28.1.13

181-184: Tras 6 meses en Irlanda

6 meses. Medio año. ¿Sabéis cuánto puede cambiar vuestra vida en medio año? En medio año puedes, por ejemplo, acabar una carrera. O puedes seguir trabajando, quizá organizar algún viaje ocasional. O puedes irte a vivir a un país que no es el tuyo, saltarte a la torera tu zona de confort como quien salta en el trampolino y cambiar por completo tu vida en una experiencia que, definitivamente, no tiene vuelta atrás. Porque aunque vuelvas a tu lugar de toda la vida, siempre tendrás anécdotas que empezarán por: "Cuando vivía en Irlanda..." Porque puedes pasar a formar parte del club de los afortunados, de los outsiders, de los poetas muertos, de los que no tienen un lugar donde volver y por lo tanto, pueden empezar de 0 en cualquier lugar. Atrévete. Equivócate. Levántate. Equivócate de nuevo, equivócate mejor, más estrepitosamente. Porque puede que cualquiera de todos esos errores llenos de olores extravagantes o nuevos tonos de color sea el mayor acierto de tu vida.

Puede que os parezca que el color de mi estancia en Irlanda es, por inercia, el verde inigualable de sus paisajes. No lo es. El color que Irlanda tiene para mí es lilac, el de mi habitación, mi colcha, mis zapatillas, un 78'3% de mi ropa nueva, el lilac como fiel representante de lo que significa un hogar. Es curioso que tengas que irte lejos para averiguar esta clase de cosas.

Aquí he descubierto a qué huele la Navidad, os prometo que en las tiendas venden "perfume de Navidad para tu hogar", y resulta que la Navidad huele a "spicy cinnamon", esto es, a canela. L'Occitane lo ha comercializado. Mi Irlanda huele a canela, a banana bread y a cupcakes; y Cork, al olor del mar que viene por las mañanas a visitarte desde el río sólo para alegrarte el día.

Dentro de mi retina bailan las imágenes de todos los lugares que he visto, como fotografías que pasaran ante mí a la velocidad de la luz: las pequeñas fogatas que se encendieron en lugares emblemáticos en Tuam cuando fuimos a la boda de la vecina de mi hostmom; el centro de Galway, con todos sus colores, los músicos tocando sobre los postes de tráfico, el anillo de Claddagh y la estatua de Wilde; los paseos por el castillo de Blackrock; el surrealismo del viaje a Dingle y el mejor helado jamás creado; la playa llena de piedras para A. de Courtmacsherry y el paseo en barco o a pie por Kinsale; haber besado la piedra de Blarney, tal día como hoy hace seis meses; los jardines y rincones de Fota Wildlife Park; el castillo de Lismore que no vimos por dentro pero algún día alquilaremos; el concierto de campanas de la catedral de Cobh; los jardines de la UCC; los cuadros que adornan el upstairs del Franciscan Well; la barbería reconvertida en pub (¡un clásico!); las (dudosas) tapas gratis cuando hay algún acontecimiento en el Old Oak; el particular color de la fachada del Electric; todos los rincones, rinconcitos y escondrijos del parque Filtzgerald; las casitas de colores camino de Shandon; y todas las sonrisas de complicidad compartidas a lo largo de estos 184 inolvidables días en Cork.

Que nadie se preocupe por si me aburro en los siguientes seis meses, porque me falta mucha, mucha Irlanda por ver. ¡Y tengo que subsanar el imperdonable error de no haber pisado, todavía, Dublín!

Nos ha dado tiempo incluso de hacer una lista de cosas que hacer antes de irnos. Una lista que cada día se hace más y más larga, de la que (sorprendentemente) hemos ido tachando algunas cosas, y que hace que las cosas tomen a veces un cariz bastante interesante. ¿No sabéis qué hacer un fin de semana? ¡Dejadnoslo a nosotras! ¡Somos expertas en planificar! ¿Quién, si no yo, podría tener una libreta que lleva por título "Evil plans and other stuff"?

No quiero acabar esta entrada sin un top ten de los momentazos que he pasado con G., que al fin y al cabo es la razón por la que estoy aquí (si no hubiera niñ@ a quien cuidar, no habría acabado en Cork) y se lo merece. Vamos a ir de menor a mayor, con la intención de que, si alguna aupair recién llegada o alguna candidata a aupair (¡o candidato!) lee esto, pueda parar allá donde haya leído suficiente. Porque G. es muy lovely, pero sólo cuando quiere.


