Temía este fin de semana porque era un fin de semana - simulacro. Y los simulacros dan mal rollo porque podrían ser verdad. Una vez todas nuestras Spaniards se habían ido a España para celebrar la Navidad, quedábamos muy pocas personas en Cork. Digo que es un simulacro porque, si se nos pasa por la cabeza la loca idea de quedarnos una temporada más, nuestra vida en Cork no será igual que hasta ahora. Empezando por el detalle de que todas las personas que conocemos se volverán.
Así que ahí estábamos A. y yo, sin saber muy bien qué habíamos hecho con nuestras vidas hasta ahora, qué íbamos a hacer con nuestras vidas en el día de hoy, qué iba a ser de nuestras vidas en los próximos meses. Esto es, muy muy perdidas en la vida.
Y descubrimos el sitio de las hamburguesas y que la teoría de las cucharas (otro día os hablo de ella) se puede aplicar a lo que te pasa cuando te gustaría pedir la cuenta pero reminiscencias de tu fobia social te impiden poner en marcha los mecanismos necesarios para hacerlo. Y descubrimos el Baileys y volvimos a Thomond.
De repente, estábamos rodeadas de gente disfrazada de elfo y de pitufo, de gente que entraba en el pub como quien entra a una pasarela, en un lugar donde sólo era necesario sentarse y observar a la gente para pasárselo bien, porque a veces no entender a las personas tiene su parte divertida.
Al día siguiente, nos dimos cuenta de que pasar un domingo cosiendo y cocinando tampoco está del todo mal si es en buena compañía, aunque sea el colmo de la vida de la au pair.
Y empezamos a hacernos a la idea de lo que sería pasar la Navidad fuera de casa. Y de lo que será Cork cuando nuestro Cork sea solamente ... Cork.
Y aquí tú y yo, sólo quedamos los buenos, nadie nos enseña dónde parar...


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