14.1.13

166-170: Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

Pasó. Igual que pasa una tormenta. Como una de esas tormentas de película en las que parece que la lluvia sale de mangueras, los árboles se parten en dos y bloquean carreteras, la gente bromea con salir de casa en barca y reunir provisiones para el fin del mundo y parece que los rayos pudieran de verdad resquebrajar el cielo y hacer que cayera sobre nuestras cabezas. Después de una de esas, es como si la vida se hubiera detenido todavía por un tiempo más, un tiempo precioso en el que recapitular y agradecer, e invariablemente viene a nuestras cabezas la imagen de la playa, después del temporal, con un cielo azul que parece que se ríe de la que se ha montado ahí abajo. Y, por supuesto, en esa playa es domingo. Domingo por la mañana.

Y paseando por esa playa metafórica (me pregunto si hablo tanto de playas porque echo de menos mi Mediterráneo, puede que sea eso), una se encuentra esos tesoros escondidos que le ha traído la tormenta. Un ataque de risa, una conversación en las escaleras de una casa cualquiera, un bol que contuvo canelones, una cena improvisada en Uncle Pete's, un paseo por los jardines de Fota Wildlife Park, un café demasiado caliente y fugaz. Un alud de nuevos planes que empujan colina abajo en un camino bien definido. Un nombre que todavía no significa nada, pero va formando nuevas ideas en una cabeza demasiado concurrida.

En esa metáfora nunca hay tiempo para mirar el calendario y darse cuenta de que dentro de unos días habrá pasado medio año desde que llegué a Irlanda. Tampoco para contar los días hasta las nuevas despedidas. Puede que quede algún hueco para enterrar los pies en la arena despreocupadamente. Pero ni siquiera eso es seguro.

Nos sobra tiempo para abrir los libros de poesía y leer en voz alta o en susurros. Para perderse entre documentos. Para dejar volar la creatividad en una dirección tan concreta que podría tener código postal, si no fuera porque en este país no los utilizan. Para abandonar post-its llenos de palabras de otros en cualquier café y recordar aquellos tiempos de falsa rebeldía cuando escribíamos poesía en los bancos de un lugar demasiado remoto para ser nombrado. Para buscar lugares donde todavía no nos dejen entrar. Para no tildar de nada un año que sólo acaba de empezar. Para vivir de otra manera y sin nadie más. Nos sobra tiempo porque el tiempo es una mentira y las tormentas, metáforas de cosas que nunca pasaron.

Palabras dulces entre los azucarillos

La cuerda cortada puede volver a anudarse,
vuelve a aguantar,
pero está cortada.
Quizá volvamos a tropezar,
pero allí donde me abandonaste
no volverás a encontrarme.

Bertolt Brecht

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2 comentarios:

Jorge Ariz dijo...

¡Tú sí que eres un tesoro niña!

y ni metafórico ni nada. Real, palpable, con sus moneditas, sus broches y sus joyas.

M. dijo...

=)