habituando a las despedidas o es que estaba tan hecha a la idea que se me perdió la tristeza entre todos los demás acontecimientos de esa semana. Un par de días antes de mi visita a España, la vecina entró a casa y mi hostmum le comentó que me iba. La vecina exclamó que el año había pasado muy rápido y sería una pena no tenerme por el barrio. Mi hostdad, muy ofendido, le replicó que me iba a España de visita pero que aquella siempre sería mi casa. Y eso fue una declaración de intenciones que desde el principio hizo que mi despedida fuera menos despedida y más mudanza. Fue un poco como irme de casa de mis padres por segunda vez.

Por otra parte, saber que me despedía sólo durante una semana y para irme al calor de los míos influyó bastante en cómo viví todo el proceso. Aunque, por supuesto, eso no me evitó una llorera a la mismísima altura del poema de Girondo la noche en que entré por última vez a la que había sido mi habitación en los últimos meses. Todo empezó con una foto a mi habitación y acabó así, también. No sé si algún día tendrá algún simbolismo más allá de mi afición por hacer fotos a las cosas más simples de la vida, que por supuesto también son las mejores.

Lo más raro de dejar a tu hostfamily es que sabes que unos días, semanas o meses más tarde, o cuando sea, en fin, tarde o temprano, otra aupair va a dormir en tu habitación. Otra persona va a vivir en tu vida, en una vida que ya no es tuya. El tiempo de aupair es un tiempo prestado, una oportunidad única.

La segunda visita a España desde que vine a Irlanda la viví de una manera muy distinta a la primera. Quizá porque estaba más preparada psicológicamente, o quizá precisamente porque estaba menos preparada ya que fue organizada en menos de dos semanas. Sabía exactamente a qué iba y cuál era mi sitio, qué cosas iba a echar de menos, qué cosas no necesitaba y cuáles iban a ser imprescindibles. Y sabía exactamente con quién y dónde compartir mi tiempo. Aunque sobretodo sabía del poder sanador de Cork a la vuelta, incluso de un Cork que iba a ser distinto, porque volvía a otro lugar, pero que conservaba aún su esencia. Las expectativas siempre marcan la diferencia.

Y al volver de España... el caos. El caos más absoluto. Dormir en el sofá rodeada de todas mis cosas mientras mi habitación seguía momentáneamente ocupada también formaba parte de ese caos, pero especialmente era un caos interior. Millones de cosas por hacer, adaptarse a vivir por cuenta propia y no perderse ningún compromiso no son exactamente los ingredientes para una vida pacífica y ordenada. Por otra parte, las vidas pacíficas y ordenadas pueden irse a freír puñetas. Yo prefiero mis días que deberían tener 26 horas en semanas que deberían tener 8 días y meses que deberían tener 5 semanas.

El proceso de búsqueda de trabajo siguió durante mi visita a España y durante otra semana. Ofertas y más ofertas que se superponían y se solapaban. Mi impaciencia y mi inquietud no ayudan demasiado en situaciones como esta, todo hay que decirlo: si pasaba más de un día sin recibir una respuesta a mi anuncio como childminder era algo así como el fin del mundo. La desesperación más incierta. El final de las existencias de paciencia y esperanza de todo el planeta.

Y muy a mi pesar volvió a suceder. Después de haber vivido en Barcelona tenía claro que nunca más iba a vivir esa situación con la misma ansiedad y, por supuesto, así fue: en el banco, una cifra demasiado pequeña para mencionarla aquí y ningún trabajo a la vista en los días siguientes. Solo algunos emails y cartas para indicar que no, que seguía sin tener trabajo. Ansiedad 0, o todo lo 0 que puede ser sin rozar la barrera de la salud mental. Porque veréis, en esta casa creemos en Murphy y en el Karma. Lo dice uno de nuestros postits. Y los postits no mienten.

Así que a los tres días de darme cuenta de mi situación financiera (una, que vive feliz...) me llegó un email, y con el email alguna llamada de teléfono y algunas entrevistas más. Y al día siguiente, estaba trabajando.

