Gris. Ese color que no dice nada: que no es alegre, ni lo oyes gritar, ni siquiera se lo oye lamentar por ser negro, ni hay tampoco en él el fulgor de un rayo en clave de sol, porque en el gris solo encuentro el silencio callado de la resignación. Ese es el color de mis ropas, cuyos colores antaño cantaban de puro contento afinadas arias; cuyos colores eran antes vivos, danzarines, risueños y relucientes, recién descubiertos apenas. Y resulta una paradoja que estén así
por la lumbre de la chimenea,
fuego que das la vida,
la vida me quitas,
fuego que das la luz,
la luz me has robado,
fuego que das calor,
colores fríos devuelves
si vivos te los he prestado.
¡Gris ceniciento que me arropas cada día!, te mancharía de color rojo odio sangriento si no fuera porque si mi plan funcionara éste azul sería.
CENICIENTA (aparte, para sí):
Ato cabos... ato cabos...
CENICIENTA (a la madrastra):
Barro el suelo,
lavo platos,
no hay consuelo,
hago camas.
Me desespero:
enciendo llamas
y me esmero.
¿Qué más quieres?
Tu criada no soy,
ni siquiera noble eres,
al baile yo no voy
y sí tus hijas, felices
con sus joyas y vestidos
esperan comer perdices
con sus futuros maridos
de la más alta nobleza.
MADRASTRA (para sí):
Si digna no la creo de bailar con su alteza,
ni tampoco su padre, ¡por mucho que ella ladre
no irá a palacio a codear a la realeza!
CENICIENTA (para sí):
¡Hablaré con mi madre
para que arregle tal bajeza
pues no lo hace mi padre!
(Escenario: en el jardín, cerca de un gran cerezo)
CENICIENTA (al árbol, dirigiéndose a su difunta madre):
Cierto sastre ronda la mi casa
que cierto baile ronda embocado
en ciertas bocas de mis criadas
futuras; cierto baile encaminado
a final feliz de cuento de hadas
con su real azul, su palacio hadado.
Ser del reino flor anhelo como sea
mas criada soy de nadie y odisea
como esta no quisieras que sufriera
en tu vida ni en tu muerte postrera.
Ayúdame a ser, madre, lo que tú no fuiste
-princesa y flor- porque de la vida huiste.
NARRADOR:
Ya las hojas vacilan, creciendo y en respuesta
de su madre le hablan: a ayudarla está dispuesta.
SASTRE:
Perla, oro, primavera y flor, su madre era
rodeada siempre de una dulce aureola
de olor dulzón, más era del cielo, un ángel era
que a su hija amaba, como ama el mar a la ola;
envolviéndola en su regazo. Como si fuera
su más grande tesoro la arrullaba. Sola
la dejó sola, antes de que el día amaneciera.
Se fue, blanca y temprana. Y sola, la dejó sola.
Y a mí, su cultura y cuidarla hasta que pudiera.
Un vestido anhela su mirada cenicienta
un vestido azul tal como si hecho de mar fuera,
su mirada murió cuando su madre muriera.
Para bailar con su realeza, Cenicienta,
el vestido. Mas del reino, flor... Ya su madre era.
CENICIENTA:
Se aproxima ya el día:
oigo sus pasos pesados que vienen
y risas y alegría;
mas aun mis pies no tienen
en qué envolverse. El olvido temen.
Oigo la mañanilla
que llega ligera, alegre, cantando
viene la lucecilla
la tierra iluminando.
Y mis pies, fríos; y mi cuerpo, helando.
Sin acabar mi atuendo
¿Cómo he de ir al baile? ¡Aún vida gris soy!
Sastre bobo, estruendo
a tu casa siendo voy:
gran tormenta habrá
si no hay vestido hoy.
SASTRE:
¡Cuánta preocupación veo!
Tan bello rostro, señora
no se debe preocupar
que el vestido en justa hora
estará esperando en casa
confíe, reina de aurora,
que el mejor lo ha de bordar
de fino hilo de oro que honra
la elegancia de su dueña
y ricas telas -pues tocan
la más blanca piel del reino-
de azul mar, pero sin rocas.
ÁRBOL:
Entre cielo y tierra me hallo
triste vida me tocó:
muerta estaba
y entre ambas a caballo
de una vida y otra estoy:
ella, esclava
de su hogar y sin hallar
forma alguna de impedirlo
hija o madre.
A mis raíces hablar
sin las hojas oírlo
aunque ladre
es su cruz eterna abajo
y maldición en tierra:
no escucharse.
Huir quiere del trabajo:
su conciencia pura entierra
por marcharse.
Amor madre-hija es
el mayor de los amores
viva o muerta:
Ya crece tu traje, ¿ves?
El mejor de los mejores:
Una puerta
a la realeza: ¡Fuera
escoba y trapo, que ahora
limpie ella!
Hermoso vestido era
y crecía en justa hora.
La doncella
ya su piel de luna viste
ya sus pies de fino cristal.
Se va, y grita:
“Madrastra, tú te reíste
ahora probarás tu final
por maldita.”
Y a lo lejos marcha Cenicienta, con su traje,
sorteando obstáculos, a buscar un pasaje
hasta el cielo del “y vivieron felices” Brilla
tanto su vestido que incluso a la Luna humilla
cuando la ve pasar. Y baila toda la noche
hasta que se cansa de bailar. Y pide un coche
de caballos que la lleva al hogar. Pero el enredo
claro, está en el zapato, que el príncipe ha de buscar,
todos el cuento saben como zapato al dedo...
¿no es verdad?
M.
2006


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