10. La ecuación de la comida
Pues sí, amigos míos, con la comida se puede hacer matemáticas. El primer día que me quedé a solas con G. su madre nos dijo claramente a las dos que la fórmula era la siguiente: 3 cosas sanas por cada porquería (chucherías, chocolate, etc.)
¿Se acuerda G. de este pequeño detalle? Claro que no, para ella esto nunca sucedió. Es como las notitas del inspector Gadget, se autodestruyó a los 10 segundos y si te he visto, no me acuerdo. Me ha costado 6 meses aquí que entendiera que yo no negocio con la comida.
Lo que pasa con las ecuaciones gastronómicas es que hay una incógnita escondida por la cual la aupair tiene que seguir esa norma, pero los padres o cualquier otro familiar pueden saltársela a la torera.

9. "Esta pasta tiene demasiada mantequilla"
Durante los 4 primeros meses, G. nunca fue capaz de decirme cuáles eran sus especifidades con la comida. Algunas las descubrí por imitación (quitarle la parte dura al pan de molde, por ejemplo) y otras, al cabo de mucho tiempo. Como Benedetti, G. tiene su táctica y su estrategia. Su táctica es querer la pasta como es, darle vueltas, escucharla, construir con la pasta un puente indestructible. Su táctica es inundarla de mantequilla, no sé cómo ni sé con qué pretexto, pero de mantequilla. Su táctica no es ser franca y saber que yo soy franca y que no nos vendamos la moto para que entre las dos no haya roces ni malentendidos. Su estrategia es en cambio más útil y más simple. Su estrategia es llenar su plato de pasta de mantequilla para no tener que decirte, un día cualquiera, que la prefiere al dente.

8. Cuando no confían en ti
Pongámonos en situación. Primer babysitting. Niña de nueve años. Jugamos durante un rato, nos tomamos una pizza y un poco de garlic bread, seguimos montando una granja de plastilina, vemos la tele. Se hace la hora de irse a dormir. Tú cuentas todo esto por sms y aportas datos gráficos, aun así los padres han llamado ya dos veces. Fair enough. Le preguntas si necesita algo, si quiere que te quedes un rato con ella, que le leas, que le lleves algo a la habitación, que le bailes una sevillana: nada; le dices que estarás despierta, leyendo en tu cuarto, y que sólo tiene que pasarse por allí si se aburre. Aparentemente todo está correcto, hasta que descubres que ella se ha pasado toda la noche mandándole mensajes a la madre: "Will you keep texting me because I can't sleep"

7. Cuando la confianza da asco

Porque en algún momento sucede. Pasas de que no se fíe un pelo a que nos conozcamos demasiado. De "no te preocupes, ya me tomo yo el medicamento, simplemente tráeme, por favor, un vaso de agua para después" a que de ninguna manera quiera tomarse el antibiótico. ¿Y qué pasa cuando un niño como G. empieza a tomarte confianza? Que prueba tus límites, o mejor dicho, los límites de tu paciencia. Así es como un día te ves con una cucharada de una sustancia blancuzca y maloliente en la mano, planteándote durante una milésima de segundo si no deberías tirarla por el fregadero, perseguir a la niña por toda la casa y traerla de las orejas a la cocina. Pero te dices que no, que esto sólo va a pasar una vez: ese día. Y te plantas. Y decides que tu madre tenía más razón que un santo cuando te daba esas lecciones magistrales sobre cómo manejar tu frustración: "si te enfadas, dos trabajos tienes: enfadarte y desenfadarte"
 
6. Las tecnologías de la información y la comunicación como recurso para calmar tu ansiedad
Que G. tenga teléfono es algo muy útil, porque puedes mandarla al parque sabiendo que en cualquier momento puedes llamarla para recordarle cariñosamente que se ha pasado la exacta y universal medida de tres pueblos de su hora de llegada a casa.  (Feliz adolescencia, pienso en estos casos)
Lo malo de todo esto es que esa es una tranquilidad para los adultos, pero desde el punto de vista de una niña de 9 años no hay ningún motivo por el cual no debería ir al parque como cada tarde pese a que su teléfono no esté operativo.
Y la mandas al parque, no sin antes preguntar una lista de todas las amigas que tienen teléfono móvil.
Y le recuerdas veinte veces la hora, no sin grabar en tu cabeza que esto será ocho millones de veces peor cuando sea tu hija y no tu host-niña.
Y cruzas los dedos. Y ella llega cinco, seis, siete, quince minutos tarde.
Y aparece su madre.
Y amigos míos, esta historia acabó bien, la niña apareció 20 minutos más tarde contando la emocionante tarde que habían tenido gracias al perro de una de sus amigas. Las típicas aventuras que se tienen a los 9 años. Pero creedme, aun ahora se me pone un nudo en el estómago cuando lo recuerdo.
 
