21.1.09

La pequeña vendedora de cuentos.

Cuando era más pequeña adquirí costumbres que ya no me abandonarán jamás. Quizá, tal y como deseaba entonces, nunca salí de aquella época en que imaginando todo es posible. No lo sé. A lo mejor no lo quiero saber.

Recuerdo que de pequeña nunca me aburría. El verbo aburrirse para mí sólo puede tener cabida en personas opuestas a mi personalidad. Un niño es curioso. Inquieto. Si no sabe una cosa, la pregunta; ignora que le ignoren y si todo va bien preguntará eso hasta que se le dé una respuesta satisfactoria, o bien la buscará por sus propios medios. Un niño sano, libre y feliz, nunca dejará una pregunta sin responder, ni tampoco una conversación a medias.

Decía que yo de niña no me aburrí nunca. Tampoco necesitaba especialmente la televisión, los videojuegos, los muñecos que juegan solos, ni siquiera los juguetes.
Yo me sentaba en cualquier rincón... y dejaba volar la imaginación. ¡Bastaban unos pocos segundos para estar tan lejos que no tocaba el suelo...! No hacía distinciones. No había historias de buenos y de malos, ni tampoco historias buenas o malas. Era la mía una imaginación un poco filantrópica.

Sentí desde muy pequeñita las preguntas que todo ser humano se hace en un momento u otro de su vida. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Para qué vivimos? ¿Por qué? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el sentido de la muerte? ¿Qué es morir?
Por aquel entonces alguien debió decirme que el agua era el principio de toda vida en la Tierra. Que no había vida conocida más allá de nuestro planeta. Podéis figuraros -¡o no!- el impacto que eso tuvo. El gran impacto.

Yo comencé a imaginar, comencé a idear, a crear. Para mí, el Universo significaba cerrar los ojos; y cerrar los ojos significaba alejarme de la realidad.

Os contaré algo.

De pequeña podía volar. Podía viajar por el Universo. Podía descubrir galaxias nuevas. Incluso podía destruir nuestro Universo y crear uno nuevo. Sobre todo me llamó la idea del agua.
¿Qué, si en vez del agua la base de la vida fuera otro elemento? ¡Quizá un elemento desconocido por nosotros! Quizá nuestros sentidos no podían percibirlo. Inventé nuevos sentidos. Inventé nuevos elementos. Inventé cosmos enteros girando alrededor de estos, para abandonarlos de repente a cambio de una buena merienda.
Nadie sabe cuántos. Ni siquiera yo, porque no me interesaba contarlos.

En Tarragona no vemos estrellas por la noche. Yo no veía ni siquiera el cielo desde la calle, porque las niñas buenas se quedaban en casa cuando oscurecía. Pero cerraba los ojos y todo era igual de negro... podía mirar hacia arriba y descubrir infinidad de estrellas. Desde donde estaba veía galaxias. Desde donde estaba podía retroceder, con la maravillosa sensación de tropezar en un sueño y aterrizar (nunca mejor dicho) en la cama, y remontar el vuelo justo antes de llegar a casa. En ese instante miraba hacia abajo.

Veía el barrio, las personas; investigaba dentro de las ventanas. Mis vecinos no lo sabían, claro, pero yo conocía el interior de sus hogares, quería creerlo y así lo creía, yo controlaba sus vidas porque para mí no eran más que personajes físicos desconocidos a los que había que darles una identidad. Así, en el quinto cenaban salchichas de Frankfurt porque -yo lo sabía- eran muy baratas; reservaban ese dinero para las ostentosas cenas en los hoteles del centro. En el tercero residía una familia numerosa cuya abuela era una maniática de la comida: entremeses, primer plato, segundo plato, tercer plato, postre y sobremesa. Y así sucesivamente. Pero pronto me cansaba de este juego, pues era demasiado mundanal y tenía otras ocupaciones.
Ascendía entonces un poco más, y las personas empezaban a menguar. También las casas se hacían más y más pequeñas. Pronto podía ver toda la ciudad, pronto toda la comarca, poco más tarde, el país.

Lo más maravilloso que me ha pasado en la vida es cerrar los ojos y en pocos segundos contemplar el planeta desde el espacio. Algunas veces llegué más allá; me sentaba en la superficie de la Luna y le preguntaba cosas.

También pasaban por mi cabeza historias alucinantes, casualidades inéditas. A menudo cogía un hecho común y lo exageraba haciéndolo pasar por diversas fases y personajes hasta que cambiaba el mundo para siempre. Muy pronto descubrí el llamado ‘efecto mariposa’, que aún hoy me fascina.

Era, en fin, una niña curiosa. Y, si fui niña, todavía no he dejado de serlo.
Pero cuando eres niño no tienes preocupaciones. Luego la vida se complica. Tantas historias en la cabeza, sin filtro ni prohibición, sin freno alguno, producen algo de estrés; que no es que me importara, al contrario, pero no podía abandonar la realidad a su suerte. De modo que descubrí la palabra. No habían pasado muchos años. Disfrutaba contándolas. Algunos le llaman mentir, pero no es cierto: existían, para mí, como realidades paralelas de las que debiera desprenderme para poder ocupar mi mente en mundos más palpables.


Aun de vez en cuando siento la necesidad de vaciarme de ideas, como el vendedor de cuentos de Gaarder. Pero, claro, mi imaginación es más filantrópica: nada de venderlos, libéralos.

Posts relacionados



0 comentarios: