Reflexionar, reorganizar, reordenar, rehacer, retomar... también, por qué no, reasumir, repasar. A ratos me siento perdida en una maraña extraña de asuntos que resolver, a ratos parece que le encuentro un sentido a todas las decisiones, a ratos estoy, a secas, perpleja ante la vida. Y sé que gran parte de la culpa de esta entrada la tiene el maldito verano que viene a recordarme lo felizmente rara, extravagante y solitaria que puedo llegar a ser; y sé que la otra parte la traen de la mano mi tendencia a la procrastinación y al I-want-it-all-and-I-want-it-now, pero aun así, dentro de mí sigue habiendo sólo una niña que se pregunta, aderezándolo con bastantes palabros, por qué no puede ser igual.
Me he equivocado tanto, tanto y con tanta gente, por no saber ser como el resto, por esperar a que sean los demás, por esperar demasiado y actuar demasiado poco, por inatención o inapetencia, por estar siempre a destiempo entre dentro del caparazón-coraza y la confianza a quien no debiera... Tanto, tanto. Que ahora a ratos me falta mi grupo de referencia, los de la calle, los de siempre, los que incitan a la normalidad rayana en la vulgaridad, a los tacos, a la vida en bruto, salvaje; y a ratos, el ambiente -por qué no- intelectual, de buena literatura, buenas palabras, buenos consejos y debates interminables, de cuidar los detalles sin hipocresías. Y no puedo tener ni uno ni otro, ni uno ni otro me pertenecen ni siquiera un poquito. Dos mundos tan distintos y tan míos que me aterra pensar en qué será de mí dentro de diez años, en cuál de los dos me habré instalado y si no existe el maldito equilibrio que me obligue a seguir buscándome. Mi vida es un mundo de contrastes, es cierto, pero entre un extremo y el otro un día habré de decidir. Una decisión tomada hace ya mucho tiempo, de forma totalmente deliberada, además, pero que me raspa y me arranca de las entrañas dos nuevos signos de interrogación abrazando ese por qué no puedo ser igual. Y la diferencia es buena y las etiquetas son malas, repiquetea la cantinela de siempre en mis oídos, pero es tan confuso ser social y no saber ser en sociedad.
En tierra de nadie, siempre en tierra de nadie, siempre entre un extremo y el otro. En una playa sin mar, que diría Sabina.
Aunque, para qué nos vamos a engañar, en realidad estas líneas son simple zumo de anemia.


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