5. Las tecnologías de la información y la comunicación como recurso para calmar su ansiedad
Pues sí, porque esto es algo muy humano. Recuerdo aquel día en el parque Flitzgerald como si estuviera pasando ahora mismo. Estábamos jugando al escondite y ella no me encontraba. Pasados dos minutos, yo salí de mi escondite para que fuera evidente, pero G. estaba tan agobiada que no veía nada de nada. Así que le mandé un sms diciéndole que se tranquilizara, que yo podía verla a ella. Pero olvidé que ella todavía no tenía mi nuevo número irlandés, muy recientemente adquirido, así que en su mente infantil aquel era un número desconocido. ¡Pobre G.! Al final de unos largos 5 minutos que a ella le parecieron media hora, salí a buscarla. Se pensaba que me había ido del parque: como si la aupair no tuviera nada mejor que hacer que abandonar a su host-niña a la buena de Dios en mitad de la ciudad.
Lo cierto es que sigue llamando a su madre hasta para buscar un calcetín en lugar de pedírmelo a mí, pero cada vez lo hace menos. Habrá quien piense que la autonomía bla, bla, bla. No es mi batalla.

4. La viva imagen de la expresión "darte en las narices"
No sé si habrá alguna frase hecha en inglés que equipare a esos momentos en que tú ves que alguien está haciendo algo sólo por darte en las narices. G. tiene muchísimos. El ejemplo más sonado es el siguiente:
Una de sus "tareas asignadas" por la tarde es recoger la habitación. Esto incluye ocuparse de que no haya ropa por el suelo (no le vamos a pedir peras al olmo y exigirle que la ropa esté ordenada dentro del armario). Para ello, durante varias tardes, G. se ha dedicado a doblar cuidadosamente la ropa y meterla debajo del edredón, bien plana (por supuesto) para que no se note, de manera que yo nunca jamás me dé cuenta de que en lugar de hacer lo que se le ha mandado, está haciendo lo que le da la real gana. De hecho, el propósito de año nuevo de mi adorable niña irlandesa es "to be even more bossy with you"; ya me encargué de hacerle saber -delante de sus padres, por supuesto- que sus propósitos jugaban en su contra.
Queridas maestras que pensáis en ser aupair: no tenéis mayores ventajas respecto a otras aupair. Vivir con niños bajo las normas de otras personas no tiene nada que ver con vuestros ideales educativos. De nada.

3. 10 minutos para una tarea de 10 segundos
Así es G., le encanta contribuir a la mejora de mi inglés a base de discutírmelo todo. Para seros sincera, esto es algo que ha pasado a divertirme bastante. Si al final del día no hemos tenido ninguna discusión de este tipo, es como si al día le faltara sal. A ella le da igual tardar 10 minutos en discutir cualquier menudencia que solucionaría en 10 segundos y a mí, sencillamente... también.
Ejemplo práctico: yo doblo la ropa de toda la familia y la dejo encima de la cama, en la habitación que ella tiene que recoger. Por supuesto, ese día no le pido que recoja nada. Al día siguiente, su madre ha dejado únicamente su ropa encima de la cama, y ella debería guardarla en el armario. Recordemos que el armario no tiene necesariamente que estar ordenado, es decir, sólo se trata de meterla dentro. ¿Debería o no debería G. meter esa ropa dentro del armario? Empiecen el debate... Ahh, la fascinante e intelectual vida de una aupair ;)

2. Príncipe Paolo de la Pomerania
Ese es el nombre del perro, pero lo llamamos Paolo para acortar. Sólo tiene un fallo: en cuanto ve la menor oportunidad, se escapa de casa. Cuando Paolo se escapa de casa porque G. ha decidido ignorar a su aupair durante un rato mientras juega en la calle y sale corriendo con una hilera de niños detrás atravesando varias carreteras por las que pasan coches, amigos míos, M. se cabrea "un poquito".  Y G., evidentemente, no entiende por qué, porque tiene 9 años, pero si algún día es aupair os aseguro que se acordará de este tipo de cosas ;)

