Hace exactamente cinco años y diez días que escribí estas palabras.
Cierro los ojos y retrocedo. Todavía más allá de estas líneas, unos años antes. Me veo a mí misma con unos cuantos años menos, camino del instituto. Fuera de mí se disfruta de un día radiante, el cielo tiene un inmejorable color azul, una leve brisa se cuela entre las hojas de los árboles que observo por la ventana durante horas, y la calle todavía no es nueva. Otros pasan a mi alrededor, la mayoría por la acera de enfrente, que queda más cerca del centro; yo camino como si llevara el peso del mundo sobre las espaldas, pero sin el como. Arrastro los pies en mis viejas zapatillas de deporte. Hace poco leí Xocolata, de Olga Xirinacs, y sus líneas rebotan con estruendo en mi cabeza, en mi corazón, en mi estómago, en mis rodillas. Podría repetirlas de memoria. Sin amigos, sin dinero, sin ser capaz de ver nada delante de mí. Sobretodo, sin ser capaz de aislar los sentimientos o ponerles nombre. Como la mayoría de adolescentes: sin entender nada. Y hay más - porque conmigo siempre hay más. Empiezo a tomar consciencia de lo que está pasando y ha pasado por mi vida y es como abrir las compuertas de un embalse. Lo quiera o no, no hay vuelta atrás.
Me veo a mí misma diciéndome sin convicción que todo pasará, pero el agua siempre tiene más fuerza de la que creemos y la corriente nos arrastra a lugares donde lo más probable es que no queramos llegar. Yo no quería llegar a esa conclusión. A veces el problema es que queremos que ya haya pasado, pero no que todo pase. Me recuerdo a mí misma intentando poner en palabras el agotamiento, la soledad, el miedo, el aislamiento. La negación. Casi podría tocar la angustia de no querer tener palabras para descifrar el código de tanto sufrimiento. El silencio, sobretodo el silencio, las palabras que durante años sólo pude escribir. Me veo describiendo escuetamente -y no diré dónde- un alivio sin dirección postal, teñido de miedo y nervios. Me recuerdo aislando y recortando como de un troquelado sólo la parte física de un binomio inseparable y poniéndola en palabras que durante un tiempo sólo confié a una persona porque me asustaba haberlas escrito yo.
Parece que ha pasado un milenio desde entonces. Ahora paseo a mi lado en ese breve trayecto hasta el instituto y me cojo de la mano, cierro fuerte los ojos y me repito una y mil veces que aunque yo no quiera creerlo, de verdad todo pasará, y que no tengo que temer el camino que me queda por recorrer porque el agotamiento y la angustia de ese primer paso me llevarán a lugares que nunca soñé pisar. Tranquila, bonita, todo irá bien. Ahora sé que no estaba sola. Ahora entiendo de dónde viene esa fuerza motriz imparable y que ni siquiera el dolor más físico debería suponer ningún "aunque", ningún "pero" en mi vida. Ahora sé que al final pude, incluso aunque entonces no podía.
Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica:
la voluntad. (A. Einstein, dicen)


3 comentarios:
Normal que ayer estuvieras escuchando Llençat, dels Lax'n Busto. XDD Con semejante entrada.
Uf niña, no tengo palabras para describir la belleza de lo leido.
¿¿Y ahora cómo me pongo yo a escribir otra entrada en mi blog?? :-)
Gracias por compartirlo con nosotros.
Sergio, tranquilo, que tiene una segunda parte más positiva :)
Jorge, pues espero que encuentres un cómo, porque ya he leído las entradas nuevas y tengo sed de más :)
Abrazos
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