Un trabajo temporal que ha llegado como hecho a medida para todo el mundo, en el momento y sitio adecuados, cuidando de un bebé de 6 meses al que su madre llama "little fellow", durante un mes. Sobretodo un trabajo que me permitió parar y respirar hondo, valorar mis opciones y recapacitar. Y para encontrar un hueco en mi ajetreada rutina para sentirme orgullosa de haber pasado mis primeras entrevistas de trabajo en mi tercera lengua y de todas las veces que toda la gente nueva con la que he hablado durante estas semanas me ha felicitado por mi nivel de inglés y ha remarcado mi acento de Cork.

No sé muy bien qué pasará con el blog a partir de ahora... (¿pero es que algún día lo he sabido?) Está claro que este ha sido el fin de la aventura como aupair. No será una experiencia que repita, porque no es una experiencia que se pueda mejorar. El día 27 de este mes hará un año exacto que llegué a Irlanda y no sabría por dónde empezar una lista de cómo esta experiencia me ha cambiado, hasta qué punto y a qué nivel.

Estas últimas semanas solo puedo sentir cómo la vida me sonríe: llegar al apartamento -mi lugar preferido en Cork desde que puse un pie en el umbral de la puerta- y que A. tenga la cena preparada, dormir al lado de S. (puede que algún día os hable de S. en el blog, pero también puede que no), que brille el sol en lo alto y salir en sandalias y sin chaqueta a la calle, incluso algo tan sencillo como levantarme por la mañana para ir a trabajar, que mis recursos den de sí para tener proyectos más allá de la supervivencia... todo me parece un regalo, un privilegio.

17.6.13

311-324: En el vaivén de planes sin marcar

No tengo ni idea de por dónde empezar esta entrada. Creo que incluso se me ha olvidado la manera en que solía escribir aquí. Llevaba bastantes días sin hacerlo porque mi portátil decidió que su vida útil podía acabarse pronto y la pantalla ha dejado de funcionar. Y una es un poco maniática respecto a qué, cómo, cuándo y dónde escribir: escribir en el blog desde el portátil de otra persona es algo que no entra en mis planes. (Pero gracias, A. por prestarme tu portátil estos días para todo lo demás) No he cedido, pero al parecer mi portátil ha pactado una tregua en eso de morirse y me ha regalado un rato de funcionamiento.

Sigo en mi búsqueda de trabajo, de la cual no he hablado nunca en el blog pero lleva sucediendo desde final de marzo, más o menos. Dado que busco trabajo como "childminder", es como volver atrás en el tiempo al momento en que buscaba familia para venir como aupair. Cada vez que una familia parece que va a decir que sí, se pone en marcha un complicado mecanismo de engranajes para aceptar y encajar la noticia, y adaptar la realidad a las nuevas circunstancias, no solo en mi vida sino también en la de mi hostfamily. Cada vez que, al final, una familia dice que no, puedo leer la preocupación en las caras de mis padres irlandeses. También veo cuánto se esfuerzan por ayudarme aunque no hay mucho que ellos puedan hacer por mí. Es bastante curioso ser yo quien los tranquiliza a ellos, cuando siempre creí que a estas alturas del año estaría en riesgo de ser ingresada en el hospital por un ataque de ansiedad o algo por el estilo. La vida es muy rara.

Creía que, si llegaba a esta situación (acabar como aupair sin tener un trabajo al que agarrarme después) sería el apocalipsis, el fin del mundo de mi estructura psicológica interna. No podría haber estado más equivocada. Solo hay paz de espíritu. Si no encuentro nada pronto, confío en que la M. del futuro tendrá recursos suficientes para sobrevivir a la situación sin mayor problema. Si algo he aprendido en los últimos dos años es que las situaciones extremas hacen que la creatividad se ponga a funcionar a marchas forzadas - y es inútil intentar que ese mecanismo se ponga a funcionar antes de hora.

Por otra parte, se acerca una, qué digo una, LA tragedia inminente: mi aventura en Irlanda sigue, pero se acaba mi periodo como aupair. Mañana. Que sea mañana lo convierte en algo concreto, tangible. Me gustaría poder decir que lo llevo tan bien como lo de buscar y no encontrar trabajo, pero sería mentira... y yo no sé mentir. Lo llevo mejor de lo que pensaba, ciertamente, yo creí que sería el fin del mundo más apoteósico, una de esas llanteras estilo Girondo. Puede que la intensidad del momento global en mi vida esté cegando la intensidad de ese otro hecho puntual e incontestable: el miércoles, cuando cierre la puerta tras de mí, ya no seré nunca más la aupair de la familia C.