1. Una ducha en el salón 
Y por último, la anécdota estrella.... A G. le encanta ducharse. Esto es una afición que todos los niños irlandeses parecen compartir - la de escaquearse de la ducha, por supuesto. Una preciosa mañana de verano, J. me pidió que G. se duchara. Todo lo que tenía que hacer era abrir y cerrar el grifo de la ducha, dado que ella sola no le llega. ¿Os parece una tarea sencilla? ¡Já! Principiantes.
Solamente os diré que G. "olvidó" las puertas de la cabina de ducha abiertas y "casualmente" el mango se descolgó hacia el suelo, provocando una fuga de agua en la cocina del tamaño de las cataratas del Niágara. Y dado que Murphy es muy sabio, el día elegido fue ese en que acababan de decidir comprar una fregona nueva que, claro, todavía no estaba en casa... ¿alguna vez habéis intentado secar las cataratas del Niágara con una toalla vieja ante la cara de estupefacción del príncipe Paolo de la Pomerania? ¿No? No lo hagáis.



"Y en el vaivén de planes sin marcar, cae sobre ti la bomba universal..."

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8 comentarios:

Saia Sikira dijo...

Prince Paolo of Pomerania, AKA Napoleón, That Dog...

Jorge Ariz dijo...

Jaja, has tenido 6 meses busy busy.

Qué graciosa debe de ser G (aunque a tí a veces no te haga maldita la gracia) :-)

Los niños pequeños (aunque G ya tiene sus añitos) siempre va a ir a buscar tus límites de aguante. Son muy listos. Tiran y tiran y tiran hasta ver cuánto aguanta la cuerda.

Aunque me da que la tienen un pelín consentida (al menos leido lo leido).

:-)

Sergio dijo...

Jajaja, me ha encantado la entrada, esa niña es un caso, pero bueno, mientras todas las historias acaben bien. XDD

Disfruta mucho y en un par de meses nos vemos/la conocemos.

Apaga y vámonos dijo...

En mi mente: no lo digas no lo digas no lo digas......

Pero no puedo evitarlo.
El nombre de mi perro alemán es (redoble de tambores)...

Señor Beni.to de la Fuent.e. Benito, o tontorrón, para los de confianza.

Lo juro. Tal cual, en castellano. Y no, no se lo puse yo. Y adoraba escaparse.

Creo que tu chucho irlandés y mi chucho alemán harían buenas migas...

Míryam dijo...

Gracias por los comentarios :)
Lo siento, "Saia Sikira", pero por Napoleón no responde.
Jorge, G. es efectivamente muy graciosa, al principio me tomaba más a pecho las cosas, ahora ya me he acostumbrado a ella y en el fondo me lo paso bastante bien. Es la más pequeña de una familia muy grande, así que supongo que es normal que esté un poco consentida.
Sergio, no te preocupes que cuando la conozcáis será la criaturita más encantadora del planeta :) Todo el mundo lo dice. Los primeros días.
"Apaga y vámonos"... ¿¿¿de verdad??? Qué grande, jajaja, ¿y quién se lo puso? Ya recuerdo haber leído sobre tu perro ;P yo creo que se llevarían bien. El mío es como un pokémon, "Saia" te lo puede confirmar, jajaja. Y se cree que si le ladra al camión de la basura está haciendo que se aleje.
Sí, definitivamente se llevarían bien...

Apaga y vámonos dijo...

Empezo llamandose Ben, pero como era un cachorrito lo empezaron a llamar las señoras que trabajaban en la casa (peruanas) Benito, y claro, el perro creció y le añadieron el Señor, pero como quedaba soso, le puesieron el apellido. En fin, la familia, que se aburria XD.

Pero doy fe que en los papeles del perro pone ese nombre.

Candela dijo...

jajajjaaa, me parto!!! Como reconozco cada una de esas cosas en esos niños de hace taaaanto tiempo!

firmado: la abuela.

M. dijo...

Pues sí, definitivamente Ben y Paolo harían buenas migas...

"Candela", yo creo que cuando hayan pasado unos años puedo publicar un libro con las anécdotas de aupair (no sólo las mías) y retirarme a una cala de Mallorca a vivir de las ganancias. Or something.