31.1.13

Matarile, rile... rón.

Me la volvió a jugar el modo aleatorio de Spotify. Otro país, otra ciudad, otra vida. No quería entender. Y yo que me había jurado que no iba a caer de nuevo en ese juego, que no volvería a estar delante de la pantalla mirando fijamente ese punto verde que no quiere decir nada. ¡Já! No te lo creías ni tú.

Hoy, que nadie se atreva a mencionar aquella canción de Vetusta, ni a soltar un lacónico "te lo dije", nada que comience por un "almenos" o un "como mínimo", y por Dios, nada de recolectar las anécdotas de varias décadas. Porque hoy me acojo a la legítima lucha de los jóvenes por demostrar que tenemos la verdad absoluta sobre la vida y el universo y, sobretodo, al derecho universal de equivocarse. Y, de paso, al derecho a pataleta, que si no existe, deberían inventarlo.



Y entonces resulta que la cosa iba en serio. Menos mal que una es una impaciente y no podía haber estado esperando indefinidamente. Pero lo cierto es que importa un carajo el número objetivo de lágrimas que derrames (son sólo sentimientos unidireccionales, sencillos, claros, transparentes, como si fueras un pararrayos), da igual que sean 145 que 203, porque hay una única tristeza que no vas a ser capaz de expresar y que no tiene nada que ver con alguien a quien probablemente no volverás a ver jamás. Es la vuelta de hoja de siempre. Es una desolación tan vacía que no te cabe en la palabra. Ni en el pecho. Y es que hoy las palabras atraviesan, pero ya no cortan, no desguazan. Duelen, pero no destrozan, apenas destartalan levemente. Te repites que al fin y al cabo eso es bueno, que tu coraza funciona, que nadie tendrá las llaves para destruirte.
Y eso es lo que querías, ¿no? 

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2 comentarios:

Saia Sikira dijo...

I'm hugging you. And it's actually a pretty tight hug, so it may sort of hurt on the back of your ribs, and I'm sorry about that.

M. dijo...

Ty ;) you know.