La pérdida aparentemente irreparable de mi portátil precipita que vaya de visita a España una vez más, lo cual desde luego no estaba en mis planes y contribuye todavía más a semejante desbarajuste emocional, pero no voy a negar que me hace ilusión. Así que el miércoles me subiré a un avión dispuesta a renovar energías y volver a Cork en una semana para dar un nuevo giro a mi vida...

3.6.13

308-310: Injusticia

A veces comparar duele. Duele por ti y por la otra parte. ¿Os acordáis cuando cumplisteis 10 años? Para mí fue la segunda vez que sentí que algo realmente importante cambiaba en mi vida (la primera fue cuando nació mi hermana pequeña). Nunca más volvería a escribir mi edad en un solo dígito. Podían pasarme miles de cosas, pero eso era irrepetible. Se lo dije a mi madre y me contestó: "Pues ya verás cuando tengas hijos. Y cuando tus hijos cumplan 10 años, ni te cuento" Y yo me lo imaginé, porque lo bueno y lo malo de mini-M. es que se tomaba estas cosas muy en serio, y me dio mucho vértigo. Y solo por eso fue un día especial. No recuerdo cómo fue la fiesta de cumpleaños ni qué regalos tuve. Recuerdo esa sensación.

Como ya sabréis si habéis echado una ojeada a la anterior entrada, G. cumplió 10 años el 1 de junio. G. tiene una costumbre muy fea que es bastante representativa de las diferencias socioeconómicas y culturales entre ella y yo: cuando le llega una tarjeta a su nombre, la sacude para que caiga el dinero. Y siempre cae algo. Evidentemente no es culpa de G. que la gente que la rodea le mande dinero en las tarjetas. Pero a mí, desde mi trayectoria personal, me parece un gesto sin ninguna finalidad educativa poner dinero dentro de una tarjeta para nadie, y especialmente para una niña. G. ni siquiera lee sus tarjetas, es más, algunas ni siquiera tienen nada escrito a parte del texto que ya venía en ella. Me parece tan frío, tan impersonal...

G. quería dos cosas por su cumpleaños: una bicicleta nueva y otro teléfono, de un modelo y color en concreto. Sus padres, en un ataque de sentido común, le dijeron que no al teléfono, ya que le regalaron uno por su anterior cumpleaños.

Así que el sábado por la mañana G. y su padre estaban en la tienda de bicicletas antes de que abriera. Recogieron la bici, la trajeron a casa. Hasta ahí todo era normal. Teníamos una cantidad inmensa de cupcakes, pasteles y pastas. Poco a poco fue llegando la familia y todo parecía normal.

Al final del día, no obstante, la cantidad de regalos y especialmente la cantidad de dinero que había llegado a recolectar G. no era para nada normal. Las comparaciones son odiosas, pero que una niña de 10 años tenga en menos de 3 horas el mismo dinero de tu sueldo de un mes le da a una bastante que pensar sobre el mundo en que vivimos. Sobre la desigualdad social. Sobre lo que es justo y lo que no.

Porque no es justo para "nosotros, los curritos" (como diría mi padre), pero tampoco es justo para ella. No es justo porque nunca va a entender, y con entender me refiero más bien a comprehender, el valor real de las cosas. Porque vive una vida en la que se da por hecho que el mundo se va a poner a sus pies, algo que no podría ser menos verdad. Y si para alguien lo es, desde luego no debería serlo. Y diréis que si la familia tiene dinero, no van a dejar de gastárselo en la niña porque haya niños muriéndose de hambre en África. Pero no es eso lo que quiero decir cuando digo que es injusto para ella. Creo que es injusto para ella porque da igual cuánto dinero tengas, el valor de un regalo nunca debería estar en el precio. Y creo que es injusto porque ningún niño debería manejar más (ni menos) dinero del que necesita.


Y con esta entrada añado una pieza más al puzzle de contradicciones que es ser aupair...